Disclamer: Todos los personajes y parte de la trama pertenecen a Thomas Astruc y Jeremy Zag, yo solo escribo para divertirme y sin ánimo de lucro.

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Nota: He decidido participar en el reto #MarichatMay porque el marichat es uno de mis shipps favoritos y como el año pasado me quedé sin tiempo, pues espero resarcirme este. Trataré de llegar lo más lejos posible y no retrasarme demasiado a la hora de subir los relatos. ¡Espero que os gusten!

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Maullidos a la Luz de la Luna

(Reto Marichat para el mes de Mayo)

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Día 28: Domesticidad

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1.

—¿Chat Noir?

Su llamado no obtuvo respuesta. Tampoco las dos veces siguientes que lo repitió. En silencio, Marinette intercambió una mirada recelosa con Tikki justo antes de empezar a subir, por sí misma, la escalera que conducía a la azotea. Con el paso de las noches, y aunque era poco habitual que tuviera que usarla, le había perdido el miedo a sus chirridos siniestros y sus balanceos amenazantes.

Aunque seguía siendo pesado llevar a cabo esa subida por sí misma.

Asomó la cabeza por el borde al llegar arriba, aún aferrada a los mangos metálicos y rasposos de la escalera. En un primer vistazo le pareció que todo estaba dispuesto en el Café Secreto para una nueva velada de diversión, salvo porque el chico no estaba allí.

—Qué raro… —musito, arrugando la nariz.

La música sonaba sutilmente en el tocadiscos, la mesa estaba dispuesta en su lugar y la hamaca, también. Las luces de los farolillos parpadeaban en el cielo enzarzados en corrientes de aire invisible.

Avanzó hasta el centro y comprobó que de la tetera salía un olor delicioso; una mezcla de esencias florales que reconfortó su cuerpo tan solo con aspirarla. No debía hacer mucho que Chat Noir lo había preparado. Justo al lado, bajo una de las tazas de porcelana, encontró una nota para ella.

Buenas noches, Princesa

Hoy tardaré un poco más en reunirme contigo, pero no te preocupes por nada. Llegaré a tiempo de la siesta así que ¡espérame despierta!

¡Nos vemos!

Y firmaba con el gracioso dibujo de una huella de gato.

Ella arqueó las cejas, sorprendida, y se guardó la nota en el bolsillo.

—¡Qué curioso! —opinó Tikki, asomando una vez más por el bolsito entre abierto de su dueña—. Chat Noir siempre parece tan ansioso por verte…

—Tendría algo urgente que hacer —sugirió ella, llenándose la taza con el té para olerlo con más atención. Sonrió cuando el aroma acarició su nariz—. Seguro que no tarda mucho.

Sacó la cajita que traía repleta de dulces y le ofreció uno a su Kwami.

Probó un sorbito de la mezcla y su cuerpo fue recorrido por un escalofrío de regocijo por lo delicioso que era.

No obstante, cuando sus ojos ascendieron al cielo, no pudo evitar preguntarse dónde estaría su gatito en esos momentos. Y cuánto tardaría en reunirse con ella esa noche.

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2.

(Unas horas antes)

El reloj marcaba las diez y media.

Las últimas luces del día hacía ya un rato que se habían retirado en el manto negro de la noche, pero Adrien esperaba con ligera impaciencia a que este se volviera aún más negro.

Echado en su cama, trataba de distraerse con un libro pretendiendo así que las horas que lo separaban de Marinette pasarían más rápido. Plagg estaba sobre su escritorio examinando por décima vez el nuevo catálogo de quesos gourmet del mundo, mucho más concentrado que él y casi le envidió por ello. Las palabras se le amontonaban de forma confusa en las páginas sin que entendiera lo que leía y sentía que por más que se forzaba a estarse quieto, su pierna izquierda no dejaba de moverse en el aire.

Se le escapó un resoplido y supo que no era el primero, pues su Kwami, exasperado, gruñó justo antes de dejar la mesa para caer con brusquedad sobre la página que el chico fingía leer.

—¿Qué? —le preguntó, sorprendido. Plagg estrechó sus ojillos, evaluándole antes de abrir la boca. Esperaba recibir de él una queja por su actitud y quizás por eso, la palabra que el espíritu dijo le sonó aún más confusa.

Domesticidad.

—¿Eh?

Domesticidad… ¿Sabes lo que es?

Se encogió de hombros.

—¿Es una palabra de verdad?

—¡Pues claro que es de verdad! —Plagg saltó sobre el libro—. Significa: Estado o cualidad del animal que es doméstico —Le explicó, pero Adrien hizo una mueca de incomprensión—. Te estás volviendo un gato doméstico.

—¿Cómo?

—Antes siempre salíamos por ahí en plena noche a divertirnos —Se quejó el pequeño—. Saltábamos de aquí para allá, subíamos a los árboles, asustábamos a las palomas… ¡Buenos tiempos!

. Pero ahora solo corres a reunirte con Marinette y se acabó la diversión.

Adrien se lo pensó un momento.

—Es que con ella me divierto…

—¡¿Más que conmigo?!

—¡No! —Alzó las manos y sonrió del modo más conciliador que pudo—. Es… otro tipo de diversión.

—Sí… ya me imagino de que tipo —Sugirió al tiempo que estiraba los labios para fingir que soltaba besitos al aire. El otro hizo una mueca y se incorporó, huyendo de la vergüenza, pero Plagg fue tras él y se alzó a la altura de su rostro.

Cruzó sus patitas sobre el pecho en actitud seria.

—Antes amabas la libertad y te gustaba salir por ahí solo —refunfuñó con dramatismo—. Pero, ¿sabes qué? Ahora eres como uno de esos gatos que se acostumbran a ir a la misma casa una y otra vez porque le dejan la comida en la puerta.

. ¡Y cuando quieren darse cuenta, la familia los ha adoptado y ya no vuelven a salir de la casa nunca!

—¿No exageras un poco, Plagg?

—¡Estás renunciando a la libertad de tu prodigio por una chica!

—No renuncio a ser libre… —protestó el chico—. Es solo que…

—¡Ja! ¡Seguro que no puedes pasar ni una noche sin correr junto a Marinette! —Plagg le mostró su malévola sonrisa. Esa que asomaba en su rostro cuando se presentaba la oportunidad de saltarse alguna norma o de gastar una broma a alguien—. ¡Apostaría todo mi queso!

—¿Ah, sí? —Adrien le imitó, sonriendo de lado y poniéndose en pie. Caminó hasta el pequeño armario donde guardaba las provisiones del espíritu y abrió la puertezuela. Hacía poco que habían recibido un nuevo envío, así que este estaba repleto de trozos de los más olorosos y repugnantes quesos del mundo—. ¿Todo este queso, dices?

Plagg abrió la boca unos instantes, sus ojillos se agrandaron al repasar una por una las cientos de delicias que se ocultaban ahí dentro. Pero se mantuvo firme. Sacudió la cabeza para ignorar de su poder hipnótico y carraspeó demostrando una mirada firme.

—¡Mmmm… sí! —Respondió sorprendiendo a su portador—. ¡Me apuesto todo ese delicioso, maravilloso, magnifico, riquísimo…!

—Plagg…

—¡Lo apuesto todo a que no puedes estar ni dos horas lejos de esa chica sabiendo que ella te espera en el Café!

¿Dos horas?

¿Solo eso? Pensó Adrien, confiado. ¡Por supuesto que podía estar dos horas sin verla! De hecho, desde que se separaron al salir del instituto había pasado más tiempo y… Su sonrisa flaqueó ante una nueva sacudida de impaciencia, recordó el movimiento histérico de su pie o su insana obsesión por mirar el reloj cada pocos minutos.

Lo cierto era que se moría de ganas por verla cuanto antes.

Pero no es que no fuera capaz de soportar dos horas más si se lo proponía. Tenía autocontrol suficiente, mucho más que ese Kwami glotón.

Pero ella me estará esperando, recordó entonces, preocupado. Y si no aparezco…

—¿Qué pasa? ¿No te atreves a apostar, Chat Noir? —Canturreó Plagg en su oído, haciendo una absurda danza en el aire que le molestó más de lo que habría querido—. ¿Gatito doméstico?

—¡Pues claro que me atrevo! —Anunció el otro sin pensarlo más—. Pero con la condición de que pueda avisarla de que no iré, no quiero que se preocupe…

—¿Preocuparse? ¿Por dos horas de nada?

Adrien se encogió de hombros y se dio la vuelta dispuesto a olvidarse del asunto, pero Plagg saltó hacia él y le detuvo.

Rápido, demasiado rápido.

—¡Vale! —Aceptó casi al instante y eso le dio muy mala espina—. Pero si sales corriendo en busca de tu novia antes de las dos horas, yo ganaré y tú tendrás que comprarme esto… —Revoloteó de vuelta al escritorio para coger el catálogo y lo llevó hasta la cara del chico. En la página que le marcaba había un queso de aspecto repulsivo. Blanco, grumoso y con zonas de color verde-azulado que sobresalían desde el interior como si estuviera podrido—. ¡Queso de cabrales!

—¿Qué…?

—¡El queso más delicioso y oloroso del mundo! —exclamó Plagg, abrazando la revista y suspirando ante la imagen del producto—. Es muy exclusivo porque su proceso de elaboración se realiza en unas cuevas de España. Hace unos años subastaron una pieza de dos kilos de esta delicia…

—¡¿Pagaron por ella más de 20.000 euros?! —chilló Adrien leyendo la noticia. Sacudió la cabeza—. No, Plagg, de ningún modo puedo pagar eso.

—¡No tiene que ser una pieza tan enorme! —Se quejó el pequeño—. Con un trocito más pequeño me vale…

—¡Aun así costará una fortuna!

—¿Qué pasa? ¿Ya das por hecho que perderás?

Adrien apretó la mandíbula, indeciso. Bastante le costaba ya que su padre no notara la cantidad exagerada de dinero que se gastaba en quesos por internet, pero tanto dinero… ¿cómo lo explicaría si alguien se enteraba?

Es poco probable que tenga que comprarlo, ¿no?

¡Solo tenía que aguantar dos horas sin ir al Café!

Era muy poco tiempo, seguro que lo conseguía.

—Vale, si tú ganas te compraré ese queso apestoso de las cuevas —decidió con renovada firmeza. Extendió su mano pero antes de que Plagg se le acercara lo suficiente, le paró con un gesto—. Pero si yo gano, estarás un mes a régimen.

—¿R-régimen? —siseó el Kwami—. ¿Qué significa esa palabra?

—Te daré queso después de pelear contra los akumas, claro, y uno por cada comida del día… pero nada más —explicó Adrien—. Nada de picotear cuando tú quieras.

. Cerraré el armario y seré yo quien te entregue la comida.

Plagg vaciló. Las dudas empañaron sus ojillos y hubo un movimiento oscilante en su delgado cuello cuando tragó saliva con dificultad. Pensó que se echaría atrás, pero entonces, atrapó uno de los dedos extendidos del chico y lo sacudió como si le estrechara la mano.

—Trato hecho.

Adrien asintió.

Cuando se sentó en su escritorio para escribir la nota que le dejaría a Marinette, lo hizo convencido de que ganaría esa absurda apuesta. No solo porque no estaba dispuesto a gastar miles de euros en un trozo de queso que Plagg devoraría en un segundo. Sino porque sabía que podía pasar perfectamente un par de horas solo, saltando de tejado en tejado y disfrutando de su libertad.

Que hubiera dejado de hacerlo en las últimas semanas no significaba que no siguiera apreciando esos momentos en soledad y si lo pensaba bien, incluso los había echado de menos. Iba a ser muy fácil pasar esas dos horas y lo mejor sería ganar a Plagg.

¡Porque él no era ningún gato doméstico!

Chat Noir había sido siempre un gato libre y el que estuviera profundamente enamorado de una chica que por fin le correspondía, no cambiaba lo que era él en verdad.

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3.

—¡Yujuuuuu!

Con un salvaje grito que explotó en su pecho, Chat Noir cruzó de un extremo a otro la enorme avenida de los Campos Elíseos, balanceándose por encima de las luces de las tiendas, de las farolas y los faros de los coches.

Aterrizó en una cornisa alta con el corazón palpitándole, feliz, ensanchado en su interior y un cosquilleo trepidante quemándole las mejillas.

Saludó a la gente que al verle, alzaron sus ojos hacia él. Coleccionó sonrisas entusiastas y hasta alguna palabra de agradecimiento traída por el viento antes de retomar el vuelo y marcharse de allí.

No tenía ningún destino elegido; igual que hacía antaño se dejó llevar a donde su instinto quiso conducirle. Sin pensar, sin planear y se dedicó a disfrutar de las sorpresas que se iba encontrando en su camino. La única regla que dictaba su recorrido era no acercarse demasiado al distrito de la ciudad donde estaba el Café Secreto para no caer en la tentación de echar un vistazo.

Por lo demás, la ciudad volvía a ser suya y no había límites.

¡Qué increíble era sentir eso de nuevo!

Podía ir a dónde quisiera, hacer lo que se le antojara, reír cuanto quisiera y Chat Noir se convenció de que sí, había echado en falta esa deliciosa sensación de libertad absoluta, de no tener que pensar en nada, ni siquiera en sí mismo. De no preocuparse por nada más que de moverse y viajar lo más rápido posible, de sentir el viento en la cara como si de verdad pudiera volar por encima de las nubes y alcanzar el último y más recóndito rincón del mundo.

Aunque él nunca quiso ir tan lejos.

¡¿Para qué?!

¡Si él ya estaba en la mejor ciudad del mundo!

Paris era tan hermosa… repleta de secretos que se creía capaz de desentrañar por sí mismo. ¿Por qué querría ir a otro lugar? Aquella ciudad, mágicamente iluminada en tonos dorados, blancos y resplandecientes amarillos se mostraba ante él dispuesta y Chat Noir apreció que la expectación que le producía se asemejaba un poco a estar enamorado. La alegría, la ilusión ante el sinfín de opciones que veía ante él y el deseo incontrolable de querer hacerse con todas.

Entonces recordó, sí, él había estado enamorado de la libertad.

Había soñado con ella por años y cuando la consiguió, se entregó sin pensar, adorándola y celebrándola noche tras noche en esa ciudad maravillosa, perfecta… que tenía todo lo que él pudiera ansiar. Que él se esforzaba tanto por mantener a salvo porque allí tenía a su familia, a sus amigos, allí había conocido a su lady y era donde su princesa se había enamorado de él…

No, Chat Noir se dijo, meneando la cabeza en el aire. Resopló y cayó sobre la rama más alta y robusta de un árbol. No pienses en ella se ordenó a sí mismo.

Contaba con sus pensamientos le traicionarían en cuanto se descuidara, pero no estaba preocupado. Era normal que pensara en ella pero no se iba a dejar arrastrar.

Sacó su bastón para mirar la hora y sonrió al descubrir que casi había transcurrido ya una hora y media del tiempo establecido.

Lo voy a conseguir, se dijo, más convencido que nunca.

Y no solo se alegraba porque podría cerrarle la boca a Plagg, sino que estaba, en verdad, satisfecho por haber salido solo.

No se arrepentía de haber dejado a un lado esos momentos para pasar más tiempo con Marinette, pero quizás sí se sentía un poco mal por el modo despegado en que lo había hecho. Aunque ahora fuera feliz no quería olvidar cómo había sido su vida antes; aburrida, repetitiva, opresiva entre las cuatro paredes de su casa… No quería hacer de menos el hecho de que su prodigio lo había salvado de consumirse en la soledad de su habitación, atrapado tras los barrotes de los ventanales, tan solo pudiendo observar el devenir de la vida y quedándose atrás.

No, la libertad no era algo que pudiera dar por sentado. Al menos, él no podía. Debía celebrarla cuanto pudiera y eso es lo que estaba haciendo esa noche. Le daba pena pensar en Marinette sola en su Café, pero también sabía que lo que estaba haciendo era correcto.

—¡Chat Noir!

Una voz aguda le llamó y el chico se volvió al instante.

La avenida en la que se encontraba estaba salpicada de robustos árboles que subían al cielo desde pequeños recuadros de tierra encajados entre las losas de piedra del suelo. A unos metros de distancia, había una pequeña niña que, con cara de súplica, señalaba con sus manitas extendidas la copa de otro de esos árboles. Siguió la dirección que le indicaba, y se encontró con un brillante globo rojo atorado entre las ramas.

Perfecto pensó, animado. Justo lo que necesitaba para reforzar su idea de que aquella aventura en solitario había sido una buena idea. Una damita en apuros.

Le hizo un gesto tranquilizador a la niña y sacando su bastón, saltó hasta la rama señalada. Con gran facilidad desenredó la cuerda del globo y, sonriente, bajó junto a la niña y se inclinó para devolvérselo.

—Aquí tienes, pequeñina —Le dijo. La niña se puso a dar saltitos y a lanzar chillidos de emoción a su alrededor.

—¡Gracias! —exclamó.

—Chat Noir a tu servicio —Le mostró una graciosa reverencia y entonces, el chico se rascó la cabeza mirando a su alrededor—. Oye pequeñina, ¿dónde está tu mamá?

Pero la susodicha estaba demasiado contenta como para responder preguntas. De repente, se lanzó sobre el héroe y trató de aferrarse a sus piernas con sus delgados brazos.

Él sonrió, enternecido.

—Te quiero, Chat Noir —soltó la niña, alzando su rostro hacia él. Entonces, se dio cuenta de que esa niña tenía unos grandes y brillantes ojos azules y que su cabello castaño claro iba recogido en dos graciosas coletas como las de…

Marinette

Y por alguna razón absurda se le hizo un nudo en el estómago. Sonrió, no obstante, ante esa encantadora princesa en miniatura. ¡Tenía gracia que se hubiese tropezado con una niñita que le recordaba a la chica! Aunque fue más consciente de su ausencia al sentir que los bracitos de esa pequeña replica le estrechaban.

—¡Nicolle! —Llamó una mujer que apareció corriendo por la esquina de la calle. Su rostro asustado se relajó al ver a la niña junto al héroe, aunque no dejó de correr hasta estar junto a ellos.

—¡Mami! —chilló la niña yendo hacia los brazos de la mujer.

—¡¿Por qué te has escapado así, Nicolle?!

—Mi globo se escapó volando —respondió la niña, y con una sonrisa señaló al chico—. Pero el gatito lo salvó.

Gatito repitió su mente, aturdida. Marinette también me llama así

—Muchas gracias, Chat Noir —dijo la madre.

—¡Oh! No ha sido nada.

—¿Esta noche estás solo? —inquirió la mujer con naturalidad mientras se aseguraba de agarrar bien la mano libre de la niña. Después alzó los ojos y añadió—. ¿Ladybug no te acompaña?

—¡Ah! —murmuró él, con un tonto alivio golpeando su pecho—.No… ella está atendiendo otros asuntos.

—Debes echarla de menos… —sugirió, encogiéndose de hombros—. Como siempre vais juntos.

Pues sí admitió, melancólico, aunque ante la mujer y su hija mantuvo su sonrisa despreocupada. Se despidió de ellas y regresó a las alturas, queriendo creer que si saltaba lo bastante alto podría dejar en el suelo la suerte de emociones que ahora le perseguían.

Pero no pudo.

¿Por qué se sentía de pronto tan afectado? Sin poder evitarlo, contempló como el nudo de su estómago se transformaba en un pesar helado que se extendía por su cuerpo y desinflaba su ánimo. Y mucho antes de lo que habría querido, tuvo que detenerse para comprobar la hora de nuevo.

Apenas habían pasado diez minutos.

¡Oh, no! Se lamentó. Porque notó que volvía a él la misma desazón nerviosa que había sentido en su casa. Otra vez, el tiempo parecía burlarse de él yendo más despacio de lo normal.

¡No! Se dijo con energía. No podía permitir que esas ideas le dominaran o acabaría perdiendo la apuesta. Solo tengo que aguantar un poco más.

Extendió su bastón y empezó a moverse de nuevo.

Esta vez acabó en los Jardines de las Tullerías.

Se movió con sigilo porque ya no deseaba ser visto ni interactuar más con la gente a no ser que fuera necesario. Atravesó las calles eligiendo las cornisas de los edificios más altos, moviéndose por los claro oscuros como una sombra silenciosa y de ese modo, aterrizó en lo alto del Arco del Triunfo de Carrousel, un pequeño arco parecido al que había en los Campos Elíseos, y que era la entrada a los jardines.

Se sentó en el borde, con sus pies colgando al vacío, junto a la estatua de bronce que vigilaba la entrada. Era una enorme cuadriga de caballos pero él ignoró las miradas furiosas esculpidas en la roca y recorrió con los ojos el sendero que se adentraba en el parte. El modo en que la luz de las lámparas parecía flotar, como luciérnagas, en las texturas verdes de los árboles y arbustos.

Siempre había una gran concentración de personas en esos jardines y Chat Noir pensó que le distraería observar a desconocidos.

Había grandes grupos familiares que paseaban alegres, con niños que correteaban en torno a los adultos o se adelantaban con sus patinetes entre las columnas y las estatuas que decoraban el lugar. Oyó sus risas atraídas por la brisa y eso templó su corazón. También observó grupos de amigos que, quizás, planeaban hacer un picnic nocturno en las grandes extensiones de césped mientras observaban el reflejo luminoso de las estrellas en la superficie del estanque.

Le pareció una gran idea. Ya faltaba poco para las vacaciones, sus amigos y él también podrían hacer algo así.

Más animado, se acomodó sobre la roca y le pareció un buen plan quedarse ahí arriba hasta que el tiempo de la apuesta terminara. Le relajaba observar a tanta gente feliz, pasando el rato con sus seres queridos e imaginar mil planes que él mismo podría hacer con los suyos. Observó a gente solitaria haciendo running, un grupo de hombres jubilados que se habían reunido para pasear a sus perros, a las parejas que caminaban como…

¿Eh?

Se incorporó sin apartar los ojos de una pareja que pasó por debajo de sus pies cogida de la mano. No parecían mucho más mayores que él.

Por supuesto, también había parejas. Bastantes, de hecho y Chat Noir empezó a fijarse en ellas de manera más específica. Paseaban riendo en voz baja, susurrándose palabras mientras uno de ellos pasaba un brazo sobre los hombros del otro, o agarrados por la cintura. No destacaban especialmente en aquel ambiente familiar y relajado, pero a sus ojos sí lo hicieron.

Parecían tan felices…

No como él. Que estaba solo y en absoluto feliz.

Antes de darse cuenta miró de nuevo el reloj; aún le faltaba una larga media hora de soledad por delante. Apretó la mandíbula y se puso en pie. Sacó de nuevo su bastón y…

Crack.

Se marchó a toda prisa.

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4.

Sintió que, de manera irremediable, la energía que lo guiaba había cambiado.

En su mente se habían originado ciertos pensamientos de los que él no había sido del todo consciente, pero que ahora le empujaban a moverse de forma más caótica y errante por la ciudad.

Chat Noir se aferró con todas sus fuerzas al orgullo que todo chico adolescente tiene en situaciones similares para no desfallecer. Se repitió una y otra vez que si cedía ahora que le faltaba tan poco, Plagg se estaría burlando de él por el resto de la eternidad y eso sería insoportable.

Así que saltó, corrió, dio vueltas y cada vez que se descubría avanzando hacia el distrito del Café, se obligaba a desviar su camino. Se internaba por callejuelas y tomaba direcciones que le resultaban poco conocidas con la esperanza de acabar perdido.

Pero no resultaba.

Recorrió el Sena, pasó por el Arco del Triunfo auténtico, por el Barrio Latino, y para cuando estuvo en Montmartre cayó en la cuenta de que estaba siguiendo el mismo recorrido de aquella noche en que llevó a Marinette de excursión por la ciudad. La noche en que ese niño horrible les hizo una foto.

Sintió un escalofrío al recordar lo que pasó después, así que huyó de esos lugares y acabó en lo más alto del Louvre.

Se obligó a parar y tomar un poco de aire.

¿Por qué se le estaba haciendo tan difícil? ¡Él amaba la libertad! Y solo eran dos tristes horas… ¿Tan dependiente era que no podía estar dos horas tranquilo sin Marinette? Se sintió patético hasta que una idea se le vino a la cabeza.

Las vacaciones.

Una voz sibilina se separó de su mente y le susurró esa palabra al oído.

Puede que antes hubiese sido un poco ingenuo al imaginarse todo un verano de diversión y libertad con sus amigos. De hecho, si repasaba lo ocurrido en veranos anteriores, la idílica imagen de tardes paseando por el Puente de las Artes y comiendo helados con Nino y los demás, o los picnics nocturnos en un apacible parque, se desvanecían.

Su padre aprovechaba el verano para hacer todos esos viajes obligados por su trabajo pero que postergaba durante meses porque los odiaba, y liberado de las clases del instituto, por supuesto, él le acompañaba. No eran viajes divertidos entre padre e hijo; en cuanto llegaban a la ciudad en cuestión su padre desaparecía en reuniones y a él le encerraba en el hotel.

Los primeros días eran entretenidos mientras exploraba el lugar, a veces lograba que su padre le permitiera visitar los alrededores con su guardaespaldas, como en Shanghái… pero no siempre se daba tal suerte.

¿Qué ocurriría ese año?

Si su padre se lo llevaba por ahí, siempre podría usar sus poderes como Astrocat para regresar por las noches y ver a Marinette; bueno, eso sí su padre le permitía tener su propio cuarto en el hotel. Fuera como fuera, sabía que se las ingeniaría para visitar a la chica pero… ¿Y sus amigos?

Además, ahora que Marinette le había dicho que se sentía más cerca de Adrien, él había tenido la esperanza de usar las vacaciones para mejorar su amistad con ella bajo su forma civil. ¡Sería tan genial poder pasarlo bien durante el día con Marinette y los demás como Adrien y después, tener las noches en el Café como Chat Noir!

¿En qué estaría pensando? Se dijo, pesaroso. Su padre no le permitiría quedarse solo en París si él tenía que salir de viaje.

Apartó de sí tan tristes ideas y se obligó a seguir moviéndose. ¡No era momento para pensar en todo eso! ¡Debía ganar la apuesta! ¡Demostrarse a sí mismo que podía volver a soportar la soledad si es que esta regresaba dentro de tan poco!

Fue saltando por diversas calles hasta que una corriente de aire le dio en la cara y le obligó a pararse. En lo alto de una farola, quedó de puntillas con el corazón palpitante y el rostro encendido.

¿Marinette? Pensó. Le había parecido percibir su olor en el viento.

¡Pero no era posible! Estaba demasiado lejos como para…

Una nueva ráfaga le acarició la cara y él cerró los ojos sin darse cuenta. Aspiró con ansias y notó un zumbido en su cabeza. ¡Sí que era su olor! Lo conocía demasiado bien como para confundirlo. Los abrió y observó el tembloroso movimiento de las hojas en las ramas de los árboles, se agitaban como campanillas, dibujando una línea de árbol a árbol en dirección contraria.

La siguió con los ojos hasta que se perdió por una calle. Parpadeó. Sí, esa sería la calle que cogería para ir al Café.

Nervioso, apretó los dientes y salió corriendo por el lado contrario. Sentía un cosquilleo nervioso en las palmas de sus manos, bajo los guantes, como si algo le quemara.

¿Qué está pasando?

Pasó por delante de una tienda que tenía un gran reloj en el escaparate y de refilón comprobó la hora. Sus ojos se abrieron de par en par, deteniéndose en pleno vuelo, cayó hacia abajo logrando dar una voltereta justo antes de estamparse contra el suelo y aterrizar de pie.

Pegó la cara al cristal.

—No es posible…

¡Las agujas no se habían movido un ápice desde la última vez que las miró!

Sacó su bastón y comprobó la hora, pero este marcaba la misma.

Volvió a preguntarse qué ocurría, cuando de nuevo el aire le dio lleno. Rozó su piel como si fuera la mano invisible de alguien, pasó sobre sus labios y también agitó su pelo. Se coló en sus oídos y le pareció oír una voz.

Chat Noir… —Se tensó y miró hacia atrás. La corriente de aire se alejaba agitando los toldos de los comercios y esparciendo la arenilla por el suelo—. Adrien…

Parecía… la voz de Marinette.

Pero tampoco podía ser, claro.

El chico se pasó la mano por los ojos y respiró despacio. Sabía que todo era producto de su mente…

Porque no era cosa de esa noche, sino que llevaba unos días dándole vueltas a lo que ocurriría en vacaciones, porque temía que su padre le arrastrara lejos de sus amigos, de París y de Marinette justo ahora que se sentía más feliz que nunca. Y sabía que, aunque no le había dicho nada a nadie, ese miedo se había estado extendiendo por su cuerpo en silencio y había clavado las garras en su cerebro.

Por eso se sentía cada vez más ansioso por verla durante las noches; y quizás Plagg también lo había notado y aquella estúpida apuesta era una manera de hacérselo ver a él.

En ocasiones, Adrien no entendía del todo de donde provenían sus sentimientos y se sentía ahogado en ellos.

Después de todo lo que había experimentado ese mes, cada día que le acercaba al final se sentía más nervioso y agitado, porque la perspectiva de pasar un largo verano apartado de todos, apartado de Marinette, se le antojaba mucho más horrible que antes. Cuando estás acostumbrado a algo porque no conoces otra cosa es fácil ignorar lo malo que es, pero ahora todo era distinto.

No quería acostumbrarse a estar solo de nuevo.

Pero sabía que era una posibilidad que podía ocurrir y…

¿Qué diablos hago yo aquí, entonces? Se preguntó de repente. Si me esperan varios meses de estar solo de nuevo, ¿por qué estoy aquí en lugar de estar con ella?

Se acabó. Le daba igual la apuesta y las burlas de Plagg.

No iba a desperdiciar ni un minuto más.

Puede que ahora el reloj estuviera detenido, pero sabía que en cuanto pusiera los pies en el Café comenzaría a correr a toda prisa en su contra.

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5.

La hermosa música que él escogió antes de irse del Café unas horas antes todavía sonaba en el tocadiscos cuando Chat Noir llegó. Era una melodía lenta, sencilla cuyos notas se repetían de manera sosegada, pero breve. Sin altos ni bajos, con suavidad, como si salieran del aparato y quedaran suspendidas en el aire moviéndose arriba y abajo.

Las lucecitas zumbaban a su son por encima de su cabeza y el olor del incienso, ya consumido, aún perduraba flotando junto a las notas.

Avanzó despacio pero sintiendo que su alma se apaciguaba con cada paso que daba. Lanzó una mirada circular a aquel espacio que habían hecho suyo, se regocijo en lo familiar y acogedor que le resultaba todo; hacía tiempo que no se sentía así en su casa. Recordaba, no obstante, que hubo en tiempo en que la gigantesca mansión le provocaba esa sensación, pero después de que su madre les dejara… todo cambió.

Chat Noir frunció el ceño al pensar en ello.

Al perder a su madre, su casa dejó de ser un hogar… se convirtió en su sitio donde él era obligado a estar, y por eso, en cuanto tuvo la oportunidad de escapar lo hizo. Esa era la razón por la que valoraba tanto la libertad, ¿verdad? Porque es lo único que te queda si pierdes tu sitio y lo único que te consuela cuando sientes que no tienes un lugar al que volver.

Se frotó los brazos y descubrió a Marinette, acurrucada en la hamaca.

Cuando llegó a su lado comprobó que estaba dormida.

—Te pedí que me esperaras… —murmuró él, fingiendo estar ofendido pero sacudió la cabeza y se le escapó una sonrisa—. Tampoco he tardado tanto…

Respiró hondo y se alegró de sentirse más tranquilo.

Marinette dormía profundamente arrullada por el sonido de las teclas del piano y no quiso despertarla. Miró de nuevo ese lugar y también a ella, disfrutando de esa sensación tan placentera, tan relajada que acariciaba sus músculos.

Ese lugar podía ser su hogar.

Allí se sentía cómodo, en paz. Siempre quería regresar y aunque no lo era en realidad, sí lo sentía suyo. Cada objeto, cada marca pertenecía ahora a uno de los muchos recuerdos que ellos habían creado en esa azotea. Lo habían llenado de vida. Y de hecho, parecía que hiciese mucho más tiempo que lo habitaban.

Pero solo había pasado un mes.

Un mes pensó, sorprendido. Y es que han pasado tantas cosas…

Recordó aquel día, en el Puente de las Artes. Rememoró los oscuros sentimientos que lo habían llevado hasta allí y la tormenta que lo siguió hasta que se detuvo, cohibido por la fuerza del agua, deseando que algo así sirviera para limpiar su conciencia. Y el instante en que la vio, como salida de la nada para llegar hasta él y salvarle. Revivió sus movimientos con el paraguas en la mano, la forma en que cerró los ojos entregándose a la lluvia y su abrazo desesperado.

Si ese día no hubiese salido… pensó de pronto, haciendo una mueca. Si ese día no te hubiera encontrado… ¿qué habría sido de mí? La miró con un nuevo nudo en su interior, con un repentino e irracional desasosiego, como si el tiempo pudiera dar marcha atrás y arrebatársela.

Qué tontería… el tiempo no va hacia atrás, ni hacia delante.

Aquel día, el primero del mes, se propuso a sí mismo tener fe de nuevo. Había pasado por momentos duros pero él quiso creer en todos los días que tenía por delante, y esperar que ese mes de mayo que había comenzado con una tormenta y un dulce reencuentro, le traería algo bueno. Quizás fue egoísta cuando se dijo que lo merecía, pero el caso era que se había cumplido.

Si tienes fe, hay veces en que la vida te concede lo que quieres.

Ahora la tengo a ella se dijo y el nudo pasó.

Alargó la mano para rozar los cabellos del flequillo, descubriendo la sedosa piel pálida y brillante, la forma ovalada de sus ojos y encontró las pecas… que como una maravillosa constelación de estrellas le habían guiado hasta la chica, ellas le indicaron el camino a seguir y ahora, allí estaba. Había llegado al final, ¿verdad?

Ahora ya estaba en casa.

Porque, se dio cuenta en ese instante, el Café no era su hogar. Lo era ella, Marinette; porque él solo quería alcanzarla a ella, estar a su lado. Fuera donde fuera. Eso era lo que le hacía feliz. Sus ojos, sus brazos, sus labios… ese era el auténtico refugio al que él acudía cada noche.

Y no es que ya no apreciara como antes su libertad, claro que no. Pero es que la chica también representaba un tipo de libertad para él, porque cuando estaban juntos era libre para ser él mismo, libre para expresar emociones que hasta entonces había tenido que reprimir en su interior…

No renunciaba a la otra libertad pero… Cuando tienes un verdadero hogar al que volver, ya no necesitas huir más.

Y él lo había encontrado.

No me importa ser un gato doméstico pensó, inclinándose sobre ella. Aspiró su aroma y la besó en la frente. Si estoy contigo.

Con todo el cuidado que pudo, y habiendo adquirido ya una gran pericia con la hamaca, logró tenderse al lado de la chica sin que esta se moviera demasiado. Se hundió en la tela y por el movimiento natural de esta, Marinette giró sobre sí misma y se acurrucó en él sin llegar a despertar.

Alargó el brazo para rodearla y se quedó mirando su rostro hasta que una extraña calma le invadió, como si en verdad hubiera estado recorriendo un camino y hubiese llegado a la meta. No fue agradable del todo porque llegar al final de algo conlleva un poco de tristeza.

Se recordó entonces que solo era día 28.

Mayo aún no ha acabado.

Pero lo haría. Y después vendrían más meses, muchos más. Y él solo pedía que nada cambiará, que todo siguiera siendo así de perfecto. Ahora era cuando el tiempo debía detenerse para él…

Chat Noir solía conciliar el suelo imaginando los momentos felices que vendrían, pero esa noche se quedó dormido repasando los que ya habían pasado, sonriendo satisfecho y ronroneando de cuando en cuando… como hacían todos los felices gatitos domésticos.

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¡Hola a todos y a todas!

¿Qué tal habéis estado estos días?

Yo ahí ando… ha venido el calor de golpe y a mí me ha pasado por encima, jeje. Los cambios drásticos de temperatura me hacen polvo, llevo unos días con la tensión baja, el azúcar por los pies y sin apenas energías. Me he puesto a escribir varias veces pero la cabeza se negaba a concentrarse.

Pero por fin he conseguido terminar este capítulo ^^

"Domesticidad"… os prometo que tuve que buscar su significado en un diccionario porque jamás la había oído, aunque suponía que tendría algo que ver con doméstico, jejeje. ¡Vaya! Pero bueno, al final esto es lo que ha salido.

Irremediablemente nos acercamos al final y hay que ir cerrando cosas T.T Os prometo que me está dando mucha pena, pero es lo que toca. Me imaginé a Chat Noir, sintiéndose inquieto ante el final del mes… como estamos nosotros, porque está por terminar y no sabe lo que le depare el futuro. Creo que cuando te pasan algunas cosas malas como a él, no puedes evitar temer que ante los cambios, todo empeore. Así que quería transmitir ese momento de dudas, cuando eres feliz y al mismo tiempo temes que algo pase y pierdas la felicidad.

Aysss…

Quedan tres palabras.

El próximo capítulo será el final del AU, jejeje, y los dos últimos, el final para esta trama. Más o menos ya lo tengo pensado, y solo espero que os guste, que no os decepcione y todos terminemos esta historia con una sonrisa.

Gracias a todos por estar ahí una vez más. He querido tomarme un tiempo para responder a vuestras últimas reviews y espero haber respondido a todo el mundo por MP ^^ Vuestras palabras son muy importantes para mí, gracias por compartir conmigo este mes.

¡Ah! Y ya hemos pasado de las 300 páginas en Word, jeje, este fic ya es más largo que "Luces Apagadas". El poder del Marichat ^^…

Nos vemos en el siguiente

¡Besos para todos y todas!

-Erolady-