Todos los personajes pertenecen a Stephenie Meyer. La historia es completamente de la escritora Jennifer Niven, yo solo hago la adaptación. Advertencia: alrededor de esta historia se tocan algunos temas delicados como ansiedad, depresión, suicido, bullyng, etc. se recomienda estar consciente de ello a la hora de leer. Pueden encontrar el libro a la venta en línea (Amazon principalmente) o librerías. Todos mis medios de contacto (Facebook y antigua cuenta de Wattpad) se encuentran en mi perfil.


Bella

Mayo: semanas una, dos y tres

En el instituto es como si todos los alumnos estuvieran de luto. Hay mucho negro en la ropa y se oyen lloriqueos por todas las aulas. Alguien ha construido un santuario para Edward en una de las vitrinas del vestíbulo principal, cerca de donde está el despacho del director. Han colocado en su interior una ampliación de su fotografía oficial del instituto y han dejado la vitrina abierta para que todos podamos dejarle nuestro tributo. «Querido Edward —empiezan todos—. Se te quiere y se te echa de menos. Te queremos. Te echamos de menos.»

Desearía romper todas esas notas y dejar que se convirtieran en un montón de cenizas junto con el resto de palabras malas y falsas, pues es allí donde deberían estar.

Los profesores nos recuerdan que solo quedan cinco semanas para terminar el curso y debería estar contenta por ello, en vez de no sentir nada. Últimamente no siento nada. He llorado algunas veces, pero básicamente me siento vacía, como si me hubieran extirpado por vía quirúrgica cualquier cosa que pudiera hacerme sentir, sufrir, reír y amar, dejándome hueca como una concha sin habitante.

Le digo a Ryan que solo podemos ser amigos y ya le está bien, puesto que no quiere ni tocarme.

Nadie quiere. Es como si les diera miedo que yo pudiera ser contagiosa. Forma parte del fenómeno de suicidio por asociación.

A la hora de las comidas me siento con Alice, Lara y las Brianas, hasta el miércoles después del funeral de Edward, cuando también se acerca Rosalie, deja la bandeja en la mesa y, sin mirar a las demás chicas, me dice:

—Siento mucho lo de Edward.

Por un momento pienso que Alice va a pegarle un bofetón, y en el fondo me gustaría o, como mínimo, me gustaría ver qué pasaría si lo hiciese. Pero cuando veo que Ali se limita a permanecer sentada sin hacer nada, le digo a Rosalie:

—Gracias.

—No debería haberlo llamado friki. Y quiero que sepas que he cortado con Mike.

—Demasiado poco, demasiado tarde. —murmura Alice.

Se levanta de repente, golpeándose con la mesa, y todo lo que hay encima se tambalea. Coge su bandeja, me dice que ya nos veremos luego y se marcha.

El jueves me reúno con el señor Ben porque el director Wertz y el consejo escolar han pedido a todos los amigos y compañeros de clase de Edward Cullen que mantengan como mínimo una sesión con un psicólogo, por mucho que «Los padres», que es como llaman mi madre y mi padre al señor y la señora Cullen, insistan en que fue un accidente, lo que implica, supongo, que tenemos libertad para llorarlo de un modo normal, sano y no estigmatizado. Sin necesidad de sentirnos avergonzados o incómodos, puesto que no hubo suicidio de por medio.

Pido verme con el señor Ben en lugar de con la señora Kresney, ya que él era el psicólogo de Edward. Cuando entro y me mira con el entrecejo fruncido desde el otro lado de su mesa, me pregunto de pronto si va a culpabilizarme del mismo modo que me culpabilizo yo.

«Nunca debería haber sugerido ir por el puente de la calle A. ¿Y si hubiéramos elegido otro recorrido? Esme seguiría aquí.»

El señor Ben tose para aclararse la garganta antes de hablar.

—Siento mucho lo de Edward. Era un chico bueno y traumatizado que debería haber tenido más ayuda. —y eso me llama la atención—Me siento responsable.

Me entran ganas de enviar su ordenador y sus libros al suelo. «Usted no puede sentirse responsable. La responsable soy yo. No intente robarme eso.»

—Pero no lo soy —continúa—. Hice lo que creí que debía hacer. ¿Podría haber hecho más? Seguramente. Sí. Siempre podemos hacer más. Es una pregunta complicada de responder, y, después de todo, una pregunta que no tiene sentido formularse. Tú debes de estar sintiendo más o menos estas mismas emociones y pensando también cosas similares.

—Sé que podría haber hecho más. Debería haber visto qué pasaba.

—No siempre podemos ver lo que los demás no quieren que veamos. Sobre todo cuando se esfuerzan al máximo por ocultarlo. —el señor Ben coge un librito de la mesa y lee—: «Eres un superviviente, y tal y como este desagradable término implica, tu supervivencia (tu supervivencia emocional) dependerá de lo bien que aprendas a hacer frente a tu tragedia. El lado negativo: sobrevivir a esto será la segunda peor experiencia de tu vida. El lado positivo: lo peor ya ha pasado».

Me pasa el librito. SOS. Manual para supervivientes al suicidio.

—Quiero que lo leas, pero también quiero que vengas a hablar conmigo, que hables con tus padres, que hables con tus amigos. Lo último que tenemos que hacer es guardárnoslo dentro. Tú tenías una relación muy estrecha con él, lo que significa que vas a sentir toda la rabia, la pérdida, la negación y el dolor que sentirías ante cualquier muerte, pero esta muerte es distinta, razón por la cual te pido que no seas muy dura contigo misma.

—Su familia dice que fue un accidente.

—Y a lo mejor lo fue. La gente lo superará como pueda. Lo único que me preocupa eres tú. No puedes sentirte responsable de la desaparición de todo el mundo, ni de la de tu hermana ni de la de Edward. Por lo que respecta a lo que le sucedió a tu hermana, no pudo elegir. Y tal vez Edward tampoco pensara que podía elegir, aunque finalmente lo hizo.

Frunce el entrecejo, fija la mirada en algún punto por encima de mi hombro y me doy cuenta de que está rememorándolo todo —todas sus conversaciones y encuentros con Edward—, igual que yo he estado haciéndolo desde que sucedió.

Lo que no puedo, y no pienso, explicarle es que veo a Edward por todas partes: en los pasillos del instituto, en la calle, en el centro comercial. De pronto veo una cara que me lo recuerda, o los andares de alguien, o una risa. Es como vivir rodeada de mil Edwards distintos. Me pregunto si será normal, pero no se lo digo.

Cuando llego a casa me tumbo en la cama y leo el libro entero, que, como solo tiene treinta y seis páginas, termino enseguida. Se me quedan grabadas estas dos frases:

«Tu esperanza está en aceptar la vida tal y como se te plantea a partir de ahora, cambiada para siempre. Si eres capaz de conseguirlo, encontrarás la paz que andas buscando».

«Cambiada para siempre.»

He cambiado para siempre.

Durante la cena, le enseño a mi madre el librito que me ha dado el señor Ben. Lo lee mientras come, sin decir palabra, mientras mi padre y yo intentamos mantener una conversación sobre la universidad.

—¿Has decidido ya adónde quieres ir, B?

—Seguramente a UCLA.

Me gustaría decirle a mi padre que eligiera por mí porque, al fin y al cabo, ¿qué importancia tiene? Todas son iguales.

—Pues tendríamos que comunicárselo pronto.

—Imagino. Ya me encargaré de hacerlo.

Mi padre mira a mi madre en busca de ayuda, pero ella continúa leyendo y ha olvidado por completo la cena.

—¿Te has planteado presentar una solicitud a la NYU para la ronda de admisión de primavera?

—No, pero tal vez tendría que hacerlo ahora mismo. ¿Me disculpáis?

Quiero alejarme de ese librito, de ellos y de cualquier conversación que gire en torno al futuro.

Mi padre parece sentirse aliviado.

—Por supuesto. Ve.

Se alegra de que me vaya y yo me alegro de irme. Es más fácil así, porque, de quedarme, todos tendríamos que enfrentarnos a nosotros mismos, a Esme y a esa cosa que le ha pasado a Edward. En estos momentos me siento agradecida de no ser madre y me pregunto si algún día llegaré a serlo.

Debe de ser un sentimiento horroroso querer a alguien y no poder ayudarlo.

Aunque, de hecho, conozco ese sentimiento a la perfección.

En una reunión de todo el instituto que se celebra el segundo jueves después del funeral de Edward, invitan a un experto en artes marciales de Port Angeles para que nos hable sobre seguridad y sobre cómo defendernos, como si el suicidio fuera algo que pudiera atacarnos en plena calle, y luego nos pasan un documental sobre adolescentes y drogas. Antes de apagar las luces, el director Wertz anuncia que hay contenidos bastante explícitos, pero que considera importante que seamos conscientes de las realidades del consumo de drogas.

En cuanto empieza el documental, Emmett se inclina sobre mí y me dice que nos lo pasan porque corren rumores de que Edward estaba enganchado a alguna sustancia y que por eso murió. Los únicos que sabemos que eso es mentira somos Emmett, Alice y yo.

Cuando uno de los actores adolescentes muere por sobredosis, me largo. Vomito en una de las papeleras que hay junto a la puerta del auditorio.

—¿Te encuentras bien?

Rosalie está sentada en el suelo, la espalda apoyada en la pared.

—No te había visto.

Me aparto de la papelera.

—No podía aguantar ni un minuto más.

Me siento en el suelo, a medio metro de ella.

—¿Qué te pasa por la cabeza cuando estás planteándotelo?

—¿Planteándote...?

—Suicidarte. Quiero saber qué se siente, qué piensas. Quiero saber por qué.

Rosalie baja la vista y se mira las manos.

—Lo único que puedo decirte es cómo me sentía yo. Fea. Asquerosa. Estúpida. Pequeña. Inútil. Ignorada. Es como si no hubiera otra elección. Como si fuera la alternativa más lógica porque no hay otra cosa. Piensas: «Nadie me echará de menos. Ni siquiera sabrán que me he ido. El mundo continuará y dará lo mismo que yo no esté aquí. Tal vez sea mejor no estar aquí».

—Pero tú no te sientes todo el rato así. Quiero decir que tú eres Rosalie Hale. Eres popular, tus padres se portan bien contigo. Tus hermanos se portan bien contigo.

«Todo el mundo se porta bien contigo —pienso— porque temen qué pasaría si no lo hiciesen.»

Me mira.

—En estos momentos nada de eso importa. Es como si le estuviera pasando a otra persona, porque lo único que percibes en tu interior es oscuridad, y esa oscuridad acaba apoderándose de ti. Ni siquiera piensas en qué podría pasarle a la gente que dejas atrás, porque solo piensas en ti mismo. —acerca las rodillas al pecho y se rodea las piernas con los brazos—. ¿Sabes si Edward fue a ver alguna vez a un médico?

—No lo sé. —hay tantas cosas que todavía no sé de él. Y que imagino que ya nunca sabré—. No creo que sus padres quisieran reconocer la existencia de algún problema.

—Él estaba intentando solventarlo por ti.

Sé que lo dice para que me sienta mejor, pero lo único que consigue es que me sienta peor.

Al día siguiente, en clase de geografía de Estados Unidos, el señor Black se acerca a la pizarra, escribe «4 de junio» y lo subraya.

—Ha llegado el momento, chicos... Se acerca la fecha de entrega de los trabajos, así que céntrense, céntrense, céntrense. Por favor, vengan a verme... si tienen alguna... pregunta, pues de lo contrario... esperaré que... los presenten a tiempo, si no antes.

Cuando suena la campana, dice:

—Me gustaría... hablar con usted, Isabella.

Permanezco sentada en mi lugar, al lado de donde se sentaba Edward, y espero. Cuando se marcha el último alumno, el señor Black cierra la puerta y vuelve a sentarse en su silla.

—Quería hablar... con usted para ver... si necesita algún tipo de ayuda... y también para decirle... que puede entregar lo que quiera que tenga... hasta el momento... Evidentemente..., comprendo... que existen circunstancias... atenuantes.

«Circunstancias Atenuantes.» Esa soy yo. Esa es Isabella Swan. La pobre Bella, cambiada para siempre y con circunstancias atenuantes. Hay que tratarla con cuidado porque es frágil y podría romperse si se esperara de ella que hiciera lo mismo que los demás.

—Gracias, pero estoy bien.

Puedo hacerlo. Puedo demostrarles que no soy una muñeca de porcelana a la que hay que tratar con sumo cuidado. Solo me gustaría que Edward y yo hubiéramos tenido oportunidad de recopilar nuestras excursiones y tal vez haberlas documentado un poco mejor. Estábamos tan ocupados, que tengo poco que mostrar con la excepción de un cuaderno medio lleno, algunas fotografías y un mapa pintarrajeado.

Por la tarde, me torturo leyendo nuestros mensajes de Facebook, rematándome hasta el principio. Y entonces, aunque sé que Edward no lo leerá nunca, abro nuestro cuaderno y empiezo a escribir.

«Carta a alguien que se suicidó», por Bella Swan.

¿Dónde estás? ¿Y por qué te fuiste? Supongo que nunca lo sabré. ¿Fue porque te hice enfadar? ¿Porque intenté ayudarte?

¿Por qué no te respondí cuando lanzaste piedrecitas contra mi ventana? ¿Y si te hubiera respondido? ¿Qué me habrías dicho?

¿Habría podido convencerte de que te quedaras o de que no hicieras lo que hiciste?

¿O habría sucedido igualmente?

¿Sabes que ahora mi vida ha cambiado para siempre? Antes pensaba que era así porque tú habías llegado a ella y me habías enseñado Washington y, con ello, me habías obligado a salir de mi habitación y abrirme al mundo. Incluso cuando no estábamos de excursión, incluso desde el suelo de tu vestidor, siempre estabas enseñándome el mundo. Pero no sabía que el cambio para siempre de mi vida iba a ser porque me quisiste y luego te marchaste, y de un modo tan definitivo como este.

De modo que supongo que al final lo del Gran Manifiesto no existía, aunque me hiciste creer que sí. Supongo que solo había un trabajo del instituto.

Jamás te perdonaré por haberme abandonado. Ojalá tú sí pudieras perdonarme. Me salvaste la vida.

Y al final, me limito a escribir:

¿Y por qué yo fui incapaz de salvar la tuya?

Me recuesto en la silla y veo, en la pared de detrás de la mesa, el corcho lleno de notas relacionadas con Germ. He incorporado una nueva categoría: «Pregunta al experto». Paso con la mirada de allí al papelito que describe de qué va la revista. Y mis ojos se detienen en la última frase:

«Empiezas aquí».

En un instante, me levanto de la silla y empiezo a buscar por la habitación. Al principio no logro recordar qué he hecho con el mapa. Experimento esa oleada blanca que provoca el pánico y empiezo a temblar porque pienso: «¿Y si lo he perdido?». Otro pedacito de Edward desaparecido.

Al final lo encuentro en el bolso, al examinar su interior por tercera vez, como si hubiera aparecido de la nada. Lo extiendo y miro los lugares marcados que nos quedaban por recorrer. Edward escribió unos números junto a cada uno de ellos, como si hubiese decidido un orden para ellos.


¿Sera que Edward le dejo un último mensaje a Bella? Ya lo veremos, por lo pronto, mucha gente parece arrepentida de como trato a Edward, otros fingen, otros se sienten culpables, otros callan, se culpan, se mienten a sí mismos. Es francamente triste.

Las leo en los reviews siempre (me encanta leerlas) y recuerden que: #DejarUnReviewNoCuestaNada.

Ariam. R.


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