Todos los personajes pertenecen a Stephenie Meyer. La historia es completamente de la escritora Jennifer Niven, yo solo hago la adaptación. Advertencia: alrededor de esta historia se tocan algunos temas delicados como ansiedad, depresión, suicido, bullyng, etc. se recomienda estar consciente de ello a la hora de leer. Pueden encontrar el libro a la venta en línea (Amazon principalmente) o librerías. Todos mis medios de contacto (Facebook y antigua cuenta de Wattpad) se encuentran en mi perfil.


Edward

El primer día de calor

La segunda semana de febrero tenemos una tempestad de nieve de categoría cinco que deja a toda la ciudad sin luz durante dos días. Lo mejor de aquello es que se cancelan las clases, pero lo peor es que ha caído tanta nieve y hace tantísimo frío que no puedes estar en la calle más de cinco minutos seguidos. Me digo que no es más que agua en otro formato, y voy caminando hasta casa de Bella, donde construimos el muñeco de nieve más grande del mundo. Le ponemos de nombre «señor Black» y decidimos que se convertirá en un destino de las excursiones de los demás. Después nos sentamos con sus padres junto a la chimenea y finjo formar parte de la familia.

En cuanto las carreteras están despejadas, Bella y yo nos adentramos con mucho, muchísimo cuidado en ellas para ver el puente del Arco Iris, la tabla periódica gigante, los Siete Pilares y el lugar de linchamiento y sepultura de los hermanos Reno, los primeros ladrones de trenes de Estados Unidos. Trepamos por las empinadas paredes de la cantera del Empire, de donde extrajeron las 18.630 toneladas de piedra necesarias para construir el Empire State Building. Visitamos el Washington Moon Tree, que es un sicomoro gigante de más de treinta años que creció a partir de una semilla que viajó con los astronautas a la luna y luego volvió. Este árbol es la estrella del rock de la naturaleza, porque es uno de los cincuenta que quedan vivos de los quinientos que se plantaron.

Vamos hasta Kokomo para escuchar el zumbido eléctrico y aparcamos el Pequeño Cabrón a los pies de Gravity Hill y subimos poco a poco hasta arriba. Es como la montaña rusa más lenta del mundo, pero funciona, y minutos más tarde estamos en lo alto. Después la llevo a celebrar nuestra cena de San Valentín en mi restaurante favorito de la ciudad, Familia Feliz, que está al final de un centro comercial de edificios adosados a unos veinticinco kilómetros de casa. Sirven la mejor comida china al este.

El primer día de calor cae en sábado, razón por la cual acabamos en el Blue Hole, o agujero azul, un lago de poco más de una hectárea de superficie que se asienta en una propiedad privada.

Preparo nuestras ofrendas: las puntas de sus lápices del número dos y cuatro púas de guitarra rotas.

El aire es tan caliente que ni siquiera necesitamos la chaqueta, solo jerséis, y después del invierno que llevamos hasta la fecha, parece casi tropical.

Le tiendo la mano y la guío terraplén abajo hacia el lago de forma redondeada y flanqueado por árboles. Es un lugar tan íntimo y silencioso que me imagino que somos las dos únicas personas del mundo, que es como en realidad me gustaría que fuera.

—Muy bien —dice Bella, y exhala prolongadamente, como si hubiera estado todo ese rato conteniendo el aire. Lleva las gafas colgadas al cuello—. ¿Qué lugar es este?

—Es el Blue Hole —digo—. Cuentan que no tiene fondo, o que el fondo es de arenas movedizas.

Dicen que en el centro del lago hay una fuerza que te succiona hacia abajo y te conduce a un río subterráneo que es afluente del Wabash. Dicen que te conduce a otro mundo. Que es un escondite donde los piratas ocultaron un tesoro y donde los contrabandistas de alcohol de Chicago enterraban los cuerpos y arrojaban los coches robados. Que en los años cincuenta, un grupo de adolescentes estuvo nadando aquí y desapareció sin dejar rastro. En 1969, dos ayudantes del sheriff llevaron a cabo una expedición para explorar el Hole, pero no encontraron ni cuerpos, ni tesoro, ni cadáveres.

Tampoco encontraron el fondo. Lo que sí encontraron fue un remolino que casi acaba engulléndolos.

He aparcado la gorra roja, los guantes y el jersey negro, y llevo uno de color azul marino y pantalones vaqueros. Me he cortado el pelo, y cuando Bella me ha visto, ha dicho: «Edward el Americano Total». Me descalzo y me quito la camiseta. Al sol hace casi calor y me apetece nadar.

—Agujeros azules sin fondo como este los hay por todo el mundo, y todos tienen mitos similares asociados. Se formaron como cuevas, hace miles de años, durante la última glaciación. Son como los agujeros negros de la tierra, lugares de los que nada puede escapar y donde el tiempo y el espacio tocan a su fin. ¿No te parece alucinante que nosotros tengamos uno?

Bella vuelve la cabeza y mira hacia la casa, el coche y la carretera, y luego me sonríe.

—Muy alucinante.

Se descalza, se quita la camiseta y los pantalones y, en cuestión de segundos, se queda a mi lado en sujetador y braguitas, que son de un tono rosa de lo más soso pero que, no sé por qué, son también lo más sexy que he visto en mi vida.

Me quedo completamente sin habla y ella se pone a reír.

—Anda, vamos. Sé que no eres tímido, de modo que quítate los pantalones y hagámoslo. Supongo que quieres comprobar si los rumores son ciertos. —me he quedado en blanco y Bella contonea la cadera y descansa en ella una mano—. Eso de que no tiene fondo.

—Oh, sí. Por supuesto. Claro. —me quito el pantalón y me quedo en calzoncillos. La cojo de la mano. Nos acercamos al saliente rocoso que rodea esta parte del lago y subimos al mismo—. ¿Qué es lo que más miedo te da? —digo, antes de saltar, mientras noto que la piel empieza a arderme.

—Morir. Perder a mis padres. Quedarme aquí el resto de mi vida. No saber qué tengo que hacer. Ser normal. Perder a todos mis seres queridos.

Me pregunto si yo estaré incluido en este grupo. Está saltando de puntillas, como si tuviera frío.

Intento no mirarle el pecho mientras salta, porque, por muchas cosas que sea, lo que es evidente es que Edward el Americano Total no es un pervertido.

—¿Y a ti? —pregunta. Se ajusta las gafas—. ¿Qué es lo que más miedo te da?

Pienso. Lo que más miedo me da es lo del «Ándate con cuidado». Lo que más miedo me da es la Caída Larga. Lo que más miedo me da es Dormir y el destino inminente e ingrávido. Lo que más miedo me da soy yo.

—Nada.

Le cojo la mano y saltamos juntos. Y en ese instante no hay nada que temer, excepto la pérdida de contacto con su mano. El agua está sorprendentemente caliente y, por debajo de la superficie, transparente y azul. La miro, confiando en que tenga los ojos abiertos, y los tiene. Con la mano que tengo libre, señalo hacia abajo y ella asiente, el cabello se abre a su alrededor como un ramillete de algas. Nadamos juntos, cogidos todavía, como una persona con tres brazos.

Descendemos hacia el fondo, si es que lo hubiera. Cuanta más profundidad alcanzamos, más oscuro se vuelve el azul. El agua también se vuelve más oscura, como si su peso se hubiera asentado.

No es hasta que noto que está tirándome de la mano que me dejo arrastrar hacia la superficie, donde emergemos del agua y llenamos los pulmones.

—Dios mío —dice—. Aguantas mucho la respiración.

—Práctico —respondo, deseando de pronto no haberlo hecho, porque es una de esas cosas que, como lo de «soy una fantasía», suenan mejor dentro de mi cabeza que fuera.

Se limita a sonreír y a salpicarme con el agua, yo también la salpico. Seguimos así un rato y la persigo por la superficie, me sumerjo, la agarro por las piernas. Se escabulle y da unas brazadas, limpias y potentes. Me recuerdo que es una chica de California y que lo más probable es que se haya criado nadando en el océano. De pronto siento celos de todos los años que ha vivido antes de conocerme y echo a nadar tras ella. Nadamos, mirándonos, y de repente no hay agua suficiente en el mundo como para limpiar mis pensamientos.

—Me alegro de haber venido. —dice.

Flotamos de espalda, otra vez de la mano, de cara al sol. Tengo los ojos cerrados y susurro:

—Marco.

—Polo. —replica ella, y su voz suena perezosa y remota.

Al cabo de un rato, digo:

—¿Quieres que bajemos otra vez a buscar el fondo?

—No. Me gusta estar aquí, así. —Y entonces pregunta—: ¿Cuándo fue lo del divorcio?

—Hará cosa de un año, por esta época.

—¿Lo viste venir?

—Sí y no.

—¿Te gusta tu madrastra?

—No está mal. Tiene un hijo de siete años que no sé si es de mi padre, ya que estoy seguro de que estuvo engañando a mi madre durante mucho tiempo. Una vez ya nos había dejado, cuando yo tenía doce años, dijo que ya no nos aguantaba más. Creo que por entonces ya estaba con ella. Volvió, pero luego, cuando se marchó para siempre, dejó muy claro que era por nuestra culpa. Que regresó por nuestra culpa y que por nuestra culpa había tenido que marcharse. Que no podía tener una familia.

—Y luego se casó con una mujer con un hijo. ¿Cómo es él?

«El hijo que yo nunca seré.»

—No es más que un niño. —no me apetece hablar sobre Jasper—. Me voy a buscar el fondo. ¿Estás bien aquí? ¿Te importa?

—Estoy bien. Ve. Estaré por aquí.

Sigue flotando.

Inspiro hondo y me sumerjo, agradezco la oscuridad del agua y el calor en la piel.

Nado para alejarme de Jasper y de un padre que engaña, y de los padres tan implicados de Bella que son también sus amigos, y de mi triste y solitaria madre, y de mis huesos. Cierro los ojos y me imagino que Bella me envuelve, y entonces abro los ojos y me impulso hacia el fondo, con un brazo extendido, como Superman.

Siento la tensión de los pulmones deseosos de aire, pero continúo. Es muy parecido a la tensión de intentar mantenerme despierto cuando noto que la oscuridad se adentra en mi piel, cuando percibo que pretende llevarse prestado mi cuerpo sin pedir permiso, cuando intenta que mis manos se conviertan en sus manos, mis piernas en sus piernas.

Me sumerjo, noto los pulmones tensos y ardientes. Experimento una remota punzada de pánico, pero paralizo mi mente antes de propulsar el cuerpo más hacia el fondo. Quiero ver hasta dónde puedo llegar. «Está fuera esperándome.» La idea me llena, pero aún noto que la oscuridad se adentra, a través de los dedos, e intenta apoderarse de mí.

«Menos del dos por ciento de la gente que se suicida en Estados Unidos lo hace ahogándose, tal vez porque el cuerpo humano fue construido para flotar. El país número uno del mundo en ahogamientos, por accidente o intencionados, es Rusia, que presenta el doble de fallecidos que el país que le sigue, Japón. Las islas Caimán, rodeadas por el mar Caribe, son las que presentan menos ahogamientos.»

Me gusta la profundidad, allí donde más se percibe el peso del agua. El agua es mejor que correr porque lo bloquea todo. El agua es mi poder especial, mi forma de engañar al Sueño e impedir que llegue.

Quiero sumergirme aún más, porque cuanto más profundo, mejor. Quiero continuar. Pero alguna cosa me hace parar. Pensar en Bella. La sensación ardiente de los pulmones. Miro con anhelo el negro, ahí donde el fondo debería estar pero no está, y luego vuelvo a mirar la luz, muy débil, pero todavía ahí, y entonces me impulso hacia la superficie. Vamos, pienso. Por favor, vamos. Mi cuerpo quiere subir, pero está cansado. Lo siento. Lo siento, Bella. No volveré a abandonarte. No sé en qué estaba pensando. Ya llego.

Cuando por fin cojo aire, ella está sentada en la orilla, llorando.

—Cabrón. —dice.

Noto que mi sonrisa desaparece y nado hacia ella, la cabeza fuera del agua, con miedo a volver a sumergirla, ni que sea por un segundo, temeroso de que se espante.

—Cabrón —repite, más alto esta vez, y se levanta. Sigue en ropa interior, y se envuelve con los brazos, intentando entrar en calor, intentando taparse, intentando apartarse de mí—. ¿Qué demonios hacías? ¿Sabes el susto que me has dado? He buscado por todas partes. Me he sumergido todo lo que he podido antes de salir a por aire y he vuelto a sumergirme, no sé, creo que tres veces.

Quiero que pronuncie mi nombre porque entonces sabré que todo está bien, que no he ido demasiado lejos y que no acabo de perderla para siempre. Pero no lo hace, y noto una sensación fría y oscura que crece en la boca del estómago, tan fría y oscura como el agua. Encuentro el borde del Blue Hole, donde de repente hay un fondo, y salgo para acercarme a ella, empapando la orilla.

Me da un empujón para apartarme, y luego otro, me tambaleo pero no pierdo el equilibrio.

Permanezco inmóvil mientras me pega, y luego rompe a llorar y veo que está temblando.

Quiero besarla, pero nunca la he visto así y no sé qué hará si intento tocarla. Me digo: «Por una vez, no tiene que ver contigo, Edward». De modo que me mantengo a una distancia segura y le digo:

—Suéltalo, todo eso que llevas dentro. Estás cabreada conmigo, con tus padres, con la vida, con Esme. Vamos. Suéltamelo. No desaparezcas ahí.

Me refiero a que no se sumerja en su interior, donde jamás podré alcanzarla.

—Que te jodan, Cullen.

—Mejor. Continúa. Ahora no pares. No seas una persona que espera. Viviste. Sobreviviste a un accidente horroroso. Pero estás... aquí. Existes, como todos los demás. Levántate. Haz esto. Haz lo otro. Enjabona. Aclara. Repítelo. Una y otra vez para lavarlo y no tener que pensar nunca más en ello.

Me empuja sin parar.

—Deja de comportarte como si supieras cómo me siento.

Me aporrea con los puños, pero yo sigo sin moverme.

—Sé que hay más, seguramente muchos años de mierda que has estado disimulando con una sonrisa y ocultando.

Me pega, me pega y, de repente, se tapa la cara.

—No sabes lo que es. Es como si tuviera en mi interior una personita rabiosa y noto que intenta salir. Se ha quedado sin espacio porque cada vez es más grande, y más grande. Y por eso empieza a ocuparme, los pulmones, el pecho, la garganta, y yo la empujo hacia abajo para que no salga. No quiero que salga. No puedo permitir que salga.

—¿Por qué no?

—Porque la odio, porque esa persona no soy yo, pero está aquí y no me deja en paz, y lo único que pienso es que quiero estallar contra alguien, contra quien sea, y enviarlo a la mierda porque estoy enfadada con todo.

—No me lo cuentes. Rompe alguna cosa. Destroza alguna cosa. Arroja alguna cosa. O grita. Sácalo de tu interior.

Grito. Grito y grito. Entonces cojo una piedra y la lanzo contra el muro que rodea la laguna.

Le doy una piedra y se queda paralizada, con la palma de la mano hacia arriba, como si no supiese qué hacer. Le cojo la piedra y la lanzo contra el muro. Le doy otra. La arroja contra el muro y grita, y patalea, y parece una loca. Saltamos por el terraplén y empezamos a lanzar y destrozar cosas, y entonces se vuelve hacia mí, de repente, y dice:

—¿Qué somos, de todos modos? ¿Qué está pasando aquí, exactamente?

Es en ese momento cuando ya no puedo contenerme más, por mucho que esté furiosa, por mucho que tal vez me odie. La atraigo hacia mí y la beso como siempre he querido besarla, más tirando a una película de mayores de dieciocho años que a una apta para todos los públicos. Al principio la noto tensa, percibo que no quiere devolverme el beso y se me parte el corazón. Pero antes de que me dé tiempo a retirarme noto que se comba y se funde conmigo a la vez que yo me fundo con ella bajo el cálido sol de Washington. Y sigue aquí, y no se marcha, y todo irá bien. «Me dejo llevar. Nos unimos a la lenta marea. Entramos y salimos, nos vemos arrastrados... no podemos salir de esos sinuosos, dubitativos, abruptos, perfectamente circulares muros que nos rodean.»

Y entonces la separo de mí.

—¿Qué demonios?

Está empapada, enfadada, y me mira con esos enormes ojos de color chocolate.

—Te mereces algo mejor. No puedo prometerte que vaya a seguir siempre aquí, y no porque no quiera. Es difícil de explicar. Soy un tarado. Estoy roto y nadie puede repararme. Lo he intentado. Lo sigo intentando. No puedo amar a nadie porque no sería justo para quien me amara. Nunca te haré daño, no del mismo modo que sí quiero hacerle daño a Mike. Pero no puedo prometerte que no acabe destrozándote, pedacito a pedacito, hasta dejarte reducida a mil pedazos, como yo. Deberías saber dónde te metes antes de implicarte sentimentalmente

—Por si no te has dado cuenta, ya estamos implicados sentimentalmente, Edward. Y por si no te has dado cuenta, yo también estoy rota. —y dice a continuación—: ¿Cómo te hiciste la cicatriz? Pero ahora cuéntame lo que pasó de verdad.

—Lo que pasó de verdad es aburrido. Mi padre tiene momentos de estados de ánimo negrísimos. Del más negro de los negros. Negro como cuando no hay luna ni estrellas y se acerca una tormenta. Yo era mucho más pequeño que ahora. Y no sabía cómo esquivarlo. —hay cosas que no me gustaría tener que contarle nunca—. Me gustaría poder prometerte días perfectos y sol, pero nunca seré un Ryan Cross.

—Si una cosa sé, es que nadie puede prometer nada. Y no quiero a Ryan Cross. Deja que sea yo la que se preocupe de qué quiero.

Y entonces me besa. Es de esos besos que te hacen perder el mundo de vista, y cuando nos separamos no sé si han pasado horas o minutos.

—Por cierto —dice—. Ryan Cross es cleptómano. Roba cosas para divertirse. Y ni siquiera son cosas que le gustan, sino de todo. Su habitación parece una de esas habitaciones que salen en la serie «Hoarders». Por si acaso pensabas que era perfecto.

—Ultrabella Marcada, me parece que te quiero.

Para que no se sienta con la obligación de replicar con algo parecido, vuelvo a besarla, y me pregunto si me atreveré a hacer algo más, a ir más lejos, porque no quiero echar a perder este momento. Y entonces, puesto que ahora soy yo el que piensa demasiado, y porque ella es distinta a todas las demás chicas y porque de verdad, de verdad, no quiero joder esto, me concentro en besarla en la orilla del Blue Hole, bajo el sol, y en que esto sea suficiente.


¡Holi, babys! Me encantan Edward y Bella pasando tiempo juntos, pero sin duda creo que es inevitable que Edward tenga malos pensamientos, es como algo adictivo y tiene una fijación con el suicidio. Por supuesto, Bella se lleva esa oscuridad casi del todo, y ahora han puesto su relación a un nuevo nivel, ¿pero es suficiente?

Las leo en los reviews siempre (me encanta leerlas) y recuerden que: #DejarUnReviewNoCuestaNada.

Ariam. R.


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