Todos los personajes pertenecen a Stephenie Meyer. La historia es completamente de la escritora Jennifer Niven, yo solo hago la adaptación. Advertencia: alrededor de esta historia se tocan algunos temas delicados como ansiedad, depresión, suicido, bullyng, etc. se recomienda estar consciente de ello a la hora de leer. Pueden encontrar el libro a la venta en línea (Amazon principalmente) o librerías. Todos mis medios de contacto (Facebook y antigua cuenta de Wattpad) se encuentran en mi perfil.
Bella
Excursiones pendientes 1 y 2
Milltown, con ochocientos quince habitantes, se asienta en la frontera con Washintong.
Tengo que pararme y preguntar cómo se llega a los árboles de los zapatos. Una mujer llamada Myra me indica un lugar llamado Devils Hollow. La carretera asfaltada se acaba pronto y conduzco por un estrecho camino de tierra, mirando hacia arriba, que es lo que Myra me ha dicho que tenía que hacer. Justo cuando empiezo a pensar que me he perdido, encuentro un cruce de cuatro caminos rodeado de bosques.
Paro el coche y bajo. A lo lejos se oyen niños gritando y riendo. Hay árboles en las cuatro esquinas, las ramas cargadas de zapatos. Centenares y centenares de zapatos. En su mayoría están atados a las ramas con lazos que los hacen parecer decoraciones navideñas de tamaño gigante. Me ha dicho Myra que no sabe muy bien cómo empezó todo, ni quién colgó allí el primer par, pero que llega hasta aquí gente de todas partes con el único propósito de decorar los árboles. Corre el rumor de que Larry Bird, el jugador de baloncesto, dejó también un par.
La misión es muy sencilla: dejar allí un par de zapatos. He cogido del armario un par de zapatillas Chuck Taylor de color verde y unas Keds amarillas de Esme. Echo la cabeza hacia atrás para ver y decidir dónde las pongo. Las colgaré juntas en el árbol en que empezó todo, el que está más cargado y que ha sido, además, víctima de un rayo en más de una ocasión (lo sé porque el tronco parece muerto y está ennegrecido).
Cojo un rotulador que llevo en el bolsillo y escribo «Ultrabella Marcada» y la fecha de hoy en el lateral de una de las Chuck Taylor. Las cuelgo en una rama baja del primer árbol, puesto que me parece demasiado frágil para trepar por él. Tengo que saltar un poco para alcanzar la rama y los zapatos rebotan y se tambalean antes de quedar instalados.
Ya está. No hay nada más que ver. Ha sido un viaje largo para ver unos árboles cargados de zapatos viejos, pero me digo que no tengo que mirarlo bajo este punto de vista. Tiene que haber también alguna cosa mágica. Intento encontrarla, levantando la cabeza y protegiéndome los ojos del sol con la mano, y justo antes de subir de nuevo al coche, las veo: en la rama más alta del primer árbol, colgando aisladas. Un par de zapatillas de deporte con cordones fluorescentes, «EC» escrito en negro en el lateral de las dos. Un paquete azul de American Spirits asoma en el interior de una de ellas.
«Estuvo aquí.»
Miro a mí alrededor como si fuera a verlo ahora mismo, pero aquí solo estamos yo y los niños que ríen y gritan en las proximidades. ¿Cuándo vino? ¿Sería después de marcharse? ¿Sería antes? Hay algo que me inquieta. «La rama más alta», pienso.
Busco el teléfono pero me lo he dejado en el coche, de modo que recorro corriendo la escasa distancia que me separa de él, abro la puerta y lo busco por el asiento. Me siento, medio cuerpo dentro, medio fuera, y repaso los mensajes de Edward. No tardó mucho en encontrarlo, puesto que los más recientes son pocos. «Estoy en la rama más alta». Miro la fecha. Una semana después de marcharse.
«Estuvo aquí.»
Leo los demás mensajes: «Nuestros nombres están pintados», «Creo en los signos», «El resplandor de Ultrabella», «Un lago. Una oración. Es tan encantador ser encantador en Privado».
Cojo el mapa, sigo con el dedo el recorrido hasta el siguiente lugar. Está a horas de distancia, al noroeste de Muncie. Miro la hora, pongo el motor en marcha y conduzco. Tengo la sensación de saber adónde voy, y espero que no sea demasiado tarde.
La «Pelota de pintura más grande del mundo» se encuentra en casa de Mike Carmichael. A diferencia de los árboles de los zapatos, está considerada una atracción turística. La pelota no solo tiene su propia página web, sino que además consta en el Libro Guinness de los récords.
Cuando llego a Alexandria son poco más de las cuatro de la tarde. Mike Carmichael y su esposa están esperándome porque los he llamado cuando estaba en camino.
Aparco junto al edificio que alberga la pelota, una especie de cobertizo que recuerda un granero, y llamo a la puerta. El corazón me late con fuerza.
Viendo que nadie responde, pruebo a abrir, pero está cerrado, de modo que me acerco a la casa y noto que el corazón se acelera más si cabe al pensar en la posibilidad de que haya venido luego alguien. En la posibilidad de que hayan pintado encima de lo que Edward pudiera haber escrito. De ser así, habrá desaparecido y nunca lo sabré y será como si Edward nunca hubiera estado aquí.
Llamo a la puerta con más fuerza de la que pretendía y de entrada pienso que no están en casa, pero entonces aparece un hombre de cabello blanco y sonrisa expectante, me estrecha la mano y me dice que lo llame Mike.
—¿De dónde viene usted, señorita?
—De Forks.
No le digo que ahora vengo de Milltown.
—Una ciudad preciosa, Forks. A veces vamos allí, a cenar al restaurante Gaslight.
El latido del corazón me resuena en los oídos y es tan potente que me pregunto si también él podrá oírlo. Lo sigo hasta el granero-cobertizo y me explica:
—Inicié esta pelota de pintura hace treinta y cinco años. Todo empezó cuando trabajaba en una tienda de pinturas mientras estudiaba en el instituto, antes de que tú nacieras, seguramente antes incluso de que tus padres nacieran. Estábamos jugando a pasarnos la pelota con un amigo cuando esta cayó en una lata de pintura. Y me dije: «¿Qué pasaría si la pintara con mil capas de pintura?». Y eso fue lo que hice.
Abre la puerta y entramos en una estancia grande y luminosa que huele a pintura, y allí, en medio, hay colgada una pelota enorme, del tamaño de un planeta pequeño.
En las estanterías y en el suelo hay latas de pintura y en una pared hay fotografías de la pelota en sus distintas fases. Mike me explica que intenta pintarla un poco cada día, y entonces lo interrumpo y le digo:
—Disculpe, pero es que tengo un amigo que vino aquí hace poco tiempo y me gustaría saber si se acuerda de él y preguntarle si es posible que escribiera alguna cosa en la pelota.
Le describo a Edward y Mike se rasca la barbilla y asiente.
—Sí, sí. Lo recuerdo. Un joven muy agradable. No se quedó mucho rato. Utilizó esta pintura de aquí.
Me acerca a una lata de pintura de color morado y veo que en la tapa pone el nombre del color:
«UntraBella».
Miro la pelota y no es violeta. Es amarilla como el sol. Noto que se me desploma el corazón.
Miro el suelo esperando casi encontrármelo allí.
—Pero ya ha pintado encima. —digo.
Llego tarde. Demasiado tarde para Edward. Demasiado tarde una vez más.
—Siempre que alguien quiere escribir alguna cosa, le digo que pinte encima antes de marcharse. Así queda listo para la siguiente persona que venga. Una pizarra limpia. ¿Le gustaría añadir una capa?
Casi le digo que no, pero no he traído ninguna cosa para dejar aquí, de modo que me pasa un rodillo. Cuando me pregunta qué color quiero, le digo que verde, un verde como el del bosque. Vierte la pintura en un recipiente y lo observo, paralizada, incapaz de moverme ni de respirar. Es como volver a perder a Edward.
Mike ha encontrado un color que es el color de los ojos de Edward, que seguramente ni conoce ni recuerda. Sumerjo el rodillo en el recipiente y cubro el amarillo con mi azul. El movimiento, mecánico y sencillo, resulta balsámico.
Cuando termino, Mike y yo retrocedemos unos pasos para contemplar mi obra.
—¿No quiere escribir nada? —me pregunta.
—Ya está bien así. Además, tendría que taparlo después.
Y de este modo tampoco nadie sabría que he estado aquí.
Lo ayudo a guardar la pintura y a limpiar un poco y entretanto me cuenta detalles sobre la pelota, como que esta es la segunda pelota de pintura que ha creado, no la original, y que pesa más de mil ochocientos kilos. Y entonces me pasa un libro rojo y un bolígrafo.
—Antes de irse tendrá que firmar.
Hojeo el libro hasta que encuentro el primer espacio en blanco donde poder escribir mi nombre, la fecha y un comentario. Recorro la hoja con la mirada y veo que en abril solo han visitado el lugar unas pocas personas. Voy una página más atrás, y aquí está, aquí está: «Theodore Finch, 3 de abril. "Hoy es tu día. ¡Felicidades! Te marchas muy lejos de aquí, a descubrir maravillosos lugares"».
Acaricio las palabras con la punta de los dedos, las palabras que escribió hace tan solo unas semanas, cuando estuvo aquí, cuando estaba vivo. Las leo una y otra vez y después, al lado, firmo con mi nombre y escribo: «Tu montaña te espera. ¡Así que ponte en camino!».
Mientras conduzco de vuelta a Forks, canto lo que recuerdo de la canción del Dr. Seuss.
Cuando cruzo Seattle, pienso en tratar de encontrar el vivero donde recogió flores en pleno invierno, pero sigo mi camino rumbo al este. No podrán contarme nada sobre Edward, ni sobre por qué murió, ni sobre lo que escribió en la pelota de pintura. Lo único que me hace sentir mejor es saber que, fuera lo que fuese lo que Edward escribió, siempre seguirá allí, bajo las capas de pintura.
Mi padre y mi madre están arriba, en la buhardilla, mi padre escuchando música a través de los auriculares y mi madre viendo la tele. Apago el televisor y digo:
—Necesito que hablemos de Esme y que no olvidemos que existió. —mi padre se quita los auriculares—. No quiero que sigamos fingiendo que todo va bien si no es así, que estamos bien cuando no lo estamos. La echo de menos. Todavía no puedo creer que yo siga aquí y ella no. Siento mucho haber salido aquella noche. Necesito que lo sepáis. Siento mucho haberle dicho que siguiera la ruta del puente para volver a casa. Si fue por ese camino fue solo porque yo se lo sugerí.
Viendo que intentan interrumpirme, subo la voz.
—No podemos volver atrás. No podemos cambiar nada de lo que pasó. No puedo devolverla a la vida, y tampoco puedo devolver a Edward a la vida. No puedo cambiar el hecho de que me escapara para estar con él después de que os dijera que lo nuestro se había acabado. No quiero pasar de puntillas junto a él, ni junto a ella, ni junto a vosotros, porque lo único que consigo así es que me resulte más difícil recordar las cosas que quiero recordar. Hace que me resulte más difícil recordarla. A veces intento concentrarme en su voz solo para volver a oírla, para volver a oír cómo me decía «Hola, qué tal» cuando estaba de buen humor y «Isabella» cuando estaba enfadada. No sé por qué, pero estas frases son las que me resultan más fáciles. Me concentro, y cuando las tengo me aferro a ellas, porque no quiero olvidar jamás cómo las decía.
Mi madre ha empezado a llorar, muy, muy flojito. La cara de mi padre se ha vuelto gris blanquecina.
—Os guste o no, estuvo aquí y se ha ido, pero no tiene por qué irse del todo. Eso depende de nosotros. Y os guste o no, yo amaba a Edward Cullen. Fue muy bueno para mí, aunque vosotros penséis lo contrario y odiéis a sus padres y seguramente lo odiéis también a él, y por mucho que se marchara y a mí me hubiese gustado que no lo hubiera hecho. Nunca podré hacerlo volver, y es probable que se marchara por mi culpa. De manera que es bueno y es malo y duele, pero al mismo tiempo me gusta pensar en él, porque si pienso en él, tampoco se habrá ido del todo. Que estén muertos no significa que no puedan existir. Y lo mismo pasa con nosotros.
Mi padre permanece sentado como una estatua de mármol, pero mi madre se levanta y se acerca tambaleante hacia mí. Me atrae hacia ella y pienso: «Así es como se sentía antes de que pasara todo esto, fuerte y robusta, capaz de resistir incluso el paso de un tornado». Continúa llorando, pero ahora mi madre es sólida y real y, por si acaso, la pellizco y ella finge no darse cuenta.
—Nada de todo lo que ha pasado es culpa tuya. —dice.
Y entonces rompo a llorar, y mi padre llora también, una lágrima estoica detrás de otra, y a continuación esconde la cabeza entre las manos y mi madre y yo nos abalanzamos sobre él como una sola persona y nos abrazamos los tres, acunándonos, turnándonos para decir:
—Todo va bien. Estamos bien. Todos estamos bien.
¡Hola! Bella va avanzando, y ahora sabemos que Edward siguió con las excursiones. No sabemos porque exactamente, pero recibimos un par de pistas. Al parecer quería darle un mensaje a Bella. Él la amaba, pero no podía soportar vivir en un mundo donde la gente lo trataba como lo trataba, además de que Edward tenía algunos problemas psicológicos. Sin más, llore en la parte en la que Bella habla de Esme y de Edward. Como ella misma lo dijo, tiene derecho a amarlos y a no olvidarlos a pesar de que ambos hayan muerto. Nos acercamos al final cada vez más, no puedo creerlo. Gracias por su apoyo.
Las leo en los reviews siempre (me encanta leerlas) y recuerden que: #DejarUnReviewNoCuestaNada.
—Ariam. R.
Link a mi Facebook: www . facebook ariam . roberts . 1
Link al grupo de Facebook: www . facebook groups / 801822144011109 /
