Todos los personajes pertenecen a Stephenie Meyer. La historia es completamente de la escritora Jennifer Niven, yo solo hago la adaptación. Advertencia: alrededor de esta historia se tocan algunos temas delicados como ansiedad, depresión, suicido, bullyng, etc. se recomienda estar consciente de ello a la hora de leer. Pueden encontrar el libro a la venta en línea (Amazon principalmente) o librerías. Todos mis medios de contacto (Facebook y antigua cuenta de Wattpad) se encuentran en mi perfil.
Bella
26 de abril
El domingo, hacia las diez y media de la mañana, Kate Cullen se presenta en la puerta de casa.
Parece que lleve semanas sin dormir. Cuando la invito a pasar, niega con la cabeza.
—¿Tienes idea de dónde podría estar Ed?
—No he tenido más noticias de él.
Empieza a asentir.
—Vale. —asiente y vuelve a asentir—. Vale. Vale. Es solo que se ha ido poniendo en contacto cada sábado con mi madre o conmigo, bien por correo electrónico, bien dejando un mensaje en el contestador cuando no nos ha encontrado. Todos los sábados. Ayer no supimos nada de él, y esta mañana hemos recibido un mensaje de correo electrónico muy extraño.
Intento no ponerme celosa al descubrir que ha estado en contacto con ellas pero no conmigo. Al fin y al cabo, son su familia. Yo soy solo yo, la persona más importante de su vida, o al menos lo he sido durante un tiempo. Pero de acuerdo. Lo entiendo. Ha seguido adelante con su vida. También lo he hecho yo.
Me entrega una copia impresa del mensaje. Lo ha enviado a las 9.43 de la mañana.
«Recuerdo cuando fuimos a Indianápolis a comer a aquella pizzería, aquella que tiene un órgano en su interior. Kate debía de tener once años, yo diez, Tanya era un bebé. Estaba mamá. También papá. Cuando el órgano empezó a sonar —tan fuerte que hasta las mesas temblaban—, empezó también el espectáculo con las luces. ¿Os acordáis? Eran como auroras boreales. Pero lo que más recuerdo es a todos vosotros. Éramos felices. Éramos buenos. Todos y cada uno de nosotros. Los momentos felices desaparecieron por un tiempo, pero regresan. Mamá, tener cuarenta años no significa ser vieja. Tanya, a veces las palabras más feas esconden belleza; el secreto está en cómo las lees. Kate, cuida ese corazón y recuerda que eres mejor que muchos tíos. Eres una de las mejores. Todas lo sois.»
—He pensado que tal vez sabrías por qué ha escrito esto, o que tal vez hubieras tenido noticias.
—No, y no las he tenido. Lo siento.
Le devuelvo el papel y le prometo que se lo diré enseguida si, por obra de algún milagro, Edward decide ponerse en contacto conmigo, y entonces se va y yo cierro la puerta. Me apoyo en ella porque, no sé por qué motivo, necesito recuperar el aliento.
Aparece mi madre. Tiene el entrecejo fruncido.
—¿Te encuentras bien?
Estoy a punto de decirle que por supuesto que sí, que me encuentro estupendamente, pero me siento como si de un momento a otro fuera a doblarme por la mitad y la abrazo, reposo la cabeza en su hombro y dejo que su maternidad me envuelva durante unos minutos. Luego subo a mi habitación, pongo el ordenador en marcha y entro en Facebook.
Hay un mensaje nuevo, de las 9.47, cuatro minutos después de que enviara el correo a su familia.
«Las palabras están escritas en Las olas: "Si este azul estuviera ahí siempre; si este vacío se conservara siempre; si este momento durara siempre. Siento que brillo en la oscuridad. Estoy adornada. Estoy preparada. Es la pausa pasajera; el momento oscuro. Los violinistas ya han levantado sus arcos. Es mi llamada. Es mi mundo. Todo está decidido y presto. Tengo raíces, pero floto. 'Ven' digo, 'ven'".»
Escribo lo único que se me ocurre: «"Quédate", digo, "quédate"».
Miro cada cinco minutos, pero no responde. Lo vuelvo a llamar y el contestador sigue lleno.
Cuelgo y llamo a Alice. Responde como si estuviera pendiente de mi llamada.
—Hola, justo ahora iba a llamarte. He recibido un mensaje de correo electrónico de Edward de lo más extraño.
El de Brenda es de las 9.41 y dice simplemente: «Sin duda habrá un chico que te amará por ser quien eres. No te rindas».
El de Emmett lo ha enviado a las 9.45 y dice: «Paz, capullo».
Algo va mal.
Me digo que es solo la congoja por haberse marchado, por haber desaparecido sin despedirse.
Cojo el teléfono para llamar a Kate y entonces caigo en la cuenta de que no tengo el número, de modo que le digo a mi madre que enseguida vuelvo, cojo el coche y voy a casa de Edward.
Están Kate, Tanya y la señora Cullen. Cuando me ve, la señora Cullen rompe a llorar y, sin que pueda impedirlo, me abraza con fuerza y dice:
—Bella, nos alegramos mucho de que hayas venido. A lo mejor tú puedes solucionarlo. Ya le dije a Kate que tal vez tú sabrías dónde está.
Miro a Kate entre la mata de pelo de la señora Cullen: «Ayúdame, por favor».
—Mamá —dice Kate, y la toca en el hombro una sola vez. La señora Cullen se aparta, se seca los ojos y se disculpa por haberse mostrado tan emotiva.
Le pregunto a Kate si puedo hablar con ella a solas. Cruzamos juntas las puertas de cristal que dan al jardín y enciende un cigarrillo. Me pregunto si será el mismo jardín donde Edward encontró el cardenal.
Me mira con mala cara.
—¿Qué pasa?
—Acaba de escribirme. Minutos después de que os enviara ese correo. Ha enviado también mensajes a Alice Brandon y Emmett McCarty.
No me apetece compartir con ella el contenido del mensaje, pero sé que debo hacerlo. Saco el teléfono, nos situamos bajo la sombra de un árbol y le enseño lo que me ha escrito.
—Ni siquiera sabía que tuviera cuenta en Facebook —dice, y se queda en silencio mientras lee. Cuando termina, me mira confusa—. ¿Y? ¿Qué quiere decir todo esto?
—Es de un libro que descubrimos juntos. De Virginia Woolf. Nos habíamos estado citando frases, pero es la primera vez que veo este párrafo en concreto.
—¿Tienes un ejemplar de ese libro? A lo mejor encontramos una pista en la parte que viene antes o después de esto.
—Lo he traído conmigo.
Lo saco del bolso. Ya he subrayado las palabras y le enseño de dónde las ha sacado Edward. Son frases sueltas de distintas páginas que ha ido eligiendo y uniendo a su manera. Como las canciones que compone a partir de ideas capturadas en notas adhesivas.
Kate se ha olvidado por completo del cigarrillo y la ceniza cuelga del mismo, larga como una uña.
—No logro entender lo que está haciendo esta gente —dice, señalando el libro—, y mucho menos cómo relacionarlo con el lugar donde quiera que se encuentre mi hermano. —de pronto se acuerda del cigarrillo y le da una buena calada. Sacando el humo, dice—: Tenía que ir a la NYU, ¿lo sabías?
—¿Quién?
—Edward. Presentó la solicitud durante el primer curso y lo aceptaron. Pero decidió quedarse por aquí un año más. Lo hicimos los dos. Él podría haberse graduado en el instituto el verano pasado, pero... —tira el cigarrillo al suelo y lo aplasta con el zapato—. Se puso enfermo.
«NYU. Claro. Qué casualidad que ambos tuviéramos que ir allí y que ahora no vaya ni uno ni otro.»
—El verano pasado fue duro para él. También el invierno. Tiene cambios de humor y se deprime. Supongo que ya lo sabes. Es una característica de la familia Cullen, como los ojos verdes y los pies grandes.
—No lo sabía... nunca me contó lo de la universidad.
—Tampoco me lo contó a mí, ni a mi madre. Solo lo descubrimos cuando el verano pasado llamaron de la NYU para hablar con él y yo recibí el mensaje. —se obliga a sonreír—. Vete a saber si ahora mismo está en Nueva York.
—¿Sabes si tu madre recibió los mensajes? ¿Los que le dejaron mi madre y el psiquiatra?
—Tanya mencionó lo del médico, pero mi madre nunca mira el teléfono. Yo habría escuchado los mensajes, de haberlos habido.
—Pero no los había.
—No.
«Porque él los borró.»
Volvemos a entrar. La señora Cullen está estirada en el sofá con los ojos cerrados, mientras que Tanya está sentada en el suelo entretenida con unos trocitos de papel. No puedo evitar observarla, porque me recuerda mucho a Edward con sus notas adhesivas. Kate se da cuenta y dice:
—No me preguntes qué está haciendo. Supongo que otro de sus trabajos de clase de plástica.
—¿Te importa si echo un vistazo a su habitación aprovechando que estoy aquí?
—Sube tú misma. Lo hemos dejado todo igual, para cuando vuelva.
«Si es que vuelve.»
Subo, cierro la puerta de la habitación a mi espalda y me quedo un instante inmóvil.
La habitación huele todavía a él, una combinación de jabón, tabaco y ese aroma amaderado y embriagador que es tan Edward Cullen. Abro las ventanas para que corra un poco el aire porque el ambiente está muy cargado, pero las cierro enseguida por miedo a que el olor a jabón, a tabaco y a Edward se evapore. Me pregunto si sus hermanas o su madre habrán entrado en la habitación desde que él se marchó. Parece como si nadie hubiera tocado nada, incluso los cajones están todavía abiertos, tal y como yo los dejé.
Vuelvo a inspeccionar la cajonera y el escritorio, después el cuarto de baño, pero no encuentro nada que me dé una pista. Suena el teléfono y doy un brinco. Es Ryan. Ignoro la llamada. Entro en el vestidor. Repaso las estanterías y la ropa que queda, la ropa que no se ha llevado. Descuelgo su camiseta negra y huelo a Edward. La guardo en el bolso. Me siento, cierro la puerta y digo en voz alta:
—De acuerdo, Edward. Ayúdame a salir de esta. Tienes que haber dejado alguna cosa por aquí.
Me dejo llevar por la presión que ejerce sobre mí la pequeñez y la estrechez del vestidor y pienso en el truco de sir Patrick Moore y el agujero negro, cuando desapareció en el estudio de televisión. Pienso que el vestidor de Edward es exactamente eso: un agujero negro. Entró en él y desapareció.
Observo entonces el techo. Estudio el cielo nocturno que dibujó, pero me parece simplemente un cielo nocturno, nada más. Observo nuestra pared repleta de notas adhesivas, las leo absolutamente todas hasta convencerme de que no hay nada nuevo, ninguna incorporación. En la pared más estrecha, la opuesta a la puerta, hay una estantería para zapatos que utilizaba para colgar la guitarra. Me incorporo, me doy la vuelta y examino la pared en la que he estado apoyándome. Aquí también hay notas pegadas en las que, por alguna razón, no me fijé la última vez.
Solo dos frases, las palabras escritas en distintas notas. En la primera se lee: «más, durar, nada, tiempo, hecho, que, no, había, pudiera, haberlo».
En la segunda: «agua, si, recibido, o, al, allí, bien, es».
Cojo la palabra «nada». Me siento con las piernas cruzadas y me encorvo, reflexiono sobre estas palabras. Me suenan, aunque no en este orden.
Despego de la pared todas las palabras de la primera línea y empiezo a combinarlas.
«Nada pudiera más haberlo hecho durar tiempo que no había.»
«Tiempo no había que pudiera hecho nada más haberlo durar.»
«No había nada que pudiera haberlo hecho durar más tiempo.»
Voy ahora a por la segunda. Despego «O» y la coloco en primer lugar. A continuación «al», y continúo hasta que formo la frase: «O al agua si allí es bien recibido».
Cuando vuelvo a bajar, solo están la señora Cullen y Tanya, que me dice que Kate ha salido a buscar a Edward y que no tiene ni idea de cuándo volverá. No me queda más remedio que hablar con la madre de Edward. Le pregunto si le importaría venir un momento. Sube la escalera como una persona mucho más mayor de lo que es y espero arriba a que llegue.
En el descansillo, duda un momento.
—¿Qué sucede, Bella? No creo que pueda ya con más sorpresas.
—Es una pista sobre dónde puede estar.
Me sigue hacia la habitación y se queda inmóvil, mirando a su alrededor como si estuviera viendo la estancia por primera vez.
—¿Cuándo fue que lo pintó todo de color azul?
En vez de responder, señalo el vestidor.
—Ahí dentro.
Entramos las dos y se tapa la boca al ver lo poco que hay, lo mucho que se ha llevado. Me agacho delante de la pared y le enseño las notas adhesivas.
—Esta primera frase. Es lo que dijo cuando murió el cardenal. —dice.
—Creo que ha vuelto a uno de los lugares que visitamos en nuestras excursiones, uno de los lugares con agua. —«Las palabras están escritas en Las olas», ponía en el mensaje de Facebook. Enviado a las 9.47 de la mañana. La misma hora de la patraña del efecto gravitacional de Júpiter-Plutón. El agua podría ser en la cantera Bloomington Empire, en los Siete Pilares, en el río que pasa por delante del instituto o en cien lugares más. La señora Cullen observa la pared con la mirada perdida y es complicado saber si está escuchándome—. Puedo darle indicaciones y decirle dónde buscarlo. Podría haber ido a un par de lugares, pero creo saber muy bien dónde puede estar.
Entonces se vuelve hacia mí, me posa la mano en el brazo y me lo presiona con tanta fuerza que casi noto que me sale un morado.
—No me gusta nada tener que pedirte esto, pero ¿podrías ir tú? Yo estoy demasiado preocupada y..., y no creo que pudiera... Me refiero en caso de que hubiera pasado... o hubiera... —rompe de nuevo a llorar, con auténtica desesperación, y estoy dispuesta a prometerle lo que sea con tal de que pare—. Lo
único que te pido es que me lo devuelvas a casa.
¡Hola! Recuerdo haberme sentido muy enojada en este capítulo. No podía creer que hasta que Edward mando sus notas de despedida a cada uno realmente vieron la importancia de la situación. Me sentí muy triste. Es en verdad doloroso. Y que la madre de Edward le pidiera eso a Bella, ufff... allí te das cuenta de cómo ella si estaba consciente de lo que su hijo era capaz, solamente nunca lo quiso ver.
Las leo en los reviews siempre (me encanta leerlas) y recuerden que: #DejarUnReviewNoCuestaNada.
—Ariam. R.
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