Todos los personajes pertenecen a Stephenie Meyer. La historia es completamente de la escritora Jennifer Niven, yo solo hago la adaptación. Advertencia: alrededor de esta historia se tocan algunos temas delicados como ansiedad, depresión, suicido, bullyng, etc. se recomienda estar consciente de ello a la hora de leer. Pueden encontrar el libro a la venta en línea (Amazon principalmente) o librerías. Todos mis medios de contacto (Facebook y antigua cuenta de Wattpad) se encuentran en mi perfil.
Bella
18 de marzo
No tengo noticias de Edward desde hace un día, luego dos días, luego tres días.
Cuando el miércoles llego a casa después de salir del instituto, está nevando. Las calles están cubiertas de blanco y he tenido que parar a limpiar a Esmer media docena de veces. Mi madre está en su despacho y le pregunto si me presta el coche.
Le cuesta un momento encontrar la voz necesaria para responderme.
—¿Adónde quieres ir?
—A casa de Shelby.
Shelby Padgett vive al otro lado de la ciudad. Me sorprende la facilidad con que me brotan las palabras de la boca. Me comporto como si el hecho de preguntarle si me deja el coche, cuando llevo un año sin conducir, no fuera nada excepcional, pero mi madre se ha quedado mirándome fijamente.
Y sigue mirándome fijamente cuando me entrega las llaves y me acompaña hasta la puerta y me sigue por la acera. Y entonces veo que no solo me mira fijamente, sino que además está llorando.
—Lo siento —dice, secándose los ojos—. No estábamos seguros... No sabíamos si algún día volveríamos a verte conducir. El accidente cambió muchas cosas y se llevó muchas otras. No es que conducir, dentro de la imagen global, sea tan importante, aunque es algo que a tu edad deberías hacer sin pensártelo dos veces, pero ve con cuidado...
Balbucea, pero se la ve feliz, lo que solo sirve para que me sienta peor por estar mintiéndole. La abrazo antes de subir al coche y sentarme al volante. Le digo adiós con la mano, sonrío, pongo el motor en marcha y digo en voz alta:
—Todo bien.
Arranco lentamente, sin dejar de decir adiós ni de sonreír, pero preguntándome qué demonios pienso que estoy haciendo.
Al principio me noto temblorosa, puesto que hace mucho tiempo que no conduzco y no estaba segura de ser capaz de volver a hacerlo. Avanzo a sacudidas porque no paro de tocar el freno. Pero entonces recuerdo a Esme a mi lado, cuando me dejó conducir hasta casa después de que me sacara el carnet. «Ahora ya puedes llevarme a cualquier sitio, hermanita. Serás mi chófer. Yo me sentaré atrás, me pondré cómoda y disfrutaré del paisaje.»
Vuelvo la cabeza hacia el asiento del acompañante y casi puedo verla, sonriéndome, sin siquiera mirar la carretera, como si no necesitara hacerlo porque confía en que yo sé lo que me hago sin su ayuda. La veo apoyada contra la puerta, las piernas recogidas y las rodillas bajo la barbilla, riendo de alguna cosa, o cantando al ritmo de la música. Casi puedo oírla.
Cuando llego al barrio de Edward, conduzco ya sin contratiempos, como si llevara años haciéndolo. Me abre la puerta una mujer, que debe de ser su madre porque tiene los ojos del mismo color verde esmeralda que los de Edward. Resulta extraño pensar que, después de todo este tiempo, no la conozco hasta ahora.
Le tiendo la mano y digo:
—Soy Isabella. Encantada de conocerla. Vengo a ver a Edward. —se me ocurre que es posible que no haya oído hablar de mí, de manera que añado—: Isabella Swan.
Me estrecha la mano y dice:
—Por supuesto. Bella. Sí. Debería haber vuelto ya del instituto. —«No sabe que está expulsado.» Va vestida con traje de chaqueta y medias, pero va descalza. Tiene una belleza descolorida, gastada—.Pasa. Justo acabo de llegar a casa.
Su bolso está encima de la mesa del desayuno junto con las llaves del coche, los zapatos descansan en el suelo. Oigo la televisión en otra habitación y la señora
Edward grita:
—¿Tanya?
Al momento se oye un remoto «¿Qué?».
—Nada, solo para ver si estabas aquí.
La señora Edward sonríe y me ofrece algo de beber —agua, zumo, refresco— mientras ella se sirve una copa de vino de una botella ya abierta que saca de la nevera. Le digo que agua está bien y me pregunta si quiero hielo o no. Le digo que sin hielo, por mucho que la prefiera fría.
Entra Kate y saluda.
—Hola.
—Hola. Venía a ver a Edward.
Charlan conmigo como si todo fuera normal, como si Edward no hubiera sido expulsado, y Kate saca alguna cosa de la nevera y pone en marcha el horno, a temperatura alta. Le dice a su madre que se acuerde de prestar atención a la alarma del horno y se pone el abrigo.
—Seguramente está arriba. Puedes subir.
Llamo a la puerta de su habitación, pero no obtengo respuesta. Vuelvo a llamar.
—¿Edward? Soy yo.
Oigo algo que se mueve y, a continuación, se abre la puerta. Edward lleva pantalón de pijama, sin parte de arriba, y gafas. Su pelo cobrizo se dispara en todas direcciones, y pienso: «Edward el Gilipollas». Me regala una sonrisa ladeada y dice:
—La única persona que quiero ver. Mi efecto gravitacional de Júpiter-Plutón.
Se aparta para dejarme pasar.
La habitación está completamente desnuda, ni siquiera están las sábanas de la cama. Parece una habitación de hospital de color azul vacía y a la espera de la llegada del próximo paciente. Veo dos cajas de tamaño mediano y de color marrón apiladas junto a la puerta.
El corazón me da un vuelco extraño.
—Parece como si... te mudaras.
—No, simplemente he hecho un poco de limpieza. Voy a dar algunas cosas a beneficencia.
—¿Te encuentras bien?
Me esfuerzo por no parecer la novia que le echa la culpa: «¿Por qué no pasas más tiempo conmigo? ¿Por qué no respondes a mis llamadas? ¿Acaso ya no te gusto?».
—Lo siento, Ultrabella. Estoy aún en horas bajas. Lo cual, si lo piensas bien, es una expresión curiosa. Y que tiene su origen en el mar, puesto que decían que cuando había temporal, lo mejor era ponerse bajo cubierta hasta dejarlo pasar.
—Pero ¿te encuentras mejor?
—He estado un poco fastidiado, pero sí. —sonríe y se pone una camiseta—. ¿Quieres ver mi fuerte?
—¿Es una pregunta con trampa?
—Todo hombre necesita un fuerte, Ultrabella. Un lugar donde dejar correr la imaginación. Un espacio tipo «Prohibido pasar/No se permiten chicas».
—Si no se permiten chicas, ¿por qué me dejas verlo?
—Porque tú no eres una chica cualquiera.
Abre la puerta del vestidor y la verdad es que no está nada mal. Se ha construido una especie de cueva, con la guitarra, el ordenador y cuadernos de pentagramas, junto con bolígrafos y notas adhesivas. Veo mi fotografía clavada con una chincheta en la pared azul junto con una matrícula.
—Otros lo llamarían «oficina», pero a mí me gusta más «fuerte».
Me invita a tomar asiento sobre la colcha azul y nos sentamos el uno al lado del otro, los hombros rozándose, la espalda apoyada en la pared. Mueve la cabeza para señalar la pared de enfrente, y es entonces cuando veo las pegatinas, como en su
Muro de ideas, solo que no hay tantas ni están tan apretujadas.
—He descubierto que pienso mejor aquí dentro. Ahí fuera a veces hay mucho jaleo, entre la música de Tanya y los gritos de mi madre a mi padre por teléfono. Tienes suerte de vivir en una casa sin gritos. —escribe «Casa sin gritos» y lo pega a la pared. Me pasa un bolígrafo y un taco de notas adhesivas—. ¿Quieres probarlo?
—¿Cualquier cosa?
—Lo que sea. Los pensamientos positivos van a la pared, los negativos al suelo, allí. —señala un montón de papeles arrugados—. Es importante anotarlos, aunque no es necesario exponerlos una vez ya lo has hecho. Las palabras pueden llegar a convertirse en verdaderas acosadoras. ¿Te acuerdas de Paula Cleary? —niego con la cabeza—. Era una chica de quince años cuando llegó a Estados Unidos procedente de Irlanda y se puso a salir con un idiota que gustaba a todas las chicas. Enseguida empezaron a llamarla guarra, puta y otras cosas mucho peores, y no la dejaron en paz hasta que se ahorcó en el hueco de una escalera.
Escribo «Acosador» y se lo paso a Edward, que rasga el papel en mil pedazos y lo tira al montón.
Escribo «Chicas malas» y lo hago pedazos. Escribo «Accidentes», «Invierno», «Hielo», «Puente» y los hago pedazos hasta convertirlos en polvo.
Edward escribe algo y lo pega a la pared: «Bienvenido». Escribe algo más: «Friki». Me lo enseña antes de destruirlo. Escribe «Pertenecer», que va a la pared, y «Etiqueta», que no va allí. «Calor», «Sábado», «Excursión», «Tú» y «Mejor amiga» van arriba, mientras que «Frío», «Domingo», «Quedarse quieto» y «Todos los demás» van al montón.
«Necesario», «Amado», «Comprendido» y «Perdonado» van a la pared, y luego escribo «Tú», «Cullen», «Edward», «Ed», «Edward Cullen» y los pego también.
Seguimos mucho rato con esto, y luego me enseña a componer una canción a partir de las palabras. Primero las coloca en un orden que casi tiene sentido. Coge la guitarra y extrae una melodía y así, sin más, empieza a cantar. Consigue incorporar todas las palabras, después yo aplaudo y él saluda solo con la parte superior del cuerpo, puesto que sigue sentado en el suelo, y digo:
—Tienes que anotarla. No la pierdas.
—Nunca anoto las canciones.
—¿Y qué son esos pentagramas?
—Ideas para canciones. Anotaciones sueltas. Cosas que se convertirán en canciones. Cosas que tal vez componga algún día o que empecé y no terminé porque no me llenaban lo suficiente. Cuando una canción acaba siéndolo, la llevas dentro de ti, en lo más profundo.
Escribe: «Yo, quiero, sexo, con, Ultrabella, Marcada».
Yo escribo: «Tal vez», y él lo hace pedacitos de inmediato.
Y entonces escribo: «De acuerdo».
También lo rompe.
«¡Sí!»
Lo pega a la pared y me besa, su brazo envolviéndome por la cintura. Sin darme ni cuenta, estoy tendida en el suelo y él encima de mí, mirándome. Le arranco la camiseta. Siento su piel pegada a la mía, y me coloco sobre él, y durante un rato olvido que estamos en el suelo de un vestidor porque en lo único que soy capaz de pensar es en él, en nosotros, en él y yo, en Edward y Bella, en Bella y Edward, y todo vuelve a estar bien.
Después me quedo mirando el techo, y cuando lo miro a él, tiene esa expresión extraña.
—¿Edward? —mira fijamente algún punto por encima de nosotros. Lo aguijoneo en las costillas—. ¡Edward!
Me mira por fin y dice:
—Hola.
Lo dice como si acabara de recordar que estoy aquí. Se sienta, se frota la cara con las manos y coge una nota adhesiva. Escribe «Relájate». Luego, «Respira hondo». Luego, «Isabella es vida». Lo pega todo a la pared y coge de nuevo la guitarra.
Recuesto la cabeza contra la suya cuando se pone a tocar, obligándolo a cambiar un poco los acordes, pero no puedo quitarme de encima la sensación de que ha pasado alguna cosa, de que se ha marchado durante un minuto y solo ha regresado una parte de él.
—¿No le contarás a nadie lo de mi fuerte, verdad, Bella?
—¿Igual que tú no le has contado a tu familia que te han expulsado?
Escribe «Culpable» y lo sostiene en alto antes de hacerlo pedacitos.
—De acuerdo.
Escribo entonces «Confianza», «Promesa», «Secreto», «Seguro» y lo pego a la pared.
—Aaaah, ahora tengo que volver a empezar.
Cierra los ojos y vuelve a tocar la canción, sumándole esas palabras. La segunda vez suena triste, como si hubiera cambiado a un tono menor.
—Me gusta tu fuerte secreto, Edward Cullen.
Esta vez reposo la cabeza en su hombro y miro las palabras que hemos escrito y la canción que hemos creado. Luego miro otra vez la matrícula. Tengo la extraña sensación de acercarme más a él, como si pudiera escapárseme. Poso la mano en su pierna.
Transcurrido un minuto, dice:
—A veces me pongo así, con estos estados de ánimo, y no puedo evitarlo. —sigue tocando la guitarra, sin dejar de sonreír, pero su tono de voz se ha vuelto serio—. Estados de ánimo negros, bajos. Me imagino cómo debe de ser estar en el ojo de un tornado, en calma y cegador a la vez. Los odio.
Entrelazo los dedos con los de él y tiene que dejar de tocar.
—Yo también me pongo malhumorada a veces. Es normal. Es lo que toca. Me refiero a que somos adolescentes.
Y como para demostrarlo, escribo «Mal humor» y lo hago pedazos.
—Cuando era pequeño, más pequeño de lo que ahora es Tanya, teníamos un cardenal en el jardín que no paraba de darse golpes contra el cristal de la puerta de casa, una y otra vez, hasta que acabó matándose. Siempre pensaba que estaba muerto, pero se levantaba y alzaba el vuelo de nuevo. La hembra lo observaba desde uno de los árboles del jardín y siempre pensé que era su esposa. Les supliqué a mis padres que impidieran que se diera más golpes contra los cristales. Quería que lo dejasen entrar para que viviera con nosotros. Kate llamó a la Audubon Society y el responsable le dijo que, a su entender, el cardenal estaba simplemente intentando regresar a su árbol, el que debía de haber allí antes de que llegáramos nosotros, lo taláramos y construyéramos la casa encima.
Me cuenta lo del día que murió el cardenal, cuando encontró el cuerpo en el porche de atrás, cuando lo enterró en un nido de barro. «No había nada que pudiera haberlo hecho durar más tiempo», les dijo después Edward a sus padres. Siempre les echó la culpa porque sabía que podrían haber hecho que el cardenal viviera más tiempo si lo hubieran dejado entrar en casa, como él les había pedido.
—Fue mi primer estado de ánimo negro, negrísimo. No recuerdo muy bien qué pasó después, o que pasó durante un tiempo.
La sensación de preocupación reaparece.
—¿Lo has hablado alguna vez con alguien? ¿Lo saben tus padres, o Kate, o tal vez algún psicólogo...?
—Mis padres, no. Kate, la verdad es que tampoco. He estado hablando con un psicólogo del instituto.
Miro a mi alrededor, el interior del vestidor, la colcha donde estamos sentados, la jarra de agua, las barritas energéticas, y es entonces cuando caigo.
—¿Estás viviendo aquí, Edward?
—Ya lo he hecho otras veces. Al final, funciona. Me despierto una mañana y me apetece salir. —me sonríe, pero la sonrisa me parece vacía—. Yo te guardaré el secreto, pero tú guarda el mío.
Cuando llego a casa, abro la puerta de mi vestidor y entro. Es más grande que el de Edward, pero está lleno a rebosar de ropa, zapatos, bolsos, chaquetas. Intento imaginar cómo sería vivir aquí y sentir que no puedo salir. Me tumbo y miro al techo.
El suelo está duro y frío. Escribo mentalmente:
«Había un chico que vivía en un vestidor...». Pero no llego a más.
No sufro claustrofobia, pero cuando abro la puerta y vuelvo a mi habitación, tengo la sensación de poder respirar de nuevo.
A la hora de la cena, mi madre dice:
—¿Te lo has pasado bien con Shelby? —mira a mi padre enarcando una ceja—. Al salir del instituto, Bella ha ido en coche a casa de Shelby. Ha conducido.
Mi padre levanta el vaso y lo hace chocar contra el mío.
—Me siento orgulloso de ti, B. Tal vez haya llegado la hora de que empecemos a hablar de que tengas tu propio coche.
Están tan emocionados que me siento más culpable, si cabe, por haberles mentido.
Me pregunto qué harían si les dijera dónde he estado en realidad: acostándome con un chico con el que no quieren ni verme en el vestidor donde ha decidido vivir.
¡Hola, nenas! Como vieron, Edward está usando el vestidor como un medio de protección para todas las emociones que lo abordan, sería perfecto si su familia tan solo viera esos comportamientos, así como Bella, y yo ayudaran. Pero no es así, y la inatención sobre un adolescente con problemas psicológicos puede atraer graves consecuencias.
Las leo en los reviews siempre (me encanta leerlas) y recuerden que: #DejarUnReviewNoCuestaNada.
—Ariam. R.
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