Todos los personajes pertenecen a Stephenie Meyer. La historia es completamente de la escritora Jennifer Niven, yo solo hago la adaptación. Advertencia: alrededor de esta historia se tocan algunos temas delicados como ansiedad, depresión, suicido, bullyng, etc. se recomienda estar consciente de ello a la hora de leer. Pueden encontrar el libro a la venta en línea (Amazon principalmente) o librerías. Todos mis medios de contacto (Facebook y antigua cuenta de Wattpad) se encuentran en mi perfil.


Edward

Día 71

Vida es Vida se reúne en los terrenos del Arboretum de una ciudad próxima a Ohio, cuyo nombre se mantendrá en el anonimato. No es una clase de ciencias naturales, sino un grupo de apoyo para adolescentes que se plantean, han intentado o han sobrevivido al suicidio. Lo encontré en internet.

Subo en el Pequeño Cabrón y pongo rumbo a Ohio. Estoy cansado. Evito ver a Bella. Resulta agotador tratar de mantenerme estable e ir con cuidado cuando estoy con ella, con tanto cuidado que es como si estuviera atravesando un campo de minas con soldados enemigos acechando por todos lados. «No debes dejar que ella lo vea.» Le he dicho que he pillado un virus y que no quiero contagiarla.

La reunión de Vida es Vida tiene lugar en un cuarto alargado con paneles de madera y radiadores que sobresalen de las paredes. Nos sentamos alrededor de dos mesas unidas, como si fuéramos a hacer deberes o a examinarnos. En cada extremo de las mesas hay jarras de agua y vasos de plástico de colores. Hay cuatro platos con galletas.

El psicólogo es un tipo llamado Demetrius, un mulato con ojos verdes. Para los que no hemos estado nunca en una de estas reuniones, nos explica que está cursando el doctorado en la universidad y que Vida es Vida tiene doce años de existencia, aunque él solo lleva once meses. Me gustaría preguntarle qué ha pasado con su predecesor, pero no lo hago por si acaso la historia no es agradable.

Entran los chicos, y me parecen iguales a los de Forks. No reconozco a ninguno, y esta es la razón por la que me he desplazado hasta aquí. Antes de tomar asiento, una de las chicas me aborda y me dice:

—Eres muy alto.

—Soy mayor de lo que parezco.

Esboza una sonrisa que probablemente considera seductora y yo añado:

—En mi familia hay gigantismo. Cuando termine el instituto, no me quedará otro remedio que trabajar en un circo, porque los médicos han predicho que a los veinte mediré más de dos metros diez.

Quiero que se vaya porque no estoy aquí para hacer amigos, y lo hace. Me siento, espero y pienso que ojalá no hubiera venido. Todo el mundo está cogiendo galletas, que yo no toco porque sé que cualquiera de esas marcas podría contener una cosa asquerosa llamada carbón animal, que se hace a partir de huesos de animales, y no quiero ni siquiera mirar las galletas ni la gente que se las come. Miro entonces por la ventana, pero los árboles del Arboretum son delgados, marrones, muertos, de manera que fijo finalmente la vista en Demetrius, que ha tomado asiento en el medio para que todos podamos verlo bien.

Recita hechos que ya conozco sobre el suicidio y los adolescentes y luego vamos diciendo cómo nos llamamos, cuántos años tenemos, qué nos han diagnosticado y si hemos tenido alguna experiencia directa de intento de suicidio. Luego tenemos que decir la frase «... es vida», como si cualquier cosa que se nos pasara por la cabeza en este momento fuera algo que celebrar, como «El baloncesto es vida», «La escuela es vida», «Los amigos son vida», «Hacérmelo con mi novia es vida».

Cualquier cosa que nos recuerde lo bueno que es estar vivo.

Varios de los chicos tienen la mirada ligeramente apagada y perdida de la gente drogada y me pregunto qué estarán tomándose para seguir aquí y respirar. Una chica dice:

—Crónicas vampíricas es vida.

Y un par de chicas ríen con la ocurrencia. Otro dice:

—Mi perra es vida, aunque se me coma los zapatos.

Cuando llega mi turno, me presento como Jasper, diecisiete años, sin experiencia más allá de mi reciente y poco entusiasta experimento con somníferos. «El efecto gravitacional de Júpiter-Plutón es vida», añado, aunque nadie sabe a qué me refiero.

En ese momento se abre la puerta y entra una persona acompañada por una bocanada de aire fresco. Va cubierta con gorro, bufanda y guantes, y va liberándose de todo ello como una momia mientras busca dónde sentarse. Todos nos volvemos y Demetrius nos sonríe tranquilizándonos.

—Pasa, no te preocupes, acabamos de empezar.

La momia se sienta, continúa deshaciéndose de gorro, bufanda y guantes. Me da la espalda, la cola de caballo de pelo rubio se balancea delante de mí, cuelga el bolso en la silla. Se acomoda, aparta los mechones que le cubren las mejillas, sonrosadas del frío, y no se quita el abrigo.

«Lo siento», le dice con los labios Rosalie Hale a Demetrius.

Cuando su mirada se fija en mí, se queda de inmediato completamente blanca.

Demetrius mueve la cabeza hacia ella.

—Taylor, ¿por qué no sigues tú?

Rosalie, o Taylor, evita mirarme. Con voz forzada, recita:

—Me llamo Taylor, tengo diecisiete años, soy bulímica, he intentado suicidarme dos veces, las dos veces con pastillas. Me escondo con sonrisas y chismorreos. No soy nada feliz. Mi madre me obliga a venir aquí. El secretismo es vida.

Pronuncia la última frase mirándome y enseguida aparta la vista.

Los otros continúan y, cuando se ha completado el círculo, tengo claro que soy el único de los presentes que no ha intentado en serio matarse. Me hace sentir superior, aunque no debería ser así, y miro a mi alrededor pensando: «Cuando de verdad lo intente, no voy a fallar». Incluso Demetrius tiene su propia historia. Esta gente está aquí, intenta conseguir ayuda y está viva, al fin y al cabo.

Pero resulta desgarrador. Entre el carbón animal, los relatos sobre cortarse las venas y ahorcamientos, y la maliciosa Rosalie Hale con su barbillita levantada, completamente desenmascarada y asustada, lo único que deseo es poner la cabeza sobre la mesa y dejar que llegue la Caída Larga. Deseo alejarme de estos chicos que no han hecho nada malo excepto nacer con un cerebro distinto y un cableado distinto, y pienso en los que no están aquí para comer galletas con carbón animal y compartir sus historias, en los que no salieron de ello y nunca tuvieron una oportunidad. Deseo alejarme del estigma que todos sienten por el simple hecho de padecer una enfermedad mental y no una enfermedad de los pulmones o de la sangre, por ejemplo. Deseo alejarme de las etiquetas. «Tengo trastorno obsesivo-compulsivo», «Estoy deprimido», «Mi afición es cortarme las venas», dicen, como si fueran las cosas que los definen. Hay un pobre desgraciado que sufre trastorno de déficit de atención con hiperactividad, trastorno obsesivo-compulsivo, trastorno límite de personalidad y, además de todo eso, un problema de ansiedad. Ni siquiera sé qué quiere decir todo esto. Soy el único que es, simplemente, Edward Cullen.

Una chica con una gruesa trenza negra y gafas dice:

—Mi hermana murió de leucemia y deberíais haber visto las flores y las muestras de compasión. —levanta las muñecas y veo las cicatrices incluso desde el otro extremo de la mesa—. Pero cuando yo casi me muero, nadie envió flores, ni hubo comida especial. Fui egoísta y loca por querer desperdiciar mi vida cuando mi hermana perdió, sin quererlo, la suya.

Eso me hace pensar en Esme Swan, y entonces Demetrius habla sobre los fármacos que tenemos a nuestra disposición y que pueden sernos útiles, y todo el mundo da los nombres de los fármacos que están ayudándolos a superarlo. Un chico sentado a la otra punta de la mesa dice que lo único que aborrece es sentirse igual que todos los demás.

—No me malentendáis, prefiero estar aquí que muerto, pero a veces tengo la sensación de que todo lo que hacía de mí quien soy ha desaparecido.

Dejo de escuchar después de esto.

Terminada la sesión, Demetrius me pregunta qué me ha parecido y le digo que ha servido para abrirme los ojos, que ha sido todo muy esclarecedor y más cosas de este estilo para que se sienta bien por el trabajo que realiza. Luego salgo en persecución de Rosalie, reconvertida en Taylor, y la localizo en el aparcamiento antes de que pueda escaparse.

—No voy a decir nada a nadie.

—Mejor que sea así. Lo digo muy en serio.

Me mira con intensidad; está sofocada.

—Si lo hago, siempre puedes decir que soy un friki. Te creerán. Pensarán que lo he dicho para echarte mierda encima. Además, me han expulsado, por si no lo recuerdas. —aparta la vista—. ¿Aún piensas en ello?

—Si no lo hiciera no estaría aquí. —levanta la vista—. ¿Y tú? ¿De verdad ibas a saltar desde lo alto del campanario antes de que Bella te convenciera de no hacerlo?

—Sí y no.

—¿Por qué lo haces? ¿No te cansa que la gente hable constantemente de ti?

—¿Incluida tú?

Se queda callada.

—Lo hago porque me recuerda que estoy aquí, que sigo aquí y que tengo algo que decir.

Empieza a entrar en el coche y dice:

—Supongo que a partir de ahora sabrás que no eres el único friki.

Es lo más agradable que me ha dicho en toda su vida.


A veces no lo sabemos, pero incluso quien es nuestro verdugo, guarda dentro suyo los más oscuros secretos. Rosalie Hale es una de esas. Finge tenerlo todo, pero en realidad no tiene nada. Incluso cuando es difícil admitirlo, la salud mental debería ser una prioridad para cada ser humano. ¿Y ahora? ¿Ustedes creen que se guarden el secreto mutuamente?

Las leo en los reviews siempre (me encanta leerlas) y recuerden que: #DejarUnReviewNoCuestaNada.

Ariam. R.


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