Todos los personajes pertenecen a Stephenie Meyer. La historia es completamente de la escritora Jennifer Niven, yo solo hago la adaptación. Advertencia: alrededor de esta historia se tocan algunos temas delicados como ansiedad, depresión, suicido, bullyng, etc. se recomienda estar consciente de ello a la hora de leer. Pueden encontrar el libro a la venta en línea (Amazon principalmente) o librerías. Todos mis medios de contacto (Facebook y antigua cuenta de Wattpad) se encuentran en mi perfil.


Edward

Día 15 (sigo despierto)

Voy temprano a casa de Bella y sorprendo a sus padres desayunando. Él es barbudo y serio, con profundas arrugas de preocupación alrededor de los ojos y de la boca, y ella es como será Bella dentro de veinticinco años: cabello chocolate ondulado, cara en forma de corazón, todo esculpido de forma más marcada. Tiene una mirada cálida, pero su boca está triste.

Me invitan a desayunar y les pregunto sobre Bella antes del accidente, puesto que solo la conozco de después. Cuando ella baja, sus padres están recordando cuando hace dos años su hermana y ella tenían que ir a Nueva York durante las vacaciones de primavera pero decidieron, en cambio, seguir a los Boy Parade desde Cincinnati hasta Indianápolis y Chicago con la intención de que les concedieran una entrevista.

Cuando Bella me ve, dice:

—¿Edward?

Lo dice como si yo fuera un sueño, y yo digo:

—¿Los Boy Parade?

—Dios mío, ¿por qué le contáis esto?

No puedo evitarlo y me echo a reír, y entonces su madre se echa a reír y luego también su padre, hasta que los tres estamos riendo como viejos amigos mientras Bella nos mira como si nos hubiésemos vuelto locos.

Después, estamos los dos delante de su casa y, como le toca a ella elegir lugar, me explica más o menos la ruta y me dice que la siga. Cruza el césped del jardín en dirección al camino de acceso.

—No he venido en bici. —y antes de que replique, levanto la mano como si fuera a hacer un juramento—. Yo, Edward Cullen, sin estar en pleno poder de mis facultades mentales, juro no conducir a más de cincuenta kilómetros por hora por ciudad ni a más de ochenta por carretera. Si en cualquier momento quieres que paremos, paramos. Solo te pido que lo intentes.

—Está nevando.

Exagera. Apenas llueve.

—No de la que cuaja en la calzada. Mira, hemos recorrido todo lo que hay que recorrer en un radio al que podemos llegar en bicicleta. Podemos ver muchas más cosas si vamos en coche. Quiero decir que las posibilidades son prácticamente interminables. Al menos entra y siéntate. Dame ese gusto. Siéntate y yo me quedaré aquí, justo aquí, ni me acercaré al coche, para que estés segura de que no puedo tenderte una emboscada y ponerlo en marcha.

Está paralizada en la acera.

—No puedes ir por la vida presionando a la gente para que haga cosas que no quiere hacer. Llegas, te instalas y dices vamos a hacer esto y vamos a hacer lo otro, pero no escuchas. No piensas en nadie más que en ti mismo.

—De hecho, estoy pensando en ti encerrada en esa habitación o montada en esa estúpida bicicleta de color naranja. Vas allí. Vas aquí. Aquí. Allí. De un lado a otro, pero nunca más allá de este radio de seis o siete kilómetros.

—A lo mejor es que me gusta este radio de seis o siete kilómetros.

—No creo. Esta mañana, tus padres me han descrito una imagen bastante buena del «tú» que eras antes. Esa otra Bella parece divertida, incluso de puta madre, aunque tuviera un gusto horroroso en lo que a música se refiere. Pero ahora no veo más que una chica que tiene miedo de volver allí. Todos los que te rodean van dándote empujoncitos tímidos de vez en cuando, pero nunca lo bastante enérgicos, porque no quieren molestar a la Pobre Bella. Necesitas un buen empujón, no un empujoncito, puesto que, de lo contrario, te quedarás para siempre en esa cornisa que tú misma te has construido.

De repente, pasa por mi lado y sube al coche. Se sienta y mira a su alrededor, y aunque he intentado limpiarlo un poco, el salpicadero está lleno de trozos de lápiz, papeles, colillas, encendedores, púas de guitarra. En el asiento de atrás hay una manta y una almohada, y por la mirada que me lanza veo que se ha dado cuenta.

—Relájate. No entra en mis planes seducirte. De ser así, lo sabrías. Cinturón. —se lo pone—. Y ahora, cierra la puerta.

Sigo fuera, cruzado de brazos mientras ella tira de la puerta para cerrarla. Camino entonces hacia el lado del conductor y veo que está leyendo el rótulo de una servilleta de un local llamado Harlem Avenue Lounge.

—¿Qué te parece, Ultrabella?

Respira hondo. Suelta el aire.

—Voy bien.

Pongo el coche en marcha, apenas supero los treinta kilómetros por hora mientras circulamos por su barrio. Vamos manzana a manzana. Cada vez que encuentro una señal de STOP o un semáforo, le pregunto:

—¿Qué tal vamos?

—Bien. Voy, simplemente.

Me incorporo a la nacional y acelero hasta cincuenta.

—¿Qué tal?

—Estupendo.

—¿Y ahora?

—Deja ya de preguntarme.

Vamos tan despacio que los coches y los camiones nos adelantan y nos pitan. Un tipo nos grita por la ventanilla y levanta un dedo en un gesto grosero. Necesito toda mi fuerza de voluntad para no pisar a fondo el acelerador, aunque estoy acostumbrado a ir lento para que todos los demás me atrapen.

Para distraerme, y distraerla a ella, le hablo como cuando estábamos en la cornisa del campanario.

—Durante toda mi vida, siempre he conducido tres veces más rápido que los demás o tres veces más lento. De pequeño corría en círculos por el salón, una y otra vez, hasta que acabé marcando un anillo en la moqueta. De manera que empecé a seguir el trazo del anillo, hasta que un día mi padre se hartó y la arrancó del suelo con sus propias manos. Y en vez de sustituir la moqueta por otra nueva, dejó el hormigón a la vista, con trozos de cola con fragmentos de moqueta adherida por todas partes.

—Vamos, hazlo. Ve más rápido.

—Oh, no. A sesenta todo el rato, pequeña. —pero subo a ochenta. Me siento la mar de bien, porque tengo a Bella en el coche y mi padre está en la ciudad por asuntos de negocios, lo que significa que esta noche no habrá Cena Familiar Obligatoria—. Tus padres son geniales, por cierto. Has tenido suerte en la lotería de los padres, Ultrabella.

—Gracias.

—Así que... Boy Parade. ¿Conseguiste al final la entrevista?

Me lanza una mirada.

—De acuerdo, cuéntame lo del accidente.

No espero que lo haga, pero mira por la ventanilla y empieza a hablar.

—No recuerdo gran cosa. Recuerdo que entramos en el coche porque nos marchamos de la fiesta. Eli y ella habían tenido una pelea...

—¿Eli Cross?

—Estuvieron saliendo casi todo el año pasado. Estaba enfadada, pero no me dejó conducir. Fui yo quien le dije que fuera por el puente de la calle A. —habla muy, muy bajito—. Recuerdo una indicación que decía: EL PUENTE SE HIELA ANTES QUE LA CARRETERA. Recuerdo que patinamos y que Esme dijo: «No puedo dominarlo». Recuerdo cuando volamos por el aire, y los gritos de Esme. Después de eso, todo se volvió negro. Me desperté en el hospital tres horas más tarde.

—Cuéntame cosas sobre ella.

Sigue mirando a través de la ventanilla.

—Era inteligente, tozuda, de humor inestable, divertida, malvada cuando perdía los nervios, dulce, protectora con sus seres queridos. Su color favorito era el amarillo. Siempre me apoyaba, aunque nos peleáramos a veces. Podía contárselo todo porque una de las cosas buenas de Esme era que nunca emitía juicios de valor. Era mi mejor amiga.

—Yo nunca tuve un mejor amigo. ¿Qué se siente?

—No lo sé. Supongo que puedes ser tú mismo, independientemente de lo que eso implique, lo mejor y lo peor de ti mismo. Y tu mejor amigo te quiere de todas maneras. Puedes pelearte, pero aunque estés enfadado con él, sabes que no dejará de ser tu amigo.

—Tal vez necesitaría uno.

—Mira, quería decirte que siento lo de Mike y esa gente.

El límite de velocidad es ciento diez, pero me obligo a mantenerme a cien.

—No es culpa tuya. Y disculparse es una pérdida de tiempo. Tienes que vivir tu vida para nunca tener que decir que lo sientes. Es más fácil hacerlo bien de entrada y así no tener que pedir disculpas. Mira quién habla.

El parque donde se encuentra la biblioteca móvil está a ocho kilómetros de Forks y se llega a través de una carretera rural flanqueada por maizales. Como el terreno es llano y apenas hay árboles, las caravanas se alzan como rascacielos sobre el paisaje. Me inclino sobre el volante.

—¿Qué demonios...?

Bella se inclina también hacia delante y apoya las manos en el salpicadero. Cuando abandono el asfalto para adentrarme en la gravilla, dice:

—Esto lo hacíamos a veces en California. Mis padres, Esme y yo nos montábamos en el coche e íbamos a buscar librerías. Cada uno elegía el libro que quería encontrar y no podíamos volver a casa hasta haberlos encontrado todos. A veces nos recorríamos ocho o diez librerías en un solo día.

Sale del coche antes que yo y se dirige a la primera biblioteca móvil —una caravana de los años cincuenta— instalada más allá de la gravilla, en el campo. Hay siete caravanas en total, de fabricante, modelo y años distintos, colocadas en fila y rodeadas de maíz. En cada una de ellas se anuncia una categoría distinta de libros.

—Es una de las cosas más jodidamente increíbles que he visto en mi vida.

No sé si Bella me oye porque ya está entrando en la primera caravana.

—Cuida tu lenguaje, jovencito. —veo una mano extendida y la estrecho. Pertenece a una mujer bajita y rechoncha con el pelo amarillo teñido, mirada cálida y cara arrugada—. Faye Carnes.

—Edward Cullen. ¿Es usted el cerebro que está detrás de todo esto? —pregunto, moviendo la cabeza en dirección a la fila de caravanas.

—Así es. —echa a andar y la sigo—. El condado suprimió el servicio de bibliotecas móviles en los ochenta y le dije a mi marido que era una lástima. Una verdadera y triste lástima. Me pregunté qué pasaría con todas esas caravanas. Alguien tendría que comprarlas y mantenerlas en funcionamiento. De modo que lo hicimos nosotros. Al principio, las arrastrábamos por la ciudad, pero mi marido, Franklin, está fastidiado de la espalda, y por eso decidimos plantarlas, como el maíz, y que la gente viniese a nosotros.

La señora Carnes me guía de caravana en caravana, y entro en todas y exploro. Busco entre montones de libros de tapa dura y de bolsillo, todos sobados y leídos. Busco algo en particular, pero hasta el momento no lo encuentro.

La señora Carnes me sigue, devolviendo los libros a su lugar, quitando el polvo de las estanterías y me cuenta cosas acerca de su marido, Franklin, y su hija, Sara, y su hijo, Franklin Jr., que cometió el error de casarse con una chica de Kentucky, lo que significa que solo lo ve por Navidades. Es una charlatana, pero me gusta.

Bella nos localiza cuando estamos en la caravana número seis (la infantil). Llega cargada de clásicos. Saluda a la señora Carnes y le pregunta:

—¿Cómo funciona esto? ¿Necesito el carnet de la biblioteca?

—Puedes elegir entre comprar o préstamo, pero sea como sea, no necesitas ningún carnet. Si te llevas algún libro en calidad de préstamo, confiamos en que nos lo devuelvas. Si lo compras, solo aceptamos dinero en efectivo.

—Me gustaría comprar. —me mira entonces a mí—. Podrías ir a buscarme el bolso para el dinero.

Pero saco la cartera y le doy a la señora Carnes un billete de veinte, que es lo más pequeño que tengo, y ella cuenta los libros.

—Es a dólar el libro, y son diez. Tendré que subir a casa para buscar cambio.

Desaparece antes de que me dé tiempo a decirle que puede quedarse lo que sobra.

Bella deja los libros y la acompaño a explorar las caravanas. Sumamos unos cuantos libros más al montón y, en un momento dado, la miro y me sonríe. Es esa sonrisa que esbozas cuando estás pensando en alguien e intentando decidir qué sientes por esa persona. Le sonrío y aparta la mirada.

Vuelve la señora Carnes y discutimos por lo del cambio: yo quiero que se lo quede y ella quiere que lo coja, y al final accedo porque no acepta un no por respuesta. Cargo los libros en el coche mientras ella habla con Bellat. Encuentro en la cartera otro billete de veinte, y cuando regreso a las caravanas, entro en la primera, dejo el billete de veinte y el cambio en la vieja caja registradora que hay en una especie de mostrador improvisado.

Llega un grupo de niños y nos despedimos de la señora Carnes. Cuando nos vamos, dice Bella:

—Ha sido fabuloso.

—Lo ha sido, pero no cuenta como excursión.

—Técnicamente hablando, es un lugar más, y eso es todo lo que necesitábamos.

—Lo siento, pero no cuenta. Por fabuloso que sea, está prácticamente en el jardín de atrás de nuestra casa, dentro de nuestra zona de seguridad de seis o siete kilómetros. Además, no se trata de ir tachando cosas de una lista.

Camina unos metros por delante de mí, haciendo ver que yo no existo, pero ya me está bien, estoy acostumbrado, y lo que ella no sabe es que esto no me perturba en absoluto. La gente o me ve o no me ve. Me pregunto cómo debe de ser eso de andar por la calle, seguro y a salvo en tu pellejo, fundiéndote con los demás. Sin que nadie se vuelva, nadie se quede mirándote, nadie te espere ni espere nada de ti, nadie se pregunte qué estúpida locura harás a continuación.

Pero ya no puedo aguantar más y echo a correr, y me gusta liberarme del paso lento y regular de todo el mundo. Me libero de mi mente que, por algún motivo que desconozco, está describiéndome como alguien tan muerto como los autores de los libros que ha elegido Bella, dormido para siempre, enterrado en las profundidades bajo capas y capas de tierra y maizales. Casi noto la tierra cerrándose sobre mí, el ambiente cargado y húmedo, la oscuridad presionándome, y tengo que abrir la boca para respirar.

Corriendo rápido, Bella me adelanta, su cabello chocolate vuela por detrás de ella como la cola de un cometa, el sol lo captura y convierte en oro sus puntas. Estoy tan inmerso en mi cerebro, aceptando los pensamientos, dejándolos fluir, que al principio no estoy seguro de que sea ella, y entonces echo a correr para atraparla, y corro a su lado, igualando mi ritmo al suyo. Vuelve a acelerar, y nos forzamos hasta tal punto que casi espero que de un momento a otro echemos a volar. Este es mi secreto: en cualquier momento saldré volando y huiré de aquí. Todo el mundo en la Tierra excepto yo —y ahora también Bella— se mueve a cámara lenta, como si estuvieran cargados de barro.

Nosotros somos más rápidos que cualquiera.

Llegamos al coche y Bella me lanza una mirada como queriendo decir «Toma esa».

Me digo que la he dejado ganar, pero me ha derrotado claramente.

Cuando entramos y pongo el coche en marcha, le doy nuestro cuaderno, el que hemos utilizado para anotar las excursiones, y le digo:

—Anótalo todo antes de que nos olvidemos.

—Tenía entendido que esta excursión no contaba.

Pero veo que ya está preparada.

—Venga, dame ese gusto. Ah, y de camino a casa pasaremos por un sitio más.

Abandonamos la gravilla y regresamos al asfalto. Bella levanta la vista del cuaderno donde está escribiendo.

—Estaba tan liada con los libros que se me ha pasado por completo lo de dejar alguna cosa.

—Tranquila. Ya lo he hecho yo.


Se complementan tan bien, y creo que sin darse cuenta, se han convertido en el compañero del otro. Me encanto lo de la librería móviles en caravanas, ojala en mi ciudad hubiera algo de eso. Me sorprende lo bien que se le da a Edward presionar a Bella, a pesar de que Bella se siente poco conectada a el (lo que yo llamo como etapa de negación) y está más preocupada por lo que pensaran sus "amigos", Edward es con el único que realmente ha hablado del accidente y de Esme.

Las leo en los reviews siempre (me encanta leerlas) y recuerden que: #DejarUnReviewNoCuestaNada.

Ariam. R.


Link a mi Facebook: www . facebook ariam . roberts . 1

Link al grupo de Facebook: www . facebook groups / 801822144011109 /