Todos los personajes pertenecen a Stephenie Meyer. La historia es completamente de la escritora Jennifer Niven, yo solo hago la adaptación. Advertencia: alrededor de esta historia se tocan algunos temas delicados como ansiedad, depresión, suicido, bullyng, etc. se recomienda estar consciente de ello a la hora de leer. Pueden encontrar el libro a la venta en línea (Amazon principalmente) o librerías. Todos mis medios de contacto (Facebook y antigua cuenta de Wattpad) se encuentran en mi perfil.


Edward

Día 27

John Ivers es un educado y agradable abuelo tocado con una gorra de béisbol de color blanco y con bigote. Su señora y él viven en una granja enorme en plena campiña de Washington. He conseguido su número de teléfono gracias a una página web que se llama «Washington Excepcional». He llamado con antelación, tal y como recomendaba la página, y John ya está en el jardín esperándonos. Nos saluda y se acerca, nos estrechamos la mano y disculpa la ausencia de June diciéndonos que se ha ido al mercado.

Nos conduce a la montaña rusa que ha construido en el jardín trasero. De hecho, son dos: la Blue Flash y la Blue Too. Ambas son solo para una persona, la única decepción, pero por lo demás, son una pasada.

—No soy ingeniero de formación —nos dice John—, pero soy un yonqui de la adrenalina.

Carreras de destrucción de coches, carreras de dragsters, carreras de velocidad... Cuando lo dejé, intenté pensar en qué podría sustituir todo aquello, qué podría darme aquel subidón. Me encanta la emoción del destino inminente e ingrávido, así que decidí construir algo que me proporcionara todas esas sensaciones a la vez.

Mientras el hombre permanece allí, delante de nosotros, con las manos en las caderas y señalando con la cabeza la Blue Flash, pienso en «el destino inminente e ingrávido». Es una frase que me gusta y comprendo. La almaceno en un rincón del cerebro para extraerla de allí más tarde, tal vez para una canción.

—Es muy posible que sea usted el hombre más brillante que he conocido en mi vida. —digo.

Me gusta la idea de que una cosa pueda proporcionarte estas sensaciones. Quiero algo así, y entonces miro a Bella y pienso: «Ahí la tienes».

John Ivers ha construido la montaña rusa adosada a un cobertizo. Dice que mide cincuenta y cinco metros de longitud y que alcanza una altura de seis metros. La velocidad no supera los cuarenta kilómetros por hora y el recorrido es de solo diez segundos, pero tiene incluso un bucle invertido. A simple vista, la Flash no es más que un montón de metal de desguace pintado de azul celeste, con un asiento individual de automóvil de los años setenta y un cinturón de seguridad de tela deshilachada, pero tiene algo que me produce una increíble picazón de deseo y me muero de ganas de subir.

Pero le digo a Bella que puede subir ella primero.

—No, tranquilo. Sube tú.

Se aparta de la montaña rusa como si fuera a engullirla, y de repente me pregunto si habrá sido mala idea.

Pero antes de que me dé tiempo a decir algo, John me ata al asiento y me empuja hasta quedarme junto al tejado inclinado del cobertizo, entonces noto y oigo un clic, y subo, subo y subo con la ayuda de una cadena. Cuando llego arriba, dice:

—Mejor que te agarres bien, hijo.

Y así lo hago en el escaso segundo en que quedó colgado sobre lo alto del cobertizo, los campos de cultivo extendiéndose a mi alrededor, y entonces salgo disparado y entro en el bucle invertido, gritando tanto que me quedo ronco. Se acaba demasiado pronto, y quiero repetirlo, porque la vida debería ser así siempre, no solo durante diez segundos.

Y lo repito cinco veces, porque Bella no está todavía preparada, y siempre que acabo, hace un gesto con las manos y me dice:

—Vuelve a subir.

La siguiente vez, salgo, con las piernas temblorosas, y de repente veo que Bella toma asiento y que John Ivers está sujetándola, y luego veo que empieza a ascender hasta lo más alto del cobertizo, donde permanece un segundo inmóvil. Vuelve la cabeza hacia donde yo estoy y de pronto sale disparada, gira y grita hasta no poder más.

Cuando se detiene, no sé muy bien si va a vomitar o a bajar y pegarme un bofetón. Pero oigo que grita:

—¡Otra vez!

Y sale disparada una vez más para convertirse en una mancha confusa de metal azul, cabello castaño largo, brazos largos y piernas largas.

Luego intercambiamos los papeles y monto tres veces seguidas, hasta que veo el mundo al revés y noto que la sangre bombea con fuerza en mis venas. Cuando John Ivers me suelta el cinturón de seguridad, lo hace riendo entre dientes.

—Eso han sido muchos viajes.

—Repítamelo, por favor.

Tengo que agarrarme a Bella porque no mantengo muy bien el equilibrio, y si caigo sé que es desde muy alto. Me rodea con el brazo como si fuera parte de ella, nos recostamos uno contra el otro hasta que construimos una única persona.

—¿Queréis subir también a Blue Too? —nos pregunta John.

Y de pronto no quiero, porque lo único que deseo es estar a solas con esta chica. Pero Bella se suelta, va directa a la montaña rusa y deja que John la sujete.

La Blue Too no es tan divertida, de modo que subimos a Flash dos veces más. Cuando bajo por última vez, le doy la mano a Bella y las movemos unidas arriba y abajo, arriba y abajo. Mañana me toca el domingo en casa de mi padre, pero hoy estoy aquí.

Las cosas que dejamos allí son un cochecito en miniatura que compramos en la tienda de todo a un dólar —un símbolo del Pequeño Cabrón— y dos figuritas de casa de muñecas, un niño y una niña, que guardamos en una cajetilla vacía de cigarrillos American Spirit. Lo embutimos todo dentro de una cajita metálica magnética del tamaño de una tarjeta de visita.

—Así pues, ya está —dice Bella, pegándola en la parte inferior de Blue Flash—. Nuestra última excursión.

—No lo sé. Por muy divertido que haya sido, no estoy seguro de si esto es lo que Black tenía en mente. Tendré que rumiarlo, comprenderlo, reflexionarlo bien, pero es posible que tengamos que elegir algún lugar de recambio, por si acaso. Lo último que quiero es cagarla en este trabajo, sobre todo ahora que tenemos el apoyo de tus padres.

De vuelta a casa, Bella baja la ventanilla y su cabello ondula al viento. Las páginas de nuestro cuaderno de excursiones vibran con la brisa mientras escribe, la cabeza agachada, una pierna cruzada sobre la otra para construir una improvisada mesa. Cuando hemos recorrido unos cinco kilómetros y veo que sigue igual, pregunto:

—¿Qué escribes?

—No son más que unas notas. Primero he escrito sobre Blue Flash y luego sobre un hombre que construye una montaña rusa en el jardín trasero de su casa. Pero después me han venido a la cabeza un par de ideas y quería plasmarlas sobre el papel.

Antes de que me dé tiempo a preguntarle de qué van esas ideas, vuelve a inclinar la cabeza sobre el cuaderno y el bolígrafo sigue llenando la hoja.

Cuando tres o cuatro kilómetros más adelante vuelve a mirarme, dice:

—¿Sabes lo que me gusta de ti, Edward? Que eres interesante. Que eres diferente. Y que puedo hablar contigo. Pero que no se te suba a la cabeza.

El ambiente está cargado y rebosa electricidad. Tengo la sensación de que si alguien encendiera una cerilla, el aire, el coche, Bella y yo explotaríamos al instante. Mantengo la mirada fija en la carretera.

—¿Sabes lo que me gusta de ti, Ultrabella Marcada? Todo.

—Pero si tenía entendido que no te gustaba.

Y entonces la miro. Veo que enarca una ceja.

Me desvío por la primera salida que encuentro. Pasamos de largo la gasolinera, los establecimientos de comida rápida y cruzo la mediana para llegar a un aparcamiento. BIBLIOTECA PÚBLICA DEL DISTRITO ESTE, reza el cartel. Pongo el freno de mano del Pequeño Cabrón, salgo y rodeo el coche para llegar al lado del acompañante.

Cuando abro la puerta, me dice:

—¿De qué demonios va esto?

—No puedo esperar. Pensaba que podría, pero no puedo. Lo siento.

Extiendo el brazo, le desabrocho el cinturón de seguridad y tiro de ella. Estamos frente a frente en un horrible aparcamiento contiguo a una oscura biblioteca; un restaurante de comida rápida Chick-fil-A ocupa el local contiguo. Por el altavoz, oigo la voz de la cajera preguntándole a un cliente en coche si desea añadir patatas fritas y un refresco.

—¿Edward?

Le retiro un mechón de pelo que le cae sobre la mejilla. Y después le acuno la cara entre mis manos y la beso. La beso con más intensidad de la que pretendía, de modo que aflojo un poco, pero ella me devuelve el beso. Me rodea con los brazos y une las manos por detrás de mí nuca, y me aplasto contra ella, y ella se aplasta contra el coche, y entonces la levanto y me envuelve el cuerpo con las piernas, y no sé cómo consigo abrir la puerta de atrás y la recuesto encima de la manta que lo cubre, y cierro las puertas y me arranco prácticamente el jersey, y ella se quita la camiseta y dice:

—Me estas volviendo loca. Hace semanas que me estás volviendo loca.

Tengo la boca en su cuello, y ella jadea y luego dice:

—Dios mío, ¿dónde estamos?

Y ríe, y río, y me besa el cuello, y tengo la sensación de que el cuerpo va a estallarme, su piel es suave y cálida, recorro con la mano la curva de su cadera mientras ella me mordisquea la oreja, y entonces la mano se desliza entre el hueco comprendido entre su vientre y sus vaqueros. Me abraza con más fuerza, y cuando empiezo a desabrocharle el cinturón, noto que se aparta, y tengo ganas de aporrearme la cabeza contra las paredes del Pequeño Cabrón porque, mierda, es virgen. Lo sé por cómo se ha apartado.

—Lo siento. —susurra.

—¿Y todo ese tiempo con Ryan?

—Cerca, pero no.

Le acaricio el vientre.

—¿En serio?

—¿Por qué es tan difícil de creer?

—Porque se trata de Ryan Cross. Pensaba que las chicas la perdían con solo mirarlo.

Me arrea una palmada en el brazo y luego posa la mano sobre la mía, la que tengo en su barriga, y dice:

—Es lo último que imaginaba que podía pasar hoy.

—Gracias.

—Ya sabes a qué me refiero.

Cojo su camiseta, se la paso, cojo la mía. Mientras miro cómo se viste, digo:

—Algún día, Ultrabella.

Y la verdad es que parece decepcionada.

En casa, en mi habitación. Las palabras me superan. Palabras para canciones. Palabras de lugares a los que iremos Bella y yo antes de que se agote el tiempo y vuelva a dormirme. No puedo parar de escribir. No quiero parar ni aunque pudiera.

«31 de enero. Método: ninguno. En una escala del uno al diez de la escala de lo cerca que he llegado: cero. Hechos: la Montaña Rusa de la Eutanasia no existe en la realidad. Pero si existiera, consistiría en un recorrido de tres minutos con un ascenso de unos quinientos metros de longitud, hasta alcanzar una altura de quinientos metros, seguido por una caída fortísima y siete bucles. El descenso y la serie de bucles durarían sesenta segundos, pero lo que te mataría sería la fuerza centrífuga de 10 G que se genera al recorrer los bucles a trescientos sesenta kilómetros por hora.»

Y luego se produce ese extraño vuelco del tiempo y me doy cuenta de que ya no estoy escribiendo. Estoy corriendo. Sigo vestido con el jersey negro, los vaqueros viejos, las zapatillas deportivas y los guantes, y de pronto me duelen los pies, y me doy cuenta de que, no sé cómo, he llegado a Centerville, la ciudad vecina.

Me descalzo, me quito la gorra y vuelvo caminando despacio a casa porque, por una vez, estoy agotado. Pero me siento bien: necesario, cansado, vivo.

«Julijonas Urbonas, el hombre que inventó la Montaña Rusa de la Eutanasia, afirma que está diseñada para "quitar la vida con humanidad al ser humano, con elegancia y euforia". Esos 10 G generan sobre el cuerpo una fuerza centrífuga suficiente como para que el cerebro se vacíe de sangre, lo que da como resultado un fenómeno que se conoce como hipoxia cerebral, y eso es lo que te mata.»

Camino por la negra noche de Washington, bajo un techo de estrellas, y pienso en la frase «elegancia y euforia», que describe exactamente lo que yo siento por Bella.

Por una vez, no quiero ser nadie más que Edward Cullen, el chico que ella ve. Él comprende lo que es ser elegante y eufórico y cien personas distintas a la vez, en su mayoría con defectos y estúpidas, en parte un cabrón, en parte un torpe, en parte un bicho raro, un chico que quiere llevarse bien con la gente para no molestar y, por encima de todo, llevarse bien consigo mismo. Un chico con sentido de pertenencia... que pertenece a este mundo, que pertenece a su propia piel. Él es exactamente quien yo quiero ser y quiero que mi epitafio diga: «El chico al que Isabella Swan ama».


Momentos como estos, ayudan a curar poco a poco la alma de nuestro herido Edward. Sus sentimientos por Bella, aunque se desarrollaron de forma rápida, son verdaderos y auténticos. ¡Y oigan! Nuestros chicos ya se dieron su primer beso y su primer morreo, sin quitar que Edward retrocedió cuando Bella se cohibió, lo que fue realmente dulce. Esperemos tener más momentos de este listo y menos momentos amargos.

Las leo en los reviews siempre (me encanta leerlas) y recuerden que: #DejarUnReviewNoCuestaNada.

Ariam. R.


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