Todos los personajes pertenecen a Stephenie Meyer. La historia es completamente de la escritora Jennifer Niven, yo solo hago la adaptación. Advertencia: alrededor de esta historia se tocan algunos temas delicados como ansiedad, depresión, suicido, bullyng, etc. se recomienda estar consciente de ello a la hora de leer. Pueden encontrar el libro a la venta en línea (Amazon principalmente) o librerías. Todos mis medios de contacto (Facebook y antigua cuenta de Wattpad) se encuentran en mi perfil.
Bella
Faltan 142 días
Las dos de la mañana. Miércoles. Mi habitación.
Me despierto cuando oigo el sonido de las piedrecitas contra el cristal de la ventana.
Al principio creo que estoy soñando, pero luego vuelvo a oírlo. Me levanto y miró entre las cortinas y veo a Edward Cullen en el jardín delantero vestido con pantalón de pijama y una sudadera oscura con capucha.
Abro la ventana y me asomo.
—Vete. —sigo enfadada con él por haber hecho que me castigaran por primera vez en mi vida. Y estoy enfadada con Ryan porque pensara que volvíamos a salir, aunque ¿qué culpa tiene él? He coqueteado, le di aquel beso en el hoyuelo, lo besé en el autocine. Estoy enfadada con todo el mundo, pero principalmente conmigo—. Vete. —repito.
—No me hagas subir a este árbol, por favor, porque seguramente acabaré cayendo y partiéndome el cuello, y nos queda mucho que hacer antes de que me metan en un hospital.
—No tenemos nada más que hacer. Ya lo hemos hecho todo.
Pero bajo igualmente porque, si no lo hago, ¿quién sabe qué podría pasar? Me peino, me pongo un poco de brillo en los labios y me cubro con un albornoz.
Cuando salgo, Edward está sentado en el porche, apoyado en la barandilla.
—Pensaba que no ibas a bajar nunca. —dice.
Me siento a su lado y noto la frialdad del peldaño a través del tejido de mi pijama con estampado de monos.
—¿Qué haces aquí?
—¿Estabas despierta?
—No.
—Lo siento. Pero ahora ya lo estás, vamos.
—No pienso ir a ningún lado.
Se levanta y se va hacia el coche. Se da la vuelta y dice, casi gritando:
—Vamos.
—No puedo largarme así cuando me dé la gana.
—¿No sigues enfadada, verdad?
—De hecho, sí. Pero mírame bien. Ni siquiera estoy vestida.
—Vale. Puedes seguir con ese albornoz tan feo. Y ponte unos zapatos y una chaqueta. No pierdas el tiempo cambiándote. Escribe una nota a tus padres para que no se preocupen si se despiertan y descubren que no estás. Te concedo tres minutos antes de venir a por ti.
Nos dirigimos al centro de Forks. Los edificios se estructuran en torno a lo que llamamos el Boardwalk. Desde que inauguraron el nuevo centro comercial ya no hay motivos para venir hasta aquí, excepto la panadería, donde hacen las mejores madalenas en muchos kilómetros a la redonda.
Los establecimientos son como parásitos, reliquias de hace más de veinte años: unos tristes y viejísimos grandes almacenes, una zapatería que huele a naftalina, una juguetería, una confitería, una heladería.
Edward aparca el Saturn y dice:
—Ya hemos llegado.
Los escaparates están oscuros, naturalmente, y no hay nadie en la calle. Es fácil imaginar que Edward y yo somos los dos únicos habitantes del mundo.
—Cuando mejor pienso es de noche —dice—, cuando todos duermen. Sin interrupciones. Sin ruido. Me gusta la sensación de estar despierto cuando nadie más lo está.
Me pregunto si duerme en algún momento.
Veo nuestro reflejo en el escaparate de la panadería y parecemos dos niños vagabundos.
—¿Adónde vamos?
—Ya lo verás.
El ambiente es fresco, limpio, silencioso. A lo lejos, veo la torre Purina iluminada, nuestro edificio más alto, y más allá, el campanario del instituto.
Cuando llegamos a Bookmarks, Edward saca unas llaves y abre la puerta.
—Mi madre trabaja aquí cuando no se dedica a vender casas.
La librería es pequeña y está a oscuras. Hay una pared con revistas a un lado, estanterías con libros, dos mesitas, cuatro sillas, un mostrador vacío donde en horas laborables venden café y chucherías.
Edward se agacha detrás del mostrador y abre una nevera que queda escondida. Inspecciona su interior hasta que extrae dos refrescos y dos pastelitos, y entonces nos sentamos en el suelo de la zona infantil, decorada con pufs y una ajada alfombra de color azul. Enciende una vela que ha encontrado junto a la caja registradora y la luz baila en su cara cuando Edward se mueve de estantería en estantería, recorriendo con la punta de los dedos los lomos de los libros.
—¿Buscas alguna cosa?
—Sí.
Al final, se agacha a mi lado y se pasa la mano por el cabello cobrizo, despeinándolo en todas direcciones.
—No lo tenían en la biblioteca móvil y tampoco lo tienen aquí. —coge una montaña de libros infantiles y me pasa un par—. Aunque, por suerte, tienen esto.
Se sienta con las piernas cruzadas, su pelo alborotado cayendo sobre un libro, y al instante es como si se hubiera ido y estuviera en otra parte.
—Sigo enfadada contigo por lo del castigo. —comento.
Espero una respuesta rápida, una frase ingeniosa e intencionada, pero ni siquiera levanta la vista y se limita a buscar mi mano y seguir leyendo. Percibo la disculpa en sus dedos y se me quitan las ilusiones, de modo que me inclino hacia él —solo un poco— y leo por encima de su hombro. Tiene la mano caliente y no quiero soltársela.
Comemos con una sola mano y repasamos el montón de libros, y empezamos a leer en voz alta uno del Dr. Seuss titulado ¡Oh, cuán lejos llegarás! Alternamos estrofas, primero Edward, luego yo, Edward, luego yo.
Hoy es tu día. ¡Felicidades!
Te marchas muy lejos de aquí a descubrir maravillosos lugares...
En un momento dado, Edward se levanta y empieza a actuar. No necesita el libro porque se lo sabe de memoria, y yo me olvido de leer porque es más divertido verlo, incluso cuando las palabras y su tono de voz se vuelven serios.
Llegarás a un lugar con calles sin nombre.
Y casas a oscuras, aunque algunas con lumbre.
Confundido, echarás a correr rumbo, me temo, a un lugar sin nada que hacer.
El lugar de espera... para gente que espera...
Ahora habla en sonsonete.
Pero lograrás escapar a toda esa espera y aburrimiento.
y encontrarás esos lugares radiantes donde las banderolas ondean y las orquestas tocan con sentimiento.
Tira de mí hasta ponerme en pie.
¡Volverás a vivir aventuras maravillosas!
Porque bajo el cielo solo hay cosas hermosas.
Representamos entonces nuestra propia versión de las banderolas ondeando, que consiste en saltar sobre las cosas: pufs, sillas, libros. Cantamos juntos los últimos versos «Tu montaña te espera. ¡Así que ponte en camino!», y acabamos tirados por el suelo, la luz de la vela bailando por encima de nuestras cabezas, riendo como si nos hubiéramos vuelto locos.
La única forma de subir a lo alto de la torre Purina es mediante la escalera de acero construida en un lateral de la misma y que debe de tener veinticinco mil peldaños. Cuando llegamos arriba — resoplando como el señor Black—, nos quedamos junto al árbol de Navidad que está instalado allí todo el año. De cerca, es más grande de lo que parece desde abajo. Más allá hay un poco de espacio libre y Edward extiende la manta y nos acurrucamos sobre ella, brazo contra brazo, tapándonos con el resto.
—Mira. —dice.
Por todos lados, extendiéndose por debajo de nosotros, hay lucecitas tenues y grupillos negros de árboles. Estrellas en el cielo, estrellas en el suelo. Es difícil adivinar dónde termina el cielo y empieza la tierra. Por mucho que odie tener que admitirlo, es bello. Siento la necesidad de decir alguna cosa grandiosa y poética, pero lo único que me sale es:
—Es precioso.
—Precioso es una palabra preciosa que deberías utilizar más a menudo. —se estira para taparme un pie que se ha escapado de debajo de la manta—. Es como si fuera nuestra.
Al principio pienso que se refiere a la palabra, pero luego comprendo que se refiere a la ciudad.
Y entonces pienso: «Sí, eso es». Edward Cullen siempre sabe qué decir, mucho mejor que yo. Es él quien debería ser escritor y no yo. Tengo celos de su cerebro, aunque solo durante un segundo. El mío me parece vulgar.
—Uno de los problemas que presenta la gente es que a menudo se olvida de que lo que de verdad cuenta son las pequeñas cosas. Todo el mundo está ocupado esperando en el Lugar de la Espera. Si nos parasemos un momento a recordar que existen cosas como la torre Purina y una vista como esta, todos seríamos más felices.
No sé por qué, digo:
—Me gusta escribir, pero también me gustan muchas más cosas. Tal vez de todas esas cosas, escribir sea lo que mejor se me da. Tal vez sea lo que más me gusta. Tal vez sea el lugar donde me siento más cómoda. O tal vez resulte que lo de escribir ya se ha acabado. Tal vez tendría que hacer ahora otra cosa. No lo sé.
—Todo en este mundo lleva un final incorporado, ¿no? Una bombilla de cien vatios, por ejemplo, está diseñada para que dure setecientas cincuenta horas. El sol morirá dentro de cinco mil millones de años. Todos tenemos una fecha de caducidad. Los gatos viven quince años, quizá un poco más. Los perros llegan a los doce. El norteamericano medio está concebido para que dure veintiocho mil días a partir de su fecha de nacimiento, lo que significa que existe un año, un día, una hora y un minuto concreto en el que nuestra vida tocará a su fin. Tu hermana se fue con dieciocho años. Pero si un ser humano fuera capaz de evitar todas las enfermedades mortales, infecciones y accidentes, viviría hasta los ciento quince.
—¿Quieres decir con esto que tal vez he alcanzado mi fecha de caducidad como escritora?
—Lo que quiero decir es que dispones de tiempo para decidir. —me pasa nuestro cuaderno oficial de excursiones y un bolígrafo—. Y, de momento, ¿por qué no anotar cosas en un cuaderno que nadie más verá? ¿Por qué no escribirlo en un papel y pegarlo a la pared? Aunque, por lo que sé, también es posible que se te dé fatal.
Ríe y esquiva mi puñetazo en el brazo, y entonces saca una ofrenda: servilletas de Bookmarks, la vela a medio consumir, una caja de cerillas y un punto de libro hecho con macramé. Lo guardamos todo en un Tupperware plano que ha confiscado de su casa y lo dejamos a la vista para que lo encuentre la próxima persona que suba a la torre. Edward se levanta y se acerca al borde, donde solo una barandilla protectora metálica que le llega a la altura de las rodillas impide la caída.
Alza los brazos por encima de la cabeza, los puños apretados, y grita:
—¡Abre tus ojos de mierda y mírame bien! ¡Estoy aquí! —grita a todo aquello que odia y quiere cambiar hasta quedarse ronco. Entonces, me hace un gesto—: Tu turno.
Voy hacia allí, pero no me acerco tanto al borde como Edward, a quien no parece importarle caerse. Lo agarro por la sudadera sin que ni siquiera se dé cuenta, como si con ello pudiera salvarlo, y en vez de mirar abajo, levanto la cabeza hacia arriba. Pienso en todo lo que me gustaría gritar:
«¡Odio esta ciudad!». «¡Odio el invierno!» «¿Por qué tuviste que morirte?» Esto último va dirigido a Esme. Sus cenizas reposan en California, pero a veces me pregunto dónde está, si es que está en alguna parte. «¿Por qué me abandonaste?» «¿Por qué me hiciste esto?»
Pero me quedo allí, agarrada a la sudadera de Edward, y él me mira y mueve la cabeza, y empieza a canturrear de nuevo los versos del Dr. Seuss. Esta vez lo acompaño, y nuestras voces recorren la ciudad dormida.
Cuando me deja en casa, quiero que me dé un beso de buenas noches, pero no lo hace. Desanda el camino de acceso, con las manos en los bolsillos, y se da la vuelta para mirarme.
—La verdad, Ultrabella, es que estoy seguro de que no se te da mal escribir.
Lo dice en voz alta para que todo el vecindario se entere.
Edward y sus intentos de acercamiento parecen dar resultados. Bella cada día se siente más unida a él y creo que todas aquí notamos que está desarrollando fuertes sentimientos por Edward. ¿Y qué tal nuestro chico? ¿Por qué no se animara a besar a nuestra chica? Ya saben ustedes, la mente de Edward funciona de maneras diferentes.
Las leo en los reviews siempre (me encanta leerlas) y recuerden que: #DejarUnReviewNoCuestaNada.
—Ariam. R.
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