Arthur no pudo dejar de pensar en lo extraño que Merlín se había comportado a lo largo del primer viaje de marcha. No había hablado, sonreído ni reído en todo el día. Ni siquiera lo había mirado. Eso era extraño. Algo pasaba, sin ninguna duda. Merlín no se solía comportar así. Siendo sincero, añoraba el antiguo Merlín, aunque nunca lo diría.
A la hora de la cena, parecía ser que Merlín había contagiado a Morgana, ya que ésta se había empezado a comportar igual. Qué extraño. Tras estar hablando con Gwen, intentando sacar conversación con Merlín y Morgana y contar historias épicas sobre andanzas de antiguos caballeros, dio sus intenciones por vencidas y se dispuso a comer y callar.
Cuando todos se acostaron en el campamento, Arthur no pudo pegar ojo. Estuvo mirando las copas de los árboles y el cielo estrellado mientras pensaba en qué podía preocuparle a Merlín tanto como para no hablar todo el día. Tanto como para que Morgana también se comportara de la misma manera. Podría ser por el peligro de ir a ver un Señor de los Dragones. Por miedo a lo desconocido, ya que ninguno de los cuatro sabía quién era en realidad. Sí, podía ser eso. El caso era que sin duda el problema y la preocupación era acerca del Señor de los Dragones, ya que, si no, ¿de qué sería?
Eso intrigó al príncipe. ¿Podría ser algo más? No, tenía que ser del Señor de los Dragones, o por lo menos referido a ello.
Imágenes de Merlín serio y preocupado se le vinieron a la mente. Merlín serio… qué raro. Morgana preocupada sentada al lado del fuego… mirando a Merlín. Algo había allí… Sentía que algo se perdía…
Con esos pensamientos, se durmió. Durmió profundamente para ser despertado por ligeros sonidos, como crujidos, en el bosque. Al principió pensó en un ataque, pero al ver una figura negra, encapuchada y alta, supo de quién se trataba. Pasó por el lado de Morgana, quien dormía susurrando entre pesadillas. La figura encapuchada se paró a su lado, le puso su manta y le puso una mano en su frente. Poco a poco, Morgana cesó de hablar en sueños y durmió plácidamente. Pareció haberla sanado repentinamente, como si la palma de su mano la hubiera hecho dormir plácidamente y haberla calmado. Eso era extraño.
El encapuchado, quien Arthur sabía perfectamente que se trataba de Merlín, se dirigió al bosque, donde poco a poco desapareció entre la maleza, los árboles y la oscuridad. De un salto, Arthur se levantó y se dirigió a seguirlo. Tambaleándose, atravesó el lugar que Merlín había atravesado. Esperó no haber ido demasiado lento y haberle perdido de vista. Desafortunadamente, así fue. Se perdió en un bosque a mitad de la noche sin saber dónde ir.
Hasta que lo escuchó.
Escuchó voces. Más bien susurros, que apenas se escuchaban en la lejanía. No sabía si serían de Merlín o de alguien más…
Avanzó rápido y sigilosamente hacia el ruido, con cuidado de no llamar la atención y no ser descubierto por Merlín o sea quien fuera quien se encontraba ahí. Los susurros desaparecieron para dejar escuchar otro sonido cuanto más se acercaba, esta vez parecido un zumbido, como el del agua cayendo. Avanzó con cuidado hasta que lo vio: Merlín, encapuchado, yendo a lo lejos por debajo de una tremenda cortina de agua que caía desde encima de un barranco, mojándose para traspasarlo yendo adentro.
Solo vio su sombra encapuchada por una milésima, pero aún así lo reconoció por su figura. ¿Por qué iría Merlín en una cueva detrás de una cascada? ¿Qué había ahí? ¿Quizás era eso por lo que se encontraba él últimamente tan extraño?
Arthur todavía se encontraba un poco lejos de la cascada. Fue lo más rápido que pudo, con cuidado de no perderse y de luego recordar el camino de vuelta al campamento.
Pocos minutos después, llegó finalmente a la cascada, donde se dispuso para atravesarla. Cuando pasó por el velo de agua, sintió un dolor profundo en su nariz al golpearse con una pared de roca. Gritó bien alto, pudiendo despertar a medio bosque con el grito, mientras ponía las manos en su cara, limpiaba la sangre de su nariz y maldecía por lo bajo.
Fue entonces cuando notó una presencia detrás suya. Se giró para ver a un Merlín confuso.
-¿Arthur? – preguntó Merlín. Arthur vio, aunque fuera de noche, cómo lo que parecía una pequeña sonrisa aparecía en sus labios.
-¡Merlín! ¿Qué…qué? – Arthur no sabía qué decir. Estaba realmente confuso. ¿Cómo es que había visto no hace ni unos minutos a Merlín atravesando el velo de agua y ahora resultaba que había una pared de roca en medio? Ante esa perspectiva, se dio cuenta de que Merlín se estaría riendo a carcajadas por dentro por lo que acababa de ver. Se sintió estúpido.
-Estás sangrando… ¿Qué hacías gritando? ¿Has estado peleando con la cascada? ¿Acaso no está permitido para el agua caer desde un barranco? – ante esto, Arthur vio cómo Merlín no podía aguantarse más y soltó una carcajada. Se acercó a él y le dio una tela para que se limpiase la sangre mientras Merlín seguía riendo por lo bajo.
-Será mejor que volvamos al campamento antes de que acabes con más de una nariz sangrante – comentó Merlín y ambos fueron por el camino de vuelta.
Arthur no dijo nada. No sabía por qué, pero no podía. En momentos así le insultaría, contraatacaría con algo para hacerle callar a su sirviente. Pero, por lo visto no era capaz. Se sentía estúpido; sí. Se había golpeado con la piedra de la cascada y después había gritado como un loco. Pero había algo más que le hacía confuso. Merlín era el problema. Había algo que no encajaba. Había visto a Merlín atravesar la cascada, y al intentarlo él, no lo había conseguido. Tal vez se lo había imaginado. Pero tenía la sensación de que no era así. Y antes de ver la cascada, al seguir a Merlín, había escuchado susurros, y juraría que parecían de dos personas. Y otra pregunta hizo que esta vez se dirigiera a Merlín por primera vez en todo el camino.
-Una pregunta, Merlín: ¿qué leches hacías ahí?
-Paseo nocturno, ya sabes. Con tantas cosas en mente, siempre está bien disfrutar de la noche.
Y en ese momento Arthur supo que Merlín mentía.
