De entre los árboles apareció Cardel. Alto, mediana edad, imberbe y vestido con una capa verde. Cardel era el líder de los druidas del norte de Ascetir. Merlín lo había llamado telepáticamente para un asunto muy urgente.

Cuando lo vio aparecer, Merlín se preguntó si esto realmente era hacer lo correcto. No sabía exactamente qué pensar, pero ya lo había decidido y no se echaría atrás como un cobarde.

-Emrys – dijo el druida como saludo e hizo una reverencia que rápidamente Merlín canceló asegurándole, como siempre, que eso no era necesario. No sabía por qué siempre tenían que hacerle una reverencia. A él. Sí, era Emrys y todo eso, pero no era ningún ángel o dios, era solo un humano, al fin y al cabo. Y un humano joven, sin experiencia, y, según Gaius, ingenuo todavía.

Merlín vaciló antes de hablar, ya que no estaba seguro de mostrar tal información. Pero, al fin y al cabo, eran los druidas. Gente pacífica que vivían en los bosques alejados de todo peligro. Eran, para Merlín, unas personas con las que se podían confiar sin preocupaciones. A Merlín siempre le habían caído bien los druidas, y no porque él fuera Emrys. No, era su forma de comportarse, la forma en que ellos le ayudaban. Así pues, supo que no había ningún problema en confiar en ellos.

Merlín le comentó lo que necesitaba saber, ya que este druida, tan conocido como alguien que controlaba muy bien los tiempos: presente, pasado y futuro, era la mejor ayuda que hasta el momento podía tener.

Merlín sabía que deberían ir a un sitio más especial para ello, así que no se sorprendió de ir a dar una caminata. Tras unos minutos, llegaron a un río, en el que una gran cascada caía desde un barranco. Allí fue donde señaló Cardel, y Merlín supo que habían llegado. De lo que sí se sorprendió fue al ver a Cardel atravesar el velo de agua de la cascada. Tardó unos segundo antes de hacerlo él también.

Dentro había una cueva oscura y húmeda. El sonido del agua cayendo de la catarata retumbaba en los oídos. Merlín siguió a Cardel hasta una zona iluminada por antorchas en la pared que alumbraba una especie de cuarto, en el que, en el centro, una especie de altar se encontraba ornamentado con telas rojas y blancas.

-He aquí la Cueva del Tiempo – dijo Cardel majestuosamente. Sin ninguna duda, Merlín se encontraba en un lugar sagrado y espiritual. Básicamente lo sentía. Pero esta vez su magia fluía diferente. Era como si notara el tiempo seguir su ritmo, continuando a través de años y años, y siglos y siglos, sin parar nunca. Era muy extraño lo que sentía. Nunca había visto nada igual.

Sentía literalmente como si entendiera el tiempo, como si pudiera controlarlo. En ese momento, Merlín había comprendido el Misterio del Tiempo.

Al parecer, su expresión fue bastante cómica, ya que vio a Cardel reír por lo bajo, no de mala manera.

-Veo que has conseguido saber el Misterio del Tiempo – comentó el druida – Muy pocos pueden. Solo algunos que contienen suficiente poder pueden conseguirlo. Esta cueva tiene el poder mismo de la Piedra de Neahtid.

Al oír ese nombre, Merlín lo entendió. Recordó haber visto esa piedra y sentirse parecido. Como si el tiempo fluyera sobre él o algo parecido, solo que en el momento que admiró la piedra, estaba muy atento a entender lo que acababa de haber visto, que no era poco. De hecho, con pesadez recordó que fue esa misma piedra la que le enseñó el futuro Camelot ardiendo. Y recordó también no haber hecho caso por las palabras reconciliadoras de Gaius, quien afirmaba que el futuro no estaba escrito, sino que se podía cambiar. Exacto, se puede cambiar.

En ese momento, Merlín se percató de que había algo que no cuadraba. Y, debido a su inteligencia que pocos sabían que poseía, supo de lo que se trataba rápidamente.

-¿Entonces en esta cueva estuvo el Cristal de Neahtid? – preguntó Merlín, esperando no estar equivocado.

-Así es.

-¿Pero no se suponía que estuvo siempre en la Cueva de Cristal?

-No siempre. Antes de la Gran Purga fue guardada aquí, y así se creó la Cueva del Tiempo. Aquí se puede apreciar los Tres Tiempos. El Cristal de Neahtid tenía el poder de hacer saber el Misterio del Tiempo, pero al siempre usarlo para ver los Tiempos, se ha perdido el uso que antiguamente se le daba: saber el Misterio del Tiempo. Por suerte, esta cueva tiene los mismos poderes, pues estuvo aquí mismo la piedra durante un tiempo. Y así es como surgimos nosotros, los Druidas del Tiempo, o básicamente los Druidas del Norte de Ascetir.

Merlín entendió. Pero lo que no sabía si le fascinaba o le asustaba era saber el Misterio del Tiempo. En esta cueva resultaba todo muy extraño referido al tiempo. Era como si el ambiente fuera diferente, y con ello, el tiempo. Y no podía saber cómo. Si más deprisa, si más despacio. No, no consistía en velocidad, era algo más general, como si no vivieran exactamente en el presente.

-Empecemos con el asunto – dijo Cardel con entusiasmo mientras se dirigía al altar.

En ese momento, Merlín no supo si había hecho lo correcto.