Para Morgana el viaje fue tranquilo y alegre. Atravesaron los bosques periféricos de Camelot, yendo al Bosque de Ascetir al este, sin ningún inconveniente. De hecho, hasta hubo risas y cantos en el viaje. Todos estaban felices y tranquilos. Todos menos uno: Merlín.

Merlín. El muchacho divertido, gracioso y alegre que hasta en los momentos más tristes sacaba alegría. Aquel que daba una sonrisa, y, con ello, el humor de hasta los más amargos como Arthur podían mejorar extraordinariamente. Aquel cuya sonrisa iluminaba todo su alrededor, pudiendo dar luz hasta en una cueva oscura y tenebrosa. Aquel cuya risa contagiosa cambiaba el ritmo de los días, el clima y el estado de una persona repentina y milagrosamente. Aquel cuyas bromas, a veces incluso estúpidas, hacía por lo menos sacar una sonrisa, y hacía los días menos duros y más brillantes.

Pero ese día no. Ese día Merlín se había ido. No estaba allí realmente. Ese Merlín no era el que ella conocía. Este Merlín nuevo, que no le resultaba nada cómodo de momento, tenía la cabeza gacha, mirada perdida y expresión seria y preocupada. Nunca hablaba, nunca charlaba, nunca sonreía, nunca reía, nunca nada. Nunca miraba a ningún otro lugar que la crin del caballo. Nunca giraba la vista, nunca los miraba. Nunca reaccionaba a las risas ni a las bromas. Nunca se inmutaba en contestar. Simplemente, Merlín no estaba. Y así, el día que aparentaba estar soleado, ya no parecía tan brillante. Así, con ese Merlín, el día no era soleado, sino lluvioso con grandes nubes que acechaban tormenta.

Morgana no sabía qué le pasaba a Merlín. Sí, es verdad que iban a ver al Último Señor de los Dragones, pero eso no significaba peligro exactamente, no? ¿O sí era peligroso? ¿No era buena idea ir allí? Si había algo que había aprendido era que, aunque aparentemente pareciera, Merlín no era tonto. De hecho, era realmente listo y astuto. Sabía lo que se avecinaba. Sabía cómo actuar sin meter la pata. Sabía cómo ayudar. Sabía qué hacer, cuándo y cómo. Sabía hacer de todo. Podría ser alguien patoso y torpe, pero no era tonto, como siempre hacía creer Arthur. Y él lo sabía más que nadie. Merlín siempre estaba ahí con él, normal que se diera cuenta de lo valioso que Merlín podía ser, aún siendo un sirviente. Sin él, Arthur ya estaría muerto el primer día que Merlín vino a Camelot.

Pero Morgana ahora sí se preocupó por ello. Cuando se prepararon para cenar a la caída del sol en el horizonte, Morgana se percató de que parecía ahora Merlín: cabeza gacha, mirada perdida y expresión preocupada. Si Merlín se encontraba de tal humor, no era por una tontería. Eso estaba más que seguro. Cuando Merlín se comportaba así era por algo. Eso fue lo que le preocupó.

De nuevo, tenía la sensación de que Merlín sabía más de lo que hablaba. De hecho, repentinamente una palabra para describir a Merlín en ese momento se le vino a la cabeza, sin saber por qué: sabio. Sí, en verdad parecía sabio en ese momento. Pudo ver en sus ojos algo más que la inocencia que siempre pensó que tenía. Pudo ver que esos ojos mostraban muchas cosas de su pasado, y no parecían buenas ni placenteras. También pudo ver algo… algo que era difícil de escrutar. Parecía como si soportara una carga muy pesada en esos ojos. Una carga pesada y, al parecer, importante. Sin ninguna duda, esos ojos azules eran extraordinariamente interesantes, curiosos y hermosos. Espera, ¿acababa ella de decir hermosos? Sí, ahora que lo pensaba, eran realmente hermosos. Esos ojos azules, tan brillantes, que parecían mirar más allá del exterior. Podían ver más allá. En la luz del fuego tenían un color negro brillante. Muy extraño.

Morgana entrecerró y se acercó un poco más para poder ver un poco más bien. No solo sus ojos eran hermosos, sino todas sus facciones. Tan delgadas y delicadas, moldeadas perfectamente… Fue en ese momento cuando Merlín levantó la cabeza y sus ojos, mirando a través de ella como siempre parecían hacer, miraron directamente a Morgana.

Morgana, avergonzada, bajó la cabeza para que no fuera evaluada por aquellos ojos que parecían ver su interior, sus pensamientos, su alma. Afortunadamente, estaba oscuro y así nadie podía ver cómo de rojo ella se había puesto.

No sé qué pasaba, pero había algo en Merlín. Algo en él que aún no podía identificar. Algo que lo hacía alguien interesante y curioso. Algo por lo que acercarse a él.