Todos los personajes pertenecen a Stephenie Meyer. La historia es completamente de la escritora Jennifer Niven, yo solo hago la adaptación. Advertencia: alrededor de esta historia se tocan algunos temas delicados como ansiedad, depresión, suicido, bullyng, etc. se recomienda estar consciente de ello a la hora de leer. Pueden encontrar el libro a la venta en línea (Amazon principalmente) o librerías. Todos mis medios de contacto (Facebook y antigua cuenta de Wattpad) se encuentran en mi perfil.
Edward
Días 16 y 17 (todo bien, hasta el momento)
Para compensar la ausencia del viernes, decido hablarle a Benedicto sobre Isabella. No menciono el nombre, pero tengo que contárselo a alguien que no sea ni Emmett ni Alice, que no hacen más que preguntarme si ya me he acostado con ella o recordarme la patada en el culo que me dará Ryan Cross si me atrevo a hacer algo con «su novia».
En primer lugar, sin embargo, Benedicto tiene que preguntarme si he intentado autolesionarme.
Es una rutina que repetimos dos veces por semana y que va más o menos así:
Benedicto: «¿Ha intentado autolesionarse desde la última vez que nos vimos, Edward?».
Yo: «No, señor».
Benedicto: «¿Ha pensado en autolesionarse?».
Yo: «No, señor».
He aprendido que lo mejor es no decir nada sobre lo que en realidad piensas. Si no dices nada, dan por sentado que no piensas nada, solo lo que les dejas entrever.
Benedicto: «¿Está usted tomándome el pelo, hijo?».
Yo: «¿Cree que le tomaría el pelo a usted, una figura de autoridad?».
Como carece de sentido del humor, me mira entornando los ojos y dice:
—Espero que no. Me he enterado de lo del artículo del Forks Dirt.
—No siempre hay que creer lo que se lee, señor. —y abandono por fin mi sarcasmo. Está preocupado y tiene buenas intenciones. Es, además, uno de los pocos adultos que conozco que me presta atención—. De verdad. —digo, mi voz quebrándose, tal vez porque ese artículo estúpido me preocupa más de lo que me gustaría.
Terminado este intercambio, dedico el resto del tiempo a demostrarle las muchas razones que tengo para vivir. Hoy es el primer día que sacó a relucir el tema de Isabella.
—Hay una chica. La llamaremos Lizzy. —Elizabeth Meade es la jefa del club de macramé. Es tan agradable que no creo que le importe que le tome prestado el nombre con el fin de proteger mi intimidad—. Hemos entablado una amistad, y eso me hace muy, pero que muy feliz. Estúpidamente feliz. Tan feliz que mis amigos no me aguantan de tan feliz que estoy.
Me examina como si intentara buscarme el ángulo bueno. Continúo hablando sobre Lizzy y sobre lo felices que somos, y sobre que lo único que quiero es pasar mis días siendo feliz por lo feliz que soy, lo que en realidad es cierto, pero al final dice:
—Ya vale, ya lo he captado. ¿Es esta tal... Lizzy la chica del periódico? —dibuja unas comillas en el aire para acompañar el nombre—. ¿La que lo salvó de saltar de la cornisa?
—Posiblemente.
Me pregunto si me creería si le dijera que fue justo al revés.
—Ándese con cuidado.
«No, no, no, Benedicto —me gustaría decirle—. Precisamente usted debería saber que no es prudente decir cosas de este estilo a alguien que es tan feliz. "Ándese con cuidado", implica que todo tiene un final, que tal vez se produzca dentro de una hora, dentro de tres años, pero un final, de todos modos. ¿Acaso le daría un patatús si me dijera "Me alegro de verdad por usted, Edward Felicidades por haber encontrado a alguien que lo hace sentirse tan feliz"?»
—¿Sabe? Podría simplemente decir «felicidades» y dejarlo aquí.
—Felicidades.
Pero es demasiado tarde, porque ya lo ha dicho y mi cerebro se ha aferrado a ese «Ándese con cuidado» y no está dispuesto a soltarlo. Intento hacerle entender que lo que quería decir Benedicto era «Ándese con cuidado cuando mantenga relaciones sexuales. Utilice un condón», pero como que es un cerebro y, ya se sabe, tiene mentalidad propia, empieza a pensar en todas las maneras con que Bella Swan podría partirme el corazón.
Toqueteo el brazo del sillón, en la zona donde alguien lo ha rajado por tres puntos distintos. Me pregunto quién y cómo ha debido de ser mientras sigo toqueteándolo una y otra vez e intento silenciar el cerebro pensando en el epitafio de Benedicto. Viendo que no me funciona, pienso uno para mi madre («Fui esposa y sigo siendo madre, aunque no me preguntéis dónde están mis hijos») y otro para mi padre («El único cambio en el que creo consiste en quitarse de encima a la esposa y los hijos y empezar con otra»).
Entonces dice Benedicto:
—Hablemos sobre la prueba de acceso a la universidad. Ha obtenido una nota excelente.
Lo dice tan sorprendido e impresionado que me encantaría decirle: «Oh, no me digas. Qué te jodan, Benedicto».
La verdad es que los exámenes se me dan bien. Siempre.
—Lo de «felicidades» también resultaría apropiado en este caso. —digo.
Prosigue como si no me hubiera oído.
—¿Dónde tiene pensado ir a la universidad?
—Todavía no lo tengo claro.
—¿No cree que es hora de que piense un poco en su futuro?
Lo pienso. Igual que pienso en que más tarde veré a Bella.
—Pienso en el futuro. Estoy pensando en él en estos momentos.
Suspira y cierra la carpeta que contiene mi expediente.
—Lo veré de nuevo el viernes, Edward. Si necesita cualquier cosa, llámeme.
FHS es una institución gigantesca con una cantidad gigantesca de estudiantes, y por ello no veo a Bella con la frecuencia que cabría imaginar. Solo tenemos una clase juntos. Yo estoy en el sótano mientras ella está en la tercera planta, yo estoy en el gimnasio mientras ella está en la otra punta del edificio, en el salón de actos, yo estoy en clase de ciencias cuando ella está en español.
El martes lo mando todo al infierno y la espero fuera del aula a cada clase para poder acompañarla a la siguiente. Esto significa a veces tener que correr de un extremo del edificio a otro, pero el esfuerzo merece la pena. Tengo las piernas tan largas que recorro mucho espacio con cada zancada, incluso aunque tenga que abrirme paso a codazos entre la gente y a veces saltarles por encima. Es fácil, porque los demás se mueven a cámara lenta, como si fueran un rebaño de zombis o de babosas.
—¡Hola a todos! —voy gritando mientras corro—. ¡Es un día precioso! ¡Un día perfecto! ¡Un día con posibilidades!
Son tan apáticos que apenas me miran.
La primera vez que doy con Bella, está caminando por los pasillos con su amiga Shelby Padgett. La segunda vez me dice: «Edward, ¿otra vez tú?». Es difícil saber si está feliz de verme o incómoda, o si es una combinación de ambas cosas. La tercera vez dice: «¿No llegarás tarde?».
—¿Qué es lo peor que pueden hacerme? —le cojo la mano y tiro de ella—. ¡Abran paso! ¡Apártense!
Después de verla en literatura rusa, bajo corriendo escaleras y más escaleras hasta llegar al vestíbulo principal, donde me tropiezo con el director Wertz, que quiere saber qué estoy haciendo fuera de clase, jovencito, y por qué voy corriendo como si el enemigo estuviera pisándome los talones.
—Patrullando, señor. En estos tiempos nunca se está lo bastante seguro. Imagino que habrá leído acerca de las violaciones de las medidas de seguridad que se han producido en Rushville y Newcastle. Se han llevado ordenadores, destruido libros de la biblioteca, robado dinero del mostrador de recepción, y todo eso a plena luz de día, delante de las narices de todo el mundo.
Me lo estoy inventando, pero es evidente que no lo sabe.
—Vaya a clase —me dice—. E intente que no vuelva a encontrármelo de nuevo. ¿Es necesario que le recuerde que está en periodo de prueba?
—No, señor.
Hago ver que me marcho tranquilamente en la otra dirección, pero en cuanto suena otra vez la campana, echó a correr por el vestíbulo y subo la escalera como si hubiera un incendio.
Paso junto a Rosalie, Mike y Ryan, y cometo el error de chocar sin querer contra MikeMike, empujándolo sobre Rosalie. El contenido del bolso de Rosalie se derrama por el suelo y empieza a gritar. Antes de que Ryan y Mike conviertan mi casi metro noventa en picadillo, echó a correr y, lo más rápidamente que puedo, pongo la máxima distancia posible entre ellos y yo. Pagaré después por lo sucedido, pero en este momento me da igual.
Esta vez es Bella la que me espera. Cuando me detengo y me doblo sobre mí mismo para recuperar el aliento, me dice:
—¿Por qué lo haces?
Y sé que ni está feliz ni está incómoda, sino cabreada.
—Corramos para que no llegues tarde a clase.
—No pienso ir corriendo a ningún sitio.
—Entonces no puedo ayudarte.
—Dios mío, me volverás loca, Edward.
Me inclino sobre ella y se apoya en una taquilla. Mira hacia todos lados, como si le diera pánico que alguien pudiera ver juntos a Bella Swan y Edward Cullen. Que Dios me libre de que Ryan Cross pase ahora por aquí y se lleve una idea equivocada. Me pregunto qué le diría Bella. «No es lo que parece. Edward el Friki está acosándome. No me deja en paz.»
—Me alegro de poder devolverte el favor. —ahora soy yo el que está cabreado. Apoyo una mano en la pared, por encima de ella—. ¿Sabes? Eres mucho más simpática cuando estamos solos y nadie puede vernos.
—Tal vez si no anduvieras corriendo por los pasillos y gritándole a todo el mundo... No sé si lo haces porque es lo que se espera de ti o porque eres así.
—¿Tú qué piensas?
Tengo la boca a solo un par de centímetros de la de ella y espero que me arree un bofetón o me dé un empujón, pero entonces cierra los ojos y es cuando lo sé: lo tengo.
Muy bien, me digo. Un giro interesante de los acontecimientos. Pero antes de poder hacer algo, alguien me tira del cuello de la camiseta y me aparta. Oigo la voz del señor Kappel, el entrenador de béisbol, que dice:
—A clase, Edward. Y tú también. —mueve la cabeza en dirección a Bella—. Y una hora de castigo acabadas las clases para los dos.
Al terminar las clases, Bella entra en el aula del señor Stoker sin siquiera mirarme.
El señor Stoker dice:
—Vaya. Todo tiene siempre su primera vez. Nos sentimos honrados con su compañía, señorita Swan. ¿A qué debemos este placer?
—A él. —replica, moviendo la cabeza hacia donde yo estoy.
Toma asiento en la parte delantera del aula, lo más lejos que puede de mí.
Uyyyy, alguien se nos enojó, pero si Edward solo pretendía ser amable con ella. Por cierto, 0 para Benedicto y las personas que no saben manejar los trastornos mentales. No sirve de nada un concejero, si no va más allá de hacer su trabajo.
Las leo en los reviews siempre (me encanta leerlas) y recuerden que: #DejarUnReviewNoCuestaNada.
—Ariam. R.
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