Esto es algo que he jurado que aunque me lleve una década, lo haría. En su momento no pensé que sería tan literal. Pero aquí está. No prometo actualizarlo pronto, es más, no prometo continuarlo alguna vez. Pero es de esas espinas que quedan clavadas cuando se hace una promesa y no se cumple. Prometí un capítulo y aquí está.

No puedo empezar a escribir por primera algo de HP sin dedicárselo a tres personas:

Para ti mi Rey, gracias por recordarme que la amistad es sinónimo de lealtad.

Para Alejandra, mi Janita, me alegro de que nos hallamos encontrado en medio de la tormenta.

Y especialmente para ti mi señor Holmes, eres quien me roba una sonrisa y hace que mi día se ilumine con sólo darme los buenos días. Te adoro hasta el final del Universo y de vuelta, mi querido Felikis.

Esto es para ti, mi Gizz. Que me apoyaste, me escuchaste y te desvelaste cuando te necesite. Me lo pediste y aquí lo tienes.

Dedicado a Paulitah, te adoro mi niña.

Beteado por Sophie, eres mi hija aunque no lleves mi sangre.

Disclaimer: Harry Potter no me pertenece, sólo la historia retorcida y cahotica que está en retazos dentro de mi mente.

MENTIRAS BLANCAS

"Hasta un reloj descompuesto acierta dos veces al día"

Harry Potter salió del ascensor en el segundo piso. Caminó con pasos firmes, irradiando esa aura de superioridad que sólo te regala la adrenalina de saber que hiciste una travesura y nunca nadie lo sabrá. Sus ojos habían recuperado parte de su brillo y aunque continuaba con sus ya habituales ojeras, a su rostro lo completaba la curva de sus labios de oreja a oreja. De nuevo se sentía en paz y con la seguridad de saber que hizo lo mejor aunque nunca nadie lo sepa.

Ni siquiera ella.

Con un movimiento de su mano en el aire, sacó el conjuro que sellaba su puerta y se giró para pedirle a su muy sorprendida secretaria que nadie lo moleste. Reprimió la risa al ver la expresión de sorpresa en su rostro, pero no podía culparla. Hacia meses que el gran elegido llegaba a trabajar con cara de haber bebido pus de bubotubérculo sin diluir y en ese momento en cambio, le podría arrebatar el "Premio a la Sonrisa más Encantadora" a Gilderoy Lockhart. Y hasta se atrevía a regalarle un guiño pícaro antes de darse la vuelta.

El niño que vivió entró por fin a su oficina sin dejar de sonreír.

Se sentó en su viejo sillón tras el escritorio, estiró sus piernas para apoyar los pies cruzados sobre éste, y tomó el portarretratos que estaba en la esquina derecha. Allí unos jóvenes Harry, Ron y Hermione le observaban sonrientes, de espaldas a el bosque prohibido en medio de una clase.

Harry miró la foto, suspiró mientras cerraba los ojos y por un breve momento sus facciones volvieron a oscurecerse. Era lo mejor, se repitió por millonésima vez. Sus amigos se lo merecían. Después de tanto tiempo y tantas adversidades, ¿qué importaba que haya dado un empujoncito en la dirección correcta? Si lo descubriera, ella se lo perdonaría.

Sacudió la cabeza, quitando la pesadez que su otra "travesura" le había dado a su mente y abrió los ojos decidido.

Su sonrisa volvió mientras dejaba con cariño la foto de nuevo en su sitio y se preparaba para comenzar a trabajar.

Si. Hoy iba a ser un gran día.


Cuando Hermione Granger salió de la chimenea de su casa, el reloj de la pared marcaba que pasaban veintitrés minutos de las 8, hora de ingreso al Ministerio.

La castaña lo observó y sonrió irónica pensando en Harry. Miro el reloj en su muñeca: las 7:45. Por supuesto. El niño que vivió no tenía razón.

Hacia sólo unos minutos que habían hablado y ella seguía pensando (y la mayoria del mundo estaría de acuerdo con ella) que a Potter se le había safado un tornillo. ¿Como se atrevía a llamarla cobarde? ¡Ella era una Gryffindor! Que no se atreviera a hablar con su amigo, no tenía nada que ver con sentir miedo. Realmente era una pésima idea y cuando le dijo que creía que había perdido la cabeza y estaba completamente equivocado, el elegido sólo había encogido sus hombros y dicho unas pocas palabras:

"Todo es cuestión de como ves las cosas. Hasta un reloj descompuesto acierta dos veces al día. Tal vez, hoy sea yo quién tenga razón, y sólo debes saber cuando mirar."

Y luego se había ido tranquilamente.

Hermione bufó y caminó a su cocina, se quitó su largo abrigo recordando que había un "regalito" de su amigo en el bolsillo y enojada, lo arrojó a la primera silla vacía. Estaba frustrada, y sabía que Harry le ocultaba algo que nada tenía que ver con su charla. Encendió la cafetera y se dispuso a preparar el desayuno que se había perdido (aparentemente en vano) en su intento de pedirle un consejo antes de que se fuera al trabajo.

Maldito consejero resultó ser el niño dorado.

Sentada en la pequeña mesada, no quitaba de su mente la conversación que ambos habían tenido.

Ella no quería hablar con él, se dijo a si misma. Pero la voz de su consciencia, que en ese momento se parecía mucho a la del desgraciado de cabello azabache, le recordó que en verdad estaba siendo una cobarde: ella moría de ganas de ir a hablar con ese testarudo. Rogarle de ser necesario, para que le contara que había sucedido entre ambos. Solo la resguardaba su orgullo, pero eso no era algo que el loco de Harry tuviera que enterarse. No. Ella no iría a ninguna parte, nada bueno saldría de allí. Él no era como Harry. Aunque al parecer estuviera chiflado, Potter era alguien con quien se podía conversar sin sacarla de sus casillas. Bueno, casi nunca. Ahora al parecer, le ocultaba cosas.

Enfadada consigo misma por estar perdiendo su tiempo de descanso, dejó la taza, subió las escaleras hacia su habitación dispuesta a darse un buen baño y cambiarse de ropa.

Ya duchada y lista para dormir, bajó por un vaso de agua y al volver no pudo evitar que sus ojos se desviaran al reloj averiado que parecía burlarse de ella.

Veintitrés minutos de las 8.

Bufó divertida sonriéndole con sorna a las manecillas detenidas mientras llevaba el vaso a su boca, y miró su muñeca.

8:23.

Escupiendo el agua que se estrelló en su pared, volvió a mirar el reloj y nuevamente su muñeca.

Hasta un reloj descompuesto acierta dos veces al día, tal vez hoy sea yo quien tenga razón

Dejó el vaso en la cocina, tomo su abrigo largo, se lo colocó cerrándolo para ocultar su pijama, y se dispuso a entrar nuevamente en la chimenea, para enfrentar de una buena vez, la conversación que sabía, ninguno de los dos quería tener, pero no podrían evitar.

Con rabia y nervios a partes iguales, tiró los polvos flu deseando que el elegido tuviera un pésimo día.

- Maldito seas Harry Potter.


Hermione salió de la Chimenea de Grimmould Place con la sensación de que todos los ladrillos de la misma se habían quedado dentro de su estómago. Caminó por los pasillos desiertos casi rogando

que su amigo no se encontrara en casa.

Aún no comprendía del todo a Harry y su negación a vivir con Ginny cuando les había dado habitaciones a todos ellos. Pero suponía que aún no estuviera listo para dar ese paso y desprenderse de Ron y de ella debería ser dificil. Ella comprendía eso. Todavía había noches en que ella se colaba en su habitación y se metia en su cama para estar acompañada. Si sólo las malditas pesadillas los dejaran en paz...

La luz se filtraba bajo la última puerta del corredor. Hermione tragó saliva y se recordó que Godric se avergonzaría de haberla aceptado en su casa sino era capaz de enfrentarlo. Después de todo, sólo era una charla. Una simple conversación no haría daño, ¿verdad?

Se asomó a la puerta con cuidado. El muchacho estaba parado contra la ventana, mirando hacia la vereda de enfrente.

- ¿Puedo pasar?

Él se dio vuelta al escucharla.

- Hola amor. Pasa. ¿Quieres té? -Señaló una tetera en la chimenea.

- Si sabes que hay una cocina debajo, ¿verdad? -Sonrió al verlo encogerse de hombros.

- ¿Y a que debo este honor matutino, amor?

- Ya, en serio. Deberías dejar de decirme así. Creo que no lo haces de cariño, sólo lo dices para molestarme. -El chico sonrió burlón. - Me hice unas pruebas ayer en San Mungo. Los resultados me llegaron hace unos minutos y no son buenos. Aseguran que es irreversible.

- Siempre al grano. -Suspiró.-

Ya lo hablamos, es magia negra, Hermione. Nadie puede estar seguro. Pierdes tu tiempo en San Mungo. Deberías hacernos caso a Harry y a mi, y acompañarnos al Ministerio. Tal vez algún inefab-

- Fui al Ministerio ayer. He estado hasta la medianoche revisado los expedientes de casos extraños de magia negra que se guardan en el Departamento de Misterios. Hay muy pocos casos similares al mío. Todos irreversibles.

- Espera, ¿Entraste tú sola? ¿¡Estas demente!? Es un laberinto allí abajo. ¡Y hay medidas de seguridad por todos lados, podrían arrestarte por esto!

- Nadie me vió. Use la capa de Harry.

- ¿Harry estaba de acuerdo con esto?

- No lo sabe. Tome la capa de su habitación. Lo he visto hace unos minutos, pero no se lo he contado. Se lo diré... más tarde.

- No se lo quieres decir, ¿verdad? Quien lo diría. Hermione Granger siendo cobarde.

- Es curioso. Esa parece ser una opinión popular el día de hoy.

- ¿A que te refieres?

-Ignórame. Necesitamos hablar.

Su amigo señaló los sillones frente a la ventana.

- ¿Te sirvo o no el té?

- No, gracias. He estado pensando y quiero que me cuentes todo lo que pasó entre los dos.

- Creo que te haré caso y te ignoraré. Fue un gusto verte Hermione, ahora tengo que irme a trabajar.

Le abrió la puerta para que salga.

- Hablo en serio. Necesito que hablemos.

- Y yo necesito que te vayas.

- ¡No seas infantil! Y hoy no trabajas, Harry me lo dijo. No me iré de aquí sin saber que pasó.

- Pues buena suerte haciendo memoria. Tal vez nos hagas un favor a ambos.

- ¡¿Crees que no lo he intentado?! -Chilló y unas lágrimas se escaparon de ella.- ¡Todos los malditos días fuerzo mi mente y nada sucede! Y ya no puedo más. Estoy colapsando, de verdad. Te necesito... por favor.

-Lo siento, amor. Pero-

- ¡Deja de decirme asi! Si de verdad me quisieras-

- ¡Alto ahi! Sabes que te quiero. Al menos de eso debes ser consciente.

- Si de verdad me quisieras, o si-

- ¡Basta! Suficiente Hermione.

- ¡Tienes que contarmelo!

- ¡No! No pienso hacerlo. Así que deja de perder nuestro tiempo y vete.

- ¡Como si tuvieras algo mejor que hacer!

Él la miró y ella se dió cuenta de que estaba furioso.

- Tienes razón, por supuesto. Como no hay nada interesante que pueda hacer con mi vida, ¿por que no me dejas solo? -Señaló la puerta.

- Yo... No he querido decir eso. Lo siento mucho, discúlpame. No quiero pelear, sólo estoy muy cansada de todo esto y quiero que hablemos.

- No. ¡Lo que quieres hacer es tirar a la basura la única oportunidad que tengo de que te recuperes! ¡No pienso colaborar con eso! ¡Vete!

- Entiendeme, lo necesito, por favor. Si alguna vez me quisiste tanto co-

- ¡No te atrevas! -La chica lo miró llorando y vió como el muchacho se quebraba -¡Deja de usar lo que siento así!

- Por favor. -Le imploró mirando como algunas lágrimas caían de sus ojos claros- Necesito saber que ocurrió todo este tiempo. Ya no puedo trabajar, no puedo concentrarme. Siento que mi mente se pierde -Ella se cubrió la cara con las manos llorando- No duermo, ya no puedo más... Estoy demasiado confundida, no me entiendo ni yo misma y yo... ya ni se quien soy...

El muchacho cerró la distancia y la abrazó contra si. Ella se descubrió la cara y le devolvió el abrazo con fuerza, presionando su rostro contra él

-Lo que me pides es... Sabes que cada cosa que te cuente es un recuerdo que no recuperarás.

-Lo sé. Pero lo he intentado, de verdad. Pero no puedo, todo se desvanece. Por favor, te lo suplico.

La separó de si y la miro fijo.

-¿Crees que serías capaz de escucharme sin interrumpir? Y también de entregarme tu varita.

- ¿Por qué mi varita? No te voy a hechizar.

- No dudo de que lo intentes.

La chica se dió cuenta asombrada de que estaba temblando.

- ¿Tienes miedo?

El la soltó y le dió la espalda, pero ya no podía disimular el tinte amargo en su voz.

- No voy a darte una excusa para que me odies.

- ¿Como dices eso? Yo no podría odiar-

- No estés tan segura de eso.

- ¿En serio temes eso? ¿Tan malo es?

- No tienes idea, amor.

Ella se acercó a él, y lo abrazo por la espalda con suavidad.

- No voy a odiarte. Jamás podré hacerlo, te lo prometo.

-Si lo hago, sellaré la puerta, e insonorizaré la habitación. Nadie nos podrá escuchar Hermione y no saldrás de aquí hasta que escuches completamente y esté seguro de que me entiendes y me crees.

- ¿Quieres estar seguro de que te creeré? Ten.

De su bolsillo sacó una ampolleta con un líquido transparente y la puso delante de sus ojos. El sé dió la vuelta al instante.

- ¿Hiciste esto para mi?

- Cortesía de Harry. Me dijo que así ambos estaremos tranquilos. Creí que estaba loco, pero pareces necesitarlo más que yo.

- Dame tu varita.

Ella le sonrió y acarició su mejilla.

-No sería capaz de atacarte. -Sacó su varita y se la tendió. -¿Entonces lo harás?

El muchacho tomó la varita mirándola con tristeza.

-¿Acaso tengo otra opción?

Caminó hasta su cama y se dejó caer en ella. La chica se acercó, y se sentó a su lado con cuidado.

- Se lo difícil que es para ti.

- No tienes ni puta idea Hermione.

- Aún... De verdad aún no logro dormir bien. Si no lo necesitara...

El joven la miró aungustiado.

- Dime que no tienes esos sueños.

- No. Pesadillas. E insomio. Imágenes que vienen y van, pero difuminadas. Y no logro retener nada por la mañana. Estoy volviendome loca. Siento un vacío dentro, se que me falta algo, estas lagunas en mi mente están acabando conmigo.

La atrajo hacia él por segunda vez. Y la chica lo abrazó por la cintura, recostándose sobre él.

- Lamento eso amor.

- Yo lamento tener que pedírtelo. -Lo miró a los ojos. - De verdad.

El le sonrió con tristeza y dejó un beso en su frente.

- Sólo dame una oportunidad. Por favor, sólo escúchame, te lo imploro.

- No has cambiado, ¿sabes? Sigues siendo el mismo chico tierno que conocí en Hogwarts.

-¿Tierno? Yo no era tierno cuando nos conocimos. Y sigo sin serlo. Ya no me digas eso.

Ella sonrió aunque las lágrimas seguían cayendo por su rostro.

- Hubiese querido que fuera diferente, de verdad.

- Lo sé amor, lo sé.

- ¿Vas a seguir diciéndome Amor?

- ¿Vas a seguir diciéndome tierno?

- No importa lo que digas, siempre serás tierno.

- Y tú siempre serás mi amor.

Ella le sonrió y le dió un beso suave en la mejilla y se acomodó sobre su pecho.

El mago levantó su varita sellando la puerta y silenciando la habitación, tal como lo había prometido. Guardó su varita junto con la de ella en su bolsillo y bebió la ampolleta del Veritaserum que ella le había dado. Se acomodó en la cama abrazándola contra él.

- ¿Lista?

- Gracias, Draco.