-¿Estás preparado? – preguntó Cardel una vez que Merlín estuvo arrodillado con los ojos cerrados delante del altar. Al no ser muy alto, el altar le llegaba a los hombros.

Merlín no sabía si estaba realmente preparado. No podía de dejar de pensar lo que su conciencia y mente le decían (más bien gritaban), pero su corazón y alma (donde residía la magia) gritaban más fuerte, así que se decidió a hacerlo. No sabía cómo funcionaría esto, pero igualmente se calló, ya que confiaba en Cardel.

-Bien, esto va a ser difícil. Jugar con el tiempo nunca es fácil. Así pues, primero te explico brevemente cómo funciona esto – Merlín estuvo muy agradecido por eso. Mejor saber de qué se trataba antes de hacerlo – Básicamente, al ser el pasado donde vamos a ir, tendrás que hacerlo solo, ya que yo no sé ese pasado.

Merlín abrió los ojos y miró al druida.

-Espera, me dijiste que sabías cómo podía ver el pasado sin haberlo vivido. Cuando dijiste eso, pensé que era porque tú lo sabías.

-No, no lo sé, pues el pasado es muy extenso. Pero da lo mismo, tú eres bastante poderoso, Emrys, como para hacerlo solo. El pasado no se ve así normal. No, debe tener un enlace. Al tener un enlace, puedes verlo si tienes el suficiente poder. Así funciona.

-¿A qué te refieres con enlace? – preguntó Merlín, bastante confuso en ese momento, y esperando ansiosamente la respuesta.

-Con enlace me refiero a algo por lo que puedas ver el pasado. Puedes tener un enlace de sangre, de conocer a alguien, de compartir algo con alguien o diversas formas. Nuestro enlace será el enlace de parentesco, pues es la única forma de la que podemos invocar el pasado en tu mente. El parentesco, como bien sabes, es la relación que tienes con tus familiares, y una cosa que compartís en la sangre. Ahí es donde, en nuestro caso, se guarda el pasado. Todos los recuerdos de tu pasado yacen en tu sangre, Emrys.

-Entiendo. ¿Entonces debo derramar sangre para ello?

-No, no, eso no hará falta – contestó el druida con una sonrisa – Yo sé cómo hacerlo, por eso no te preocupes. Cierra los ojos y deja tu mente en calma. Después, tendrás que pensar en lo que deseas saber del pasado. Cuando estés completamente listo, comenzamos.

Merlín se sintió extraño. En un principio, intentó no pensar en nada, dejando su mente en calma. Más o menos lo consiguió. Inmediatamente después, su mente se inundó de los deseos que tanto había tenido las últimas horas, todo ello resumido con una palabra: Balinor. Pasó unos momentos así, pensando en cómo habría sido, él y su madre, cómo se había ido…

…notó el tiempo fluir y moverse en su interior, en su magia…

…y ocurrió.

Él era Balinor, el Señor de los Dragones, alguien que podía estar orgulloso de sí mismo. Eso en un pasado, pues ya no se sentía tan orgulloso, tras lo tanto que había sucedido. Sentía pena. Pena por el pasado, pero a la vez… rabia. Rabia sentía con fuerza. Esos eran los sentimientos de Balinor al parecer.

En ese momento, él se situaba en casa. Su casa. Estaba rabioso, pero a la vez infeliz y apenado. Debía huir rápido o ellos le atraparían. Recogió todas sus pertenencias rápido e iba a irse cuando una mujer bajita con rostro tierno abrió la puerta.

-¡Balinor! – exclamó ella sorprendida, pero a la vez confusa, según la expresión de su rostro. Su mirada se volvió a sus pertenencias, ahora guardadas en una mochila –. Bal… ¿a dónde vas?

-A ningún lugar – respondió él secamente. Sentía ganas… ganas de… No sabía de qué, pero ahora se encontraba enfadado. Muy enfadado. En su interior de repente notó cómo algo, como un monstruo con tentáculos parecido al que Merlín sentía, se apoderaba de él completamente. Eso, sin saber por qué, hizo que se pusiera de extremado mal humor. Apretó los dientes y se dio la vuelta.

-Balinor, no… recuerda lo que te dij... – fue a decir la mujer cuando Balinor se dio la vuelta agresivamente con rostro severo, con ganas de gritarla. El monstruo que tenía dentro parecía controlarle. No podía parar. Se sentía mal y, aunque había motivos para ello, no sabía por qué tan mal. Se olvidó de todo. De su mujer, de su casa, de su vida, de su alma. Sentía que ese monstruo iba a salir de su boca en cualquier momento, y eso no era bueno.

-¡Ya está bien, Hunith! – gritó él a todo pulmón, dejando salir el monstruo de su interior. Al instante, se arrepintió de haber gritado así a su mujer, viendo su expresión asustada. Se sentía fatal. Ahora solo quería hundirse, que la tierra se lo tragara. Dejó caerse, medio inconsciente. Hunith fue a cogerle para que no cayera, dejándolo en una silla para que ahí reposara.

-Descansa, Balinor. Habrá sido duro para ti – dijo ella, agachándose.

-No puedo más, Hunith. Estoy agotado. Lo siento, lo siento en mí cómo… él…. – respondió Balinor mientras dejaba que unas lágrimas amargas cayeran sobre su rostro.

En ese momento alguien llamó a la puerta… Hunith se levantó…

La imagen se hizo cada vez más borrosa y la sensación que hace unos segundos Merlín sentía como si él mismo fuera Balinor, con todos sus emociones y sentimientos, se esfumó, para dejar ver otra vez la cueva iluminada por antorchas. Merlín se levantó y miró qué había ocurrido. ¿Por qué la imagen se había dio? ¡Quería saber más! Se sentía mareado, pero pudo ver al druida al lado suya diciéndole cosas que no escuchaba. Al parecer, alguien intentaba entrar en la cueva.

Merlín tenía que hacer todo lo posible para que, sea quien fuera quien estuviera en la entrada de la cueva, no supiera que estaba mareado ni dolido. Salió por una salida secundaria de la cueva que Cardel le indicó y escuchó gritos en la cascada.

Se trataba de Arthur.