Mi primera historia del año jaja es un edit de esta misma historia, pero como que me fui un poco por las ramas(?) La voy a subir en tres o cuatro partes, una por día, hasta el 4 de enero, que fue el día en que subí la historia original hace siete años holy shit jaja igual, soy alte bolude, porque flasheé que era cuatro de enero, pero fue el tres jaja, así que mañana a la noche subiré el resto. O no(?)

Los personajes no son míos, si lo fueran, sería un todos con todos.

Disfruten.


Dulce ironía, porque ella iba a fingir que se perdía para no asistir a la fiesta. ¿Hubiera sido más fácil mentir, diciendo que estaba enferma? Por supuesto que sí, pero si les preguntaban a sus conocidos, ellos dirían que era buena para todo, excepto para eso. Por eso pensó en algo rebuscado. El plan hubiera sido infalible, sino fuera porque, en medio de la nada, su auto murió. Ahí fue cuando se dio cuenta de lo terrible de su mentira, es decir, todos creerían que se habría quedado varada en la carretera, sola, de noche. Esa era trama de película de terror y les dejaría los pelos de punta.

Conectó su celular que, convenientemente, se había quedado sin batería, y estuvo veinte minutos tratando de arrancar el auto para que cargara un poco. Bien. Ocho por ciento.

Revisó veloz el mapa, memorizó dónde estaba, y llamó una grúa, explicando veloz qué había pasado, quedando en que tendría que esperar una hora. Luego de la llamada, le quedaba tres por ciento, batería que aprovechó para avisar que no asistiría a la fiesta, que algo surgió y que lo lamentab–

Bueno. Ahí murió su escasa batería.

Suspiró y cerró los ojos, resignada a esperar. Tal vez demoraba menos de una hora la grúa. Tal vez demoraba más. Ah, siempre le salían las cosas mal cuando mentía.

Fue de mala amiga lo que había hecho. Mentir para evitar la fiesta. Había pensado en decir la verdad, no me gustan las fiestas, pero ya sabía qué respondería ella.

Ay, Yellow, no seas amargada.

¿Amargada? Que tuviera veintisiete años y no le gustaran sus fiestas, no significaba que fuera amargada.

Vio luces viniendo hacia ella y pensó que era la grúa, pero luego recordó que esa era una carretera de un solo sentido. Pensó que la iba a chocar, algún conductor irresponsable, pero no. Bajó la velocidad hasta detenerse a su lado, un hombre en una motocicleta. Lo miraba por el rabillo del ojo, como fingiendo que no estaba ahí, hundiéndose más y más en el asiento. Él se bajó y se quitó el casco, acercándose al auto. Se paró y, cuando vio que ella seguía ignorándolo, golpeó apenas el vidrio.

―¿Pediste una grúa? ―preguntó en voz alta.

Entonces, Yellow lo miró, estaba inclinado a la altura de la ventanilla, tenía cabello oscuro y ojos marrones, bajo sus pesados párpados. No le inspiraba confianza.

―Eso no parece una grúa ―dijo, refiriéndose a la motocicleta.

―Qué observadora ―masculló con sarcasmo―, todas están ocupadas. Vine a revisar tu auto.

―¿Tu identificación?

¿Mi qué?

―Identificación ―repitió, sintiendo algo raro formarse en la boca del estómago―, o algo que pruebe que vienes a buscar mi auto.

Él se irguió y se pasó una mano por la cara, exasperado. Se volvió a la moto, levantó la tapa del asiento y rebuscó entre la basura que guardaba ahí. Después volvió a ella y le mostró una identificación con su foto. Ella abrió la ventanilla apenas y le soltó la tarjeta dentro, haciendo que caiga a cualquier lado.

―Rudo ―murmuró, molesta. Cuando encontró el objeto, lo miró. Grúas Silph CO. Gold Hibiki. Cuarta copia, por favor, Gold, DEJA DE PERDERLAS.

Huh...

―¿Entonces? ―estaba cruzado de brazos, mirándola. Bajó la ventanilla del todo y le devolvió la identificación, que él tomó un poco brusco, metiéndola en el bolsillo trasero de su pantalón―, abre el capó.

Presionó el botón y se quedó en su lugar, tratando de evocar de dónde reconocía ese nombre.

Unos minutos después, Gold se paró a su lado, limpiándose las manos en el pantalón.

―Tus bujías son un asco, por eso no funciona.

―¿Puedes arreglarlo?

Él bufó―, por supuesto, pero eso es si no están fundidas.

Se giró a la moto, otra vez al compartimiento del asiento, de donde sacó una pinza y un trapo.

―Ven a ayudarme ―dijo al pasar junto a ella.

Yellow bajó la vista a sus pies, a los zapatos nuevos que la estaban destrozando. Suspiró y salió del auto. Se acercó con timidez a Gold, pero él ni la miró; le dio su celular con la linterna prendida y ella iluminó donde estaban sus manos. La luz iluminaba su rostro por rebote, tenía la cara sucia con grasa de motor y el ceño fruncido en concentración. ¿De dónde lo conocía?

―Sí, ya sé que tengo la cara sucia, así que, deja de ojearme.

―No– lo siento, solo… ―dudó por un segundo, picando la curiosidad de él, que la miró. Yellow se encontró con su mirada―, ¿creo que nos conocemos? Tu nombre se me hace familiar, pero no puedo recordar…

Gold la miró de arriba abajo, con una sonrisa, y Yellow frunció el ceño.

―Estoy seguro de que te recordaría, pero no me molestaría conocerte ahora.

Hizo una mueca―, ¿tal vez de la secundaria?

Él frunció el ceño, de repente molesto, y se volvió al auto.

―No lo creo ―masculló. Ella siguió mirándolo, poniéndolo más y más tenso, hasta que soltó las bujías con brusquedad―. Esta mierda no sirve.

Se limpió las manos apenas con el trapo, tomó la pinza y cerró el capó, con fuerza. Pasó de largo de Yellow, hacia la moto, guardó las cosas de vuelta y se puso el casco. Ella caminó veloz a él, confundida y preocupada.

―¿Te vas? ¿Y mi auto?

Se encogió de hombros y estiró la mano para que le diera el celular, pero ella lo abrazó contra su pecho.

―Dámelo.

―¿Y mi auto? ―repitió.

Gold rodó los ojos y se sacó el casco, dejándolo sobre su cabeza. Abrió la boca, pero luces y el sonido de un auto lo distrajo. Una camioneta oscura, con música alta, se detuvo.

―Oigan, es peligroso eso ―dijo un hombre desde el asiento del acompañante―, deberías poner un aviso más atrás o algo, por la curva.

―Sí, gracias ―respondió Gold, sin mirarlo―. Dame mi teléfono.

―No, quiero saber qué va a pasar con mi auto.

―¿Se descompuso? Podemos llevarte a una estación ―volvió a hablar desde el otro auto.

Yellow lo miró y sonrió cortés―, no, te lo agradezco.

―¿Prefieres quedarte con este perdedor?

―Dijo que no, así que, esfúmense ―se giró a ellos, frunciendo el ceño y poniendo su peor cara.

―Vete a la mierda ―respondió, ofendido, y el auto arrancó, dejándolos solos otra vez. Gold giró a ella.

―Dame. Mi. Teléfono.

―No ―dio un paso atrás, pero trató de mantenerse firme―, ¿podrías siquiera responder una pregunta?

Él gruñó molesto, se quitó el casco y ella estaba segura de que lo iba a estrellar contra el suelo, pero no lo hizo. Cerró los ojos, respiró profundo y dejó el casco sobre el vehículo.

―Voy a ir a la estación ―usó un tono exasperado―, les voy a decir dónde estás y mandarán una grúa.

―¿Cuánto tardarás?

―¡Mierda, no lo sé! ¿Me puedes dar mi puto teléfono?

―¡No! ―exclamó también―, ¡no me quiero quedar sola aquí, ¿bien?!

Gruñó otra vez, dio una vuelta, maldiciendo en voz baja. Se volvió a Yellow, frunciendo el ceño. Estaba a punto de decirle que no, pero sospechaba que el cargo de conciencia sería alto esta vez.

―La puta madre ―murmuró. Tomó el caso y se sentó―, cierra tu auto.

Lo miró un segundo, preguntándose algo tarde si sería buena idea, pero le hizo caso. Aprovechó para cambiarse los zapatos por las zapatillas de deporte que había traído del gimnasio en la mañana, y tomó su bolso.

―Listo.

Gold la miró apenas cuando le habló, pero se giró por completo, sorprendido.

―¿No eras más alta, recién?

―Uh, sí, tenía tacones ―respondió contrariada. Recibió el casco de él y se lo puso―. ¿Tú no usarás?

―Como evidentemente no te imaginas, solo tengo uno.

―Oh.

―Exacto.

Subió y ella detrás. Se sujetó apenas de su chaqueta, tímida e incómoda, además de insegura, porque era la primera vez que subía a una motocicleta. Gold rio apenas, porque se daba cuenta, y se imaginaba el susto que ella se daría cuando arrancara. Debería hacerlo suavemente.

―¡M-mierda! ―exclamó Yellow por el movimiento abrupto. Rodeó la cintura de él y se apegó con toda su fuerza, haciendo una nota mental de nunca más repetirlo.

Se detuvo kilómetros después, de la misma forma abrupta con la que arrancó, provocando que chocara otra vez y le diera un cabezazo con el casco. Yellow se bajó molesta y le dejó el casco, brusca, contra el pecho.

―Auch ―dijo, con el atrevimiento de ofenderse. Puso la traba en la moto y se bajó, llevando el casco con él. Estaban en un taller de reparación con un bar al costado. Gold le hizo un gesto con la mano mientras miraba su celular―, ve a esperar ahí o algo.

―¿Y mi auto?

―Eres un disco rayado.

―Y tú– ugh ―se dio la vuelta, harta.

El bar era común, nada fuera de lo normal. Estaba bastante vacío, solo un par de personas jugando a las cartas en un rincón. Se acercó a la barra y preguntó si había alguna toma de corriente. Se lo conectó a un costado y le ofreció una bebida.

―¿Café? ―no estaba segura si tendrían, pero asintió―, con leche, por favor.

Su celular prendió, y no supo qué la sorprendió más, si el hecho de que no tuviera más mensajes que un ok, o el que se sintiera decepcionada. Bueno. Seguro que se imaginó que no iría al final.

―Tengo buenas y malas noticias ―Gold se sentó a su lado, haciéndola saltar apenas―, oh, ¿qué tomas–? Ugh, café.

―¿Cuáles son las malas noticias?

―La grúa se descompuso en la ciudad, así que está esperando otra grúa ―pidió una cerveza.

―Vamos… ―se pasó una mano por la cara―, ¿y las buenas?

―Que me pagarán horas extras gracias a ti ―festejó solo y dio un trago a la bebida.

Suspiró, molesta y resignada. Mientras su teléfono cargaba, Yellow aprovechó para ver las redes sociales, específicamente si alguien había publicado algo respecto a la fiesta.

―Así que… ―giró a Gold, y lo vio viendo su celular también. Frunció el ceño y lo bloqueó, encontrándose con su mirada cuando se volvió a él―, ¿te perdiste una fiesta?

―Algo así ―respondió, seca.

―Si quieres, puedo llevarte. Siempre estoy listo para festejar.

―¿No se supone que estás trabajando? ―se encoge de hombros―, igual, no, gracias, no es una fiesta a la que quiera asistir.

―Oh, ¿así de aburrida eres?

¿Así de rudo eres?, quiso devolver, pero solo se encogió de hombros.

―No me gustan las fiestas donde no conozco a nadie.

―Esas son mis favoritas ―rio y siguió―, cuando no conoces a nadie, puedes hacer cualquier cosa y quedará en el olvido. A menos que llamen a la policía.

Lo miró, ceñuda y contrariada, y él rio más antes de dar otro trago a la cerveza. Yellow se quedó mirándolo, su mente picando todavía por encontrar algún recuerdo de él, porque estaba segura de que lo conocía. Tenía que ser de la secundaria, porque el puñado de gente que Yellow conoció desde entonces seguía presente tiempo después. Cuando salió de la secundaria, se alejó de todo y todos, quedándose solo con su mejor amiga, la organizadora de la fiesta a la cual. Cuanto más lo pensaba, más grande le quedaba ese título.

―¿Estás seguro de que no nos conocemos? Me pareces demasiado familiar.

―No lo creo, yo solo conozco gente no aburrida ―se burló y ella gruñó apenas, haciéndolo reír más―, ¿qué fue eso? ¿Vas a morderme?

―Eres– eres… imposible para hablar.

Gold le soltó una carcajada, haciéndola enojar más.

Dios, por un momento creí que ibas a decir algo, no sé, ofensivo.

―Tal vez tú sí seas rudo y maleducado con desconocidos, pero yo no, así que, por favor, déjame en paz.

Se giró un poco en la silla, para darle la espalda y dar por concluida la charla, pero Gold seguía ahí, riendo apenas.

―Vamos, estoy jodiendo ―bostezó y se apoyó en la barra, mirándola―. Además, si vamos al caso, nunca te presentaste ni nada por el estilo.

Yellow fingía usar el celular porque no tenía wifi y los datos móviles que le quedaban eran contados. Frunció el ceño por lo que el otro había dicho.

―… Nunca me preguntaste ―murmuró, en respuesta.

―Ah, recordé que no me interesa.

Soltó una carcajada.

―No fue gracioso ―murmuró, otra vez, cuando él terminó.

Gold se había quedado un rato más, terminó la cerveza, charló con el empleado de la barra y luego se fue a sentar en la mesa donde jugaban a las cartas. Yellow aprovechó la tranquilidad– figurativa, claro, porque con Gold allí, la mesa hacía muchísimo más ruido, y lo buscó en las redes sociales. Hibiki no era un apellido común, por lo que le fue fácil encontrarlo. Lo reconoció en su foto, una bastante actual, tal parecía. Su perfil no estaba privado, pero sí bastante inactivo. Revisó todo su perfil, sin vergüenza, llegando hasta las profundidades más oscuras del mismo.

―Oye, la grúa está viniendo. Vas a la ciudad, ¿verdad? ¿Te molesta llevarme? ―Gold apareció a su lado una vez más. Yellow apagó el celular veloz y lo dejó, volteado, sobre la mesa―, ¿qué estabas haciendo? ¿Algo malo? ―se burló.

―¡Cl-claro que no! ―respondió, tratando de reír para ocultar su descubrimiento. Él la miró raro, pero se quedó, esperando su respuesta―, y, uh, ¿claro?

―Genial, cuando esté tu auto listo, te aviso.

Eran alrededor de las cuatro de la mañana cuando su auto estuvo listo. Se tomó otro café, negro y fuerte, para espabilarse antes de salir. Gold la esperaba afuera, estaba cambiado y llevaba una mochila. Estaba apoyado en su auto, fumando algo que no era un cigarro.

―Mierda ―se atragantó con el humo cuando la vio y tosió―, creí que tardarías más ―rio, incómodo.

―Pues, no. ―Pasó de largo de él y se subió, aguantando la respiración. Siempre odió ese olor.

Él apagó el cigarro de hierba, lo guardó y se subió al auto.

―Apestas ―comentó.

―Sí, a flores ―la miró, esperando que riera con su broma, pero ella lo miró ceñuda―, bueno, bueno, creo que tengo una colonia o algo aquí.

Rebuscó en su mochila y sacó un desodorante. Tiró un poco y ambos tosieron por las ventanillas cerradas.

―Upsi ―rio apenas. Yellow arrancó el auto, pero no avanzó, solo se quedó mirándolo―, ¿qué?

―Cinturón.

―Vamos… ¿De verdad?

―Por supuesto que de verdad, es seguridad básica, Gold.

Él entrecerró los ojos, con sospecha.

―¿Cómo sabes mi nombre?

Lo miró un segundo, dilucidando si bromeaba o no.

―¿Me estás–? Me habías dado tu identificación, ¿recuerdas?

―Ohh… ―se abrochó el cinturón―, por un momento creí que eras una acosadora o algo por el estilo.

Yellow arrancó, alejándose del taller y del bar. Iba ansiosa, tamborileando los dedos en el volante, pensando cuál sería la mejor forma de preguntar.

―¿Estás bien? ―Gold tenía una ceja elevada.

―Me preguntaba ―comenzó ella―, qué sucedió con la motocicleta.

Él se encogió de hombros, girando hacia la ventanilla.

―Está algo floja, la dejé para que la revisen y aproveché que vamos hacia el mismo lado.

―La ciudad es bastante grande.

―A dónde sea que me dejes, está bien. Me las arreglo.

Ella asintió.

La carretera era oscura, con escasas luces cada varios metros. La radio estaba apagada y lo único que llenaba el ambiente era el motor del vehículo. Si en un principio había tenido dudas, ahora estaba segura. El perfil de Gold, sus fotos viejas de hacía diez años, le habían hecho recordarlo, además de que asumía que él también la recordaba, lo cual justificaría el pedido del aventón. Es decir, él no le pediría un viaje a una completa extraña, ¿verdad?

―Entonces… ―murmuró ella. Lo miró de reojo, pero él no volteó―, ¿no nos conocemos de ningún lado?

Él suspiró. Por un segundo pensó que le daría una respuesta ruda o agresiva, pero él solo se encogió de hombros, restándole importancia.

―No te recuerdo de ningún lugar.

―¿Tampoco de la secundaria? ―él la ignoró―, ¿Yellow Viridian?

Lo miró un segundo, esperando una reacción. O de verdad no se conocían, o él la había reconocido hacía bastante.

―Eras el novio de la amiga de mi mejor amiga ―él la miró una con una mueca de desagrado y curiosidad, y ella se explicó―. Lorelei.

―¿Ella es tu mejor amiga? ¿No tienes amor propio?

―Hey– entonces, sí eres tú.

―Sí, felicidades, Yellow, destapaste un misterio que a nadie le importa ―masculló, hundiéndose en el asiento, analizando qué tanto dolería saltar del auto a esa velocidad.

―Me costó mucho reconocerte ―por supuesto que no mencionaría que lo buscó en internet―, digo, tu cabello es tan distinto.

―¿Hace falta que hablemos de esto?

―Ah– ¿supongo que no? Pero es que me llama mucho la atención, porque en la secundaria lo tenías totalmente amarillo, como, del mismo tono que yo…

Gold se estiró y encendió la radio, subiendo el volumen al máximo. Ella lo dejó, porque resultó que era una canción que le gustaba. Cuando terminó, lo bajó, dejándolo de fondo.

―¿Y qué ha sido de tu vida? ―preguntó, porque no sabía cómo dejar ir un tema.

―No sabes dejar ir un tema, ¿verdad? Pues… ―se encogió de hombros―, trabajo ahí, donde las grúas.

Frunció la nariz―, ¿cómo haces para trabajar ahí?

―¿Qué significa eso?

―Es decir, es el medio de la nada.

―¿Qué hay de ti? ―cambió de tema y la miró―, recuerdo que en la secundaria siempre estabas con este chico… ¿cómo se llamaba? El que era como un Golden Retriever.

―Dios, ¿estás hablando de Red? ―soltó una carcajada y él asintió, riendo también―, luego que terminamos, nunca más lo vi.

―¿Terminaron? Uff, ¿salías con Red? ―rio otra vez, pero ella no le encontraba la gracia.

―¿Qué tenía de malo él? Era dulce.

―Era empalagoso, era– ―soltó una carcajada―, Dios, era un nice guy.

Ella rio también, pero exclamó―, ¡no era un nice guy! Igual, no salí con él, me refería a cuando salimos de la secundaria. Luego de terminar, no hablé con nadie.

―¿Y Lorelei?

―Nos encontramos en segundo de la universidad, estudiábamos lo mismo. Nunca hablamos realmente de la secundaria, no éramos tan amigas, pero como siempre nos llevamos bien, supongo que seguimos juntas.

―Lorelei me caía tan mal ―murmuró él, con una pequeña sonrisa, pero un tono molesto―, siempre hablaba mal de mí con Crys, le llenaba la cabeza con mierdas que no eran verdad.

Quería preguntar a qué se refería, pero no creyó que fuera a contarle.

―Lorelei es… singular a veces ―dijo, en cambio.

―Cierto, es tu mejor amiga ―murmuró, irónico.

―Oye, que lo sea no significa que no pueda ver que cómo es en realidad ―respondió, frunciendo el ceño, sin quitar la vista de la carretera.

―¿Y cómo es en realidad? ―se cruzó de brazos.

Es una mala amiga, pensó. Lorelei era una persona particular, no era mala, pero tampoco era buena. Jugaba solo para su equipo y buscaba su propio beneficio. Era egoísta y egocéntrica, cosas totalmente contrarias a Yellow. ¿Por qué seguían siendo amigas?

―No lo sé ―mintió, no queriendo compartir lo pensado―, no la conozco tan bien. Ni siquiera sé porqué somos amigas.

―Y deja de ser su amiga.

―No es tan fácil, Gold…

Él frunció el ceño y giró a ella, contrariado―, pero, uh, ¿sí lo es? Levantas el teléfono y dices "oh, Lorelei, vete a la mierda sin ninguna razón en particular, y no me hables nunca más". Fin del tema.

Ella rio suave.

―Supongo que sí es fácil.

Quedaron en silencio. La canción en la radio terminó y la voz de la locutora, grave y clara, la reemplazó. Eran apenas pasadas las cinco y ya casi entraban en la autopista de ingreso.

―Ahora que lo pienso ―dijo Gold, en tono pensativo―, ¿por qué estabas tan lejos de la ciudad?

Ella sonrió apenas, avergonzada.

―Me escondía de Lorelei ―él resopló, divertido―, tuve que hacer unas cosas en el pueblo y me aseguré de tardar lo suficiente como para llegar tarde a la fiesta de ella, como, una excusa para no ir.

―Te salió bien.

Bajó de la autopista, en una calle empedrada, ya dentro de la ciudad.

―¿Dónde quieres que te deje?

Él bostezó―, ¿qué harás tú?

―¿Dices adónde voy? ―paró en un semáforo y lo miró.

―No, uh… ―tenía las manos en los bolsillos de la campera, y se veía algo avergonzando―, estaba pensando en ir a desayunar, ya que a esta hora abren los lugares de comida rápida… Qué mierda sé, cómo sea.

Se puso en verde y arrancó, sonriendo apenas, sorprendida de la invitación.

―Claro, suena bien.


Horas después, viendo el número de teléfono de ella anotado en una servilleta, aún se preguntaba porqué la había invitado. Porqué había hablado con ella. Porqué le había pedido el aventón. La motocicleta estaba en perfecta condición y ahora no tenía idea de cómo llegaría al trabajo en la noche.

El día que dejó la secundaria, juró que nunca más volvería, no importa qué. Hablar con Yellow era el equivalente de volver, así que estaba decepcionado de él mismo, lo cual no era nada nuevo, pero–

Le llamó la atención que lo reconociera, pero más le sorprendió que él mismo la recordara. ¿Cómo evitarlo, si estaba exactamente igual? Yellow había pasado desapercibida los dos años que habían ido a la secundaria, sabía su nombre solo porque estaban en los mismos grupos de amigos, pero hasta por ahí, no más. Lo que más recordaba de ella era su silenciosa presencia, cómo siempre estaba con Lorelei y con Blue, porque no recordaba que estuviera tanto con Crys. ¿Cuándo había sido la última vez en que había pensado en ella? También había jurado no repetir su nombre luego de la secundaria, pero henos aquí.

Había odiado la secundaria y a toda la gente que había conocido ahí, pero ahora, con veintiséis años, Gold comenzaba a preguntarse si ellos le hubieran caído bien si tan solo les hubiera dado una oportunidad.

Suponía que, habiendo quedado en ir, alguno de estos días, al centro comercial con Yellow para ir al centro comercial, no era tan tarde para intentarlo.

―¿Cuál es mejor? ―extendió dos prendas, comparándolas.

―Te dije el otro día que no tengo la más mínima idea de moda.

―Vamos, haz un esfuerzo, es para una entrevista de trabajo.

―¿Entrevista? ―Yellow se giró a él, sorprendida―, ¿y el taller de grúas?

Gold se encogió de hombros―, creo que podría hacer algo mejor.

―Eso… me alegro por ti ―sonrió y él volvió a colgar las prendas en el perchero.

―Además, creo que me van a echar dentro de poco ―rio apenas y sacó otra camisa. La puso frente suyo y se miró en el espejo, evitando los ojos y el ceño fruncido de Yellow en el reflejo.

―¿Por qué lo crees? ―se encogió de hombros―. Comienzo a pensar que, cuando haces eso, es porque no quieres responder.

―Iré a probarme esto ―la ignoró.

Siempre tomaba las peores decisiones drogado, ¿por qué pensó que sería buena idea volver a ver a Yellow? Se pasó las manos por el rostro, queriendo relajarse, y salió con la camisa puesta.

―¿Cómo me veo? ―dio una vuelta. Era camisa de vestir, roja oscura, remangada hasta los codos.

―Bien ―respondió, veloz.

―Ay, Yellow ―se burló él, haciendo un gesto―, deja de coquetearme tan desvergonzadamente.

Ella se ruborizó apenas y rio―, hablo en serio, te queda bien, pero si es para una entrevista de trabajo…

Él se estaba mirando en el espejo, mirando su panza en especial―, ¿pero?

―No es recomendable usar rojo ―él la miró, incrédulo―, ¡de verdad! Tal vez, sería mejor en azul. Estadísticamente–

―Bla, bla, bla… ¿No crees que me marca mucho la panza? ―se encorvó y se agarró los rollitos―, todo esto es culpa de la cerveza de mierda.

―No le veo nada de malo ―respondió.

―Entonces, sí me la marca.

―No, bueno, ¿sí? Pero tampoco es como si tuvieras panza-panza ―dijo, tratando de no meter la pata.

―¿Qué significa eso?

―Tengo hambre ―se acercó y lo empujó, de vuelta al vestidor―, termina de una vez.

Él entró y cerró la puerta, pero veía por debajo de la misma que ella seguía ahí.

―Tienes… ―comenzó insegura, llamando su atención mientras se quitaba la camisa―, tienes una silueta normal, ¿sí? Esa pancita es agradable.

Escuchó sus pasos veloces y se miró en el espejo, acariciándose apenas el estómago.

Se puso su ropa y salió.

―¿Vamos? ―ella levantó la vista de su celular y se levantó del asiento.

―¿No llevarás nada?

―Nah, si me dijiste que todo me quedaba horrible.

Ella lo miró, frunciendo el ceño―, ¡claro que no!

Él rio y le pasó el brazo por los hombros―, estoy bromeando. ¿Qué quieres comer?


Gold no había vuelto a hablarle después del paseo en el centro comercial. Le había mandado un mensaje, algunos días después, pero él no había respondido.

Supo de él un mes después, cuando estaba en casa de Lorelei. Estaban empezando los días de calor de primavera y ambas estaban en el balcón, pasando el rato. Su teléfono había sonado, un número desconocido.

―¿Hola? ―contestó, recelosa. Lorelei agarró los vasos y entró en el departamento.

¿Yellow?

Se levantó y fue a un rincón más alejado, mirando hacia la puerta, por si Lorelei regresaba.

―¿Gold? ¿Pasó algo?

No, ¿por qué lo dices? ―su voz era grave y rasposa, y hablaba en voz baja―, ¿cómo has estado?

―Uh, bien. ¿Tú? ¿Dónde estás?

Yo… quería pedirte un favor ―sintió un nudo en la boca del estómago y sintió que esto no terminaría para nada bien―, necesito… dinero.

―Gold, ¿dónde estás? ¿Qué está pasando? ―preguntó, más firme, pero él rio.

¡No pasa nada! Perdí una apuesta con un amigo y, uh, se va a enojar mucho si no le pago. Como, mucho-mucho.

―No suena como un amigo, en realidad.

Por favor, Yellow, eses urgente, y eres la única que puede ayudarme, por favor ―rogó y la hizo sentir mal.

―¿Cuánto dinero? ¿Dónde estás?

Lorelei volvió y ella ya había recogido sus cosas. Inventó una excusa y se fue. Cuando estacionó delante de su departamento, Gold ya estaba ahí, sentado en la entrada. Si su voz ya había sonado mal, su aspecto era terrible. Tenía una sudadera que parecía que la usaba hacía una semana, lo veía más delgado y pálido, además de sudoroso.

―¡Qué veloz! ―bromeó, levantándose en su lugar de un salto.

―Gold, Dios, ¿estás bien?

―Claro ―rio, restándole importancia―, ahora, no quiero ser rudo, pero mi amigo me espera y no es muy, uh, paciente.

El ceño de ella estaba fruncido y no dejó de estarlo mientras ingresaban, ni cuando subían en el elevador, ni cuando entraron en su departamento. Entró en su habitación y cerró la puerta tras ella, luego sacó un poco de dinero de sus ahorros. No era tanto lo que le había pedido él, pero era una cantidad considerable de dinero. Le daba muy mala espina.

―Somos– te considero un amigo, ¿sí? Así que, si tienes algún problema, puedes hablar conmigo ―le dio el dinero y él lo guardó en el bolsillo delantero de su pantalón.

―Yellow, está todo bien. No estoy en problemas.

―No te ves bien, Gold, te ves como la mierda.

―Woa– eso es rudo ―rio.

―Estoy hablando en serio.

―Está bien, lo siento ―sonrió y la miró, y ella vio los ojos rojos y cansados, y las pupilas dilatadas―. Hagamos algo en la semana, ¿sí? Luego te llamo.

No dijeron nada más en el recorrido en el elevador, ni cuando se fue.

Esa noche, no pudo dormir. Pensaba en Gold, en cómo no se había dado cuenta de que tenía un muy evidente problema de drogas, cuando, en realidad, nunca había tenido razón para pensarlo. Pensaba en qué estaría haciendo, en si ese dinero sería para pagar una deuda de verdad, a pesar de que lo más probable es que fuera para drogarse. Esperaba que no lo hubiera ayudado a darse una sobredosis.

Se levantó de un salto cuando su teléfono sonó, decidida que, si era él, no lo dejaría irse de su departamento.

―¿Gold?

Buenas noches, ¿es usted familiar de Gold Hibiki?


La historia original la voy a subir cuando termine de subir estas partes jaja salu2

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