Todos los personajes pertenecen a Stephenie Meyer. La historia es completamente de la escritora Jennifer Niven, yo solo hago la adaptación. Advertencia: alrededor de esta historia se tocan algunos temas delicados como ansiedad, depresión, suicido, bullyng, etc. se recomienda estar consciente de ello a la hora de leer. Pueden encontrar el libro a la venta en línea (Amazon principalmente) o librerías. Todos mis medios de contacto (Facebook y antigua cuenta de Wattpad) se encuentran en mi perfil.
Bella
La semana después
Vuelvo al instituto imaginando que todo el mundo estará al corriente. Recorro los pasillos, abro la taquilla, me siento en el aula y espero que profesores y compañeros me lancen miradas de estar al corriente de todo o digan «Otra que ya no es virgen».
La verdad es que es casi una decepción que no lo hagan.
La única que lo adivina es Alice. El día de mi regreso, nos sentamos juntas en la cafetería y, mientras picoteamos los burritos que un cocinero de Washington ha intentado componer, me pregunta qué he hecho el fin de semana. Tengo la boca llena de burrito e intento decidir si tragármelo o escupirlo, razón por la cual no respondo al instante.
—Dios mío, te has acostado con él. —dice entonces.
Lara y las tres Brianas dejan de comer. Quince o veinte cabezas se vuelven hacia nosotras, porque cuando Alice quiere, tiene una voz potente de verdad.
—Sabes perfectamente bien que Edward no dirá ni una palabra a nadie. Es un caballero. Por si acaso estuvieras preguntándotelo.
Abre la lata de refresco y bebe la mitad de un solo trago.
Bien, la verdad es que había estado preguntándomelo. Al fin y al cabo, ha sido mi primera vez pero no la primera de él. Pero se trata de Edward y confío en él, aunque nunca se sabe —los chicos hablan—, y a pesar de que el Día D no fue nada sucio, me siento un poco sucia, y también más adulta.
Al salir de la cafetería, y básicamente para cambiar de tema, le cuento a Alice lo de Germ y le pregunto si le gustaría colaborar.
Entorna los ojos, como si intentara discernir si le estoy tomando o no el pelo.
—Lo digo en serio. Aún quedan muchas cosas por definir, pero lo que tengo claro es que quiero que Germ sea original.
Ali echa la cabeza hacia atrás y rompe a reír, diabólicamente casi.
—De acuerdo —dice, recuperando el aliento—. Me apunto.
Cuando veo a Edward en clase de geografía de Estados Unidos, parece cansado, como si no hubiera dormido nada. Me siento a su lado, justo al otro extremo de donde se sientan Rosalie, Mike y Ryan, y al salir tira de mí hacia debajo de la escalera y me besa como si le diera miedo que yo pudiera desaparecer. Lo prohibido de la situación hace que la corriente eléctrica me recorra con más fuerza si cabe, y deseo que el instituto termine ya de una vez por todas para no tener que volver aquí nunca más. Me digo que podríamos subir en el Pequeño Cabrón y poner rumbo hacia el oeste o el este, hacia el norte o el sur, hasta dejar muy atrás Indiana.
Recorreríamos el país, luego el mundo, solo Edward Cullen y yo.
Pero por ahora, por lo que queda de semana, solo nos vemos en el instituto y nos besamos debajo de la escalera o en rincones oscuros. Por las tardes, cada uno va por su lado. Por las noches, hablamos a través del ordenador.
Edward: «¿Algún cambio?».
Yo: «Si te refieres a mis padres, no».
Edward: «¿Qué probabilidades hay de que perdonen y olviden?».
La verdad es que las probabilidades no pintan muy bien. Pero no quiero decírselo porque está muy preocupado, y desde aquella noche hay, además, algo que lo envuelve, como si estuviera detrás de una cortina.
Yo: «Solo necesitan tiempo».
Edward: «Odio esto de parecernos a Romeo y Julieta, pero quiero verte a solas. Sin estar rodeados por la población entera de Forks High».
Yo: «Si vinieras y yo me largara a escondidas, o te dejara entrar a hurtadillas, me encerrarían en casa para toda la vida a cal y canto».
Pasamos una hora pensando en escenarios descabellados para poder vernos, entre los que destacan una falsa abducción alienígena, disparar la alarma de tornado de la ciudad y excavar un túnel subterráneo desde su zona de la ciudad a la mía.
Es la una cuando le digo que tengo que irme a dormir, pero acabo tumbada en la cama con los ojos abiertos. Mi cerebro sigue despierto y no para de pensar, tal y como era habitual antes de la pasada primavera. Enciendo la luz y anoto ideas para Germ: pregúntarle al padre, listados de libros, bandas sonoras diarias, listas de lugares donde chicas como yo podrían colaborar. Una de las cosas que quiero crear es una sección de Excursiones, donde los lectores puedan enviar fotografías o vídeos de sus lugares favoritos, sean grandiosos, pequeños, estrambóticos, poéticos o normales y corrientes.
Le envió un mensaje de correo electrónico a Alice y una nota a Edward, por si acaso está todavía despierto. Y entonces, aunque tal vez sea anticiparme en exceso, escribo a Jordan Gripenwaldt, Shelby Padgett, Ashley Dunston, las tres Briana y la periodista Leticia López, invitándolos a todos a contribuir. También a Lara, la amiga de Alice, y a otras chicas que sé que son buenas escritoras o artistas o que tienen alguna cosa original que decir: «Queridas Chameli, Olivia, Lizzy, Priscilla, Alyx, Laila, Sa'iyda...». Esme y yo éramos HerSister, pero por lo que a mí se refiere, cuantas más voces, mejor.
Pienso en pedírselo también a Rosalie. Le escribo una carta y la dejo en la carpeta de borradores.
A la mañana siguiente, cuando me levanto, la elimino.
El sábado desayuno con mis padres y luego les digo que voy a ir en bici a casa de Rosalie. No me preguntan por qué quiero relacionarme con una persona que me gusta tan poco, ni qué pensamos hacer, tampoco cuándo pienso volver. Por algún motivo, confían en Rosalie Hale.
Paso de largo su casa y cruzo la ciudad rumbo a casa de Edward, y todo resulta muy fácil, a pesar de que siento una extraña punzada en el pecho por haberles mentido a mis padres. Cuando llego allí, Edward me hace trepar por la salida de incendios y entrar por la ventana para que no me cruce con su madre o sus hermanas.
—¿Crees que me habrán visto? —pregunto, sacudiéndome los vaqueros.
—Lo dudo. Ni siquiera están en casa.
Ríe cuando le pellizco el brazo, y entonces me coge la cara entre las manos y me besa. La punzada se esfuma.
Como la cama está llena de ropa y de libros, saca una colcha del vestidor y nos acostamos en el suelo, cubiertos con la manta. Nos desnudamos y entramos en calor, y después charlamos como niños, tapados hasta la cabeza. Hablamos en un susurro, por si alguien nos oye, y por primera vez le comento lo de Germ.
—Me parece que podría acabar convirtiéndose en algo, y todo gracias a ti —digo—. Cuando te conocí, lo había abandonado por completo. No le daba ninguna importancia.
—Uno, te preocupa que todo esto sea un relleno, pero ten en cuenta que las palabras que escribas seguirán aquí cuando tú te hayas ido. Y dos, habías abandonado muchas cosas, pero las habrías recuperado independientemente de que me hubieras conocido o no.
Por alguna razón, no me gusta cómo suena lo que dice, como si pudiera existir un universo donde no conociese a Edward. Pero luego volvemos a sumergirnos bajo la manta y hablamos sobre todos los lugares del mundo que queremos recorrer, que al final se convierten en todos los lugares del mundo donde queremos Hacerlo.
—Nos pondremos en marcha —dice Edward, trazándome círculos en el hombro, en el brazo, en la cadera—. Viajaremos por todos los estados y, cuando los hayamos visto todos, cruzaremos el océano y viajaremos por el resto del mundo. Será como un maratón, el Viajerón.
—Viajemanía.
—Viajerama.
Sin consultar el ordenador, vamos enumerando por turnos todos los lugares donde podríamos ir. Y luego, de pronto, tengo de nuevo esa sensación, como si se hubiera escondido detrás de una cortina. Y después vuelve aquella punzada y no puedo evitar pensar en todo lo que he hecho para venir aquí: escaparme sin que lo sepan mis padres, para empezar, y además mentirles.
En un momento dado, digo:
—Tendría que irme.
Me da un beso.
—O podrías quedarte un poco más.
Y eso hago.
¡Hola, bonitas! Soñar definitivamente es una de las cosas más hermosas de este mundo, algo que nos alimenta el alma y nos impulsa a seguir adelante. Ese fue el regalo que Edward le otorgó a Bella, darse cuenta que los sueños son posibles y que la vida es demasiado corta como para no ver el mundo allá afuera. Espero que ustedes también lo tengan en cuenta. No importa que tan dura sea tu realidad, Nunca te detengas.
Las leo en los reviews siempre (me encanta leerlas) y recuerden que: #DejarUnReviewNoCuestaNada.
—Ariam. R.
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