-Durante el ataque del dragón-
Morgana nunca se había imaginado un dragón de verdad. Es cierto que más o menos tenía una imagen o idea aproximada de la figura de lo que podía ser un dragón: básicamente, un reptil escamoso que escupía fuego por la boca y poseía grandes alas. En realidad, nunca se había imaginado su gran tamaño, sus ojos como piedras doradas, sus grandes alas de murciélago, sus garras como espadas, sus dientes como cuchillos y su gran mandíbula donde el fuego del mismo infierno yacía.
Pero esto era de otro mundo. El dragón era una criatura verdaderamente grandiosa y aterradora. Había conseguido destruir media ciudad en llamas y aún seguían sin matarlo. Morgana había escuchado historias antiguas de cuando los dragones poblaban la tierra en libertad. Siempre pensó que no sería tan difícil matarlos. Cogías una espada, tenían cuidado con el fuego, y le cortabas la cabeza o simplemente hundías el hierro en las escamas donde supuestamente se encontraba su corazón. Sí, parecía así de sencillo. Y ahora veía perfectamente lo ingenua que había sido pensando aquello.
Había visto las llamas, los heridos y, desafortunadamente, los muertos. En la Gran Sala era donde se encontraban todos los heridos y muertos. Había visto a Arthur, con una herida profunda en el hombro; y a Gwen, ayudándolo y curando su fea herida. Había visto también a varios caballeros, la mayoría heridos, y, lamentablemente, los demás muertos. Había visto a Sir Leon ir con otros varios caballeros ir afuera con caras de poca esperanza para enfrentar al dragón. Morgana nunca entendería por qué salían a luchar contra un dragón el cual era imposible vencer. Podría ser valiente, caballeroso u honroso, pero, sobre todo ello, suicida y estúpido. Para que arriesgar vidas contra algo que no se puede vencer. Lo hacían por la protección de Camelot, es cierto, pero no conseguirían nada más que más heridos y muertos. Pero, en parte, Morgana preferiría luchar con ellos sabiendo que sería inútil que estar dentro del castillo sin hacer nada. Es cierto que podía cuidar a los heridos, pero siempre le hubiera gustado ser un caballero y no una dama a la que hay que proteger.
Mientras iba en la Gran Sala toda la gente que había, pudo ver también a Gaius, ayudando y curando a los heridos. Estaba manchado de sangre en las manos, con paños, vendas, medicamentos y demás encima de las mesas que lo rodeaban. Pero algo no encajaba bien. Ver a Gaius solo era como ver un caballero sin su espada. Algo faltaba en él… y eso que faltaba se dio cuenta de que no era un objeto, sino más bien una persona. Y esa persona era Merlín. Claro, Merlín. ¿Dónde se suponía que estaba? Si no fuera porque Arthur estaba herido en la Gran Sala, hubiera dicho que estaba con él luchando fuera, como siempre hacía. Siempre estaba pegado al príncipe. Y era solo un sirviente, pero aun así seguía a todas partes a Arthur. Seguramente si Arthur fuera a la otra punta del mundo, donde le esperaba una muerte segura, Merlín lo seguiría. Hasta el final. Sin duda, la lealtad de Merlín era todo un misterio. Era un misterio porque no entendía el por qué ser tan leal a un príncipe arrogante. Aunque, a decir verdad, había cambiado durante estos años. Exactamente cuando Merlín había venido a Camelot.
En cambio, ahora no parecía estar cerca de Arthur. Eso sí que era extraño. ¿Estaría fuera contra el dragón? No, eso era de locos, y Merlín no era un loco. ¿O sí? Merlín siempre había sido bastante lanzado, y, sinceramente, siempre le había gustado eso de él. Recordó cómo había dado su vida por la de Gwen mostrándose a sí mismo como un hechicero. Pero, si hay algo de lo que se debería recabar, es que, ahora que Morgana lo pensaba, Merlín nunca había temido la magia. De hecho, la había ayudado a ella con su magia e incluso había sabido dónde se encontraban los druidas. Sí, era algo que lo hacía realmente interesante y curioso. No sabía por qué, pero tenía la sensación de que, aunque solo fuera un simple sirviente, Merlín era mucho más que eso. Pero no sabía qué pensar con ello. Tenía la sensación de que Merlín ocultaba algo.
Morgana se dejó llevar por los pensamientos mientras, sin saberlo, había salido de la Gran Sala y había ido por los pasillos sin ningún objetivo o rumbo fijo. Simplemente se sentía curiosa de Merlín. Era algo de lo que le encantaba de él. En general, era un gran amigo: ayudaba a sus amigos, incluso daba la vida por ellos y escuchaba sobre los problemas de los demás. Luego también le encantaba su torpeza, su lado gracioso, su risa y su sonrisa, su valentía (una valentía diferente, no como una cualquiera. No una valentía como de caballero, quien tenía una espada y lo daba todo por defender a su gente. No, Merlín era diferente. Literalmente no necesitaba una espada para defender a los demás. No sabía cómo lo hacía, pero era cierto. Siempre iba al lado de Arthur en las misiones más peligrosas y siempre volvía como si nada.), y, bueno, simplemente todas esas características muy de Merlín que eran imposibles de explicar o nombrar. Simplemente, era Merlín.
Pasó por la puerta principal y, antes de pasarla, una figura alta de pelo azabache con una chaqueta de cuero descolorido entró corriendo, todo manchado de suciedad, sudor y sangre. Era Merlín. Sí, sin duda Merlín había salido a enfrentarse al dragón, y, lo mejor de todo, había sobrevivido para contarlo.
La figura de Merlín desapareció tras una esquina, por el pasillo que daba hasta la Gran Sala. Morgana decidió seguirlo, ya que, para eso había estado andando por aquí, ¿verdad?
En la Gran Sala, pudo ver la figura del sirviente desgarbado ir inquietamente hacia Gaius. El médico giró la atención al chico. Al parecer era algo de suma importancia, ya que Merlín estaba extremadamente serio, al igual que Gaius, que más que serio parecía inquieto.
Morgana no pudo escuchar de lo que hablaban, pero pudo entender que era algo referido sobre el dragón. Tampoco había que ser adivino, Merlín había salido no hace ni un minuto del patio. Pero, al parecer, era mucho más que eso. Esa era la sensación que tenía y que no podía explicar.
Merlín escondía algo.
