Disclamer: Todos los personajes y parte de la trama pertenecen a Thomas Astruc y Jeremy Zag, yo solo escribo para divertirme y sin ánimo de lucro.
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Nota: He decidido participar en el reto #MarichatMay porque el marichat es uno de mis shipps favoritos y como el año pasado me quedé sin tiempo, pues espero resarcirme este. Trataré de llegar lo más lejos posible y no retrasarme demasiado a la hora de subir los relatos. ¡Espero que os gusten!
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NOTA DE LA AUTORA: Cada tramo de estos dos últimos capítulos inicia con fecha y ahora, os sugiero que os fijéis bien en eso porque la narración va hacia delante y hacia atrás. Espero que no resulte muy confuso, jeje. ¡Disfrutar del final de esta historia!
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Maullidos a la Luz de la Luna
(Reto Marichat para el mes de Mayo)
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Día 30: Confianza
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—¿Qué es la confianza? —Preguntó, achicando los ojos. Sus largos y finos dedos retorcieron un ligero mechón de su pelo, jugando con él como el destino lo hace con la vida de la gente.
—Como cualquier palabra tiene más de un significado —respondió el otro con calma, sin dejarse engatusar por ella. Por su aparente indiferencia, y arrebatadora belleza.
—Pero, ¿qué es la confianza para ti?
Frunció los labios durante un segundo antes de mirarla fijamente y atraparla para siempre.
—Probablemente sea… la esperanza firme que se tiene en otra persona o en uno mismo.
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30 de mayo (23:30 PM)
Plagg era un Kwami con gran confianza en sí mismo.
No se amilanaba ante nadie y en muy pocas ocasiones ofrecía disculpas sinceras por sus actos. No le importaba que los otros Kwamis se burlaran de su obsesión por el queso, tampoco se entregaba a la culpa al recordar actos desafortunados del pasado como el asuntillo de los dinosaurios o la Atlántida.
¡¿Por qué debería?!
Las cosas pasan por algo y a fin de cuentas, ¿no había sido mejor así? ¿Qué clase de mundo sería ese en que un tiranosaurio campara a sus anchas por una ciudad devorando a la gente? Y seguro que también había alguna consecuencia positiva para el hundimiento de la aburrida Atlántida, solo que aún no la había descubierto.
Plagg sabía que era distinto al resto de los Kwamis. Siempre lo supo y, la verdad era que disfrutaba de esa sensación. Aunque hubiera ocasiones en las que añorara a un espíritu afín que alabara sus ocurrencias o que no pusiera el grito en el cielo ante sus temeridades. Adrien le importaba mucho, puede que más que cualquier otro portador que hubiese tenido antes, pero el chico no era como él y lo había constatado ya en innumerables ocasiones. Pero era en esos momentos que, al mirarle, más seguro estaba que a Adrien le faltaba toda la confianza de la que él disfrutaba.
Y por eso abatido, pero sobre todo aburrido, no pudo evitar poner los ojos en blanco ante la escena que se representaba ante él. Una escena que él ya había visto.
Adrien estaba sentado en su sofá blanco, con las rodillas tensas y separadas y los codos hincados en ellas. Apretaba las manos a la altura de su rostro, pues se inclinaba hacia delante forzando su espalda de manera innecesaria y dolorosa. Su rostro estaba serio, crispado y rígido. Sus ojos, entrecerrados, estaban fijos en la mesita que tenía delante.
En el objeto que había encima de esta, más bien.
No me puedo creer que estemos otra vez así se lamentó el pequeño espíritu. Creía con una convicción casi fanática que no existía problema alguno que el queso no pudiera resolver, pero el profundo aburrimiento que le suponía regresar a eso una y otra vez no lo paliaba ni el camembert más sabroso.
Adrien había sacado el paraguas negro de su armario y lo había colocado sobre la mesita. Lo observaba a distancia, como si se tratara de una bomba que pudiera explotar si lo tocaba. Lo miraba sin decir palabra, entre lentos y pesados parpadeos.
Plagg resopló y voló hasta situarse sobre el objeto.
—¿Por qué no lo destruimos y ya? —propuso. Alzó su patita dispuesto a invocar su Cataclism pero Adrien se puso en pie, alzando las manos para evitarlo.
—¡No! —exclamó, asustado—. ¡Plagg, podrías destruir toda la casa!
—Bueno, pues hazlo tú…
—¡No puedo hacer eso! ¡No es mío!
Plagg abrió la boca y con supremo esfuerzo logró sujetar las palabras antes de que se le escaparan. La verdad se retorcía dentro de él como ascuas ardientes negras, pero el orgullo le obligó a callar.
Cruzó sus patitas. Estaba tan fastidiado que hasta los bigotes se le habían puesto de punta.
—¿Y qué piensas hacer con él?
Cuando los engranajes en la mente de su portador funcionaban a toda marcha, sus movimientos y gestos se volvían tensos. Sabía que llevaba dándole vueltas a esa pregunta desde la noche anterior.
Después de que eso pasara.
Meneó la cabeza al recordarlo.
Si es que… rezongó. Los Ladybug y Chat Noir actuales estaban haciendo un buen trabajo en su papel de superhéroes pero Plagg no recordaba haber tratado con un par más irritante e inconsciente en cuanto al cursi tema del amor en todos sus siglos de vida.
¡Si serán tontorrones!
Lo de la noche anterior había sido lamentable.
—Algo tendrás que hacer… —insistió el espíritu, deseando que acabara esa situación insípida y tediosa—; ¿no? —Por fin, el chico despegó sus ojos del paraguas y le miró—. Siempre puedes guardar ese trasto otra vez y hacer como si nada…
—No —decidió. Apretó los brazos contra su cuerpo y tomó aire—. Tengo que aclarar esto —Alargó la mano y lo tomó. Lo miró más de cerca con las cejas fruncidas—. Se lo devolveré esta noche y… le pediré que me hable de él.
—Marinette no quiere hablar de ese chico. Lo sabes de sobra.
—Pero a lo mejor si se lo pido a las claras…
—Si tuvieses más confianza en ti mismo, no te haría falta saber nada de eso.
Adrien dio un respingo. Su expresión se ensombreció ligeramente y asintió con la cabeza.
—Probablemente tienes razón, Plagg —Y se encogió de hombros, derrotado—. Me falta confianza.
El Kwami dibujó un arco en su boca y retiró la mirada. Se lo pensó mejor antes de hablar y flotó hasta la cara del chico para mostrarle su sonrisa.
—¡Aún eres joven! —Le dijo, como si nada—. Yo no empecé a tener confianza hasta los primeros… 300 años de vida.
Adrien se animó a sonreír, apretando el paraguas en sus manos. Alzó la mano y pasó los dedos por la cabecita del espíritu.
—De todos modos, creo que ya es hora de devolvérselo —insistió—. Ella es su legítima dueña, ¿no?
Y Plagg se mordió la lengua una vez más y se obligó a asentir.
Un mes atrás, cuando el paraguas llegó a manos de Adrien, le pareció divertido ver la frustración en su rostro mientras intentaba imaginar a quién podía haber pertenecido antes que a la chica.
¡Ni una vez sospecho que pudiera ser suyo!
El muchacho tenía siempre la mente tan llena de actividades, preocupaciones, tareas, compromisos y cursis fantasías de amor que era lógico que olvidara pequeños detalles o no fuera capaz de reconocer su propio paraguas aunque lo tuviera frente a sus narices.
Pero cuando el tiempo empezó a pasar y él seguía sin percatarse de ello, el Kwami consideró que pudiera haber otra razón por la cual el cerebro de Adrien se negaba a ofrecerle la resolución del misterio.
Quizás sea la misma por la cual nunca se dio cuenta del más que evidente enamoramiento de la chica pensó, recordando todas las pistas que Marinette había ido dejando caer a su alrededor desde que se conocieron y que él había ignorado con gran habilidad. Parecía que cuanto más obvia era una cosa, más le costaba verla.
Y solo encontraba una explicación para ello.
Falta de confianza.
Si no puedes confiar en ser digno de amor tu cerebro retorcerá la realidad para que esta confirme tus sospechas. Y por alguna razón Adrien no se creía tan digno de amor como Chat Noir.
Ese paraguas podía haber sido la herramienta perfecta que echara abajo esa ridícula creencia de una vez por todas, y sin embargo solo había conseguido hacerla más fuerte.
Le echó una última mirada y entrecerró los ojillos.
Quizás aún pueda servir para algo…
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29 de Mayo (01:30 AM)
Cuando está por pasar algo importante, si estás muy atento, a veces puedes percibirlo. Hay momentos en la vida en la que cualquier persona puede presentir los cambios que van a producirse. Sientes un sabor raro en su tu boca, o que algo te roza la nuca.
Chat Noir lo notó aquella noche.
Comenzó como un simple olor peculiar mezclado en las partículas del aire que flotaba en la azotea; había una electricidad extraña lamiéndole las mejillas y la piel del cuello.
Un aviso.
Al salir de su casa y enfrentarse a la noche, le pareció que esta era agradable. Las temperaturas se suavizaban a partir de la medianoche y los movimientos se hacían más ligeros. Pero poco después, se levantó un viento enrarecido que sopló entre aullidos desgarradores y empujó hacia su nariz un olor a quemado muy sospechoso. Ganó fuerza muy deprisa y para cuando ambos quisieron darse cuenta de lo que ocurría, estuvieron a punto de salir volando de la azotea.
Marinette reaccionó antes que él. Corrió hacia el muro y abrió la puerta que daba al interior del edifico. Entrecerraba los ojos para evitar que el polvillo le entrara en ellos, y se apartaba con las manos los mechones de cabello que caían sobre su cara con cada embestida del aire furioso.
Le dijo algo, Chat apreció el movimiento de sus labios pero el vendaval se tragó los sonidos. Igualmente comprendió cuando ella salió corriendo y cogió todo lo que habían dispuesto sobre la mesa para llevarlo al interior.
Aquel huracán imprevisto arrancaría todas sus cosas del Café si ellos no las salvaban antes.
El héroe saltó hacia la estantería y tomó, antes que cualquier otra cosa, la fotografía de ambos. Después agarró unas cuantas cosas más y la siguió. Lo segundo que salvó fue la hamaca. Los dos iban y venían, plantando los pies con fuerza en el cemento y fingiendo que las sacudidas del aire no les obligaba a parar un instante y hacer fuerza con su peso; el deseo de proteger aquel lugar y todo lo que contenía era más fuerte que el miedo a que ese viento pudiera hacerles perder el equilibrio y caer.
O se los llevara volando a otro lugar.
Acabaron con la respiración acelerada, lanzando resuellos pues la violencia de fuera no les dejaba respirar con normalidad. Una vez a salvo Chat Noir miró a la chica, su rostro sonrojado y contraído expuesto al destello de unas pocas velas que prendieron para iluminar el interior de aquel rellano.
—¿Estás bien? —le preguntó, extendiendo la mano hacia ella.
Debía estarlo, pero su visión agitada y rodeada por todas sus pertenencias como si hubieran perdido su hogar le contrajo las costillas. Marinette, sin embargo, sonrió un poquito y alargó sus dedos hacia él, pero antes de que le tocara Chat Noir estiró la cabeza.
Acababa de oír un fuerte latigazo a su espalda.
—¿Eso es…? —Volvió a oírlo, más fuerte. Un golpe formidable contra la piedra—. ¡He olvidado algo!
—¿Qué? ¡No, todo está aquí!
—¡No! ¡Falta algo! —Abrió la puerta y salió.
Le recibió una embestida tan violenta que retrocedió un paso antes de recuperar la fuerza de sus piernas. Por un instante pensó en Tormentosa, una violencia como esa era propio de ella, pero al mirar al cielo, entre los remolinos de aire y polvo, solo vio un cielo encapotado, de un tono ocre sucio que ocultaba las estrellas y la luna.
Apretó los dientes y se volvió para mirar el cartel de su Café. Se había soltado de un lado y la lona golpeaba contra la roca una y otra vez, a punto de romperse o de salir volando.
Sobre su cabeza se oyó un trueno y el mundo pareció ceder sobre sus cimientos. También oyó su nombre, venido de algún lugar, devorado por los crujidos del edificio. No hizo ningún caso, Chat Noir entrecerró los ojos pretendiendo valorar la situación antes de actuar, pero solo había un pensamiento en su cabeza.
Puedo cogerlo antes de que salga volando.
Notaba palpitando en él una confianza poderosa. Así que sin pensarlo más, saltó a la piedra y enganchó sus garras a ella. Algo pesado le golpeó en el estómago, no fue vértigo sino otra cosa que le causó un profundo dolor, pero endureció su mandíbula y ascendió como pudo. El viento era tan afilado que era como cuchillas cortándole el rostro, una fuerza que tiraba de él intentando succionarle con saña.
Una de sus botas resbaló y se le escapó un grito por la sorpresa. Notó un movimiento en su espalda y al bajar los ojos, comprobó que su bastón había caído al suelo. Se quedó paralizado un instante, temeroso de que su arma saliera volando y perderla para siempre. Pero un chirrido metálico logró hacerse hueco entre los gemidos del aire, Marinette apareció y él quiso gritarle que regresara al interior. La chica se estiró sobre el suelo y sin soltar el pomo de la puerta logró hacerse con el bastón.
Chat Noir meneó la cabeza, los cabellos que le caían sobre la frente se balanceaban ante sus ojos, los pelillos le arañaban los globos oculares y él rechinó los dientes por no poder rascarse.
Venga, solo un poco más se dijo. Levantó la vista, el cartel estaba desprendido de un lado por completo, golpeando contra la roca por encima de su cabeza. La palabra Secreto se balanceaba pidiendo ayuda.
Subió un poco más y alargó un brazo para cogerlo, pero la cuerda del lado suelto se agitó y le golpeó en el lado derecho del rostro. Chat chilló ante el escozor, pero resistió sin soltarse.
—¡Chat Noir! —La voz de la chica sonaba aguda y distorsionada por el zumbido del aire—. ¡Déjalo, por favor! —El chico no estuvo seguro, pero imaginó que esas eran sus palabras. Negó con la cabeza aunque ella no podía ver el gesto y se obligó a subir un poco más.
Alargó la mano de nuevo, pero pegó la barbilla al pecho para protegerse. Tanteó el espacio a ciegas hasta que por fin tocó la lona. Se aferró a ella con rapidez y entonces sí, dio un fuerte tirón para desprenderla del todo. No fue suficiente, el viento empujaba ahora desde la dirección contraria. Necesitaba hacer más fuerza, así que balanceó un poco su cuerpo para darse impulso y pegó un tirón más firme.
—¡Chat Noir! —exclamó Marinette, muerta de miedo, cuando el chico tembló a punto de derrumbarse.
Se aplastó contra la roca recuperando la verticalidad, el cartel estaba ya casi suelto.
Solo uno más se dijo.
Separó su cuerpo y tiró. Perdió cualquier tipo de apoyo y por un instante, quedó colgando del cartel que debido a su peso se soltó definitivamente y entonces, Chat cayó.
No era la primera vez que sentía la velocidad pasando a través de sus huesos y sus músculos en una caída al vacío, por lo que logró girar en el aire, preparando sus piernas para el aterrizaje. Por desgracia, una potentísima corriente se entrometió en su camino. La suciedad se coló en sus ojos y en su garganta, de modo que ciego y con la sensación de que se ahogaba, perdió el equilibrio en pleno vuelo. El viento silbó en sus oídos e infló el cartel que él sostenía en sus manos, empujándole con una fuerza demencial.
Chat Noir experimentó la sensación de volar más verdadera que nunca, y que la fuerza del aire hinchando el cartel lo arrastraba hacia arriba. Por un segundo no tuvo miedo. Al siguiente recordó que no tenía su bastón y que si salía volando lejos de la azotea y no tenía con que sostenerse, la caía que sobrevendría a esa subida podría matarle a pesar del traje.
Pero cuando fue consciente de este hecho ya era tarde. Miró a todos lados sin hallar nada a que sujetarse. Una mano invisible y gigante lo había atrapado y tiraba de él hacia el cielo, lejos del Café, pretendiendo arrancarle de su lugar seguro. Intentó doblar los brazos, arremeter con sus piernas, pero el viento lo retorcía como si fuera un insecto, cegándole y secándole la garganta para que no pudiera gritar. Acabó mareado y desorientado.
Perdido.
En verdad creyó que desaparecería.
Pero entonces, un tirón en su cintura que le robó el poco aire que le quedaba en los pulmones, le paró en seco. Chat Noir volvió en sí, apretó los parpados y se obligó a enfocar.
El viento lo había arrastrado casi hasta el borde de la azotea, pero Marinette, de algún modo, había extendido su bastón y lo había clavado en el enrejado como si fuera una barra de sujeción. Había trepado por él y había conseguido coger con su otra mano la cola de su cinturón.
Observó la fuerza con que los rasgos de su rostro estaban comprimidos, mientras tiraba con todas sus fuerzas para sujetarle. Ella le miró.
Ayúdame le rogó y Chat Noir entendió.
Volvió a girar sobre sí mismo y extendió una de sus garras para cogerse al enrejado. Consiguió arrastrar su cuerpo junto a él, hasta alcanzar a la chica. Volvieron a mirarse un instante; aún estaban en peligro.
Marinette pasó su cuerpo por el otro lado del bastón y muy pegada al enrejado, descendió con el rostro cobijado en su pecho. Chat Noir la siguió y en cuanto estuvo a ras del suelo, clavó su arma en la roca y ambos se aferraron a él.
Chat Noir enroscó un brazo a la cintura de la chica y sin soltar el bastón, empezaron a avanzar, muy juntos, levantando la planta de los pies lo justo para después aplastar el aire con todas sus fuerzas. Fue un avance lento y penoso, soportando las bofetadas del viento que intentaba hacerlos retroceder.
Por fin, Marinette extendió la mano hasta el pomo de la puerta, abierta de par en par. La usó para impulsarse al interior y caer de rodillas al suelo del rellano, Chat Noir la siguió y una vez dentro, con el temblor de las velas sobre sus hombros, tiró de esta hasta que la puerta se cerró con un golpe atroz.
Él también cayó hacia atrás en el eco del portazo reverberando por el hueco de la escalera que descendía hasta las profundidades del edificio. Miró a la chica, a gatas a su lado y los dos abrieron bien sus ojos, sin querer mencionar lo que había estado a punto de ocurrir.
Para él no era una sensación del todo nueva. Estaba acostumbrado a que el peligro le respirara en el cuello y a la descarga de adrenalina que le recorría justo después de haberse salvado. Y en esa ocasión no fue diferente. De hecho, fue tan parecido a cualquier otra de las muchas batallas que libraba como héroe que un impulso casi automático tiró de su brazo, extendiendo el puño hacia la chica.
Y las palabras salieron solas.
—¡Bien hecho, bichito!
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Marinette se le quedó mirando los primeros segundos, parpadeando largamente y sin decir nada. Quizás ella también estaba un poco confusa por todo lo que había pasado, puede que su mente también la hubiese llevado a pensar, solo por un segundo, que era la heroína y por eso aquella palabra no le sonó extraña.
Bichito.
¿Cuántas veces la había oído? Debía serle tan familiar que ni siquiera en ese contexto le resultó inadecuada.
Hasta que recordó quién era en esos momentos, en ese lugar.
Bichito no se lamentó él, con el oxígeno escapándosele a toda velocidad de los pulmones. ¡Princesa!
La miraba tan fijamente a pesar del estupor por su equivocación que Chat supo el instante exacto en que la alarma recubrió las pupilas azules, en que el recelo congeló sus rasgos y su pecho retomó su movimiento acelerado por un nuevo arranque de temor. Incluso pudo leerle el pensamiento.
¡Cree que la he descubierto! ¡Porque seguro que Marinette estaba pensando eso! ¿Qué si no? ¿Existía otra explicación? La sangre del cuerpo del héroe empezó a viajar más deprisa, los músculos de las piernas le ardían como urgiéndole a huir.
¡¿Huir?!
Entonces su cerebro (o tal vez una vocecilla oculta que habitaba en él, y que se parecía mucho a la Plagg) le concedió una idea repentina, una explicación un tanto débil pero que podía funcionar.
—¡Lo siento! ¡Lo siento mucho! —exclamó. No tuvo que fingir la cara de susto que adoptó al llevarse las manos a las sienes, pero sí exageró el tono avergonzado en su voz al retirar los ojos y menear la cabeza—. ¡No puedo creer lo que he hecho! ¡No quería…!
. ¡Perdóname, por favor!
Marinette frunció el ceño.
—¿Perdonarte por…?
—Por llamarte bichito —respondió él, hundiendo los hombros—. Así es como… a veces llamo a Ladybug —reconoció, arrepentido—. Lo siento, no sé por qué lo he hecho… se me ha escapado.
Esperó con los ojos clavados en la negrura del suelo, pero de refilón siguió vigilándola hasta que el pecho de la chica se desinfló. También notó que ella intentaba disimular el alivio que relajó sus rasgos antes de volver a hablar.
—¡Ah…! ¿Ah, sí? ¡No tenía ni idea! —farfulló con ese tono entrecortado y agudo que usaba siempre al pretender disimular—. Bueno, ha sido…
—¡Un fallo, nada más! ¡Te lo prometo! —exclamó él. Se preguntó si no se estaría pasando con el dramatismo y bajó su voz—. Ha sido por lo que ha ocurrido, ¿entiendes? El peligro, la adrenalina, lo de trabajar juntos en equipo… ¡Ha sido tan parecido a cuando Ladybug y yo peleamos contra un akuma que mi cerebro se ha confundido por un momento!
—Ya —asintió ella—; entiendo.
—¡Pero no ha estado bien! —insistió él—. Me siento fatal.
Marinette separó los labios, supo que para decirle que aquello no era tan grave, pero se detuvo con una mueca de incertidumbre. Chat Noir tomó aire, sentándose en el suelo y mantuvo la mirada baja. Decidió esperar un poco antes de decir nada más.
El silencio se alargó hasta que los rugidos del aire hicieron vibrar la puerta con su violencia. Sonaba como si alguien estuviera soplando con toda la fuerza de sus pulmones para apagar un fuego; al menos sirvió para llenar aquellos minutos incómodos.
Sin abandonar su postura arrepentida, Chat Noir meditó sobre lo extraño (casi se podría decir absurdo) que era lo que estaba sucediendo. Y con todo se dijo que debía sentirse afortunado porque aquel era el primer error de ese tipo que cometía desde que descubrió que ambas chicas eran la misma. Hasta entonces ni siquiera se había planteado que algo así pudiera pasarle.
Podría haber sido un desastre se dijo, aterrado. Sabía que si Marinette descubría que él conocía el secreto todo su mundo se vendría abajo. La chica, tan responsable como era, actuaría como Plagg le había advertido. Le arrebataría su prodigio, se alejaría de él para protegerle y su relación terminaría después de tan solo un mes.
Debo tener más cuidado de ahora en adelante.
No podía olvidarse que caminaba sobre un hielo muy fino y que al mínimo despiste, este se doblaría sepultándole en las frías aguas de la soledad de nuevo.
¿Qué debería hacer ahora?
Cualquier otro chico que por accidente hubiese llamado a su novia por el mote que le puso a la chica anterior de la que estuvo enamorado, se habría metido en un buen lío. Debía mostrarse avergonzado y pedir disculpas… ¿verdad? Solo que él la había llamado así porque, en realidad, era la misma chica.
Por su parte, Marinette debería haberse enfadado mucho ante semejante despiste, aunque hubiera sido un descuido inocente. Pero ella se mostraba más confusa que molesta porque, del mismo modo sabía, que ese mote le pertenecía también. Y si la conocía bien (y Chat sabía que sí) debía estar sintiéndose culpable pensando que ese desagradable malentendido lo había causado en parte ella por mentirle sobre su identidad.
Por eso no se animaba si quiera a fingir enfado o celos.
¡Y es que él no la había llamado por el nombre de otra, sino por otro de sus nombres!
El silencio se estaba alargando demasiado, dejando al descubierto que ambos tenían mucho que callar. El chico se removió sobre el suelo, deslizó una de sus manos por las protuberancias de este para no sobreactuar de nuevo y se aclaró la voz.
—Lo siento de veras… —murmuró.
La chica, frente a él, dio un respingo. A la luz de las frágiles velas que llenaban el rellano donde se habían ocultado su rostro aún parecía tenso, tirante e incluso algo demacrado.
¿Acaso no la había convencido?
Se pasó una mano por la mejilla, apartando un mechón de pelo que en realidad no estaba ahí y endureció un poco su mirada.
—A ver, no… no me ha gustado —comentó, forzando una voz serena. Chat Noir se atrevió a mirarla y eso, por supuesto, hizo que ella vacilara. Su rostro se enrojeció de golpe—. Pero no pasa nada… ¡Todos cometemos errores!
—Ya, pero este error…
—Es que pasas mucho tiempo con Ladybug y también conmigo —explicó ella a toda velocidad—; tu cerebro se ha hecho un lío, eso es todo.
—¿No estás… enfadada?
Su cuerpo se impulsó hacia delante, los labios separados para dejar ir las palabras pero de pronto se irguió y torció la cabeza. Chat Noir contuvo el aliento.
Disimula, bichito le rogó en su mente. La única manera para que superaran ese momento tan peligroso era que cada uno se mantuviera en el rol que correspondía. ¡Los dos debían mantener la pantomima! Debes estar enfadada y yo, arrepentido… Por favor.
—Estoy un poco molesta —declaró, aunque no lo parecía en absoluto—. Pero, la verdad, esto mismo me ha pasado a mí miles de veces, así que lo entiendo.
—¿En serio?
—Sí… muchas veces llamo Rose a Alya, o mamá a mi padre, a veces incluso confundo los nombres de mis profesoras —Le contó. Reconoció en ella su desesperado deseo por mostrarse comprensiva y sonreír de nuevo—. ¡Es bastante normal! —Chat Noir asintió inseguro y ella continuó hablando—. Cuando llamo por teléfono a mi abuelo le digo: ¡Hola, abuelita! o si quiero decir macaron, me sale Croissant.
. Una vez incluso, mientras hablaba con Luka por teléfono, me confundí y le llame Ad…
Entonces, la voz se le cortó de raíz.
Chat Noir sintió un retorcijón en el estómago al ver como los ojos de Marinette se empequeñecían de golpe, nublados por una intensa emoción que era ambigua para él. Apretó los labios para terminar con un susurro atorado en su garganta.
—Le llamé por el nombre de otro chico.
Otro chico pensó él.
Se tensó sobre el suelo con una bola en su garganta. Una bola muy amarga que se le atoró, como una piedra fría y áspera, inundando de ese sabor su boca, provocándole un escozor al fondo del paladar.
Se produjo otro momento extraño, pero este tuvo algo de crucial. Fue consciente de que lo mejor era dejar que esas palabras se diluyeran entre los embistes del viento, como si no hubieran existido. Solo tenía que hablar de otra cosa, pasar por encima de ese comentario inútil y sacar un nuevo tema que los alejara del peligro que los rodeaba.
Pero la pregunta le quemó en el pecho y se le escapó en cuanto abrió la boca para respirar.
—¿El del chico del paraguas?
Marinette tembló un instante, parpadeó un par de veces y asintió con la cabeza.
—Sí —reafirmó con la voz ausente—. El suyo.
¿Por qué parecía alejarse de él cuando ese otro chico era mencionado?
Lo reveló con franqueza, pero de un modo forzado y con una actitud que dejaba claro que no quería hablar más de ello. Chat Noir contempló como un muro invisible se alzaba entre ellos por un segundo, rodeando a Marinette, como si necesitara protegerse de él.
¡Eso es absurdo! Protestó, pero fue lo que sintió. Así que bajó la mirada y se tragó el resto de preguntas que brotaron en su mente y que ella no respondería. El misterio que rodeaba a ese chico seguía siendo firme, no había disminuido un ápice en todos esos días.
Pero la verdadera razón por la que guardó silencio fue una repentina inquietud. Y la terrible impresión que le produjo la fuerza que había visto en la mirada de la chica. ¿Cómo es que esa breve mención al chico misterioso aún provocaba emociones tan fuertes en ella? ¿Y por qué guardaba aún silencio con respecto a él?
¿No confiaba lo suficiente en él, Chat Noir, como para hablarle de lo que le pasó con ese chico?
¿Cómo me va a tener esa confianza… si ni siquiera yo la tengo en mí mismo?
Ese era el auténtico problema. Por eso no podía lidiar con las respuestas a tales cuestiones y por el momento, se ocultó en el silencio, en la seguridad falsa de no saber, de ignorar aquello que quizás nos provoque más dolor. Una salida cobarde pero a la que todo el mundo se aferra alguna vez en su vida.
Chat Noir se deslizó hasta una pared y se apoyó en ella. Le sorprendió notar los temblores en la roca a causa de la fuerza del viento.
Marinette se abrazó a sí misma con los ojos clavados en el suelo. No estaba seguro ya a qué obedecía la culpa que veía en su semblante pero Chat no dudó en abrirle sus brazos. Ella vaciló un instante, pero él recompuso su sonrisa más sincera y la estrechó con todas sus fuerzas cuando la chica se apoyó en su pecho. Su olor en la nariz primero le reanimó y después le calmó, jamás dudaría de sus sentimientos a pesar de los misterios que no se decían en voz alta.
—Tranquila, princesa —Le susurró, apoyando la barbilla en la coronilla de ella, sintiendo la suavidad de su cabello desordenado, el calor delicioso de su cuerpo sobre su torso—. La tormenta pasará en seguida.
—¿Tú crees?
Su voz apagada y triste se le hincó en la piel, de modo que la atrapó en sus brazos y la sentó sobre sus piernas, estrechándola al tiempo que le oprimía las costillas de forma juguetona. Marinette no sucumbió a las cosquillas, pero se retorció contra él alzando sus manos hasta su cuello y le miró, con las mejillas arreboladas y una sutil sonrisa en sus labios.
—Porrrrr supuesto que sí —afirmó, enroscando sus brazos a su cintura, Sus cuerpos acoplados el uno al otro como si fueran un solo ser—. Palabra de gato.
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30 de Mayo (12:00 PM)
No había momento de mayor alboroto en el instituto Françoise Dupont que la hora de la comida.
Todas las aulas abrían sus puertas a la vez para dejar escapar una marabunta de adolescentes hambrientos y aburridos que voceaban, estirándose mientras bajaban las escaleras hasta el hall de la escuela. Algunos corrían hacia el exterior para ir a comer a sus casas, pero la mayoría marchaba rumbo a la cafetería guiados por sus estómagos rugientes.
Alya, Nino y Marinette se desviaron de la ruta para acompañar a Adrien hasta la salida del centro.
Cada día que tenía que volver a casa para comer a solas en lugar de quedarse con sus amigos sufría el mismo disgusto, por más que había intentado hacerse a la idea. Pero ese día se sentía peor, atrapado en un humor melancólico que le había acompañado durante las clases, apenas tuvo fuerzas para agitar su mano cuando llegó al umbral.
—¡Tío, debes convencer a tu viejo para que el año que viene te deje comer aquí con nosotros! —Propuso Nino.
Es un bonito sueño pensó él con amargura. Uno que dudaba fuera a hacerse realidad. Conocía demasiado bien a su padre, no obstante no tenía ánimo para hablar de eso.
Estaba por girarse cuando Marinette le puso una mano en el brazo. Sus dedos se cerraron con suavidad en torno a su piel y sintió una descarga que recorrió su cuerpo entero.
—Adrien… —Le llamó y él se volvió al instante, dando un paso adelante como si una fuerza extraordinaria le empujara—. ¿Qué te ha pasado en la cara?
El chico parpadeó.
La cara…
Por suerte detuvo su propia mano antes de rozarse la marca que le había quedado de la noche anterior, ahí donde la cuerda suelta del cartel del Café le dio de lleno cuando intentó cogerlo.
El traje de Chat Noir no solo le protegía de los golpes, sino que también evitaba los moretones y las cicatrices, pero había recibido el latigazo en la mejilla al descubierto y por eso la marca había persistido tras la transformación. Por suerte no tenía la mejilla hinchada aunque la línea enrojecida que bajaba por su pómulo era aún muy visible.
—No es nada —dijo de inmediato, con simpleza—. Un pequeño accidente en una sesión de fotos.
—¿Accidente?
—Sí, es que tenía muchos cambios de vestuario, muy rápidos y en uno de ellos me golpeé con algo —Se encogió de hombros—. Ni siquiera recuerdo con qué.
—¿Te duele?
Marinette le miraba con una preocupación que llegó a conmoverle, pero que también le produjo un desagradable vacío por dentro. Si hubiese sido Chat Noir y no él, la chica habría alargado su mano para rozarle, incluso le habría besado con dulzura cerca de la herida. El escozor que le atenazaba en cada mueca que hacía se habría desvanecido gracias al cosquilleo mágico de sus labios.
Y por más que él anheló que lo hiciera, ella solo le dirigió una mirada, esas escuetas palabras tiernas. Tuvo que conformarse con eso porque Adrien no era el chico que ella amaba.
—No, no duele —respondió, sobrecogido. Sí dolía en su pecho, entre sus costillas, en su corazón. Un dolor familiar y lacerante que se le había metido demasiado hondo—. No te preocupes, Marinette —Apretó la correa de su mochila que le cruzaba el pecho y se dio la vuelta—. Hasta luego.
Echó a andar sin esperar que los demás le dijeran adiós. Bajó los escalones hasta la calle en saltos, el coche de su padre ya le esperaba aparcado en la acera así que trotó hacia él para colarse en el interior al tiempo que soltaba un resoplido.
Se descubrió aliviado por poder irse.
A través del cristal atisbó la figura de sus amigos alejándose de la puerta. Miró la espalda de Marinette mientras ella caminaba y comprobó que no se volvía a mirarle.
¿Por qué lo haría?
El coche arrancó y él se aplastó contra el asiento. Plagg le miró entre los pliegues de ropa, pero Adrien le hizo un gesto con el dedo para que guardara silencio. Su guardaespaldas podría oírlos.
Durante semanas no había vuelto a pensar en el chico misterioso, el primer amor de Marinette, como dijo Alya en aquella conversación. Habían pasado tantas cosas en aquel tiempo que su mente lo había encerrado en algún compartimento oculto de su cerebro, como si nunca hubiera existido tal preocupación.
Todo había ido bien… hasta que la presencia de ese chico regresó la noche anterior.
Trató de ignorarlo con la esperanza de que ese fantasma volviera a su lugar en las sombras, pero se hizo más real que nunca. Apenas pudo dormir porque no cesaba de rememorar la expresión rota de Marinette al mencionarlo. Entre las luces centelleantes de los relámpagos que barrían su habitación a oscuras, Adrien creyó percibir a ese chico sentado cerca de él, haciéndole compañía y sin dejarle descansar.
Quiso creer que se iría con el amanecer de un nuevo día, como las sombras. Que cuando se reencontrara con Marinette en clase todo volvería a estar bien, porque ella ahuyentaría a esa presencia pero resultó ser aún peor. En el instituto no era Chat Noir, de modo que no podía ir hacia ella y besarla, ni tan siquiera cogerla de la mano para sentir su calor. Allí era solo Adrien y Marinette le trataba como a un amigo. Y ese día le dolió más que nunca.
El espíritu del chico misterioso lo acompañó, burlándose en su oído cada vez que ella le hablaba de manera cordial, aunque despegada. Cada vez que él movía su mano para tocarla y Marinette le esquivaba sin darse cuenta de sus intenciones. Cuando sus ojos azules recorrían el cuarto y no se detenían en él más de lo que lo hacían en el resto de compañeros. Por una vez se sintió solo incluso estando cerca de su princesa y entonces supo que todo había cambiado; ya no bastaba con esconder el paraguas y fingir que no existía.
¡Porque sí que existía! Estaba ahí, frente a él, recordándole que el chico que se lo regaló aún tenía un espacio en el corazón de ella. Y eso no significaba que dudara de sus sentimientos por él, pero igual que estos habían crecido en todos esos días juntos, su miedo e inseguridad por perderla también eran mayores ahora.
La incertidumbre, el no saber a lo que se enfrentaba era lo que le estrangulaba y le hacía caminar encorvado.
Necesitaba saber quién era el chico del paraguas para dejar de temerle.
.
.
Tras la cena de aquel día, Adrien retornó a su cuarto y sacó el paraguas de su escondite. Lo contempló unos instantes con los latidos del corazón azotando sus oídos y lo llevó hasta la mesita que había frente al sofá.
Y lo miró desafiante.
Esa noche le devolvería el paraguas a Marinette y le pediría que le contara la verdad sobre ese chico. Se forzó a creer que cuando todo saliera a la luz, las cosas volverían a la normalidad entre ambos. Un secreto de los que se interponían entre ambos sería revelado. Aunque había aprendido a convivir con ellos para estar con la chica, no podía evitar que la expectación le devorara por dentro al pensar en esa posibilidad.
No obstante, una parte de su mente aún le atormentó un poco, cuando más miraba ese paraguas, sin verlo en realidad.
¿Y si ella se molesta por mi curiosidad?
¿Y si no quiere contarme nada?
¿Y si ese chico resulta ser alguien tan superior a mí que yo no…?
Sacudió la cabeza y acalló esas voces.
No podía seguir así. Sacrificar la sinceridad absoluta en su relación con Marinette era algo que había asumido porque existían cosas que debían seguir ocultas, todo el asunto de sus identidades secretas era algo que estaba por encima de lo demás. Pero… ¿era egoísta querer saber el resto?
Te falta confianza, Adrien le dijo Plagg poco después y él lo asumió sin problemas porque era cierto.
Y no ansiaba ganar confianza descubriendo la identidad de ese chico, pero quizás sí conseguiría así algo de serenidad.
.
.
30 de Mayo (00:00 AM)
No había ni rastro del viento de la noche anterior cuando Chat Noir salió de su casa con su bastón en las manos y el paraguas negro atado a su cintura.
Se encontró con una ciudad silenciosa, envuelta en una quietud que se le clavó por todo el cuerpo y le hizo sospechar, aunque no sabía exactamente de qué. Recorrió los tejados observando las luces de las ventanas, le pareció que las personas que estaban en el interior no se movían con normalidad. El tiempo parecía haberse detenido y los habitantes del mundo, con él.
A medio camino se detuvo en un saliente y tras comprobar su estado, pensó que debía estar más nervioso. Sin embargo sus pulsaciones se habían ralentizado durante el trayecto, notaba ahora sus extremidades más pesadas que al salir. Incluso sus pensamientos acelerados transitaban ahora con pereza por su mente, sin llegar a formarse del todo, dejando que las conclusiones se perdieran en la nada de su inconsciente.
Cuando al fin vislumbró el Café Secreto al otro lado de la calle se vio invadido por algo parecido al desasosiego. ¿Estaba haciendo lo correcto forzando una confrontación? La tentación de olvidarlo todo, de seguir como si nada y solo disfrutar de una nueva noche feliz junto a la chica le oprimió la garganta. Podía hacerlo, podía fingir, podía ser feliz…
No… se dijo, entonces muy seguro. No puedo.
Ya no.
—Ahhh —resopló.
Las luces estaban prendidas en el café, Marinette ya estaba esperándole y él no podía huir. Sustituyó el bastón por el paraguas en sus manos y dio el último salto hacia la azotea. Aterrizó sobre el enrejado y se dejó caer en la roca a pocos metros de la chica.
Esta se dio la vuelta y le sonrió.
—Buenas noches, gatito —le saludó. Y como siempre fue hacia él con ese caminar ligero, mezclado con saltitos, y le echó los brazos al cuello. El chico se dejó abrazar y respondió al gesto con ganas. Se besaron contentos de reencontrarse y cuando ella retrocedió un paso para mirarle, descubrió el paraguas—. ¡Oh, mi paraguas! —Exclamó sorprendida.
—Ah, sí… —murmuró él, tendiéndole el objeto—. Disculpa el retraso.
Marinette arqueó las cejas, divertida.
—¿Retraso? ¿Después de un mes entero? —Lo cogió con rapidez y pasó las manos por la tela—. Creí que no me lo devolverías.
—¿Cómo pudiste creer algo así?
—¡No sé! Pensé que tal vez no lo habías encontrado en el puente pero no te atrevías a decírmelo —sugirió ella. Sus ojos recorrieron el objeto con renovada alegría, una emoción que no pasó desapercibida para el chico—. ¡Gracias, Chat!
Asintió y se pasó una mano por la nuca, mientras ella sonreía feliz con el paraguas entre sus brazos. Aquel era el momento, la última oportunidad que tendría para aclarar las cosas.
Y no se lo pensó más, por miedo a echarse atrás.
—¿Quién es? —Soltó.
—¿Quién es quién?
—El chico del paraguas —respondió, igual de rápido. Ahora sí sentía que los nervios volvían a él—. ¿Cuál es su nombre?
Marinette se quedó clavada en el lugar en el que estaba, no se esperaba esa pregunta. Y tal y como pasó la noche anterior, sus ojos se perdieron tras una capa de dolor y su cuerpo se encorvó, como retrayéndose hacia su interior, alejándose de él. Pero esta vez Chat Noir no iba a permitirlo. Se acercó a ella y le puso una mano en el hombro.
—Marinette… ¿por qué no quieres decirme quién es? —La chica se agitó, respondiendo con un despegado encogimiento de hombros. Sentía que la perdía tras el muro, que se apartaba de él como las otras veces, de modo que soltó la pregunta que le estaba ahogando por dentro—. ¿Es porque aún le quieres un poco?
Eso la hizo reaccionar.
—No… —Apenas alzó la voz o se revolvió, pero él la creyó—. Claro que no es eso.
—¿Y entonces?
—No quiero hablar de él.
—¿Por qué no? —Ella guardó silencio y Chat Noir trató de adivinar—. ¿Es por qué te hizo algo malo? ¿Te rechazó y por eso…?
—No, no… no es… —Marinette resopló y se apartó de él. Soltó el paraguas sobre la mesa redonda y se pasó las manos por la cara, después las apoyó en sus caderas y siguió dándole la espalda—. No me hizo nada malo. Ese chico es… ¡Nunca le haría daño a nadie! Y menos a mí.
. Y además… tampoco me rechazó.
Chat Noir frunció el ceño.
—¿Ah no?
Ella se volvió al fin. Su expresión triste golpeó sus sentidos y aunque quiso acercarse a ella, algo en su postura o en el modo en que le miraba, le quitaron la idea de la cabeza.
—No. Porque nunca le dije lo que sentía por él —confesó. Sus labios temblaron en una mueca de pena y vergüenza—. No me atreví.
—¿Por qué no?
La chica sacudió la cabeza, agobiada. Dio un par de vueltas en torno a la mesa y después se dejó caer sobre una de las sillas rojas. Apoyada contra el respaldo respiró hondo, después se encorvó y sus manos cayeron sobre sus piernas.
—Yo… me enamoré de ese chico al poco de conocerle —relató. Chat Noir sintió que su corazón se aceleraba y que algo le oprimía, una desazón que le advertía que no querría escuchar lo que ella iba a contarle, pero era tarde para pararla—. Lo hice de una manera tan intensa y sin medida que, los primeros días no podía ni decir una palabra completa en su presencia.
. Me ponía tan nerviosa que decía tonterías, tartamudeaba, me tropezaba y me caía frente a él… cada vez que me hablaba, yo hacía el mayor ridículo del mundo ante sus ojos.
. Pero él es tan… bueno y encantador que, a pesar de eso, no pensó mal, ni se rio nunca de mí. Y gracias a eso nos hicimos amigos. Cuanto más le conocía, más me enamoraba de él. Cuando pensaba que mis sentimientos no podían ser mayores, ocurría algo y mi corazón se ensanchaba para quererle un poco más.
Chat Noir, abatido, ignoró el impulso de buscar algún momento en que Marinette se hubiera comportado así con él. No, no debía hacerlo. Estaba ahí para escuchar y aceptar.
—No entiendo —musito, aunque cada palabra le dolía más que la anterior—. Si le amabas tanto, ¿por qué no le dijiste lo que sentías?
—Lo intenté algunas veces pero siempre fue un desastre —admitió ella—. O yo metía la pata o algo se torcía, no lo sé. Llegué a pensar que el destino no quería que estuviéramos juntos —Se le dibujó una sonrisa triste, amarga y torcida en el rostro—. No, no fue eso. En realidad, me daba demasiado miedo que él me rechazara.
—A lo mejor no lo habría hecho.
—Él solo me ve como a una amiga —replicó ella al instante—. De eso no tengo dudas.
. Además, yo nunca me he sentido a la altura de ese chico. Le veía tan maravilloso, tan perfecto, tan inalcanzable que…
—¿Qué?
La expresión de la chica flaqueó e hizo un puchero involuntario, aunque sus ojos no alojaron lágrimas.
—Que cuando apareció una chica que era tan maravillosa como él, yo me hice a un lado sin más —confesó con gran pesar. Bajó la mirada meneando la cabeza—. Después de tanto tiempo albergando esos sentimientos, no hice nada. No intenté luchar por él. Me convencí de que sería más feliz con esa otra chica.
. Y él se fue con ella, claro. Y yo me quedé sola.
Chat Noir respiró hondo, estaba tan tenso que todo el cuerpo le dolía por el mínimo gesto. Aquella no era la historia que esperaba oír. Marinette había amado al chico del paraguas con todo su corazón y la herida aún le dolía porque, de algún modo, esta seguía abierta.
Él chico no sabía de sus sentimientos. Nunca la rechazó.
Eso significaba que si algún día se enteraba y daba un paso al frente…
—¿Y ese chico aún está con la otra chica?
Marinette sacudió la cabeza.
—Alya me contó que han roto —reveló. Chasqueó la lengua y añadió—. ¿Qué importa eso? —Se levantó para acercarse a él de nuevo—. Era por esto que no quería hablar de él, Chat. Recordar lo que pasó me hace sentir como una cobarde.
—¿Qué? ¡Claro que no!
—¡Sí, lo soy! —Insistió ella con vehemencia—. Yo no soy como tú, Chat. Tú luchaste por Ladybug con todas tus fuerzas, sin desfallecer; pero yo me acobardé a la primera de cambio y ni siquiera pude decirle lo que sentía.
. No sabes lo terrible que es eso. Lo que cuesta acallar esa clase de sentimientos en tu interior un día, y otro, y otro más.
—¿Y te arrepientes?
—¡Sí! ¡O no! ¡No lo sé! —Calló un instante como si necesitara pensarlo—. A lo mejor si él me hubiera rechazado, yo lo habría olvidado todo antes.
. Me siento avergonzada cuando pienso en eso y en él.
—Porque aún piensas en él…
—Sí, porque aún es un buen amigo —Le explicó—. Ya no pienso en él de ese otro modo.
Meditó en lo que acababa de oír. Al menos ahora que tenía las piezas, y podía encajarlas en su mente. Le había dolido un poco oír a Marinette hablar así de ese chico, de la magnitud de los sentimientos que había albergado por él pero se dijo que era algo bueno. Él quería la verdad fuera la que fuera.
Y la creía, por supuesto, cuando decía que todo era cosa del pasado. Un pasado muy doloroso y que aún le causaba sufrimiento.
No obstante, y aunque le habría encantado dejar las cosas así, había algo que le seguía molestando. Y había llegado demasiado lejos como para dejar un cabo suelto que siguiera atormentándole cada vez que se acordara.
—Pero sigues sin decirme su nombre…
—¿Cómo?
—El nombre de ese chico —concretó, mirándola a los ojos—. Entiendo que es muy doloroso para ti recordarlo todo pero, ¿por qué sigues ocultando su nombre?
—No lo oculto.
—Pero no lo dices.
—¡¿Por qué es tan importante su nombre?! —estalló ella—. Ya sabes toda la verdad, pero no quiero decir su nombre, ni pensar más en él —Cerró los ojos, apretando los párpados—. No aquí, no en nuestro sitio especial…
—Solo es un nombre, Marinette.
—¿Y entonces por qué es tan importante para ti? Ya te he dicho que no siento lo mismo por él —La chica le encaró, con una expresión de gravedad—. ¿No me crees?
—¡Pues claro que te creo!
—Dijiste que la confianza no era solo cuestión de saberlo todo sobre la otra persona, sino de saber que siempre puedes contar con ella —comentó Marinette—. ¿Recuerdas cuándo me lo dijiste?
—Claro que me acuerdo.
Fue la primera vez que se reunieron en su Café Secreto. La primera noche en que, de un modo accidental, sus labios se rozaron por un salto desafortunado en la hamaca y todo cambió. Porque él se dio cuenta de que siempre había amado a esa chica y que haría lo que fuera para ser digno de ella.
—Yo tampoco lo sé todo sobre ti —insistió ella, relajando sus rasgos. Se acercó un poco más, alargando sus manos suspendidas en el aire y Chat se quedó mirándolas, adivinando en ellas un universo de promesas de amor y recuerdos felices que aún estaban a su alcance—. Pero no me importa, porque sé lo que necesito saber: que tú me quieres y que yo también te quiero a ti.
. Dijiste que era suficiente si teníamos confianza el uno en el otro. Y tú, Chat Noir, siempre tendrás mi confianza.
. ¿Sigo teniendo yo la tuya?
El chico parpadeó, trató de hablar pero la lengua se le trabó y la vista se le nubló cuando una urgencia se apoderó de él. Alargó las manos y atrapó a la chica en un fuerte abrazo. Calló hasta sentir su calor recorriéndole, hasta sentir sus latidos pegados a los de él y su respiración acelerada en su cuello.
Entonces, pudo hablar aunque de un modo atropellado y nervioso.
—Por supuesto que tienes mi confianza, Marinette, siempre tendrás mi confianza. Eres la persona en la que más confío de todo el mundo —Cogió aire que infló su pecho, su corazón que parecía haberse detenido retomó su ritmo haciéndole daño. Apretó los ojos sintiendo los brazos de ella estrujándole la espalda—. Lo siento. No debí…
—Está bien, Chat.
—No necesito saber su nombre —anunció, resolutivo—. No quiero saberlo.
Marinette se apartó para mirarle.
—¿Estás seguro?
Sí, ahora estaba seguro.
Estaba seguro de que esa duda tardaría en desaparecer de su mente, pero también lo estaba de que Marinette le amaba y de que él la amaba a ella más que a nada en el mundo y por tanto, jamás la pondría de nuevo en una situación que la disgustara o la hiciera sentir mal.
Sus problemas de confianza no eran con ella, sino consigo mismo. Y buscaría el modo de resolverlos por su cuenta.
—Estoy seguro —afirmó, convencido. Bajó la cabeza hacia ella, sus narices se rozaron y el movimiento continuó hasta que sus labios se encontraron con suavidad—. Tienes mi confianza, mi corazón… todo es tuyo.
—Payaso…
La besó de nuevo, atrayéndola hacia él. Y expulsó todo lo demás de su mente. Solo quería quedarse con esa sensación; con el roce de su boca, la humedad que culminaba con la suavidad sobre sus labios, con su presencia tan cerca de él que podía notar como sus almas se fusionaban en la noche. Y con esa extraña felicidad luchadora que se había abierto paso entre los secretos y los silencios para mecerle y recordarle que existía. Para prometerle que no tendría que renunciar a ella nunca más.
Ella confía en mí se convenció. Yo también puedo encontrar el modo de hacerlo.
Con Marinette en sus brazos estuvo seguro de que encontraría su confianza perdida por ella, pero sobre todo por sí mismo.
.
.
30 de Mayo (03:00 AM)
—Entonces… ¿ya estás mejor? —le preguntó Plagg.
Adrien cayó rendido sobre su cama tras liberar al espíritu. De espaldas, se arrastró sobre la colcha con el brazo extendido hasta su mesilla para coger el amuleto encantado. Lo posó sobre su pecho y fijó la mirada en el techo, listo para descansar.
Eso pensó Plagg que no esperó más para volar hasta su armario de las delicias y recuperar fuerzas devorando algunos de sus mejores ejemplares. ¡Él también estaba agotado! Pero cuando sus pupilas verde chispeante pasaron sobre el pequeño trocito de Queso de Cabrales que le quedaba, lo ignoró con toda la fuerza de voluntad que pudo.
Era todo lo que conservaba del premio por su grandiosa victoria en una apuesta y quería guardarlo un poco más. No solo estaba delicioso, también le encantaba observarlo porque le hacía sentir poderoso.
Casi saciado, regresó junto al chico y se percató de que este no se había movido un ápice pero sus ojos estaban abiertos de par en par en medio de un semblante contraído. Por eso le preguntó y también, sospechó de la mueca que Adrien hizo al responderle.
—Sí, estoy mejor.
Podía haber fingido que le creía. Se desentendería y volaría de vuelta con sus amagos quesos que nunca se quejaban, ni le daban dolores de cabeza. No obstante, el gesto triste que acompañó a esa despegada respuesta fue demasiado claro como para hacer algo así.
—¿Qué pasa? —Lo intentó de nuevo, impaciente—. ¿Todavía te preocupa no saber el nombre de ese chico?
—No, no es eso.
—¿Y entonces qué es?
—Nada, todo está bien.
Plagg puso los ojos en blanco. Estaba agotado después de tantas horas manteniendo la transformación y necesitaba aclarar ese asunto para poder dormir tranquilo. Así que descendió en picado sobre la cara de Adrien y pegó el trozo de su oloroso queso a la nariz de este.
—¡Venga, suéltalo de una vez! —Le ordenó. El chico trató de apartarle, aguantando la respiración pero el Kwami usó todas sus fuerzas—. En algún momento tendrás que respirar…
—¡Vale, vale, aparta eso de mí! —Claudicó a los pocos minutos. Se sentó sobre el colchón con expresión molesta—. ¡Te voy a quitar todo el queso! —amenazó.
—Puedes intentarlo, pero no te lo aconsejo.
—¡Plagg!
—Confiesa qué es lo que te ocurre —insistió el otro—. Creí que por fin todo estaba resuelto; le has devuelto el paraguas, ella te ha contado lo de ese chico y os habéis repetido las mismas cursilerías de siempre… ¡Te quiero! ¡No, yo te quiero más! Abrazos,besos por aquí y por allá… ¡¿Qué ha ido mal?!
—¡Nada ha ido mal! Es una tontería…
—¡Pues suéltala rápido que me quiero ir a dormir!
Adrien endureció su expresión para después retirar la mirada.
—Es solo que… he estado pensando en algo.
—¡Oh, no!
—¡Plagg! —se quejó. Meneó la cabeza y por fin, reveló—. Yo me enamoré de Ladybug y después, lo hice también de Marinette. Y ahora la quiero a toda ella; a la heroína valiente y mandona, y también a la dulce chica un poquito torpe… Y pienso que me habría gustado que para ella fuera igual.
. Desearía que Marinette amara también a mis dos partes… que quisiera, aunque fuera un poco, a Adrien.
Plagg se quedó mirándole, ojiplático, tanto así que el queso se le cayó de las patitas y el chico se encogió de hombros.
—Quizás… sea un poco egoísta por mi parte —añadió, entonces.
—¡Bobadas! Marinette también quiere a Adrien…
—Le quiere como amigo. Yo me refiero a otro tipo de amor.
El Kwami, incrédulo, se estampó la patita en la frente y se masajeó esa zona antes de decir algo que no debía. Adrien malinterpretó el gesto y volvió a echarse sobre la cama.
—Sí, Plagg, ya lo sé —murmuró—. Me falta confianza.
Te falta cerebro, eso es lo que creo pensó, irritado.
Su portador se dio la vuelta sobre el colchón y así como estaba, no tardó en quedarse dormido. Enfurruñado, Plagg tiró de la sabana para cubrirle y resopló justo antes de apagar las luces del cuarto.
Ha llegado la hora de tomar cartas en este absurdo asunto, se dijo. No obstante, hizo una mueca al recuperar su adorado queso y dirigiéndose a él, le susurró.
—¿Por qué me toca siempre a mí arreglarlo todo, mi querido camembert? —Se lo zampó de un mordisco, pero no le alivió del todo—. ¡Soy el Kwami de la destrucción, no el de la reparación!
Pero no había alternativa. Ahora todo dependía de él.
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Hola a todos y a todas los que sigáis ahí después de tanto tiempo ^^
Al fin puedo pasar por aquí para deciros que he terminado de escribir este fic. Sí, con casi un mes de retraso, pero ya está hecho. Hoy os comparto este capítulo y mañana actualizaré el último, que ya tengo preparado
Me gustaría decir que estoy feliz por ello, pero siento que debo pedir disculpas por todo lo que he tardado. No quería que esto se alargara tanto, pero he pasado unos días sin ganas para escribir. Os cuento que mi mascota se puso enferma y aunque intentamos tratarla con medicinas, al final no hubo más remedio que operarla. La operación salió bien, aunque es ya tan mayor que fue muy peligroso y aún ahora no estoy tranquila con lo que pueda pasar.
Los que tengáis mascotas podréis entender el miedo que sentimos cuando estas enferman.
Y ojala yo fuera de esas personas que, pase lo que pase, pueden encontrar la fortaleza para continuar haciendo las mismas cosas, pero me temo que no lo soy. Todo me afecta demasiado, es una de las muchas cosas de mi carácter que tengo en contra y con tanta preocupación y ansiedad por lo que estaba pasando, ha habido muchos días en los que no he podido sentarme a escribir. O tal vez sí podía, pero se me iban las ganas y no me salía nada bueno.
Soy la primera que se lamenta de que esto haya pasado justo cuando estaba por acabar este fic. Tenía grandes ideas sobre cómo quería que fuera este final, pero ahora temo que no haya sido capaz de plasmar lo que quería del todo bien. Me siento frustrada y decepcionada conmigo misma, la verdad.
Pero estaba demasiado decidida a terminar esta historia como para dejarlo sin más, solo espero que el resultado final, a pesar de los inconvenientes, os guste. Y los que os animéis a leerlo después de tanto tiempo sintáis que esa espera ha valido la pena.
Agradezco todo vuestro apoyo hasta ahora, y también vuestra paciencia infinita. No sabéis cuánto desearía haber podido acabar este fic en su tiempo.
Una vez más, gracias por todo.
Nos vemos mañana con el capítulo final.
Vuestras palabras son muy importantes para mí, gracias por compartir conmigo este mes.
¡Besos para todos y todas!
-Erolady-
