Todos los personajes pertenecen a Stephenie Meyer. La historia es completamente de la escritora Jennifer Niven, yo solo hago la adaptación. Advertencia: alrededor de esta historia se tocan algunos temas delicados como ansiedad, depresión, suicido, bullyng, etc. se recomienda estar consciente de ello a la hora de leer. Pueden encontrar el libro a la venta en línea (Amazon principalmente) o librerías. Todos mis medios de contacto (Facebook y antigua cuenta de Wattpad) se encuentran en mi perfil.
Edward
Día 64 despierto
El último domingo de las vacaciones de primavera vuelve a nevar y, durante una hora, todo se queda blanco. Paso la mañana con mi madre. Luego ayudo a Tanya a construir en el jardín una cosa intermedia entre muñeco de nieve y hombre de barro, y después caminamos las seis manzanas que nos separan de la colina que se alza detrás de la escuela de secundaria para tirarnos en trineo.
Hacemos carreras y Tanya gana siempre porque así es feliz.
De camino de vuelta a casa, dice:
—Espero que no me hayas dejado ganar.
—Eso nunca.
La rodeo por los hombros con el brazo y no se aparta.
—No quiero ir a casa de papá.
—Yo tampoco. Pero ya sabes que, en el fondo, para él es muy importante, por mucho que no lo demuestre.
Es una frase que me ha dicho mi madre en más de una ocasión. No sé si me la creo, pero siempre existe la posibilidad de que Tanya sí lo haga. Por muy dura que sea, desea creer en algo.
Por la tarde vamos a casa de mi padre. Nos sentamos repartidos por el salón mientras en la pantalla plana gigante que ha colgado en la pared dan un partido de hockey.
Mi padre alterna entre gritarle a la pantalla y escuchar lo que Kate cuenta sobre Colorado. Jasper está sentado en las rodillas de mi padre, mirando el partido y masticando cada bocado cuarenta y cinco veces. Lo sé porque estoy tan aburrido que me he puesto a contar.
Cansado, me levanto y voy al baño con el objetivo de despejarme un poco la cabeza y enviarle un mensaje de texto a Bella, que hoy vuelve a casa. Me siento a la espera de que me responda y me entretengo abriendo y cerrando los grifos. Luego me levanto y me lavo las manos, la cara, husmeo el interior de los armarios. Tengo la mirada fija en el estante de la ducha cuando suena el teléfono.
«¡En casa! ¿Me escapo y vengo?».
Escribo: «Todavía no. Estoy en el infierno, pero saldré de aquí en cuanto pueda».
Intercambiamos mensajes un rato y luego salgo al pasillo. Me encamino hacia el ruido y la gente y paso por delante de la habitación de Jasper. Tiene la puerta entornada y está dentro. Lo llamo y gira la cabeza como una lechuza. Sus gigantescas gafas destellan en mi dirección y grazna:
—Pasa.
Entro en la que debe de ser la habitación más grande del planeta para un niño de siete años. Es tan cavernosa que me pregunto si necesitará un mapa para orientarse en ella, y está repleta de todos los juguetes imaginables, la mayoría de ellos a pilas.
—Vaya habitación tienes, Jasper. —digo.
Intento que no me moleste, puesto que los celos son una sensación malvada y desagradable que no hace más que corroerte por dentro y yo no tengo ninguna necesidad de estar aquí, siendo como soy un chico de dieciocho años con una novia de lo más sexy —por mucho que no la dejen verme más—, preocupándome porque mi hermanastro sea propietario de todos los Lego del mercado.
—Está bien.
Se pone a remover el contenido de un baúl que almacena —por mucho que cueste de creer— aún más juguetes, y entonces los veo: dos anticuados caballitos de juguete, de esos con un palo, uno negro y el otro gris, olvidados en un rincón. Son mis caballos de palo, los que yo cabalgaba durante horas interminables cuando era más pequeño que Jasper imaginándome ser Clint Eastwood en una de esas películas antiguas que veía mi padre en el televisor pequeño y sin pantalla plana que teníamos en casa. El mismo que, casualmente, seguimos teniendo y viendo.
—Son chulos esos caballos. —digo.
Se llaman Medianoche y Explorador.
Gira la cabeza, parpadea dos veces y dice:
—Están bien.
—¿Cómo se llaman?
—No tienen nombre.
De pronto me entran ganas de coger los caballos, entrar en el salón y aporrear a mi padre en la cabeza con ellos. Luego deseo llevármelos a casa. Les prestaré atención a diario. Cabalgaré con ellos por toda la ciudad.
—¿De dónde los has sacado? —pregunto.
—Me los trajo mi padre.
«No tu padre —me gustaría decirle—. Mi padre. Dejemos las cosas claras a partir de ahora. Tú ya tienes un padre en alguna parte, y por mucho que el mío no sea estupendo, es el único que tengo.»
Pero entonces miro al niño, miro su cara delgada, su cuello delgado y sus hombros huesudos, tiene siete años y es muy pequeño para su edad, y recuerdo qué se sentía. Y recuerdo también cómo era crecer al lado de mi padre.4
—¿Sabes? —le digo—, yo también tuve un par de caballos, no tan chulos como estos, pero que no estaban mal. Les puse de nombre Medianoche y Explorador.
—¿Medianoche y Explorador? —mira de reojo los caballos—. Son nombres que están bien.
—Si quieres, te los presto.
—¿De verdad? —dice, mirándome con ojos de lechuza.
—Pues claro.
Jasper encuentra el juguete que estaba buscando —una especie de coche-robot— y cruzamos la puerta cogidos de la mano.
En el salón, mi padre nos regala su sonrisa para la cámara y mueve la cabeza hacia mí como si fuésemos colegas.
—Tendrías que traer un día a tu novia.
Lo dice como si no hubiera pasado nada y él y yo fuéramos los mejores amigos del mundo.
—Sí, claro. Pero los domingos los tiene ocupados.
Me imagino la conversación entre mi padre y el señor Swan.
«Su hijo delincuente tiene a mi hija. Lo más probable es que en estos momentos esté tirada en una cuneta gracias a él.»
«¿Qué creía usted que iba a pasar? Maldita sea, es un delincuente, y un criminal, y un tarado emocional, y una decepción-descomunal-y-bicho-raro. Siéntase agradecido de tener la hija que tiene, señor, porque, créame, un hijo como el mío no querría ni verlo. Nadie quiere.»
Veo que mi padre está buscando qué decir.
—Bueno, cualquier día va bien, ¿verdad, Rosemarie? Tráela por aquí cuando puedas. —está en uno de sus mejores estados de ánimo y veo que Rosemarie asiente y sonríe de oreja a oreja. Mi padre da un palmetazo al brazo del sillón—. Tráela y asaremos unos buenos filetes en la barbacoa con unas judías y cualquier otra cosa verde para ti.
Intento no explotar y llenar con ello toda la estancia. Intento mantenerme pequeñito y contenido.
Cuento a toda la velocidad que me es posible.
Por suerte, continúa el partido y se distrae. Permanezco sentado unos minutos más y le doy las gracias a Rosemarie por la comida, le pregunto a Kate si puede llevar a Tanya en su coche a casa y les digo que ya nos veremos.
En vez de regresar directamente a casa, conduzco. Sin mapa, sin objetivo. Conduzco durante horas, pasando por campos y campos de blanco. Pongo rumbo al norte, luego al oeste, luego al sur y luego al este, apretando al Pequeño Cabrón hasta ciento cincuenta. Cuando anochece, emprendo camino de regreso a Forks, avanzo por el corazón de Indianápolis, fumando mi cuarto pitillo seguido de American Washington. Conduzco rápido, pero no me parece lo suficiente. De pronto, odio al Pequeño Cabrón por obligarme a ir a tan poca velocidad cuando lo que necesito es correr, correr, correr.
La nicotina me provoca escozor en la garganta, que ya está irritada, y tengo ganas de vomitar, de modo que paro en la cuneta y salgo del coche. Me inclino con las manos en las rodillas. Espero.
Viendo que no vómito, miro la carretera que se extiende por delante de mí y empiezo a correr. Corro como un demonio, dejando atrás al Pequeño Cabrón. Corro con tanta fuerza y a tal velocidad que creo que los pulmones me acabarán explotando, y corro con más intensidad y más rápido si cabe.
Desafío a pulmones y piernas a derrotarme. No recuerdo si he cerrado bien el coche, y odio entonces mi cerebro por recordar, porque ahora solo soy capaz de pensar en el coche y en si la puerta está bien cerrada, así que corro más rápido. No recuerdo dónde he dejado la chaqueta, ni siquiera si la he cogido.
«Todo irá bien.
»Todo irá bien.
»No se vendrá abajo.
»Todo irá bien.
»Saldrá bien.
»Estoy bien. Bien. Bien.»
Aparezco en el otro extremo de la ciudad y vuelvo a estar rodeado de granjas. Paso también por delante de los invernaderos y viveros de un centro de jardinería. El domingo no están abiertos, pero corro por el camino de acceso de uno que parece un negocio familiar. Al fondo veo una granja, un edificio blanco de dos pisos.
El camino de acceso está abarrotado de camiones y coches y oigo las risas en el interior. Me pregunto qué pasaría si entrara, tomara asiento y me comportara como si estuviera en casa. Me acerco a la puerta y llamo. Estoy jadeando y debería haber esperado a recuperar el aliento para llamar, pero no, pienso, estoy demasiado apurado. Vuelvo a llamar, con más fuerza esta vez.
Abre una mujer de cabello blanco y con la cara redonda como una albóndiga, riendo aún por la conversación que acaba de abandonar. Me mira a través de la mosquitera entornando los ojos y abre, porque estamos en el campo, porque esto es Washington y porque no hay nada que temer de los vecinos.
Es una de las cosas que me gusta de vivir aquí, y deseo abrazarla por la cálida pero confusa sonrisa que esboza cuando intenta recordar si me tiene visto de algo.
—Buenos días. —digo.
—Buenos días. —dice.
Me imagino la pinta que llevo: la cara colorada, sin abrigo, sudoroso, jadeante, falto de aire.
Intento recomponerme lo más rápidamente posible.
—Siento molestarla, pero iba hacia mi casa y he pasado por delante de su centro de jardinería. Sé que está cerrado y que tiene visitas, pero me pregunto si me permitiría coger unas flores para mi novia. Podría decirse que se trata de una urgencia.
Arruga la cara en una expresión de preocupación.
—¿Una urgencia? Pobrecito.
—A lo mejor es una palabra muy fuerte y siento haberla alarmado. Pero estamos en invierno y no sé dónde estaré en primavera. Y ella lleva el nombre de una flor y su padre me odia, y quiero que sepa que pienso en ella y que esta estación no es para morir, sino para vivir.
Aparece un hombre detrás de la mujer y se queda mirándome, la servilleta colgada aún de la camisa.
—Ah, estás aquí —le dice a la mujer—. Me preguntaba dónde te habías metido.
Me señala mediante un gesto con la cabeza.
—Este joven tiene una urgencia. —dice la mujer.
Le repito a él mi explicación. La mujer lo mira y él me mira, y entonces llama a alguien de dentro para decirle que vaya removiendo la sidra y sale de la casa, con la servilleta todavía colgada y agitándose bajo el viento invernal, y yo lo sigo, las manos hundidas en los bolsillos, hasta que llegamos a la puerta del centro de jardinería y el hombre coge un llavero que cuelga de su cinturón.
Hablo a mil por minuto, dándole las gracias y diciéndole que le pagaré el doble del precio normal, me ofrezco incluso a enviarle una fotografía de Bella con las flores —tal vez violetas— en cuanto se las haya regalado.
El hombre me pone una mano en el hombro y me dice:
—No te preocupes por eso, hijo. Coge lo que necesites.
Entramos e inspiro el dulce y vivo aroma de las flores. Deseo quedarme aquí, donde todo es cálido y luminoso, donde podría estar rodeado de cosas vivas y no muertas.
Deseo venirme a vivir con esta bondadosa pareja y que me llamen «hijo», y que Bella pueda vivir también aquí porque hay espacio suficiente para los dos.
Me ayuda a elegir las mejores flores, no solo violetas, sino también margaritas, rosas, lirios y otras de las que no recuerdo el nombre. Entonces, con la ayuda de su esposa, que se llama Margaret Ann, las colocan en un cubo refrigerado que mantendrá las flores hidratadas. Intento pagarles, pero rechazan el dinero y les prometo que les devolveré el cubo en cuanto pueda.
Cuando salimos, los invitados se han congregado en el exterior de la casa para ver al chico que necesitaba flores para regalar a la chica que ama.
El hombre, que se llama Henry, me acompaña en coche hasta donde he dejado el mío. Tardamos veinte minutos, lo que significa que debo de haber corrido unos cincuenta kilómetros. Cuando realizamos el cambio de sentido para situarnos junto al Pequeño Cabrón, abandonado y esperándome con paciencia, dice:
—¿Has ido corriendo toda esta distancia, hijo?
—Sí, señor. Supongo que sí. Siento mucho haberle interrumpido la cena, y siento haberlo hecho conducir hasta tan lejos.
—No te preocupes por esto, jovencito. No te preocupes en absoluto. ¿Le pasa algo al coche?
—No, señor. Solo que no corría lo suficiente.
Asiente con la cabeza, como si mis palabras tuvieran todo el sentido del mundo, aunque seguramente no sea así, y dice:
—Saluda a tu chica de nuestra parte. Pero vuelve en coche a casa, ¿entendido?
Cuando llego a su casa son más de las nueve y permanezco un rato sentado en el interior del Pequeño Cabrón, las ventanillas bajadas, el motor apagado, fumando mi último cigarrillo, porque ahora que estoy aquí no quiero molestarla. Hay luz en las ventanas de la casa y sé que está ahí dentro con sus padres, que la quieren pero me odian, y no quiero interrumpir.
Pero entonces me envía un mensaje de texto, como si supiera dónde estoy, y dice:
«Me alegro de estar de vuelta. ¿Cuándo te veré?».
Le escribo: «Sal».
Aparece en un minuto, con el pijama de monos y las zapatillas de Freud, envuelta en una bata larga de color morado y el cabello recogido en una cola de caballo.
Recorro el camino de acceso cargado con el cubo refrigerado y dice:
—Edward, ¿qué demonios? ¿Por qué hueles a humo?
Vuelve la cabeza, como si tuviera miedo de que pudieran vernos.
La noche es muy fría y empiezan a caer copitos de nieve. Pero yo tengo calor.
—Estás temblando. —dice.
—¿Yo?
No lo noto, porque no noto nada.
—¿Cuánto rato llevas aquí fuera?
—No lo sé.
Y de repente, no puedo recordar nada.
—Hoy ha nevado. Está nevando otra vez.
Tiene los ojos rojos. Parece que ha estado llorando, y debe de ser porque odia de verdad el invierno o, más probablemente, porque nos acercamos al aniversario del accidente.
Le entrego el cubo y digo:
—Razón por la cual he querido traerte esto.
—¿Qué es?
—Ábrelo y lo verás.
Deja el cubo en el suelo y abre el cierre. Durante unos segundos se limita a aspirar el aroma de las flores, y entonces se vuelve hacia mí y, sin mediar palabra, me besa. Cuando se aparta, dice:
—Se acabó el invierno. Edward, me has traído la primavera.
Durante un buen rato, permanezco sentado en el coche delante de la casa, con miedo a romper el hechizo. Aquí dentro, el ambiente es cerrado y Bella está cerca.
Me siento arropado por esta jornada.
Amo: el brillo de sus ojos cuando hablamos o cuando me cuenta cualquier cosa que quiere que yo sepa, cómo mueve los labios cuando lee para sí misma tan concentrada, cómo me mira como si solo existiese yo, como si pudiese traspasar mi piel y mis huesos y llegar directamente al yo que hay aquí dentro, el yo que ni siquiera yo mismo soy capaz de ver.
¡Hola, nenas! ¿Alguien más por aquí está llorando? Creo que todas notamos como Edward se desquebraja poco apoco, pero lo intenta con todas sus fuerzas, mantenerse en pie para Bella.
Las leo en los reviews siempre (me encanta leerlas) y recuerden que: #DejarUnReviewNoCuestaNada.
—Ariam. R.
Link a mi Facebook: www . facebook ariam . roberts . 1
Link al grupo de Facebook: www . facebook groups / 801822144011109 /
