Todos los personajes pertenecen a Stephenie Meyer. La historia es completamente de la escritora Jennifer Niven, yo solo hago la adaptación. Advertencia: alrededor de esta historia se tocan algunos temas delicados como ansiedad, depresión, suicido, bullyng, etc. se recomienda estar consciente de ello a la hora de leer. Pueden encontrar el libro a la venta en línea (Amazon principalmente) o librerías. Todos mis medios de contacto (Facebook y antigua cuenta de Wattpad) se encuentran en mi perfil.
Bella
La última excursión
Salgo de casa a primera hora de la mañana siguiente. Cuanto más me acerco a Prairieton, más apesadumbrada me siento. Para llegar a Farmersburg tengo que pasar obligatoriamente por el Blue Hole. Estoy a punto de dar media vuelta y volver a casa porque es demasiado y es el último lugar donde desearía estar.
En cuanto llego a Farmersburg, no tengo ni idea de qué más hacer. Doy vueltas en coche por un lugar que no es grande en absoluto e intento encontrar lo que Edward quería que viese.
Busco cualquier cosa encantadora. Busco cualquier cosa que pueda tener que ver con una oración, que deduzco que debe de ser una iglesia. Gracias a internet me he enterado de que un pueblo tan minúsculo como este tiene ciento treinta y tres «lugares de culto», pero me resultaría extraño que Edward hubiera elegido uno de ellos para la última excursión.
«¿Por qué tendría que parecerte extraño? Apenas lo conocías.»
Farmersburg es uno de esos pueblos pequeños y tranquilos de Washintong con casas pequeñas y tranquilas y un centro pequeño y tranquilo. Hay las granjas de siempre, los caminos rurales de siempre y las calles numeradas de siempre. No llego a ninguna parte, de modo que hago lo que habitualmente hago: aparco en la calle principal (siempre la hay) y busco a alguien que pueda ayudarme. Al ser domingo, están cerradas todas las tiendas y restaurantes. Camino arriba y abajo, pero parece una ciudad fantasma. Todo el mundo debe de estar en la iglesia.
Regreso al coche y recorro todas las iglesias, pero no veo ninguna que resulte especialmente encantadora y tampoco veo ningún lago. Al final, me paro en una gasolinera y el chico que la atiende, que no debe de ser mucho mayor que yo, me explica que hacia el norte hay algunos lagos, junto a la US-150.
—¿Hay alguna iglesia por allí?
—Un par, al menos. Pero aquí también tenemos.
Me ofrece una sonrisa diluida.
—Gracias.
Sigo sus instrucciones hasta encontrar la US-150, que me aleja de la ciudad. Pongo la radio, pero solo hay música country e interferencias, y no sé qué es peor. Escucho las interferencias un rato antes de apagarla. Veo un Dollar General junto a la carretera y paro, pensando que tal vez puedan informarme sobre dónde están los lagos.
Detrás del mostrador hay una mujer. Compro un paquete de chicles y agua y le explico que estoy buscando un lago y una iglesia, un lugar encantador. Hace una mueca con la boca mientras aporrea la caja registradora, que es un modelo anticuado, de los años cincuenta.
—La iglesia baptista de Emmanuel está justo al lado de la autopista. Hay un lago no muy lejos. No muy grande, pero sé que lo hay porque mis niños solían subir hasta allí para nadar.
—¿Es privado?
—¿El lago o la iglesia?
—Cualquiera de las dos cosas. El lugar que ando buscando es privado.
—El lago está junto a la carretera de Privado, si te refieres a eso.
Empieza a escocerme la piel. En el mensaje de Edward, «Privado» está escrito en mayúscula.
—Sí, a eso me refería. ¿Cómo llego hasta allí?
—Sigue la US-150 dirección norte. Dejarás la iglesia baptista a la derecha y después ya verás el lago, y entonces entras en la carretera de Privado. Te desvías y ya está.
—¿A la izquierda o a la derecha?
—Solo puedes girar hacia un lado, a la derecha. La carretera es muy corta. AIT Training & Technology está allí. Verás el cartel.
Le doy las gracias y corro hacia el coche. «Enseguida llegaré y entonces todo se habrá acabado. Las excursiones, Edward, nosotros, todo.» Permanezco un momento sentada, obligándome a respirar para poder concentrarme en cada instante que pasa. Podría esperar y reservarlo para más adelante... sea lo que sea.
Pero no pienso hacerlo porque estoy aquí ahora, el coche se ha puesto en marcha y estoy yendo en esa dirección, y encuentro la iglesia baptista de Emmanuel antes de lo esperado, luego el lago, y aquí está la carretera. Me desvío y noto las palmas de las manos empapadas de sudor sujetando el volante, y tengo la carne de gallina y me doy cuenta de que todo el rato estoy conteniendo la respiración.
Paso de largo el cartel de AIT Training & Technology y veo el edificio al final de la carretera, que está aquí mismo. Es un callejón sin salida y paso por delante de AIT con la deprimente sensación de que no tiene nada de encantador y que este no puede ser el lugar. Pero si el lugar no es este, ¿adónde tengo que ir?
El coche desanda la carretera de Privado por donde he venido y es entonces cuando veo la bifurcación que antes he pasado por alto, una especie de horquilla. La sigo y ahí está el lago, y luego veo el cartel: CAPILLA TAYLOR.
Un poco más allá del cartel hay una cruz de madera de la altura de un hombre, y detrás de la cruz y del cartel veo una minúscula capilla blanca con un minúsculo campanario blanco. Más allá hay casas y a un lado el lago, de superficie verdosa debido a las algas.
Apago el motor y permanezco unos minutos en el coche. Pierdo la noción del tiempo. ¿Vendría aquí el día que murió? ¿Vendría el día antes? ¿Cuándo estuvo aquí? ¿Cómo encontró este lugar?
Salgo del coche y me dirijo a la capilla, y oigo el retumbar del corazón y, a lo lejos, los pájaros en los árboles. El calor del verano ya se percibe en el ambiente.
Giro el pomo y la puerta se abre, sin más, y el interior de la capilla huele a frescor y a limpio, como si la hubieran ventilado recientemente. Hay unos pocos bancos, puesto que es un espacio más pequeño que mi habitación, un altar de madera con un cuadro de Jesucristo, dos jarrones con flores, dos macetas con plantas y una Biblia abierta.
Las ventanas, largas y estrechas, dejan entrar la luz del sol. Tomo asiento en uno de los bancos, miro a mi alrededor y pienso: «Y ahora ¿qué?».
Me levanto y me acerco al altar y, apoyada contra uno de los jarrones, encuentro una lámina plastificada escrita a máquina con la historia de la iglesia.
«La capilla Taylor fue creada como santuario para que los viajeros exhaustos pudieran detenerse y descansar en su camino. Fue construida en memoria de los que perdieron la vida en accidente de coche y como lugar de curación. Recordamos a los que ya no están aquí, a los que se nos fueron demasiado pronto y a los que siempre llevaremos en el corazón. La capilla está abierta al público día y noche, también los días festivos. Siempre estamos aquí.»
Ahora ya sé por qué Edward eligió este lugar: lo hizo por Esme y por mí. Y también por él, porque era un viajero exhausto que necesitaba descansar. Veo un papel que asoma entre las páginas de la Biblia, un sobre de color blanco. Abro por aquella página y veo unas palabras subrayadas:
«Entonces brillarás entre ellos como estrellas en el cielo».
Cojo el sobre y veo mi nombre: «Ultrabella Marcada».
Pienso en llevármelo al coche para leer su contenido, pero me siento en uno de los bancos y agradezco la madera sólida y robusta que me acoge.
¿Estoy preparada para escuchar lo que pensaba de mí? ¿Para escuchar cómo le fallé? ¿Estoy preparada para saber todo el daño que le hice y cómo podría, cómo debería haberlo salvado de haber prestado más atención, haber interpretado los signos y no haber abierto mi bocaza, de haberlo escuchado y haber sido suficiente para él y, tal vez, si lo hubiera amado más?
Abro el sobre y me tiemblan las manos. Extraigo unas hojas de papel grueso de pentagrama, una repleta de notas musicales, las otras dos de palabras que parecen la letra de la canción.
Empiezo a leer.
Me haces feliz
Cuando estoy contigo me siento a salvo con tu sonrisa
Me haces sentir atractivo
Y cuando me toco la nariz simplemente me parece un poquito chata
Me haces sentir especial y solo Dios sabe cuánto he deseado ser un chico así.
Me haces amarte
Y eso es tal vez lo más grande que mi corazón ha sido capaz de hacer...
Estoy llorando, con fuerza, hipando, como si hubiera contenido la respiración durante muchísimo tiempo y por fin pudiera respirar.
Me haces encantador, y es tan encantador ser encantador para la persona que amo...
Leo las palabras una y otra vez.
Me haces feliz...
Me haces especial...
Me haces encantador...
Las leo y las releo hasta que me las sé de memoria, y entonces doblo las hojas y las guardo en el sobre. Permanezco sentada hasta que las lágrimas cesan y la luz empieza a cambiar, a menguar, y un resplandor cálido y rosado inunda la capilla.
Cuando llego a casa ya es de noche. En la habitación, saco de nuevo las hojas del sobre y toco las notas con la flauta. La melodía me llena la cabeza y se estanca allí, como si formara parte de mí, de tal modo que pasan los días y sigo cantándola.
No me preocupa que Edward y yo no grabáramos nada de nuestras excursiones. No me preocupa que no nos dedicáramos a recoger recuerdos de los lugares o no tuviéramos tiempo de componerlo todo de tal manera que tuviera sentido para cualquiera que no fuera nosotros.
Y me doy cuenta de una cosa: no es lo que coges, sino lo que te llevas.
Tú nos hiciste especiales, Edward.
Las leo en los reviews siempre (me encanta leerlas) y recuerden que: #DejarUnReviewNoCuestaNada.
—Ariam. R.
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