Nota de la autora: Jennifer Niven
Cada cuarenta segundos, una persona muere en el mundo como consecuencia de un suicidio. Cada cuarenta segundos, alguien sigue aquí y debe intentar superar esa pérdida.
Mucho antes de que yo naciera, mi bisabuelo murió como consecuencia de un disparo provocado por él mismo. Su hijo mayor, mi abuelo, tenía solo trece años. Nadie sabe si fue intencionado o un accidente, puesto que, viviendo como vivían en una pequeña ciudad del sur, ni mi abuelo, ni su madre, ni sus hermanas volvieron a hablar nunca más del tema. Pero la muerte ha seguido impactando a nuestra familia durante generaciones.
Hace unos años, un chico al que conocí y amé se quitó la vida. Fui una de las personas que lo encontró. No es una experiencia de la que me guste hablar, ni siquiera con mis más allegados. Hasta la fecha, muchos de mis amigos y familiares siguen sin saber nada, si acaso saben algo, sobre el tema. Durante mucho tiempo me resultó extremadamente doloroso pensar en ello, y mucho más si cabe hablar sobre ello, pero sé que es importante expresarlo.
En Violet y Finch (Bella y Edward), Finch se muestra preocupado por las etiquetas. Por desgracia, el suicidio y las enfermedades mentales están envueltos bajo un gran manto de estigma social. Cuando mi bisabuelo murió, corrieron muchos rumores. Y aunque jamás hablaron de lo que sucedió aquel día, su viuda y sus tres hijos se sintieron juzgados y, de algún modo, se vieron condenados al ostracismo. Perdí al amigo que se suicidó un año antes de perder a mi padre como consecuencia de un cáncer. Ambos estuvieron enfermos de manera simultánea y murieron con catorce meses de diferencia, pero la reacción a su enfermedad y su fallecimiento no podría haber sido más distinta. La gente rara vez lleva flores a un suicida.
No supe que yo también tenía una etiqueta hasta que escribí este libro:
«Superviviente después de un suicidio» o «Superviviente al suicidio». Por suerte, existen muchos recursos que me han ayudado a comprender el sentido de un suceso tan trágico como este y cómo puede llegar a afectarme, del mismo modo que existen numerosos recursos para ayudar a cualquier persona, adolescente o adulta, que se enfrenta a trastornos emocionales, depresión, ansiedad, desequilibrios mentales o pensamientos suicidas.
Es muy habitual que las enfermedades mentales y emocionales no se diagnostiquen adecuadamente, puesto que o bien la persona que padece sus síntomas se siente avergonzada y no quiere hablar de ello, o bien sus seres queridos no ven o no quieren reconocer los indicios.
Si piensas que algo va mal, exprésalo.
No estás solo.
No es culpa tuya.
Tienes la ayuda al alcance de tu mano.
