Merlín se encontraba mal. Y al decir que se encontraba mal era que realmente lo estaba pasando bastante mal. Desde que supo la verdad en las palabras de Gaius unas horas atrás, simplemente no podía seguir. No sabía qué le ocurría. ¿Desde cuándo se afectaba tanto por una verdad como esa? No es que su padre estuviera maldito ni nada por el estilo. No, nada de eso. Su padre era un Señor de los Dragones, y eso era decir mucho. Era una persona de la que podía estar orgullosa de ser su hijo. Sí, eso lo sabía bien, pero había algo que no encajaba. Algo que sentía que faltaba.

En todo el viaje, Merlín estuvo pensando detenidamente en ello. Había algo que no cuadraba y él lo sabía. Más bien, su magia lo sabía. No tenía ni idea de que su magia pudiera hacer tal cosa, pero era cierto que ya lo había hecho con otras cosas: había detectado la magia en algo o en alguien, había sabido cuándo había un artefacto mágico en juego, y todo lo demás. Pero, ahora que lo pensaba, nunca algo tan fuerte e importante. Era como si su magia le pidiera a gritos algo que no sabía qué significaba. Su magia, que en ese momento parecía un monstruo chillando en su interior (exactamente situado debajo de la caja torácica), no parecía descansar. No paraba, no dormía, no descansaba. Siempre estaba allí, haciéndole saber que algo andaba mal. Para ser más explícitos, algo andaba mal con su padre.

Y eso había sacado lo peor de él. En su interior, tenía unas ganas tremendas de saber más acerca de su padre, ya que, como siempre, sentía que algo faltaba. Necesitaba información. Y rápido. Pero, por otro lado, su mente le indicaba que no hiciera nada estúpido para saber acerca de su padre. Y ahí era cuando empezaba la batalla: corazón contra consciencia, ¿quién ganará? Merlín todavía no lo sabía. Sinceramente, no sabía que hacer con su vida. Algo muy extraño ocurría y no cesaba.

Cuando se acostó el primer día de viaje, la batalla continuó. Pensó en todo ello varias veces. Se hizo las preguntas que su madre solía hacerle cuando no sabía qué hacer: lo primero, ¿era real lo que necesitaba? Sí, era real. ¿Era algo bueno, algo que no afectaba a nadie malamente? Sí y no, podía ser malo para él, en cierto modo. Y por último, ¿era necesario? Para su corazón, lo era mucho, y eso era lo importante. Pues, ¿quién vive sino con el corazón?

Estuvo varias horas sin dormir recapacitando sobre ello. Haciéndose preguntas, pensando en lo que significaría en un futuro y demás.

Pasó un rato más, hasta que supo bien lo que hacer. Si había aprendido de él en toda su vida era que, cueste lo que cueste, él siempre hacía lo que le parecía correcto, sea lo que fuera. Y eso lo respondió todo. Simplemente, haz lo correcto. Ese era su lema.

Así pues, se levantó, cogió una capa con capucha para no ser detectado mientras iba lo que tenía que hacer, y se dispuso a hacerlo. Tenía que hacerlo. Si no era por su propio bien, por lo menos lo haría por su padre.

Y así, fue a buscar respuestas a la persona que sabía que se lo daría.