Todos los personajes pertenecen a Stephenie Meyer. La historia es completamente de la escritora Jennifer Niven, yo solo hago la adaptación. Advertencia: alrededor de esta historia se tocan algunos temas delicados como ansiedad, depresión, suicido, bullyng, etc. se recomienda estar consciente de ello a la hora de leer. Pueden encontrar el libro a la venta en línea (Amazon principalmente) o librerías. Todos mis medios de contacto (Facebook y antigua cuenta de Wattpad) se encuentran en mi perfil.
Bella
Excursiones pendientes 3 y 4
El autocine de Pendleton Pike es uno de los últimos de su estilo. Lo que queda de él se encuentra en un extenso solar abandonado en las afueras de Seattle. Ahora parece un cementerio, pero en los años sesenta era uno de los lugares más populares de la zona, puesto que no solo era un cine al aire libre, sino que además era un parque para niños, con una montaña rusa en miniatura y otras atracciones.
Ahora solo queda la pantalla. Aparco en la carretera, en la parte de atrás. El día está encapotado, el sol se oculta detrás de gruesos nubarrones grises, y a pesar de que hace calor, me estremezco. Este lugar da miedo. Mientras me abro paso con dificultad entre suciedad y malas hierbas, intento imaginarme a Edward aparcando el Pequeño Cabrón justo donde yo he aparcado mi coche y acercándose a la pantalla como yo estoy haciéndolo ahora, con los bloques de edificios perfilándose como un esqueleto en el horizonte.
«Creo en los carteles», escribió.
Y eso es lo que parece la pantalla: una valla publicitaria gigante. La parte posterior está cubierta de graffiti y me encamino hacia allí tratando de no pisar botellas de cerveza y colillas.
De pronto, tengo uno de esos momentos que se tienen cuando has perdido a alguien, en los que te sientes como si te hubieran dado una patada en el estómago y te hubieses quedado completamente sin aire y piensas que nunca más recuperarás la respiración. Ansío sentarme en este suelo asqueroso y llorar y llorar hasta que ya no pueda llorar más.
Pero lo que hago en cambio es rodear la pantalla, diciéndome que tal vez no encuentre nada.
Cuento los pasos hasta que llevo unos treinta. Me vuelvo y levanto la vista y leo en la gigantesca cara blanca, escrito en letras rojas: «Estuve aquí. EC».
Mis rodillas flaquean y me dejo caer sobre la tierra, las malas hierbas y la basura.
¿Qué estaría haciendo yo mientras él estaba aquí? ¿Estaría en clase? ¿Estaría con Rosalie o con Ryan? ¿Estaría en casa? ¿Dónde estaba yo mientras él se encaramaba al cartel para pintarlo, para dejarme una ofrenda y terminar nuestro trabajo de clase?
Me levanto, cojo el teléfono y hago una fotografía al esqueleto de la pantalla y luego me acerco al cartel, poco a poco, hasta que las letras son enormes y se ciernen sobre mí. Me pregunto desde qué distancia pueden verse, si podrían leerse desde varios kilómetros de distancia.
Veo en el suelo un bote de pintura roja en aerosol perfectamente tapado. Lo cojo, esperando encontrar una nota o cualquier cosa que me dé a entender que la dejó aquí para mí, pero no es más que un bote de pintura en aerosol.
Debió de subir por el entramado de los postes de acero que sujetan el armatoste.
Pongo un pie en un peldaño, sujeto el bote de pintura bajo el brazo y me doy impulso. Dado el tamaño, tengo que subir primero por un lado y luego por el otro para terminarlo. Escribo: «Yo también estuve aquí. IS».
Cuando acabo, lo miro de lejos. Sus letras están mejor hechas que las mías, pero juntas quedan bien. «Aquí estamos —pienso—. Nuestro trabajo de clase. Lo empezamos juntos y lo acabamos juntos.» Y hago otra fotografía por si acaso algún día desmantelan la pantalla. Munster está todo lo al norte y al oeste que puedes llegar sin abandonar Washintong. Lo llaman la «ciudad dormitorio» de Seattle, puesto que está solo a cincuenta kilómetros de allí. La ciudad está rodeada de ríos, algo que a Edward seguro que le gustaría. El monasterio de Nuestra Señora del Monte Carmelo se asienta en un terreno privado extenso y sombreado. Parece una iglesia normal y corriente en medio de un encantador bosque.
Paseo por allí hasta que aparece un hombre calvo vestido con una túnica de color marrón.
—¿Puedo ayudarla en alguna cosa, señorita?
Le explico que he venido para hacer un trabajo del instituto y que no sé muy bien adónde tengo que ir. Asiente, como si me hubiera entendido, y me aleja de la iglesia para ir hacia lo que denomina «las ermitas». Pasamos junto a esculturas hechas con madera y cobre, un tributo a un sacerdote que murió en Auschwitz y también en honor a santa Teresa de Lisieux, conocida como «La florecita de Jesús».
El fraile me explica que la iglesia, las esculturas y los terrenos en los que estamos fueron diseñados y construidos por antiguos capellanes del ejército polaco, que llegaron al estado una vez finalizada la segunda guerra mundial e hicieron realidad su sueño de fundar un monasterio en Washintong. Me gustaría que Edward estuviera aquí para poder decir: «¿Y quién sueña con construir un monasterio en Washintong?».
Las ermitas son en realidad una serie de grutas construidas con piedra volcánica y cristalitos, de modo que los muros exteriores brillan bajo la luz. La piedra volcánica les otorga el aspecto de una concha o de una cueva y hace que parezcan a la vez antiguas y una obra de arte popular. Cruzamos una puerta construida con arco de medio punto y decorada con una corona y estrellas y el fraile me deja sola.
En el interior, me adentro en una serie de pasadizos subterráneos, empedrados con la piedra volcánica y los cristalitos del exterior e iluminados mediante centenares de velas. Los muros están decorados con esculturas de mármol, ventanas con vidrios de colores y fragmentos de cuarzo y fluorita que capturan la luz y la retienen. El efecto es bello y misterioso. Todo el lugar parece brillar.
Emerjo al aire libre y bajo a otra gruta, donde me encuentro de nuevo una serie de túneles, con vidrios de colores y cristales incrustados en los muros de piedra y esculturas de ángeles con la cabeza inclinada y las manos unidas en oración.
Paso por una estancia que está dispuesta como una iglesia, con hileras de bancos de cara al altar, donde un Jesucristo de mármol yace en su lecho de muerte sobre una base de relucientes cristales.
Paso por delante de otro Jesucristo de mármol, esta vez atado a una columna. Y luego entro en una estancia que resplandece desde el suelo hasta el techo.
El arcángel Gabriel y Jesús resucitan a los muertos. Es difícil describirlo: tienen las manos levantadas y en el techo hay docenas de cruces amarillas que lo recorren como si fueran estrellas o aviones. Las paredes son negras, iluminadas por detrás, y están llenas de placas conmemorativas pagadas por las familias de los muertos que piden a los ángeles que devuelvan sus seres queridos a la vida y les den una eternidad feliz.
Lo veo, en la palma de la mano de Jesucristo: una piedra. Es la única cosa que parece fuera de lugar, así que la cojo y la cambio por la ofrenda que he traído conmigo: un anillo de brillantitos en forma de mariposa que había pertenecido a Esme. Me quedo un poco más y luego salgo, parpadeando cuando la luz de día me deslumbra. Tengo delante dos escaleras y un cartel: SE RUEGA RESPETO. ¡NO SUBAN CAMINANDO LAS ESCALERAS SAGRADAS! PUEDEN HACERLO DE RODILLAS. GRACIAS.
Cuento veintiocho escalones. No hay nadie. Supongo que podría subirlos andando tranquilamente, pero pienso que Edward estuvo aquí antes que yo y sé que no habría hecho trampas. De modo que me arrodillo y subo.
Cuando llego arriba, aparece el fraile y me ayuda a incorporarme.
—¿Le han gustado las ermitas?
—Son preciosas. Sobre todo la de las paredes negras iluminadas por detrás.
Asiente.
—El apocalipsis ultrabella. La gente viene desde muy lejos para verlo.
«El apocalipsis ultrabella.» Le doy las gracias y de camino al coche recuerdo la piedra, que aún tengo en la mano. La abro y allí está, la primera cosa que me regaló y que luego yo le regalé a él.
Y que ahora me ha devuelto: «Tu turno».
Por la noche, Alice, Emmett y yo subimos a la torre Purina. Invito también a Ryan y a Rosalie.
Nos sentamos los cinco en círculo y cogemos las velas que he traído. Alice las enciende, una a una, y todos vamos diciendo alguna cosa sobre Edward.
Cuando le corresponde el turno a Ali, cierra los ojos y dice:
—«¡Salta! ¡Salta y lame el cielo! ¡Yo salto contigo! Ardo contigo». —vuelve a abrir los ojos y sonríe—. Herman Melville.
Entonces toca alguna cosa de su teléfono y la noche se llena de música. La banda sonora de los grandes éxitos de Edward: Split Enz, The Clash, Johnny Cash, etcétera.
Alice se levanta de un brinco y se pone a bailar. Agita los brazos y lanza patadas. Salta más alto, luego arriba y abajo, arriba y abajo, levantando los dos pies a la vez, como si fuera una niña en plena rabieta. No lo sabe, pero se ondea como las banderolas, como hicimos un día Edward y yo en la sección de libros infantiles de Bookmarks.
Ali corea las canciones a gritos y no podemos parar de reír. Me veo obligada a tumbarme en el suelo y sujetarme el vientre porque las carcajadas me han pillado por sorpresa. Es la primera vez que recuerdo reír así en mucho, muchísimo tiempo.
Emmett tira de mí y empieza a saltar, Rosalie también salta, y Ryan ha iniciado un curiosísimo movimiento que es una mezcla de salto a la pata coja y meneo repetitivo de culo. Me sumo a ellos y salto, ondeo y ardo por el tejado.
Cuando llego a casa, no tengo mucho sueño y decido extender el mapa sobre la cama y estudiarlo bien. Me queda un lugar adonde ir de excursión. Quiero postergarla al máximo porque sé que cuando vaya allí el trabajo se habrá acabado, lo que significará que ya no me quedará nada más de Edward pendiente de encontrar. Aunque todavía no he encontrado nada, salvo las pruebas de que él vio todos esos lugares sin mí.
El lugar es Farmersburg, a solo veinticinco kilómetros de Prairieton y el Blue Hole.
Intento recordar qué pensábamos ver allí. El mensaje de texto correspondiente, si es que está también relacionado como todos los demás, es el último que recibí: «Un lago. Una oración. Es tan encantador ser encantador en Privado».
Decido buscar información sobre Farmersburg, pero no encuentro ningún lugar de especial interés. Apenas llega a mil habitantes y lo más relevante parece ser que es un lugar conocido por albergar una cantidad enorme de torres de comunicaciones de televisión y radio.
«Este lugar no lo elegimos juntos.»
Cuando me doy cuenta, se me eriza el vello de la nuca.
Es un lugar que incorporó Edward sin decírmelo.
¡Hola, bebés! El último lugar antes de que Bella se tenga que despedir por completo de Edward, y nosotras también. ¿Estamos listas? Admito que he llorado varias veces mientras edito el libro para la adaptación. Ufff…. gracias por sus rr.
Las leo en los reviews siempre (me encanta leerlas) y recuerden que: #DejarUnReviewNoCuestaNada.
—Ariam. R.
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