Todos los personajes pertenecen a Stephenie Meyer. La historia es completamente de la escritora Jennifer Niven, yo solo hago la adaptación. Advertencia: alrededor de esta historia se tocan algunos temas delicados como ansiedad, depresión, suicido, bullyng, etc. se recomienda estar consciente de ello a la hora de leer. Pueden encontrar el libro a la venta en línea (Amazon principalmente) o librerías. Todos mis medios de contacto (Facebook y antigua cuenta de Wattpad) se encuentran en mi perfil.


Bella

3 de mayo

Me planto delante del espejo y estudio mi cara. Voy vestida de negro. Falda negra, sandalias negras y la camiseta negra de Edward, que ciño con un cinturón. Mi cara parece mi cara, aunque distinta. No es la cara de una adolescente despreocupada que ha sido aceptada en cuatro universidades, tiene unos buenos padres, buenos amigos y toda la vida por delante. Es la cara de una chica triste y solitaria a la que le ha pasado algo malo. Me pregunto si mi cara volverá a ser algún día la misma de antes, o si siempre veré eso cuando me mire en un espejo: Edward, Esme, pérdida, congoja, culpabilidad, muerte.

Pero ¿serán los demás capaces de verlo? Me hago un autorretrato con el teléfono, posando con una sonrisa falsa, y cuando la miro, veo a Isabella Swan. Podría publicarla en Facebook ahora mismo y nadie sabría que es de Después, no de Antes.

Mis padres quieren acompañarme al funeral pero les digo que no. Están demasiado encima de mí, controlándome. Cada vez que me vuelvo, me encuentro con sus miradas de preocupación, con las miradas que se cruzan entre ellos y con algo más: rabia. Ya no están enfadados conmigo porque están furiosos con la señora Cullen, y seguramente también con Edward, aunque no me lo han dicho. Mi padre, como es habitual, es más franco que mi madre, y lo oigo hablar sin querer de «esa mujer» y de que le encantaría cantarle las «malditas cuarenta», hasta que mi madre lo hace callar y le dice: «Baja la voz, que podría oírte Bella».

Su familia ocupa la primera fila. Y está lloviendo. Es la primera vez que veo a su padre, que es alto, ancho de hombros y guapo como una estrella de cine. La mujer sosa que está a su lado debe de ser la madrastra de Edward, que cobija con su brazo a un niño muy menudo y con unas gafas enormes.

A su lado está Tanya, y a continuación Kate, y después la señora Cullen. Todo el mundo llora, incluso el padre.

Golden Acres es el cementerio más grande de la ciudad. Estamos en lo alto de una colina junto al féretro, mi segundo funeral en un año, por mucho que Edward habría preferido que lo incineraran.

El sacerdote está citando unos versículos de la Biblia y la familia llora, todo el mundo llora, incluso Rosalie Hale y algunas de las animadoras. Están presentes Ryan y Mike, y unos doscientos chicos más del instituto. Distingo también entre la gente al director Wertz, el señor Black, la señora Kresney y el señor Ben, el psicólogo. Yo me he quedado junto a mis padres —que han insistido en venir—, Alice y Emmett. También ha venido la madre de Alice, que reposa la mano en el hombro de su hija.

Emmett está con las manos unidas delante de él, mirando fijamente el féretro. Alice mira a Mike y al resto del lloroso rebaño, los ojos secos y la mirada rabiosa.

Comprendo sus sentimientos. Todos los que lo llamaban «friki» y que jamás le prestaron atención, excepto para burlarse de él o difundir rumores, están ahora aquí comportándose como plañideras profesionales, de las que puedes contratar en Taiwán o en Oriente Medio para que canten, lloren y se revuelquen por el suelo. Su familia, lo mismo. Cuando el sacerdote termina, todo el mundo se acerca a ellos para estrecharles la mano y darles el pésame. La familia lo acepta como si se lo mereciera. A mí nadie me dice nada.

De modo que permanezco inmóvil, vestida con la camiseta negra de Edward y pensando. El sacerdote ha dicho un montón de cosas y en ningún momento ha mencionado la palabra «suicidio».

Su familia califica la muerte de «accidente» porque no han encontrado la nota de rigor y, en consecuencia, el sacerdote habla sobre la tragedia que supone que alguien muera tan joven, que una vida se acabe tan pronto, de las posibilidades que nunca se harán realidad. Yo, mientras, sigo pensando en que no fue un accidente y en lo interesante que resulta el concepto «víctima de un suicidio». Lo de «víctima» implica que el fallecido no tenía otra alternativa. Y tal vez Edward no creyera que tuviera una alternativa, o tal vez no estuviera intentando matarse sino simplemente buscando el fondo. Pero eso nunca lo sabré, ¿verdad?

Y entonces pienso: «No puedes hacerme esto. Tú eras el único que me daba sermones sobre la vida. Eras tú quien decía que tenía que salir y ver lo que tenía delante de mí y aprovecharlo al máximo, y no desperdiciar el tiempo y encontrar la montaña, porque mi montaña estaba esperándome, y que todo eso iba sumando a la vida. Y luego te vas. No puedes hacerme esto. Sobre todo sabiendo lo que he pasado con la pérdida de Esme».

Intento recordar las últimas palabras que le dije, pero no lo consigo. Solo que fueron de rabia, normales y en absoluto remarcables. ¿Qué le habría dicho de haber sabido que nunca más volvería a verlo?

Cuando todo el mundo empieza a dispersarse para irse, Ryan se acerca y me dice:

—¿Te llamo luego?

Es una pregunta, de modo que respondo con un gesto de asentimiento. Él lo replica y se marcha.

Emmett murmura:

—Qué puñado de farsantes.

No sé si se refiere a nuestros compañeros de clase, a la familia de Edward o a la totalidad de los allí reunidos.

Entonces dice Alice, con voz quebradiza:

—Edward está observando todo esto desde algún lugar, todos los «¿Y qué esperabais?». Confío en que no les haga ni caso.

El señor Cullen fue el que identificó el cadáver. Identificó a su hijo a partir del historial dental y de la cicatriz en el vientre, la que él mismo le hizo. Según el informe, cuando Edward fue encontrado llevaba ya varias horas muerto.

—¿De verdad piensas que está en alguna parte? —digo. Alice me mira y pestañea—. ¿En algún lugar? A mí me gusta pensar que, dondequiera que esté, tal vez esté mirándonos, porque está vivo y en otro mundo mejor que este. El tipo de mundo que él habría diseñado de haberlo podido hacer. Me encantaría vivir en un mundo diseñado por Edward Cullen.

Y pienso: «Durante un tiempo, lo hice».

Pero antes de que Alice pueda responder, aparece la madre de Edward a mi lado, sus ojos enrojecidos mirándome fijamente a la cara. Me estrecha en un abrazo y me retiene como si nunca pensara soltarme.

—Oh, Bella —solloza—. Oh, mi querida niña, ¿estás bien?

Le doy unas palmaditas en la espalda, como se las daría a un niño, y entonces aparece el señor Cullen, me rodea con sus enormes brazos y me clava la barbilla en la cabeza. No puedo respirar, y entonces noto que alguien tira de mí y oigo que mi padre dice:

—Creo que nos la llevamos a casa.

Su voz suena brusca y fría. Me dejo arrastrar hasta el coche.

En casa, picoteo la cena y oigo a mis padres hablar sobre los Cullen con ese tono de voz controlado y estable que han decidido con tanto cuidado emplear para no inquietarme.

Mi padre: «Ojalá hubiera podido hoy cantarles las cuarenta a esa gente».

Mi madre: «Esa mujer no tenía ningún derecho a pedirle a Bella que hiciera eso. —me mira de reojo y me pregunta, con un tono de voz exageradamente animado—: ¿Quieres más verdura, cariño?».

Yo: «No, gracias».

Antes de que puedan empezar a hablar sobre Edward, sobre el egoísmo del suicidio y sobre el hecho de que él se ha quitado la vida mientras que a Esme se la quitaron, «sin que ella pudiera ni tan siquiera opinar sobre el tema» —qué cosa más inútil, odiosa y estúpida de hacer—, pido que me disculpen, aunque apenas he tocado la comida. No tengo que ayudar a recoger ni lavar los platos, de modo que subo a mi habitación y me siento en el vestidor. Tengo el calendario en un rincón. Lo despliego, lo aliso y miro todos los días en blanco, demasiados para contarlos, que no marqué porque fueron los días que pasé con Edward.

Pienso:

«Te odio.

»De haberlo sabido.

»De haber sido yo suficiente.

»Te fallé.

»Ojalá pudiera haber hecho algo.

»Debería haber hecho algo.

»¿Fue culpa mía?

»¿Por qué no fui suficiente?

»Vuelve.

»Te quiero.

»Lo siento».


¡Hola, nenas! Creo que la mayoría de las personas implicadas en un suicidio tienden a ser como los padres de Edward o los de Bella. Algunos deciden ignorar por completo las acciones que llevaron a su familiar a hacerlo, otros lo culpan, lo juzgan, dicen que fue egoísta de su parte. Yo soy de quien piensa en los hechos que lo llevaron a hacerlo, soy de quien ve más allá del acto, de quien entiende y acepta. Ahora veremos como Bella procesa todo. Y con respecto a los padres de Edward y los chicos del instituto, sin palabras. Se merecen un lugar premium en el infierno.

Las leo en los reviews siempre (me encanta leerlas) y recuerden que: #DejarUnReviewNoCuestaNada.

Ariam. R.


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