Cuando Gaius le comentó acerca de Balinor, Merlín no sabía si creerlo. Simplemente, era difícil de creer. Pero lo peor de todo era que tenía sentido, y fue por eso que lo creyó. Hunith, su madre, nunca había hablado de su padre. Ni siquiera había mencionado su nombre. Era como si nunca lo hubiera conocido; como si el viento se lo hubiera llevado para no regresarlo. Como si simplemente con su desaparición, su nombre e identidad nunca hubieran existido y se hubiera olvidado.
Aunque Merlín entendía por qué su madre no había hablado de él, todavía se sentía engañado. Como si le hubieran ocultado su propia vida. Es cierto que tal vez ella tenía miedo de que si Merlín supiera demasiado, podría estar en peligro su vida, la de ella y la de su padre misma. Pero podría haberle nombrado alguna vez. A veces Merlín no entendía por qué la gente le ocultaba cosas.
Fue parte una suerte que Gaius le hubiera advertido acerca de la verdad de Balinor, ya que, si lo hubiera sabido por la cuenta de la boca de un hombre desconocido que llamaban el "Señor de los Dragones", pues o bien se hubiera desmayado, o bien lo hubiera tomado como un hombre mal de la cabeza. Ciertamente, Merlín no creía que se desmayaría en tal ocasión, pero tampoco podía asegurarse de cómo hubiera reaccionado. Luego la otra pregunta era si lo hubiera reconocido como su hijo. O si incluso supiera que tenía un hijo.
Pero al llevar unas horas con la verdad en la cabeza, ya lo había razonado y sobrepasado. Sabía que su padre era alguien que supuestamente también tenía magia, lo que era un gusto saber que compartían algo. Al parecer, los Señores de los Dragones tenían magia por naturaleza, o eso pensaba él. Si nacían con ese poder de invocar y hablar con dragones, seguramente también nacieran con magia como él. ¿Cierto? ¿O no nacían con magia? ¿Y si además tampoco surgieran con el poder de contactar con los dragones? ¿Y si era algo que se pudiera aprender? Muchas preguntas rondaban en la cabeza de Merlín acerca de todo el tema, pero no se atrevió a preguntar a Gaius porque se suponía que estaba afectado por saber quién era su padre.
Gaius le había hablado anteriormente varias veces de los Señores de los Dragones. De cómo podían hablar su lengua y con ello invocarlos, mandar que hicieran lo que les ordenasen o conversar pacíficamente con ellos sin que te chamusquen. Le había hablado de su historia. De cómo antes, al igual que los dragones, eran muy numerosos. Pero, al igual de nuevo como los dragones, habían sido perseguidos y ejecutados por Uther en la Gran Purga por ser considerados gente mágica. Luego también le había contado y narrado cómo los Señores de los Dragones habían ayudado a Uther antes de la Gran Purga. Pero, por lo demás, no había escuchado nada más acerca de ellos.
Los pensamientos de Merlín fueron interrumpidos con la voz de Arthur llamándolo.
-¡Merlín! – exclamó mientras se dirigía hacia él, bajando las escaleras del patio, donde había dos caballos, uno para cada uno esperándolos -. ¡Prepara dos caballos más!
Merlín no entendió el motivo hasta que vio a Lady Morgana y su sirvienta, Gwen, bajando por las escaleras detrás de Arthur ya vestidas y preparadas para el viaje. Merlín se quedó un tanto confuso, ya que esperaba que Arthur no dejara ir a ninguna de las dos en tal viaje. Aunque, ahora que lo pensaba, no sería tan peligroso. Sabía que su padre no les haría daño, o por lo menos tenía esa sensación. Al fin y al cabo, su padre no era un monstruo.
Y había llegado la hora de partir. La hora de llegar al lugar donde se escondía y se había escondido a lo largo de los años su padre, el Último Señor de los Dragones.
