Todos los personajes pertenecen a Stephenie Meyer. La historia es completamente de la escritora Jennifer Niven, yo solo hago la adaptación. Advertencia: alrededor de esta historia se tocan algunos temas delicados como ansiedad, depresión, suicido, bullyng, etc. se recomienda estar consciente de ello a la hora de leer. Pueden encontrar el libro a la venta en línea (Amazon principalmente) o librerías. Todos mis medios de contacto (Facebook y antigua cuenta de Wattpad) se encuentran en mi perfil.
Edward
Día 65 y 66
En el instituto, me sorprendo mirando por la ventana y pienso: «¿Cuánto rato llevaré así?». Echo un vistazo a mi alrededor para ver si alguien se ha dado cuenta, casi esperando que todo el mundo esté mirándome, pero no. Me pasa en todas las clases, incluso en educación física.
En clase de inglés, abro el libro porque la profesora está leyendo y porque todos los demás leen con ella. A pesar de que oigo las palabras, las olvido en cuanto son pronunciadas. Oigo fragmentos de cosas, pero nada entero.
«Relájate.
»Respira hondo.
»Cuenta.»
Al salir de clase, me encamino hacia el campanario y me da igual que me vean. La puerta que da acceso a la escalera se abre sin problemas y me pregunto si Bella estará ahí. En cuanto llego arriba y estoy al aire libre, vuelvo a abrir el libro. Leo el párrafo una y otra vez, pensando en que tal vez si estoy solo podré centrarme mejor, pero en el instante en que termino una frase y paso a la siguiente, he olvidado la que acabo de leer. Hojeo otro libro, pensando que tal vez con este será distinto, pero me sucede lo mismo.
A la hora de comer me siento con Emmett. Estoy rodeado de gente, pero solo. Me hablan, hablan a mi alrededor, pero no los oigo. Finjo estar concentrado en un libro, pero las palabras bailan en la página, de modo que le digo a mi cara que sonría para que nadie lo note, y sonrío y asiento, y lo hago bastante bien hasta que Emmett dice:
—Tío, ¿qué te pasa? No me jodas.
En geografía de Estados Unidos, el señor Black se planta delante de la pizarra y nos recuerda una vez más que, precisamente porque somos alumnos de último curso y este es nuestro semestre final, no debemos aflojar en los estudios. Mientras habla, yo escribo, pero vuelve a pasarme lo mismo que cuando intentaba leer: las palabras están ahí y al minuto se esfuman. Bella está sentada a mi lado y la sorprendo mirando de reojo mi papel, razón por la cual lo tapo con la mano.
Es difícil describirlo, pero imagino que lo que siento en este momento debe de ser muy similar a verse absorbido por un vórtice. Todo está oscuro y gira como un remolino, pero como un remolino lento, no rápido, y hay además un peso enorme que tira de ti, como si lo tuvieras sujeto a los pies aunque no lo veas. Pienso: «Es lo que se debe de sentir cuando te quedas atrapado en arenas movedizas».
Parte de lo que escribo es un inventario de mi vida, como si estuviera verificando los puntos de una lista de comprobación: Novia estupenda, visto. Buenos amigos, visto. Un tejado sobre la cabeza, visto. Comida en la boca, visto.
Nunca seré bajito, y tampoco creo que me quede calvo, si mi padre y mis abuelos sirven de referencia. Cuando tengo un día bueno, supero en inteligencia a la mayoría. Toco aceptablemente la guitarra y tengo buena voz. Compongo canciones. Canciones que cambiarán el mundo. Todo parece estar en orden, pero repaso la lista una y otra vez por si me olvido alguna cosa, obligándome a pensar más allá de los hechos importantes por si acaso los pequeños detalles escondiesen algo más.
En el lado de lo importante, mi familia podría ser mejor, pero no soy el único chico que se encuentra en esta situación. Al menos no me han echado a la calle. El instituto no está mal. Podría estudiar más, pero la verdad es que no lo necesito. El futuro es incierto, aunque eso puede que sea positivo.
En el lado de las pequeñas cosas, me gustan mis ojos pero odio mi nariz, aunque no creo que sea la nariz lo que me hace sentir así. La dentadura está bien. En general, mi boca me gusta, sobre todo cuando está unida a la de Bella. Tengo los pies muy grandes, pero mejor esto que tenerlos demasiado pequeños. Si así fuera, estaría cayéndome cada dos por tres. Me gustan mi guitarra, mi cama y mis libros, sobre todo los recortados.
Pienso en todo, pero al final el peso puede conmigo, como si estuviera extendiéndose por el resto de mi cuerpo y succionándome.
Suena la campana y salto, y todo el mundo se echa a reír excepto Bella, que me observa con atención. Tengo hora para ver a Benedicto y temo que se dé cuenta de que me pasa algo. Acompaño a Bella a clase, le doy la mano y un beso, y le ofrezco la mejor sonrisa de la que soy capaz para que no me mire cómo me está mirando. Y entonces, como su aula está justo en el lado contrario de donde se encuentra el despacho de tutoría y no voy precisamente corriendo, llego a la cita con cinco minutos de retraso.
Cuando Benedicto me pregunta qué pasa y por qué voy con esta cara, y si tiene que ver con lo de cumplir dieciocho años, recuerdo por vez primera que mi dieciocho cumpleaños está casi ahí.
Le digo que no es eso. Al fin y al cabo, ¿a quién no le gustaría tener dieciocho años? Qué se lo pregunte a mi madre, que daría cualquier cosa por no tener cuarenta y uno.
—Entonces ¿qué es? ¿Qué le pasa, Edward?
Necesito ofrecerle algo, de modo que le digo que es por mi padre, lo cual no es mentira del todo, aunque es una verdad a medias porque no es más que una parte de una imagen global.
—No quiere ser mi padre —digo, y Benedicto me escucha tan serio y con tanta atención, con los gruesos brazos cruzados sobre la gruesa mesa, que me siento mal. De modo que decido contarle más verdades—: No estaba feliz con la familia que tenía, y por eso decidió cambiarnos por otra que le gustara más. Y esta le gusta más. Su nueva esposa es agradable y siempre sonríe, y su nuevo hijo, que es posible que esté emparentado con él, es menudo y fácil de llevar y no ocupa mucho espacio. Incluso a mí me gustan más.
Pienso que ya he dicho demasiado, pero en vez de decirme que me levante y me largue, Benedicto dice:
—Tenía entendido que su padre había muerto como consecuencia de un accidente de caza.
Durante un segundo no recuerdo de qué me habla. Pero entonces, ya demasiado tarde, me pongo a asentir.
—Así es. Murió. Me refería a antes de que muriese.
Me mira con el entrecejo fruncido, pero en vez de tacharme de mentiroso, dice:
—Siento que haya tenido que lidiar con esto toda la vida.
Me gustaría llorar a lágrima viva, pero me digo: «Disimula el dolor. No llames la atención. Pasa desapercibido». De manera que con mi último gramo de energía, energía que tardaré en recuperar una semana o incluso más tiempo, digo:
—Hace todo lo que puede. Me refiero a que lo hacía. Cuando estaba vivo. Pero, a fin de cuentas, tiene más que ver con él que conmigo. Y lo digo en serio, la cosa jode, seamos realistas, ¿quién podría no quererme?
Sentado delante de él, y mientras le ordena a mi cara que siga sonriendo, mi cerebro recita la nota de suicidio de Vladímir Mayakovski, el poeta de la revolución rusa, que se mató de un disparo a los treinta y seis años de edad:
Mi amado barco quedó varado en lo cotidiano.
He saldado mis deudas y ya no tengo necesidad de contar los dolores sufridos en manos de los demás, las desgracias y los insultos.
Buena suerte a los que sobreviven.
Y de pronto, Benedicto está encorvado sobre la mesa y me mira con una expresión que solo puede calificarse de alarma. Lo que significa que debo de haberlo dicho en voz alta sin pretenderlo.
Su voz adquiere el tono lento y lleno de intención de quien le habla a alguien que está a punto de saltar al vacío desde una cornisa.
—¿Ha estado otra vez hoy en lo alto del campanario?
—Dios mío, ¿acaso tienen cámaras de seguridad instaladas allá arriba?
—Respóndame.
—Sí, señor. Pero estaba leyendo. O intentándolo. Necesitaba despejar la cabeza y no podía hacerlo abajo, con tanto ruido.
—Edward, confío en que sepa que soy su amigo, y eso significa que quiero ayudarlo. Pero se trata también de un asunto legal y tengo una obligación que cumplir.
—Estoy bien. Créame, si decido suicidarme, será el primero en saberlo. Le reservaré un asiento en primera fila, o al menos esperaré hasta que tenga más dinero para el juicio.
Nota para mí mismo: el suicidio no es cuestión de broma, sobre todo para las figuras de autoridad que, de un modo u otro, son responsables de ti.
Intento controlarme.
—Lo siento. Ha sido de mal gusto. Pero estoy bien. De verdad.
—¿Qué sabe acerca del trastorno bipolar?
Estoy a punto de decirle «¿Y qué sabe usted?». Pero me obligo a respirar hondo y sonreír.
—¿Es lo de Jekyll y Hyde?
Mi voz suena plana y tranquila. Tal vez un poco aburrida, aunque tengo cuerpo y mente en estado de alerta.
—Hay quien lo llama psicosis maníaco-depresiva. Es un trastorno cerebral que provoca cambios extremos en el estado de humor y la energía. Puede ser genético, pero existe tratamiento.
Sigo respirando hondo, aunque ya no hay sonrisas, y lo que me pasa es lo siguiente: el cerebro y el corazón laten a ritmos distintos; las manos se me están quedando frías y me arde la nuca; tengo la garganta completamente seca. Lo que sé sobre el trastorno bipolar es que es una etiqueta. Una etiqueta que se pone a los locos. Lo sé porque hice un curso de psicología, porque he visto películas y porque he visto a mi padre en acción durante casi dieciocho años, aunque a él jamás podrías ponerle una etiqueta porque te mataría. Etiquetas como «bipolar» sirven para decir: «Es por esto que eres como eres. Esto es lo que eres». Justifican a las personas por tener una enfermedad.
Cuando suena la campana, Benedicto está hablando sobre síntomas, hipomanía y episodios psicóticos. Me levanto más bruscamente de lo que pretendía y con el movimiento mando la silla al suelo. Si estuviera en suspenso por encima de la estancia, mirando hacia abajo, lo que sucede podría confundirse con un acto de violencia, sobre todo teniendo en cuenta lo grande que soy. Pero antes de que me dé tiempo a decirle que ha sido un accidente, Benedicto se ha puesto en pie.
Levanto las manos en un gesto de rendición y luego le tiendo una, el equivalente a una rama de olivo. Tarda un par de minutos, pero al final me la estrecha. Y en vez de soltarla, tira de ella y nos quedamos prácticamente pegados nariz contra nariz —o, mejor dicho, dada la diferencia de altura, nariz contra pecho— y dice:
—No estás solo. —y antes de que pueda decirle «De hecho lo estoy, lo cual forma parte del problema. Todos estamos solos, atrapados en el interior del cuerpo y de la mente, y sea cual sea la compañía que podamos tener en esta vida, no es más que pasajera y superficial», me presiona con más fuerza hasta que temo que acabe partiéndome el brazo—. Y seguiremos hablando.
A la mañana siguiente, después de educación física, Mike se me acerca y me dice en voz baja:
—Friki.
Hay aún muchos chicos por allí, pero me da igual. Para ser más exactos, ni lo pienso. Sucede, simplemente.
En un abrir y cerrar de ojos, lo tengo contra la taquilla, lo agarro por el cuello y presiono hasta que se queda morado. Emmett está detrás de mí, intentando separarme, y entonces aparece Kappel con su bate. Continúo, porque me fascina ver la pulsación de las venas de MikeMike, su cabeza encendida como una bombilla con brillo excesivo.
No consiguen separarme hasta que son cuatro, puesto que mi puño parece de hierro. Pienso: «Tú me has metido en esto. Lo has hecho tú. Es culpa tuya, tuya, tuya».
Michael cae al suelo y me apartan de allí. Lo miro a los ojos y digo:
—Nunca jamás vuelvas a llamarme eso.
¡Hellow! Creo que sabemos lo mucho que Edward está rayando en el límite. Es algo sobres este libro y no sé si soy la única. Puedo ponerme en el lugar de Edward y sentirlo absolutamente todo.
Las leo en los reviews siempre (me encanta leerlas) y recuerden que: #DejarUnReviewNoCuestaNada.
—Ariam. R.
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