¿De dónde leches ha salido ese dragón? Esa era la primera pregunta que se había formulado en la mente de Guinevere. Porque, en cierto modo, ¿cómo era que tal criatura hubiera estado todo el tiempo en el castillo? Nadie nunca comentó acerca de ese dragón. Ni sabía por qué alguien iba a esconder tal monstruo en el castillo. ¿No sería más fácil matarlo? Gwen se castigó mentalmente por decir eso. Los dragones, según las leyendas e historias del pasado, habían vivido desde hace mucho tiempo. Aunque parecieran tan terroríficos (este dragón ya había quemado media ciudad), tal vez no merecieran morir. La pregunta que se hacía era: ¿por qué atacaba Camelot? Habría algún motivo, seguramente.

Según le habían comentado, este dragón era el Gran Dragón, el Último Dragón de su especie. Eso lo causó lástima, ya que seguramente había vivido con otros dragones para luego verlos muertos en la Gran Purga. ¿O acaso no se relacionaban? ¿Podían hablar? ¿Iban en manada o solitarios? Había demasiadas preguntas sobre los dragones que para ella no tenían respuesta.

Durante el ataque del dragón, Gwen había estado ayudando en la Gran Sala a curar a los heridos. Sobre todo, y esperaba que no hubiera sido muy llamativo, había estado con Arthur, quien había tenido una fea herida en el hombro. Esa fue una excusa perfecta para estar con él y hablar.

Tras haber luchado contra el dragón varias veces, sin suerte de victoria, se creó una especie de reunión en la Sala del Rey. Gwen no pudo entrar, pero pudo ver que, además de Arthur y Morgana, entraban Merlín y Gaius.

Gwen sabía que en la reunión iban a comentar acerca de cómo derrotar al dragón. Era obvio. No se iban reunir en medio de un ataque para decidir si poner carne o pescado para cenar. Pero lo que si le picó la curiosidad era qué técnica iban a usar para derrotar a un dragón cuyas armas normales no bastaban. Una palabra se le vino a la mente sin pensarlo: Magia. Gwen tragó saliva. Nunca había temido mucho a la magia, pero si le traía malos recuerdos de cuando, por ejemplo, casi la habían ejecutado por supuestamente usar magia, o por la muerte de su padre, tan injusta, por haber colaborado con un hechicero. Por eso no le gustaba Uther, pero no lo odiaba. Si había algo que había aprendido era no odiar a nadie. Eso nunca traía nada bueno.

Esperó unos minutos más hasta que, para su fortuna, abrieron la puerta, dejando en primera fila a un Arthur con cara seria y, al parecer, algo enfadada. Luego venía Morgana, con expresión también seria, y seguidamente Merlín y Gaius. Esos dos no tenían exactamente expresión seria… era algo más. Merlín parecía un tanto confundido, pero Gaius era diferente… Como si se guardara algo… Quizás tuviera solo temor a algo. Ahora no cabía duda de que iban a usar algo que no sería lo debido.

Gwen se dirigió rápidamente a los aposentos de Arthur. Allí le abrió el mismo Arthur que antes: serio y ligeramente enfadado. Gwen intentó alegrar al príncipe con una sonrisa, quien se la devolvió.

-Guenivere – saludó Arthur mientras la dejaba pasar.

Ambos se sentaron en la mesa, uno al lado de otro.

-¿Qué ha pasado? – preguntó Gwen con algo de impaciencia.

-Debemos buscar algo… - dijo Arthur secamente mirando el suelo -… o mejor dicho alguien.

-¿Quién? – siguió preguntando Gwen confusa pero con curiosidad.

Hubo una pausa incómoda hasta que Arthur respondió.

-Un Señor de los Dragones.