Todos los personajes pertenecen a Stephenie Meyer. La historia es completamente de la escritora Jennifer Niven, yo solo hago la adaptación. Advertencia: alrededor de esta historia se tocan algunos temas delicados como ansiedad, depresión, suicido, bullyng, etc. se recomienda estar consciente de ello a la hora de leer. Pueden encontrar el libro a la venta en línea (Amazon principalmente) o librerías. Todos mis medios de contacto (Facebook y antigua cuenta de Wattpad) se encuentran en mi perfil.


Bella

21 de marzo y después

Llamo a la puerta de su habitación, pero no obtengo respuesta. Vuelvo a llamar.

—¿Edward?

Llamo otra vez, y otra, hasta que al final oigo movimiento, el golpe de alguna cosa que se cae, un «Me cago en la...» y se abre la puerta. Edward va vestido con traje. Se ha cortado el pelo, prácticamente al uno, y entre eso y la barba de varios días tiene un aspecto distinto, se lo ve más mayor y, sí, está más bueno.

Me ofrece una sonrisa ladeada y dice:

—Ultrabella. La única persona a la que deseo ver.

Se aparta para que pueda entrar.

La habitación sigue desnuda como la de un hospital, y me vengo un poco abajo ya que, por lo visto, ha estado en un hospital y no me lo ha dicho. Y tanto azul, no sé por qué, me produce sensación de ahogo.

—Tengo que hablar contigo. —digo.

Edward me da un beso de bienvenida y veo que tiene los ojos más brillantes que la otra noche, o tal vez sea porque no lleva gafas. Cada vez que cambia cuesta acostumbrarse. Vuelve a besarme y se apoya contra la puerta adoptando una postura sexy, como si supiera lo guapo que está.

—Vayamos por partes. Ante todo tengo que saber qué opinas sobre los viajes espaciales y sobre la comida china.

—¿En ese orden?

—No necesariamente.

—Opino que son interesantes y que es realmente estupenda.

—Bien. Descálzate.

Me descalzo y desciendo cuatro o cinco centímetros.

—Ropa fuera, enana.

Le doy un manotazo.

—Luego, vale, pero no se me olvidará. De acuerdo. Ahora cierra los ojos, por favor.

Cierro los ojos. Reflexiono sobre la mejor manera de sacar a relucir Vida es Vida. Pero vuelve a ser tan él, por mucho que su aspecto sea distinto, que me digo que cuando vuelva a abrir los ojos las paredes de la habitación volverán a ser rojas, los muebles habrán regresado a su lugar y la cama estará hecha porque Edward duerme de nuevo en ella.

Oigo que abre la puerta del vestidor y tira un poco de mí.

—Mantenlos cerrados.

Extiendo los brazos por instinto, pero Edward me los hace bajar. Suena Slow Club, un grupo que me gusta, valiente, agridulce, poco convencional. Como Edward, pienso. Como nosotros.

Me ayuda a sentarme y noto que estoy sobre un montón de cojines. Escucho y percibo que se mueve a mi alrededor después de cerrar la puerta, luego noto sus rodillas presionando las mías.

Vuelvo a tener diez años, vuelvo a la época en que construía fuertes.

—Ábrelos.

Los abro.

Y estoy en el espacio, todo reluce como en Ciudad Esmeralda. Hay planetas y estrellas pintados en paredes y techo. Las notas adhesivas siguen en la pared. La colcha azul está a nuestros pies y es como si el suelo brillara. Veo platos, cubiertos y servilletas junto a recipientes con comida. Una botella de vodka en un cubo con hielo.

—Por si no te has dado cuenta —dice Edward, levantando una mano hacia el cielo—, Júpiter y Plutón están perfectamente alineados en relación con la Tierra. Es la cámara del efecto gravitacional de Júpiter-Plutón. Donde todo flota indefinidamente.

Lo único que sale de mi boca es «Oh, Dios mío». Me ha tenido tan preocupada, el chico al que amo, tan preocupada que no lo he sabido hasta este momento, contemplando el sistema solar. Es la cosa más encantadora que alguien ha hecho en toda mi vida por mí. Es tan encantador que parece de película. Es tan épico y tan frágil que deseo que la noche dure eternamente, y saber que eso es imposible me entristece.

La comida es de Familia Feliz. No le pregunto cómo la ha conseguido, si ha ido en coche a buscarla o le ha pedido a Kate que la fuera a buscar, pero me digo que habrá sido él quien ha ido hasta allí porque no tiene por qué quedarse siempre encerrado en el vestidor si no quiere.

Abre el vodka y nos pasamos la botella. Sabe seco y amargo, como hojas de otoño.

Me gusta el calor que produce en la nariz y la garganta.

—¿De dónde has sacado esto? —pregunto, botella en mano.

—Tengo mis sistemas.

—Es perfecto. No solo esto, sino todo. Pero es tu cumpleaños, no el mío. Soy yo la que tendría que haber preparado algo así para ti.

Me besa.

Lo beso.

El ambiente está lleno a rebosar de cosas que no decimos y me pregunto si él también lo percibe.

Se lo ve tan cómodo y tan Edward que me digo que será mejor dejarlo correr, mejor no pensar tanto. A lo mejor Rosalie se equivoca. A lo mejor solo me ha contado lo de ese grupo para fastidiarme. A lo mejor se lo ha inventado todo.

Edward sirve la comida y, mientras comemos, hablamos de todo excepto de cómo se siente. Le explico lo que se ha perdido de geografía de Estados Unidos y hablamos sobre los lugares que nos quedan por recorrer. Le doy mi regalo de cumpleaños, una primera edición de Las olas que encontré en una pequeña librería de Nueva York. Le he escrito una dedicatoria: «Haces que me sienta oro, flotando. Te quiero. Ultrabella Marcada».

—Es el libro que estuve buscando en Bookmarks, en el parque de la biblioteca móvil. Siempre que entro en una tienda —dice.

Me besa.

Lo beso.

Noto que las preocupaciones se esfuman. Me siento relajada y feliz, más feliz que en bastante tiempo. Vivo el momento. Estoy aquí.

Cuando terminamos de comer, Edward se quita la chaqueta y nos tumbamos en el suelo, uno junto al otro. Mientras examina el libro y me lee algunos párrafos en voz alta, yo sigo mirando el cielo. Al final, deja descansar el libro sobre su pecho y dice:

—¿Te acuerdas de sir Patrick Moore?

—Sí, el astrónomo británico que tenía un programa en televisión. —levanto los brazos hacia el techo—. El hombre a quien tenemos que agradecer el efecto gravitacional de Júpiter-Plutón.

—Desde un punto de vista técnico, tenemos que agradecérnoslo a nosotros, pero sí, ese. Pues resulta que en uno de sus programas explicó el concepto de un gigantesco agujero negro que hay en el centro de nuestra galaxia. Comprenderlo es complicado. Él fue la primera persona que explicó la existencia de un agujero negro de tal modo que una persona normal y corriente pudiera llegar a entenderlo. Lo explicó de tal manera que incluso Mike conseguiría captarlo.

Me sonríe. Le sonrío.

—Mierda —dice—, ¿por dónde iba?

—Por sir Patrick Moore.

—Eso es. Sir Patrick Moore mandó dibujar un mapa de la Vía Láctea en el suelo del estudio de televisión. Con las cámaras siguiéndolo, fue acercándose poco a poco al centro del dibujo mientras iba explicando la teoría general de la relatividad de Einstein y ofreciendo algunos hechos: los agujeros negros son los vestigios de antiguas estrellas; son tan densos que ni siquiera la luz puede escapar de su interior; acechan en el interior de todas las galaxias; son la fuerza más destructiva del cosmos; cuando un agujero negro atraviesa el espacio, engulle todo lo que tiene a su alrededor, estrellas, cometas, planetas. Y cuando digo todo, quiero decir todo. Cuando, los planetas, la luz, las estrellas, lo que sea, superan ese punto de no retorno, tenemos lo que se conoce como el horizonte de sucesos, el punto del que ya es imposible escapar.

—Es un poco como un agujero azul.

—Sí, supongo que sí. De modo que, mientras iba explicando todo esto, sir Patrick Moore realizó la mayor proeza nunca vista: se colocó en el corazón del agujero negro y desapareció.

—Efectos especiales.

—No. Fue la re hostia. El cámara y todos los demás presentes en el estudio dicen que desapareció.

Me coge la mano.

—¿Y cómo?

—Magia.

Me sonríe.

Le sonrío.

—Ser absorbido por un agujero negro —dice— debe de ser la forma más fantástica de morir. Aunque nadie ha tenido todavía esa experiencia y los científicos no logran ponerse de acuerdo en si te pasarías semanas flotando más allá del horizonte de sucesos hasta quedar hecho pedazos o si te sumergirías en una especie de torbellino de partículas y te quemarías vivo. Me gusta pensar en lo que sentiríamos si fuéramos absorbidos, así de pronto. De repente, nada de todo esto tendría importancia. Se acabarían las preocupaciones sobre de dónde venimos o qué será de nosotros, o sobre si volveremos a decepcionar alguna vez a otra persona. Todo eso... desaparecería.

—Y no quedaría nada.

—Tal vez. O tal vez hubiera un nuevo mundo, un mundo que ni siquiera podemos imaginarnos.

Noto el encaje de su mano, caliente y firme, en la mía. Por mucho que él vaya cambiando, eso no lo hace nunca.

—Eres el mejor amigo que he tenido nunca, Edward Cullen.

Y lo es de una forma distinta a como lo era Esme. Tal vez incluso más.

Y de pronto, rompo a llorar. Me siento como una idiota porque odio llorar, pero no puedo evitarlo. Todas mis preocupaciones salen a flote y se derraman por el suelo del vestidor.

Edward se vuelve y me acuna.

—Tranquila. ¿Qué pasa?

—Rosalie me lo ha contado.

—¿Qué te ha contado qué?

—Lo del hospital y las pastillas. Lo de Vida es Vida.

No me suelta, pero su cuerpo se pone rígido.

—¿Te lo ha contado?

—Estoy preocupada por ti, y quiero que estés bien, pero no sé qué hacer para ayudarte.

—No necesitas hacer nada.

Entonces me suelta. Se aparta, se sienta y mira la pared.

—Pero tengo que hacer algo porque es posible que necesites ayuda. No conozco a nadie que se meta en el vestidor y se instale allí. Necesitas hablar con tu psicólogo, o a lo mejor con Kate. Puedes hablar con mis padres si quieres.

—Sí, esto no está sucediendo.

Sus dientes y sus ojos destellan bajo la luz ultravioleta.

—Estoy intentando ayudarte.

—Yo no necesito ayuda. Yo no soy Esme. Solo porque no pudiste salvarla no tienes por qué intentar salvarme a mí.

Empiezo a enfadarme.

—Eso no es justo.

—Solo quería decir que estoy bien.

—¿De verdad?

Levanto las manos para abarcar el vestidor.

Me mira con aquella sonrisa rígida, atroz.

—¿Sabes?, daría cualquier cosa por ser tú durante un día. Viviría y viviría y jamás me preocuparía y estaría agradecido por tener lo que tengo.

—¿Porque no tengo nada de qué preocuparme? —se limita a mirarme—. Porque ¿de qué tendría que preocuparse Isabella? Al fin y al cabo, la que murió fue Esme. Bella sigue aquí. Se libró. Y es afortunada porque tiene toda una vida por delante. Isabella la afortunada.

—Escucha, durante una gran parte de mi vida me he visto etiquetado. Soy el friki. Soy el bicho raro. Soy el problemático. Inicio peleas. Decepciono a la gente. No hagas enfadar a Edward, hagas lo que hagas. Oh, ahí va ese de nuevo, con uno de sus raros estados de humor. Edward el Melancólico. Edward el Cabreado. Edward el Impredecible. Edward el Loco. Pero yo no soy una compilación de síntomas. No soy la víctima de unos padres de mierda y de una combinación química de más mierda si cabe. No soy un problema. No soy un diagnóstico. No soy una enfermedad. No soy alguien a quien haya que rescatar. Soy una persona. —esboza de nuevo esa sonrisa atroz—. Apuesto lo que quieras a que ahora sientes mucho haberte encaramado a aquella dichosa cornisa aquel dichoso día.

—No hagas esto. No seas así.

La sonrisa desaparece de pronto.

—No puedo evitarlo. Soy lo que soy. Ya te avisé de que esto pasaría. —su voz se vuelve fría en lugar de enojada, y eso es peor, puesto que es como si hubiese dejado de tener sentimientos—. ¿Sabes?, en estos momentos el vestidor se me queda pequeño, es como si no hubiera tanto espacio como creía.

Me levanto.

—Pues resulta que en eso sí que puedo ayudarte.

Y cierro de un portazo sabiendo perfectamente bien que no puede seguirme, aunque a pesar de ello me digo: «Si de verdad me quiere, encontrará la manera».

Después de cenar, y antes de lavar los platos, les digo a mis padres:

—Necesito explicaros una cosa. —mi madre vuelve a sentarse, puesto que por mi voz adivina que no será nada bueno—. El primer día de clase subí a la cornisa del campanario del instituto. Fue allí donde conocí a Edward. Él también estaba allá arriba y fue quien me convenció de que bajara, porque cuando me di cuenta de dónde estaba, me asusté tanto que no podía ni moverme. Podría haber caído de no haber estado él allí. Pero no caí, y fue gracias a él. Ahora es él el que está en esa cornisa. Aunque no literalmente hablando —le digo a mi padre antes de que salte a coger el teléfono—. Y tenemos que ayudarlo.

—¿De modo que has seguido viéndolo? —dice mi madre.

—Sí. Y lo siento, y sé que estáis enfadados y decepcionados, pero lo quiero. Y me salvó. Luego ya me diréis lo descontentos que estáis de mí y lo mucho que os he decepcionado, pero en estos momentos necesito hacer todo lo posible para asegurarme de que sigue bien.

Se lo cuento todo, y después mi madre llama por teléfono a la madre de Edward. Le deja un mensaje y, cuando cuelga, dice:

—Tu padre y yo ya pensaremos qué hacer. En la universidad hay un psiquiatra, un amigo de tu padre. Está hablando con él ahora. Sí, estamos decepcionados contigo, pero me alegro de que nos lo hayas contado. Has hecho lo correcto contándonoslo.

Sigo despierta en mi habitación durante al menos una hora, tan inquieta que no puedo conciliar el sueño. Cuando me adormilo, me muevo sin cesar de un lado para otro y mis sueños son una mezcolanza de infelicidad. Acabo despertándome. Me doy la vuelta y vuelvo a dormirme, y en sueños lo oigo, el sonido débil y remoto de las piedrecillas golpeando la ventana.

No salgo de la cama porque hace frío y estoy medio dormida y, de todos modos, el sonido no es real. «Ahora no, Edward —digo en sueños—. Vete.»

Y entonces me despierto de golpe y pienso si es posible que haya sido de verdad. Si es posible que haya salido del vestidor, haya cogido el coche y haya venido a verme. Pero cuando miro por la ventana, la calle está vacía.

Paso el día con mis padres, mirando obsesivamente Facebook para ver si aparece un mensaje en los momentos en que no finjo estar concentrada en los deberes y en Germ. Todas las chicas han respondido a mis propuestas de colaboración: «sí, sí, sí». Sus mensajes continúan en mi bandeja de entrada sin que los haya respondido.

Mi madre llama cada poco rato a la señora Cullen para ver si consigue localizarla. A mediodía, cuando seguimos sin tener noticias de ella, mi madre y mi padre se personan en casa de Edward. Parece que no hay nadie y se ven obligados a dejar una nota. El psiquiatra tiene (por algún motivo) mejor suerte que ellos. Consigue hablar con Tanya, que deja al médico a la espera mientras va a ver si Edward está en su habitación o en el vestidor, pero dice que no. Me pregunto si se habrá escondido en alguna parte. Le envió un mensaje de texto diciéndole que lo siento. A medianoche aún no me ha respondido.

El lunes me tropiezo con Ryan por los pasillos y me acompaña a clase de literatura rusa.

—¿Has tenido ya noticias de las universidades? —quiere saber.

—Solo de un par.

—¿Y Edward? ¿Crees que acabareis estudiando en la misma?

Intenta ser amable, pero hay algo más, tal vez la esperanza de que le diga que no, que Edward y yo hemos roto.

—No sé muy bien qué piensa hacer. No creo que ni él lo sepa.

Asiente y se cambia los libros de mano, de modo que la mano libre queda ahora colgando junto a la mía. Noto de vez en cuando el roce de su piel. A cada paso que damos, unas cinco personas lo saludan o le preguntan qué tal va todo. Después de mirarlo a él, me miran a mí, y me pregunto qué deben ver.

—Eli Cross va a montar una fiesta. Deberías venir conmigo.

Me pregunto ahora si recuerda que Esme y yo sufrimos el accidente a la salida de una fiesta de su hermano. Luego, por un momento, me pregunto cómo me sentiría si estuviese de nuevo con él, si sería capaz de volver con alguien como el bueno y estable Ryan después de haber estado con Edward Cullen. Nadie, nunca, llamaría friki a Ryan Cross, ni diría cosas feas de él a sus espaldas.

Siempre va vestido correctamente, habla correctamente e irá a la universidad correcta cuando todo esto haya acabado.

Edward no está en el aula de geografía de Estados Unidos, naturalmente, puesto que lo han expulsado del instituto. No puedo concentrarme en lo que dice el señor Black. Emmett y Alice llevan un par de días sin tener noticias de Edward, pero no parecen preocupados porque dicen que él es así, que son cosas que suele hacer, que siempre ha sido así.

El señor Black nos pide, uno a uno, fila a fila, un informe sobre el estado del trabajo que nos encargó. Cuando me llega el turno, le digo:

—Edward no está.

—Lo sé muy bien... no está aquí y no... volverá al instituto. ¿Cómo lleva usted... el trabajo... señorita Swan?

Pienso en todas las cosas que podría decir: «Edward Cullen está viviendo en el vestidor de su habitación. Creo que le pasa algo grave. Últimamente no hemos podido ir de excursión, y aún nos quedan cuatro o cinco lugares pendientes de todos los que señalamos en el mapa».

Pero digo:

—Estamos aprendiendo muchas cosas sobre nuestro estado. No conocía mucho Washington antes de empezar el trabajo, pero ahora lo conozco muy bien.

El señor Black parece contentarse con mi respuesta y pasa al siguiente. Por debajo de la mesa, aprovecho para enviarle un mensaje a Edward: «Por favor, dime que estás bien».

El martes sigo sin tener noticias y voy en bicicleta hasta su casa. Esta vez me abre la puerta una niña. Lleva el cabello oscuro cortado a lo chico y comparte el azul de los ojos con Edward y Kate.

—Debes de ser Tanya. —digo, empleando ese tono de persona adulta que tanto odio.

—¿Y tú quién eres?

—Isabella. Bella. Soy amiga de tu hermano. ¿Está en casa?

Abre del todo la puerta y se aparta para dejarme entrar.

Subo a la planta de arriba, paso por delante de la pared con fotografías de los Cullen y llamo, pero no espero respuesta. Abro la puerta, entro y enseguida lo noto. No hay nadie. Y no es solo que la habitación esté vacía, sino que el ambiente está impregnado por una calma extraña y letal, como si el cuarto fuera un cascarón vacío abandonado por un animal.

—¿Edward?

El corazón empieza a latirme con fuerza. Llamo a la puerta del vestidor, entro y no está. La colcha ha desaparecido, junto con la guitarra y el amplificador, los cuadernos con pentagramas impresos, los tacos de notas adhesivas en blanco, la jarra de agua, el ordenador portátil, el libro que le regalé, la matrícula y mi fotografía.

Las palabras que escribimos en las paredes, los planetas y las estrellas siguen aquí, pero están muertos, inmóviles, y ya no destellan.

No puedo hacer más que dar vueltas sobre mí misma, buscando alguna cosa, cualquier detalle que pueda haber dejado para darme una pista de adónde ha ido. Cojo el teléfono y lo llamo, pero salta directamente el contestador. «Edward, soy yo. Estoy en el vestidor, pero no estás. Llámame, por favor. Estoy preocupada. Lo siento. Te quiero. Pero no siento lo de quererte, de esto jamás me arrepentiría.»

Empiezo a abrir cajones en la habitación. Empiezo a abrir armarios en el cuarto de baño. Ha dejado algunas cosas, pero no sé si esto significa que va a volver o si son solo cosas que ya no quiere.

Salgo al pasillo, paso por delante de las fotografías del colegio, sus ojos me siguen mientras bajo la escalera a tal velocidad que casi me caigo. El corazón me late con tanta fuerza que no oigo nada excepto su retumbar, que me llena los oídos. Tanya está mirando la tele en el salón.

—¿Está tu mamá en casa? —le pregunto.

—No ha llegado todavía.

—¿Sabes si ha escuchado los mensajes que le dejó mi madre?

—No mira mucho el contestador. Seguramente los habrá escuchado Kate.

—¿Está Kate?

—No ha llegado todavía. ¿Has encontrado a Ed?

—No. No está.

—A veces lo hace.

—¿Lo de irse?

—Volverá. Siempre vuelve.

«Es lo suyo. Son cosas que hace.»

Me gustaría preguntarles a ella, a Emmett y a Alice, a Kate y a su madre: «¿Acaso a nadie le importa por qué viene y va de esta manera? ¿Os habéis parado alguna vez a pensar que tal vez sea porque algo va mal?».

Entro en la cocina, donde inspecciono la nevera y la isla por si acaso ha dejado por allí alguna nota, puesto que son lugares donde nadie dejaría una nota, y luego abro la puerta del garaje, que está vacío. El Pequeño Cabrón también ha desaparecido.

Me reúno de nuevo con Tanya y le digo que me avise si tiene noticias de su hermano. Le doy mi número. En la calle, miro a ver si está su coche, pero tampoco está.

Cojo el teléfono. Salta de nuevo el contestador.

—Edward, ¿dónde estás?


¡Hola! La misma pregunta que se hizo Bella, yo también me la pregunte durante todo el libro. ¿Dónde estaban sus padres? ¿Por qué nadie hizo nada? ¿Por qué nunca le tomaron la importancia que el necesitaba? Edward lo pedía a gritos, y sin embargo. Bella fue la única que escucho sus gritos silenciosos.

Las leo en los reviews siempre (me encanta leerlas) y recuerden que: #DejarUnReviewNoCuestaNada.

Ariam. R.


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