Todos los personajes pertenecen a Stephenie Meyer. La historia es completamente de la escritora Jennifer Niven, yo solo hago la adaptación. Advertencia: alrededor de esta historia se tocan algunos temas delicados como ansiedad, depresión, suicido, bullyng, etc. se recomienda estar consciente de ello a la hora de leer. Pueden encontrar el libro a la venta en línea (Amazon principalmente) o librerías. Todos mis medios de contacto (Facebook y antigua cuenta de Wattpad) se encuentran en mi perfil.
Edward
Día 22 y sigo aquí
En el instante en que entramos en casa de mi padre sé que algo va mal. Nos recibe Rosemarie y nos invita a pasar al salón, donde encontramos a Jasper sentado en el suelo jugando con un helicóptero a pilas que vuela y hace ruido. Kate, Tanya y yo nos quedamos mirándolo, y sé que están pensando lo mismo que yo, que los juguetes a pilas son demasiado ruidosos. De pequeños, nunca nos dejaron tener nada que hablase, volase o hiciese ruido.
—¿Dónde está papá? —pregunta Kate. Por la puerta de atrás veo que la barbacoa está cerrada—. ¿Ya ha vuelto del viaje de negocios, no?
—Regresó el viernes. Está en el sótano.
Rosemarie nos pasa unas latas de refresco, sin vaso, otra señal que indica que algo va mal.
—Voy a verlo. —le digo a Kate.
Si está en el sótano, solo puede significar una cosa: que está sumido en uno de sus «estados de ánimo», como los denomina mi madre. «No molestes a tu padre, Edward, tiene uno de sus estados de ánimo. Dale tiempo para que se tranquilice y todo irá bien.»
El sótano es agradable, está enmoquetado y pintado, hay luces por todas partes, también los antiguos trofeos de hockey de mi padre, un jersey enmarcado y estanterías repletas de libros, por mucho que él no lea nada de nada. En una de las paredes hay colgada una pantalla plana gigante y mi padre está delante de ella, sus enormes pies reposando sobre la mesita de centro, viendo un partido y gritándole al televisor. Tiene la cara colorada, las venas del cuello sobresaliéndole. Sujeta una cerveza en una mano y el mando a distancia en la otra.
Me aproximo a él y me sitúo en su ángulo de visión. Y allí me quedo, con las manos en los bolsillos y mirándolo hasta que por fin levanta la vista.
—Por Dios —dice—. Vas por ahí asustando a la gente.
—No creo. A menos que a tu edad te hayas vuelto sordo, deberías haberme oído bajar la escalera. La cena está lista.
—Dentro de un rato subo.
Avanzo hasta pararme delante de la pantalla plana.
—Deberías subir ahora. Tu familia está aquí; ¿te acuerdas de nosotros? ¿De los originales? Estamos aquí y tenemos hambre, y no hemos venido para pasar el rato con tu nueva esposa y tu nuevo hijo.
Puedo contar con los dedos de una mano las veces que le he hablado de esta manera a mi padre, pero tal vez sea la magia de Edward el Cabrón, puesto que no le tengo nada de miedo.
Golpea la mesita con la cerveza con tanta fuerza que la botella se hace añicos.
—No vengas a mi casa a decirme qué tengo que hacer.
Y entonces se levanta del sofá y se abalanza sobre mí, me agarra por el brazo y, ¡pam!, me arroja contra la pared. Oigo el «crac» cuando mi cráneo entra en contacto con el muro y la habitación parece dar vueltas durante unos instantes.
Pero en cuanto se estabiliza de nuevo, digo:
—Tengo que agradecerte que mi cabeza sea tan dura a estas alturas.
Y antes de que le dé tiempo a atraparme de nuevo, huyo escaleras arriba.
Cuando llega ya estoy sentado a la mesa, y ver a su flamante nueva familia le hace recordar quién es. Dice: «Hay algo que huele muy bien», le da un beso en la mejilla a Rosemarie, se sienta delante de mí y despliega la servilleta. No me mira ni me habla durante el resto de tiempo que pasamos en la casa.
Luego, en el coche, Kate dice:
—Eres imbécil, y lo sabes. Podría haberte mandado al hospital.
—Déjalo. —digo.
Llegamos a casa y mi madre levanta la cabeza de la mesa. Está intentando poner en orden papeles y extractos bancarios.
—¿Qué tal la cena?
Antes de que alguien responda, la abrazo y le estampo un beso en la mejilla, un gesto que, puesto que no somos una familia muy dada a las muestras de afecto, la pone en estado de alarma.
—Salgo.
—Ve con cuidado, Edward.
—Yo también te quiero, mamá.
Esto la descoloca aún más, y antes de que se eche a llorar, cruzo la puerta, entro en el garaje y subo en el Pequeño Cabrón. Me siento mejor en cuanto pongo el motor en marcha. Me miro las manos y están temblando, porque mis manos, al igual que el resto de mí, desearían matar a mi padre.
Desde que yo tenía diez años y envió a mi madre al hospital con la barbilla reventada, y un año después, cuando hizo lo mismo conmigo.
Con la puerta del garaje aún cerrada, permanezco sentado, las manos al volante, pensando en lo fácil que sería simplemente quedarme aquí sin moverme.
Cierro los ojos.
Me recuesto.
Dejo descansar las manos en el regazo.
No siento gran cosa, tal vez me note algo somnoliento. Aunque podría ser solo cuestión de mi persona y de ese oscuro vórtice que gira lentamente, como un remolino, y que siempre, en cierta medida, está ahí, dentro de mí y alrededor de mí.
«El porcentaje de suicidios por inhalación de gases de automóvil ha disminuido en Estados Unidos desde mediados de los años sesenta, momento en el que se introdujeron los controles de emisión de humos. En Inglaterra, donde dichos controles son prácticamente inexistentes, el porcentaje se ha duplicado.»
Estoy muy tranquilo, como si estuviera en clase de ciencias haciendo un experimento. El estruendo del motor es como una especie de nana. Me obligo a quedarme en blanco, como hago en las raras ocasiones en que intento dormir. En lugar de pensar, me imagino en el agua, yo flotando de espaldas, quieto y tranquilo, sin ningún movimiento excepto el del corazón que late en el pecho.
Cuando me encuentren, parecerá que estoy durmiendo.
«En 2013, un hombre de Pennsylvania se suicidó con monóxido de carbono. Cuando los miembros de su familia intentaron rescatarlo, cayeron víctimas de los vapores y murieron absolutamente todos antes de que los equipos de rescate pudieran salvarlos.»
Pienso en mi madre, y en Tanya y en Kate, y entonces le doy al mando, se levanta la puerta y emerjo al más allá azul y salvaje. Durante el primer kilómetro me siento colocado y excitado, como si acabara de entrar en un edificio en llamas y hubiera salvado vidas, como si fuese un héroe.
Pero entonces, una voz en mi interior dice: «No eres ningún héroe. Eres un cobarde. Solo las has salvado de ti mismo».
Cuando hace un par de meses las cosas se pusieron feas, cogí el coche y fui a French Lick, un nombre que suena muchísimo más sexy de lo que en realidad es. Originalmente se llamaba Salt Spring, y es famoso por su casino, sus elegantes instalaciones y spas, por el jugador de baloncesto, Larry Bird y por sus fuentes termales con poderes curativos.
En noviembre fui a French Lick y bebí agua con la esperanza de que sirviera para solucionar mi oscuro remolino mental y, de hecho, me sentí mejor durante un par de horas, aunque es posible que fuera simplemente porque estaba muy hidratado.
Pasé la noche en el Pequeño Cabrón, y cuando a la mañana siguiente me desperté, pesado y con ganas de morirme, me crucé con uno de los trabajadores del lugar y le dije:
—Tal vez he bebido el agua que no tocaba.
El hombre miró por encima de su hombro derecho, luego por encima del izquierdo, como hacen en las películas, se inclinó entonces hacia mí y me dijo:
—Donde tienes que ir es a Mudlavia.
Al principio pensé que iba drogado.
—¿Mudlavia? —repetí yo.
—El auténtico está allá arriba —dijo entonces—. Al Capone y la banda de Dillinger siempre iban allí después de llevar a cabo cualquier atraco a mano armada. Queda poca cosa, excepto las ruinas —el hotel se incendió en 1920—, pero las aguas fluyen con la intensidad de toda la vida. Yo subo cuando me duelen las articulaciones.
No fui porque cuando regresé de French Lick estaba destrozado y ahí acabó la cosa. Y no volví a viajar en mucho tiempo. Pero ahora he puesto rumbo a Mudlavia. Y como se trata de un asunto serio y personal, y no de una excursión, decido que no me acompañe Bella.
Llegar a Kramer, Washington, población: treinta habitantes, me lleva dos horas y media. El paisaje es más bonito que en Forks: colinas y valles, todo cubierto de nieve, como una fotografía de Norman Rockwell.
Me imagino que el hotel será un lugar al estilo de la Tierra Media, pero lo que descubro son hectáreas de delgados árboles parduscos y ruinas. No hay más que edificios derruidos y paredes cubiertas de graffiti, hiedra y malas hierbas. Incluso en invierno, es evidente que la naturaleza se ha impuesto la misión de recuperar el territorio.
Me adentro en lo que era el hotel, la cocina, los pasillos, las habitaciones. Es un lugar lúgubre y tenebroso que me pone triste. Las paredes que siguen en pie están llenas de pintadas.
«Protégete el pene.»
«Locura, por favor.»
«Qué se joda el que lo lea.»
No me parece un lugar de curación. En el exterior, me abro camino entre hojas, escombros y nieve para encontrar los manantiales. No sé muy bien dónde están, y para localizarlos me quedo quieto y aguzo el oído antes de echar a andar hacia la dirección correcta.
Me preparo para llevarme una decepción. Pero cuando sorteo los árboles, me encuentro en la orilla de un riachuelo. La corriente está viva, no helada, los árboles son más frondosos que los demás, como si el agua los alimentara. Sigo el lecho del arroyo hasta que la orilla se transforma en paredes de piedra y a partir de ahí vadeo, noto el agua salpicándome los tobillos. Me agacho y ahueco las manos. Bebo. Está fría y sabe débilmente a barro. Viendo que no me he muerto, vuelvo a beber. Lleno de agua la botella que he traído conmigo y la calzo en el fondo fangoso para que no la arrastre la corriente. Me tiendo en el arroyo y dejo que el líquido me cubra.
Cuando entro en casa, me tropiezo con Kate, que sale. Se enciende un cigarrillo. Por mucho que Kate sea muy franca, no quiere que mis padres se enteren de que fuma. Normalmente espera a estar en el coche y ya en marcha.
—¿Estabas con esa chica? —me pregunta.
—¿Cómo sabes que hay una chica?
—Reconozco los indicios. ¿La conoceremos?
—Seguramente no.
—Muy inteligente. —asiente y le da una buena calada al pitillo—. Tanya está dolida. A veces pienso que ella es quien se lleva la peor parte, con todo esto de Jasper, ya que son prácticamente de la misma edad. —dibuja tres anillos de humo perfectos—. ¿Te lo has preguntado alguna vez?
—¿Preguntarme qué?
—Si es de papá.
—Sí, aunque es muy menudo.
—Tú fuiste menudo hasta noveno, y mírate ahora, pareces un junco.
Kate sigue su camino y yo entro, y cuando voy a cerrar la puerta, me dice:
—¿Ed? —me doy la vuelta y la veo de pie junto a su coche, una silueta recortada en la oscuridad de la noche—. Ándate con mucho cuidado con ese corazón.
Otra vez «Ándate con cuidado».
Arriba, me atrevo a entrar en la cámara de los horrores de Tanya para asegurarme de que está bien. Su habitación es enorme, llena de ropa, libros y de todo tipo de cosas extrañas que colecciona: lagartijas, escarabajos, flores, tapones de botella, montañas y montañas de envoltorios de caramelo, muñecas de American Girl, abandonadas desde que tenía seis años y superó esa etapa. Todas las muñecas tienen grapas en la barbilla, como las que le pusieron a Tanya en el hospital después de sufrir un accidente en el recreo. Sus dibujos cubren hasta el último centímetro de pared, junto con un único póster de Justin Bieber.
Está en el suelo, recortando palabras de hojas de libros que ha ido encontrando por toda la casa, incluyendo entre ellos algunas novelas románticas de mi madre. Le pregunto si tiene otras tijeras y, sin levantar la vista, señala su escritorio. Debe de haber dieciocho tijeras, las que han ido desapareciendo del cajón de la cocina con el paso de los años. Elijo unas con mango de color morado y me siento delante de ella, nuestras rodillas rozándose.
—Dime las reglas.
Me pasa un libro, Su oscuro amor prohibido, y dice:
—Recorta las partes malas y las palabrotas.
Lo hacemos durante una media hora, sin hablar, solo recortando, y luego empiezo a darle un discurso de hermano mayor, explicándole que la vida irá a mejor, que no todo son malos momentos y gente mala, que también hay instantes brillantes.
—Menos hablar. —dice.
Seguimos trabajando en silencio hasta que le pregunto:
—¿Y qué pasa con las cosas que no son del todo feas sino simplemente desagradables?
Deja de recortar para pensar. Se mordisquea un mechón de pelo y resopla.
—Lo desagradable también.
Me concentro en las palabras. Aquí encuentro una, luego otra. Aquí veo una frase. Un párrafo. Una página entera. Pronto tengo junto a mí una montaña de palabras malas y desagradables. Cuando Tanya termina con un libro lo deja a un lado, y es entonces cuando lo entiendo: lo que quiere son las partes malas. Pretende coleccionar todas las palabras infelices, rabiosas, malas y desagradables para guardárselas.
—¿Por qué lo haces, Tan?
—Porque no deberían estar mezcladas con lo bueno. Solo buscan engañarte.
Y, de un modo u otro, comprendo lo que quiere decir. Pienso en el Forks Dirt y en todas sus palabras malas, no solo sobre mí, sino sobre cualquier alumno que sea raro o diferente. Mejor dejar aparte las palabras infelices, rabiosas, malas y desagradables, dejarlas allá donde puedas verlas y asegurarte de que no te pillan por sorpresa cuando menos te las esperas.
Cuando terminamos y se va a buscar más libros, cojo los que ha descartado ya y miro hasta que encuentro las palabras que ando buscando. Las dejo sobre su almohada: «Hazlo bonito». Cojo entonces los libros recortados que ya no quiere y me los llevo.
En mi habitación noto algo distinto.
Me detengo en el umbral de la puerta para comprender qué es. Las paredes rojas, la colcha negra, la cómoda, la mesa y la silla, todo está donde le corresponde. Tal vez la librería esté demasiado llena. La examino desde donde estoy porque no quiero entrar hasta saber qué pasa. Las guitarras siguen ahí. Las ventanas están al descubierto porque no me gustan las cortinas.
La habitación parece que está como la dejé. Pero la sensación es distinta, como si hubiera entrado alguien y hubiese movido las cosas. Entro poco a poco, como si pensara que ese alguien pudiera saltar sobre mí en cualquier momento, y abro la puerta del armario, casi esperando que me conduzca a la versión real de mi habitación, la correcta.
«Todo está bien.»
«Tú estás bien.»
Entro en el cuarto de baño, me desnudo y me meto bajo el agua caliente-caliente, y sigo ahí hasta que la piel se me pone roja y el calentador no puede más. Me envuelvo en una toalla y escribo «Ándate con cuidado» en el espejo empañado.
Vuelvo a la habitación para echarle un nuevo vistazo desde otro ángulo. La habitación está tal y como la dejé, y pienso que tal vez no sea la habitación lo que esté distinto. Tal vez sea yo.
Vuelvo al cuarto de baño, cuelgo la toalla, me pongo una camiseta y unos calzoncillos y me veo de refilón en el espejo de encima del lavabo cuando el vapor empieza a disiparse y lo que he escrito antes desaparece, dejando un óvalo lo bastante grande como para abarcar dos ojos verdes, el pelo cobrizo mojado, la piel blanca. Me inclino, me miro, y no es mi cara, sino la de otro.
Me siento en la cama y hojeo uno a uno los libros recortados. Leo los pasajes que se han salvado. Son felices, dulces, divertidos, cariñosos. Deseo estar rodeado de cosas así y decido recortar las mejores frases y las palabras más bonitas —como «sinfonía», «ilimitado», «oro», «mañana»— y luego pegarlo todo a la pared, donde se solapan con lo demás, una combinación de colores, formas y estados de ánimo.
Me envuelvo ahora con la colcha, me cubro todo lo que puedo —para no ver ni siquiera la habitación— y me tiendo en la cama como una momia. Es una manera de mantener el calor y la luz para que no vuelvan a salir nunca más. Asomo una mano por la abertura y cojo un libro, luego otro.
¿Y si la vida pudiera ser así? ¿Solo las partes felices, no las horribles, ni siquiera las medianamente agradables? ¿Y si pudiéramos recortar lo malo y conservar lo bueno? Es lo que quiero hacer con Bella: darle solo lo bueno, mantener alejado lo malo, para que siempre estemos rodeados solo de cosas buenas.
Siempre creí que gran parte de los problemas de Edward fueron culpa de su padre y la violencia que vivió durante su infancia é, sus hermanas y su madre por medio de su padre. Siempre me pareció que el padre de Edward tenía grandes problemas de agresividad y depresión. Pero Edward sigue amando a sus hermanas y está firmemente al lado de Kate y Tanya. Bella no aparece en el capítulo, pero vaya si no vimos un buen vistazo a la vida de Edward.
Las leo en los reviews siempre (me encanta leerlas) y recuerden que: #DejarUnReviewNoCuestaNada.
—Ariam. R.
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