Todos los personajes pertenecen a Stephenie Meyer. La historia es completamente de la escritora Jennifer Niven, yo solo hago la adaptación. Advertencia: alrededor de esta historia se tocan algunos temas delicados como ansiedad, depresión, suicido, bullyng, etc. se recomienda estar consciente de ello a la hora de leer. Pueden encontrar el libro a la venta en línea (Amazon principalmente) o librerías. Todos mis medios de contacto (Facebook y antigua cuenta de Wattpad) se encuentran en mi perfil.
Bella
Faltan 134 días
Edward lleva una semana sin aparecer por el instituto. Hay quien dice que lo han expulsado, otros que ha sufrido una sobredosis y lo han mandado a rehabilitación.
Los rumores se propagan a la manera clásica —en susurros y mensajes de texto—, porque el director Wertz se ha enterado de la existencia del Forks Dirt y lo ha clausurado.
Miércoles. Primera hora. En honor de la defunción del Dirt, Jordan Gripenwaldt hace circular caramelos. Troy Satterfield se mete en la boca dos piruletas a la vez y dice:
—¿Dónde está tu novio, Bella? ¿No deberías estar de vigilancia de suicidas?
Sus amigos y él ríen a carcajadas. Antes de que me dé tiempo a replicar, se saca las piruletas de la boca y las tira a la papelera.
El jueves me tropiezo con Emmett McCarty en el aparcamiento al acabar las clases.
Le digo que estoy haciendo un trabajo con Edward y que hace unos días que no tengo noticias de él. No le pregunto si los rumores son ciertos, aunque me gustaría hacerlo.
Emmett tira los libros sobre el asiento trasero del su coche.
—Es muy típico de él. Va y viene cuando le da la gana. —se quita la chaqueta y la tira encima de los libros—. Una cosa que pronto descubrirás es que sus cambios de humor son la polla.
Aparece entonces Alice Brandon, pasa por nuestro lado y abre la puerta del acompañante.
Antes de entrar, me dice:
—Me gustan tus gafas.
Veo que lo dice en serio.
—Gracias. Eran de mi hermana.
Parece como si estuviera reflexionando sobre mi respuesta, y luego mueve la cabeza en un gesto de asentimiento.
A la mañana siguiente, de camino a tercera hora, lo veo en el pasillo —a Edward Cullen—, aunque está distinto. Para empezar, lleva un andrajoso gorro de lana de color rojo, un jersey negro holgado, vaqueros, zapatillas deportivas y guantes negros de esos sin dedos. Edward el Vagabundo, pienso. Edward el Vago. Está apoyado en una taquilla, una rodilla doblada, hablando con Chameli Belk-Gupta, una de las chicas de primero de bachillerato que va también a clase de arte dramático. No parece ni verme cuando paso por su lado.
A tercera hora, cuelgo la mochila en la silla y saco el libro de geometría.
—Empezaremos repasando los deberes. —dice el señor Fisher.
Y apenas termina la frase, se dispara la alarma de incendio. Recojo mis cosas y sigo a los demás para salir del edificio. Oigo una voz detrás de mí que dice:
—Reúnete conmigo en el aparcamiento de profesores.
Me doy la vuelta y veo que es Edward; está de pie detrás de mí con las manos en los bolsillos. Se aleja como si fuera invisible y no estuviéramos rodeados de alumnos y profesorado, incluyendo al director Wertz, que habla a gritos por teléfono.
Dudo un instante y luego echo a correr, la mochila golpeándome en la cadera. Me muero de miedo de pensar que alguien me siga, pero ya es demasiado tarde para dar media vuelta, porque he empezado a correr. Corro hasta atrapar a Edward, y luego corremos más rápido, y nadie nos ha gritado para que nos paremos. Me siento aterrorizada, pero libre.
Corremos por el bulevar que pasa por delante del instituto y junto a los árboles que separan el aparcamiento principal del río que divide la ciudad por la mitad. Cuando llegamos a un claro, Edward me coge la mano.
—¿Adónde vamos? —pregunto, respirando con dificultad.
—Por allí. Pero calla. El primero que haga ruido tendrá que volver en pelotas al instituto.
Habla rápido. Se mueve rápido.
—¿En pelotas?
—Sí, en pelotas, desnudo. Eso es lo que significa ir en pelotas. Es la definición exacta de la expresión.
Bajo derrapando por el terraplén mientras Edward me guía sin hacer ruido, haciéndolo todo fácil.
Cuando llegamos a la orilla del río, levanta la mano y señala, y de entrada no sé qué quiere enseñarme. Entonces, veo una cosa que se mueve y me llama la atención. Es un ave de cerca de un metro de altura, con una corona roja sobre la cabeza blanca y el cuerpo de color gris carbón.
Chapotea en el agua y da picotazos en la orilla de enfrente, pavoneándose como un humano.
—¿Qué es?
—Una grulla monje. La única de Washington. Tal vez la única de Estados Unidos. Hibernan en Asia, lo que significa que está a más de once mil kilómetros de su casa.
—¿Cómo sabías que estaría aquí?
—Porque a veces, cuando no aguanto más allí —mueve la cabeza en dirección al instituto—, bajo aquí. A veces me doy un baño, y otras me quedo simplemente sentado un rato. Este chico lleva ya una semana por los alrededores. Temía que estuviera herido.
—Está perdido.
—No creo. Míralo. —el ave sigue en pie en las aguas poco profundas, luego se adentra un poco y empieza a chapotear. Me recuerda a un niño en una piscina—. ¿Lo ves, Ultrabella? Está de excursión.
Edward retrocede un poco y con la mano se protege los ojos del sol que se filtra entre las ramas.
Se oye entonces el crujido de una rama bajo su pie.
—Mierda. —susurra.
—Dios mío. ¿Significa esto que ahora tendrás que ir en pelotas hasta el instituto?
Pone una cara tan graciosa que no puedo evitar echarme a reír. Edward suspira, baja la cabeza en un gesto de derrota y, aunque hace un frío increíble, se quita el jersey, las zapatillas, la gorra, los guantes y los vaqueros. Va pasándome las cosas hasta que se queda solo en calzoncillos, y le digo:
—Eso también, Edward Cullen. Has sido tú el que has sugerido lo de quedarse en pelotas, y me parece que quedarse en pelotas implica quedarse completamente desnudo. Creo, de hecho, que sería la definición exacta del término.
Sonríe sin dejar de mirarme a los ojos en ningún momento, y así, sin más, se quita los calzoncillos. Me pilla por sorpresa, pues solo me imaginaba remotamente que fuera a hacerlo. Pero allí está, el primer chico real que veo desnudo en mi vida, y no parece cohibido en absoluto. Es alto y esbelto. Recorro su cuerpo con la mirada, las venas azules de los brazos y el perfil de la musculatura de los hombros, el vientre y las piernas. La cicatriz del abdomen es una herida profunda de color carmesí.
—Todo esto sería muchísimo más divertido si tú también estuvieras desnuda. —dice.
Y se lanza al río, su salto es tan limpio que la grulla apenas se inquieta. Avanza por el agua con grandes brazadas, como un nadador olímpico, y me siento en la orilla para admirarlo.
Nada hasta tan lejos que acaba convirtiéndose en una manchita. Mientras, saco el cuaderno y escribo sobre la grulla excursionista y sobre un chico con un gorro rojo que nada en invierno.
Pierdo la noción del tiempo, y cuando vuelvo a levantar la vista Edward está nadando cerca de donde estoy. Flota de espaldas en el agua, los brazos doblados debajo de la cabeza.
—Deberías meterte.
—No, tranquilo, preferiría no pillar una hipotermia.
—Vamos, Ultrabella Marcada. El agua está estupenda.
—¿Cómo me has llamado?
—Ultrabella Marcada. Vamos, a la de una, a la de dos...
—Estoy bien aquí.
—De acuerdo.
Nada hacia donde yo sigo sentada hasta que se pone de pie con el agua cubriéndolo hasta la cintura.
—¿Dónde has estado todo este tiempo?
—Redecorando.
Hunde la mano en el agua, como si intentara coger alguna cosa. La grulla permanece inmóvil en la orilla opuesta, observándonos.
—¿Ha vuelto ya tu padre a la ciudad?
Por lo visto, Edward ha encontrado lo que andaba buscando. Examina el contenido de sus manos ahuecadas antes de soltarlo.
—Por desgracia.
Ya no se oye la alarma de incendios y me pregunto si la gente habrá vuelto a entrar. De ser así, me pondrán una falta de asistencia. Debería estar más preocupada de lo que en realidad estoy, sobre todo ahora que ya me he hecho merecedora de un castigo, pero sigo tranquilamente sentada.
Edward nada hacia la orilla, sale y se acerca. Intento no mirarlo, mojado y desnudo, de manera que decido mirar la grulla, el cielo, cualquier cosa que no sea él. Se ríe.
—Supongo que dentro de esa enorme mochila que llevas a todas partes no tendrás una toalla.
—No.
Se seca con el jersey, sacude la cabeza como un perro y me salpica, y luego se viste. Cuando está vestido, guarda la gorra en el bolsillo trasero del pantalón y se retira el pelo cobrizo que le cae en la cara.
—Deberíamos volver a clase. —digo.
Tiene los labios azulados, pero ni siquiera está tiritando.
—Tengo una idea mejor. ¿Quieres que te la cuente? —pero antes de que le dé tiempo a explicármela, veo que Ryan, Mike y Joe Wyatt bajan corriendo por el terraplén.
—Estupendo. — murmura Edward.
Ryan viene directo hacia mí.
—Te hemos visto largarte cuando ha sonado la alarma.
MikeMike le lanza a Edward una mirada muy desagradable.
—¿Forma todo esto parte del trabajo? ¿Estáis de inspección por el río o estáis inspeccionándoos el uno al otro?
—Hazte mayor de una vez, Mike. —digo.
Ryan me frota los brazos como si quisiera hacerme entrar en calor.
—¿Estás bien?
Me lo quitó de encima.
—Pues claro que estoy bien. No era necesario que vinieras a ver cómo estoy.
—No la he secuestrado, si es eso lo que te preocupa. —dice Edward.
—¿Acaso te lo ha preguntado? —grazna Mike.
Edward mira a Mike desde su posición superior. Es cerca de diez centímetros más alto.
—No, pero me gustaría que lo hubiese hecho.
—Marica.
—Déjalo en paz, Mike. —le espeto. El corazón me late con fuerza porque no sé muy bien cómo acabará todo esto—. Da lo mismo lo que diga, tú solo buscas pelea. —y le digo a Edward—: Y tú no empeores la cosa.
Mike replica agresivamente:
—¿Qué haces así mojado? ¿Has decidido ducharte por fin después de tanto tiempo?
—No, tío, esa actividad me la guardo para cuando después vaya a ver a tu madre.
Y en un abrir y cerrar de ojos, Mike se abalanza sobre Edward, y los dos ruedan terraplén abajo hasta caer en el agua. Joe y Ryan se limitan a mirar, y le digo a Ryan:
—Haz algo.
—Yo no lo he empezado.
—¡Pues haz algo de todos modos!
Mike coge impulso y le da un puñetazo a Edward en plena cara. E insiste, e insiste, su puño alcanzando la boca de Edward, la nariz, las costillas. De entrada, Edward no devuelve ningún golpe, simplemente se limita a esquivarlos. Pero de pronto agarra a Mike por el brazo y se lo retuerce en la espalda y, a continuación, le sumerge la cabeza en el agua.
—Suéltalo, Edward.
O no me oye o no me escucha. Veo que Mike patalea y Ryan corre a agarrar a Edward por el cuello del jersey negro, luego también por el brazo, y tira con fuerza de él.
—Wyatt, ven a echarme una mano.
—Suéltalo. —Edward me mira, y durante un segundo es como si no supiera quién soy—. Suéltalo. —repito, como si estuviera hablándole a un perro o a un niño.
Y de repente lo suelta, se incorpora, tira de Mike y lo deja caer en la orilla, donde se queda tendido escupiendo agua. Edward echa a andar terraplén arriba, pasa de largo de Ryan y Joe. También de mí. Tiene la cara ensangrentada y no se detiene ni vuelve la vista atrás.
No me tomo la molestia de volver al instituto porque la jornada ya está casi acabada y el mal está hecho. Pero como mi madre no me espera todavía en casa, me acerco al aparcamiento, monto en Esmer y pedaleo hacia la parte este de la ciudad. Cruzo calles y más calles hasta que encuentro la casa de ladrillo de dos pisos de altura y estilo colonial. CULLEN, reza el buzón.
Llamó a la puerta y abre una chica de cabello negro y largo.
—Hola —me dice, como si no le sorprendiera verme aquí—. Debes de ser Bella. Soy Kate.
Siempre me ha fascinado el modo en que los genes se reconfiguran entre hermanos y hermanas.
La gente pensaba que Esme y yo éramos gemelas, a pesar de que ella tenía los pómulos más estrechos y el cabello más claro. Kate se parece a Edward, pero no. El mismo color de piel, facciones distintas, excepto los ojos. Se hace extraño ver los ojos de una persona en la cara de otra.
—¿Está en casa?
—Seguro que anda por arriba. Supongo que sabes dónde está su habitación.
Sonríe bobamente, aunque de forma agradable, y me pregunto qué le habrá contado él de mí.
Llamo a la puerta de su habitación.
—¿Edward? —vuelvo a llamar—. Soy Bella.
No hay respuesta. Pruebo de abrir la puerta, pero está cerrada por dentro. Vuelvo a llamar. Me digo que debe de estar durmiendo, o con los auriculares puestos. Llamo otra vez, y otra.
Busco en el bolsillo una horquilla que llevo siempre conmigo, por si acaso, y me agacho para examinar la cerradura. La primera que abrí así fue la del armario del despacho de mi madre. Esme me obligó a hacerlo porque era donde mis padres escondían los regalos de Navidad. Descubrí entonces que saber forzar cerraduras era una habilidad que resulta muy útil cuando quieres desaparecer a la hora de educación física o cuando necesitas un poco de paz y tranquilidad.
Intento girar el pomo y guardo de nuevo la horquilla. Supongo que podría forzar la cerradura, pero no lo hago. Si Edward quisiera que entrara, ya me habría dejado pasar.
Cuando llego abajo me encuentro a Kate junto al fregadero de la cocina, fumando un cigarrillo cuyo humo echa por la ventana, la mano colgando sobre el alféizar.
—¿Estaba? —cuando le respondo que no, tira el cigarrillo a la trituradora de basura—. Vaya. Bueno, a lo mejor está durmiendo. O podría haber salido a correr.
—¿Corre?
—Unas quince veces al día.
Ahora es a mí a quien le toca decir: «Vaya».
—Con este chico, nunca sabes qué va a hacer.
Al fin Edward vuelve y estos malos matones de película barata aparecen como si fueran tres príncipes azules. ¿En serio? Por supuesto, sabemos que para Edward es difícil controlar sus emociones y creo que Bella comienza a darse cuenta. ¿Ese suceso los unirá o los separara?.
Las leo en los reviews siempre (me encanta leerlas) y recuerden que: #DejarUnReviewNoCuestaNada.
—Ariam. R.
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