Arthur no podía creer lo que escuchaba. ¿Un Señor de los Dragones? ¿Realmente la última opción era recurrir a uno de ellos; mejor dicho: al último de ellos? Y eso sin saber dónde vivía exactamente, ni cómo era, ni absolutamente nada de él. Únicamente tenían la información más simple que nadie nunca hubiera pensado: su nombre era Balinor y era el último Señor de los Dragones. Y luego tenían que encontrarlo, básicamente preguntando aldeano por aldeano acerca de qué sabían de él.

Sí, ciertamente no iba a ser tarea fácil. Y no era una misión cualquiera, sino que todo Camelot estaba en riesgo de ser incendiada por el dragón. Que, por cierto, nadie sabía cómo había escapado, ni él sabía que había uno escondido en el castillo. Su padre nunca había hablado de él. No había comentado que había estado todo el tiempo en el castillo.

Así pues, no podían fracasar. Debían encontrar al Señor de los Dragones y que así pudiese expulsar, hablar, matar o sea lo que tenga que hacer para que así Camelot no caiga. Y eso sin contar que debían traerle allí por su propia cuenta. No sabía por qué, pero tenía la sensación de que esa parte sería la más difícil. Traerle a Camelot. No sabía explicar por qué pensaba eso, pero ciertamente vio algo en la expresión de su padre que lo alertó. Al escuchar aquel nombre, su padre había sido muy… por decirlo de alguna forma, agresivo y duro. Como si fuera un mal hombre o algo parecido. Sin duda, había algo que su padre no le estaba contando.

Parecía ser que el destino hubiera preparado todo ello, ya que mientras pensaba en ello, su padre apareció en sus aposentos para hablar con él. Arthur se sentía bastante inquieto, y aún no podía descifrar por qué. Es cierto que su padre había entrado con expresión ruda y fuerte, pero muchas veces había hablado con él así y no se había sentido tan inquieto.

-Arthur – dijo Uther como saludo.

-Padre – contestó Arthur mientras intentaba hacer como empacaba más cosas en su mochila para el viaje que sería en unas horas.

Uther cerró la puerta y se acercó con lentas pisadas, expresión firme y severa.

-Sé que esto lo haces por tu pueblo, Arthur, pero has de saber que es demasiado peligroso… – Arthur no estaba de humor para hablar de ese tema que habían discutido minutos antes.

-Padre, ya hemos hablado antes de ello y el asunto está zanjado- interrumpió mientras le miraba a los ojos -. Iré por el bien de Camelot. Es nuestra única esperanza. Y no vas a cambiarme de idea.

Ante tal agresiva respuesta, el rey bajó la cabeza dejando a lado la severidad por una expresión de preocupación y… ¿qué otra expresión había en ese rostro lleno de arrugas? ¿Miedo? ¿Recuerdos malos, puede ser? ¿O angustia? Sin duda, había algo que su padre no le contaba.

Uther se acercó más y se puso delante de su hijo, quien seguía buscando cosas que empacar.

-No voy a replicar eso – eso sorprendió a Arthur – Lo que quiero decirte es algo de lo que nunca he comentado contigo. Este hombre al que vais a conocer no es un hombre cualquiera…

-Un Señor de los Dragones no es un hombre cualquiera, padre – interrumpió Arthur.

-No me interrumpas, Arthur – respondió con tono seco – Además de ser el Último Señor de los Dragones, hay algo más que deberías saber – Arthur fijó la vista al rostro de su padre en la que pudo ver la expresión que le faltaba: dolor -. Balinor es un hombre… complicado, y lo verás en unos días bien por tu cuenta. Es un hombre fuerte, duro, cuyos inviernos se pueden ver reflejados en su rostro en forma de arrugas… - hizo una pequeña pausa cogiendo aire – Pero… hay algo que lo… diferencia de otras personas.

-¿Por cómo es, te refieres? ¿La forma en la que se comporta? – preguntó Arthur confuso.

-No. Me refiero a algo más de su… origen. Su… ser, por así decirlo. Es difícil de explicar, pero pronto comprenderás.

-Entiendo – comentó el príncipe mientras terminaba de empacar.

Mientras su padre se giraba para salir de la habitación, Arthur tuvo una extraña percepción de algo que le había parecido entender de su padre.

-¿Padre?

El rey se giró hacia su hijo casi en la puerta.

-¿Sí, hijo?

-¿Balinor y tú… os conocisteis? – preguntó Arthur con un pequeño temblor en la voz, preguntándose si habría dicho demasiado. El rey tardó un momento en reaccionar, hasta que se dio la vuelta para dirigirse a la puerta.

Pero antes de salir, giró su cabeza mirando encima de su hombro para decir ásperamente:

-Sí, hijo mío. Y no tienes ni idea de cuánto le conozco.

Y con eso, salió de los aposentos dejando a Arthur solo con sus pensamientos.