Disclamer: Todos los personajes y parte de la trama pertenecen a Thomas Astruc y Jeremy Zag, yo solo escribo para divertirme y sin ánimo de lucro.
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Nota: He decidido participar en el reto #MarichatMay porque el marichat es uno de mis shipps favoritos y como el año pasado me quedé sin tiempo, pues espero resarcirme este. Trataré de llegar lo más lejos posible y no retrasarme demasiado a la hora de subir los relatos. ¡Espero que os gusten!
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Nota de la autora: Cada tramo de estos dos últimos capítulos inician con fecha y ahora, os sugiero que os fijéis bien en eso porque la narración va hacia delante y hacia atrás. Espero que no resulte muy confuso, jeje. ¡Disfrutar del final de esta historia!
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Maullidos a la Luz de la Luna
(Reto Marichat para el mes de Mayo)
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Día 31: Almas Gemelas
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¿Cuáles son los signos para descubrir a las almas gemelas?
—Amarán la totalidad de la otra persona.
—Podrán leerse el uno al otro con los ojos del alma y descubrir sus secretos.
—Pasarán por los mismos procesos sin saberlo.
—Quien los observe percibirá el hilo energético que los une.
—Será una relación íntima y no sentirán la necesidad de hablar de ella con otros.
Pero lo más importante es que ellos sentirán que ese sentimiento es lo que les grita su corazón porque este es, sin lugar a dudas, el amor que nunca muere.
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31 de Mayo (08:30 AM)
Adrien masticó sin mucho entusiasmo el trozo de tostada crujiente, aunque fría, y resopló al mirar la silla vacía al otro lado de la mesa. Degustó la mantequilla y la mermelada del bocado pero ambas, sin azúcares añadidos y bajas en grasas, estaban insípidas. Procuró tragarlo todo deprisa, antes de que se le hiciera una bola en la boca.
Echó un vistazo a su móvil para comprobar la hora. Pronto tendría que salir hacia el instituto, así que se limpió las comisuras de la boca con la servilleta y se palpó el bolsillo.
—¿Has terminado, Plagg? —Llevaba un rato sin oír al Kwami, por lo que dedujo que estaría devorando un buen trozo de queso matutino; era lo único que lograba silenciarle de esa manera. Deslizó la mano a lo largo de su torso y abdomen pero no le encontró—. ¿Plagg? —murmuró. Levantó la vista y miró por la sala. Le tenía dicho que no saliera de su bolsillo cuando estuvieran fuera de su cuarto, incluso aunque no hubiera nadie más delante—. ¿Por qué nunca me haces caso?
Adrien rebuscó por encima de la mesa, apartando la servilleta y la jarra de zumo.
Se puso en pie y lanzó una mirada circular al enorme salón.
—¡Plagg! —Le llamó, tratando de hacerse oír pero sin levantar mucho la voz. El espíritu no respondió ni se dejó ver, por lo que el chico empezó a ponerse nervioso—. ¡Deja de jugar y sal ya!
Se apartó de la mesa y empezó a rebuscar entre los objetos del aparador de la sala, entre los cojines de los sillones que había frente a la chimenea, detrás de los largos cortinajes que cubrían los ventanales y aplacaban los rayos del sol.
¡¿Dónde se ha metido?!
Entonces, Adrien escuchó un fuerte ruido al otro lado de la puerta y salió corriendo hacia el enorme hall de la mansión. Lo encontró vacío, amplio y frío como siempre. Su respiración acelerada ascendió rumbo al altísimo techo y el chico sintió que los ojos inexpresivos de su padre, retratados en el monstruoso cuadro que había sobre las escaleras, se le clavaban como rayos láser en la nuca.
Miró nerviosamente en todas direcciones y por fin, lo encontró.
—¡Plagg! —exclamó y trotó hacia él, resollando por la ansiedad—. ¡¿Qué haces?! ¡No puedes volar por la casa solo!
. Mi padre podría haberte visto…
—Ha sido una urgencia —declaró el Kwami.
—¿Una urgencia de qué? —El pequeño se encogió de hombros, retirando sus ojos de él para después abrirlos al señalar con su patita el suelo.
—¡Oh, por todos los quesos olorosos del mundo, fíjate lo que he hecho! —exclamó entonces con una curiosa entonación. Las palabras expresaban sorpresa y culpa, pero no sonó en absoluto.
El enorme paragüero de metal que siempre estaba junto a la puerta se encontraba en mitad de la estancia volcado y con su contenido esparcido por el suelo.
—¡Oh, Plagg! —Se quejó Adrien, arrodillándose al instante—. ¿Qué has hecho?
—¡Ha sido un accidente!
—¡Mi padre podría haberte oído!
—¡¿Quieres olvidarte de tu padre y recoger eso?! —El chico hizo una mueca de enfado, pero obedeció. Cogió los paraguas y comenzó a colocarlos en su lugar a toda velocidad, muy atento para oír una puerta abriéndose o unos pasos acercándose desde algún rincón de la casa—. Oye… ¿cómo es que tenéis tantos paraguas iguales?
—¿Qué?
—Todos son iguales —observó Plagg, y chasqueó la lengua—. ¡Y hay un montón!
—Es una manía de mi padre —le explicó sin detenerse un instante—. Encarga juegos enteros de trece unidades y pide que sean idénticos.
—¿Por qué?
—Supongo que porque los paraguas son fáciles de perder y así no tiene que preocuparse.
—¡Ah! Entonces… ¿no te darías cuenta si te faltara uno?
Adrien meneó la cabeza.
—Supongo que no.
Alcanzó el último y lo depositó con el resto, para después arrastrar el enorme paragüero hasta su lugar junto a la puerta. Al incorporarse, aún tenso, aguzó el oído pero el silencio inundaba la casa como era habitual. Su padre no se había enterado de nada y él suspiró, aliviado.
—¡Oye! —exclamó Plagg, delante de su cara y parándole en seco justo cuando Adrien se giraba para irse—. ¿No crees que se parecen un poco al paraguas de Marinette?
Su Kwami hablaba apretando un poco los dientes, como si estuviera ansioso
Será que aún tiene hambre, pensó sin darle más importancia. Iba a cogerlo entre sus manos para que no volviera a escaparse y llevárselo corriendo a su cuarto, cuando miró de refilón los paraguas y tuvo que admitir que sí. Se parecían al de la chica.
Intrigado, volvió a sacar uno de ellos y lo miró largamente.
El mismo tono oscuro de la tela, metal claro en las puntas, el mango negro y con forma de gancho.
—Es bastante parecido —murmuró. Y guardó silencio hasta que Plagg gruñó cerca de su oído.
—Pero… —Sus dientecillos rechinaron, arrastrando las palabras con fastidio—. ¿Tú le has prestado tu paraguas a Marinette alguna vez?
—Pues… sí —respondió Adrien—. El día que nos hicimos amigos, en la puerta del instituto pero… —Sonrió con sencillez—; ya me lo devolvió —Parpadeó, arqueando una ceja—. ¿Verdad?
Las patitas de Plagg se hincaron en su hombro.
—No lo sé —respondió—. ¿Por qué no los cuentas a ver si están todos?
¿Contarlos? Pensó y una sonrisa torcida se descolgó en su boca. ¡Qué tontería! Estaba seguro de que ella se lo devolvió; bueno, eso habría sido lo más lógico tratándose de alguien tan cuidadoso como la chica.
El caso es que no me acuerdo de cuándo fue admitió para sí.
Y era muy extraño que no pudiera recordarlo.
Cuando sus ojos regresaron a los paraguas que sobresalían por el borde del paragüero, Adrien sintió que el corazón se le encogía y la saliva se le amontonaba en la boca. Un rictus congeló su rostro y sus dedos, nerviosos, temblaron al rozar los mangos mientras contaba en voz baja.
—Diez, once, doce… —Se le cortó la voz y se obligó a tragar—. Doce —repitió. Volvió a contarlos a toda prisa—. Doce —Esta vez su voz sonó más alta. Los contó de nuevo, ahora sacando uno por uno para asegurarse—. ¡Son doce! —Exclamó, apartándose sobre sus rodillas y contemplándolos en fila sobre el suelo. Su mente estaba más excitada que nunca pero no dejó que la idea que había aparecido en ella saliera a la superficie del todo.
Antes tenía que estar seguro.
—Bueeeeeno —murmuró Plagg, como si se relamiera—. Si hace tiempo le prestaste uno de tus paraguas a Marinette, ella tiene uno idéntico a estos y a ti te falta uno, lo más lógico es pensar que sea el mismo —comentó con la lentitud de quien sigue un rastro que se debe leer con cuidado—. Eso significaría que tú… —Entonces Adrien se puso en pie de un salto y echó a correr hacia las escaleras—. ¡¿A dónde vas?!
—¡A buscar ese paraguas! —Le respondió, subiendo los escalones de tres en tres—. ¡A asegurarme que no está en esta casa!
Y lo hizo.
Adrien revisó habitación por habitación, salvo el despacho de su padre porque no quería molestarle, y no halló rastro del paraguas perdido. Durante su revisar acelerado de las estancias de la mansión, se permitió un pequeño espacio en su cabeza donde acariciar la posibilidad de que el bocazas de Plagg llevara razón.
¿Y si Marinette nunca le devolvió el paraguas?
Por más que se esforzaba no recordaba que ese momento hubiese ocurrido, pero por alguna razón él estaba seguro de que sí. ¡Era difícil notar que le faltaba un paraguas con tantos iguales en la casa! Quizás ella nunca se lo devolvió, pero él había usado otro totalmente igual y creyó que era el mismo.
Podía ser. Podía ser cierto.
En ese caso, el paraguas que la chica perdió en el puente, el que él recuperó y había tenido un mes en su armario sin querer mirarlo… era suyo.
Y eso significa…
Se agitó ante esa frase inconclusa y fue incapaz de terminarla.
Regresó junto a Plagg con la respiración clavándosele en pecho. Necesitó doblarse en dos y tomar grandes bocanadas de aire para recuperar el aliento. Su Kwami, sentado en el borde del paragüero, exhibía una postura perezosa.
—¿Y bien? —le interrogó.
—N-no… está… —murmuró, con los labios secos entreabiertos y un ojo cerrado por el esfuerzo. Se irguió, llevándose una mano al pecho—. El paraguas no está.
—¡Entonces…!
—Espera —Le detuvo él—. Eso no significa que sea el mismo, Plagg —replicó—. He podido perderlo en otra parte y…
—¡Oh, vamos! ¡Pues claro que es el mismo! —Exclamó el espíritu, cruzándose de brazos—. ¡No puedes seguir negándolo!
—¿Negar el qué?
—¡Que tú eres el chico del paraguas! —Le respondió sin más preámbulos—. Y que llevas un mes sintiendo celos de ti mismo, tontorrón.
—Pero…
—¡Piénsalo un momento y verás que todo encaja!
Adrien sostuvo la mirada de su amigo y finalmente, cabeceó arrastrándose hasta las escaleras para dejarse caer sobre el último escalón. Dobló las piernas y se apoyó sobre sus rodillas permitiendo que su mirada se perdiera al fondo del hall, al lugar profundo donde podía observar sus pensamientos.
Y había mucho que observar.
Estaba seguro de que le había prestado un paraguas como esos a Marinette, pero ya no estaba tan seguro de que ella se lo hubiera devuelto. En la casa faltaba un paraguas. El que Marinette perdió era exacto al resto… ¿cómo es que no se había dado cuenta hasta ese momento?
¡Estaba tan seguro de que ella me lo había devuelto! Se torturó en su mente. ¡Ni siquiera me planteé que pudiera ser el mismo!
Tantos paraguas iguales. Y además estaba el hecho irrefutable de que Marinette no sentía nada por él mismo. ¡Pero si ella se lo había dicho hasta dos veces!
Aun así… ¡¿Cómo no me di cuenta de que era mi paraguas?!
Era aún más extraño porque recordaba a la perfección el día en que se lo dio.
Aquella primera vez de ellos dos bajo la lluvia, como un mes atrás en el puente. No se acordaba de las palabras exactas que intercambiaron pero tenía grabado en su cerebro lo que pasó. El instante en que Marinette alargó la mano para tomar el paraguas cuando él se lo ofreció. Aún podía sentir la tibieza de sus dedos al rozarle en contraste con el frío que hacía esa tarde. Podía ver en su cabeza, como si fuera una película, el modo en que los ojos de la chica se abrieron al mirarle. Adrien temía ser objeto de un nuevo rechazo por su parte, pero mantuvo una sonrisa amigable hasta que ella lo aceptó.
Después el paraguas se cerró sobre su cara y él se rio sin control.
Me acuerdo de eso se dijo, sonriente. De las carcajadas, del placer que se expandió por su pecho cuando se agitó empujado por ellas; fue la primera vez que se rio con tantas ganas desde la pérdida de su madre.
¿Alguna vez se lo había dicho a Marinette? ¿Qué ella fue quien le arrancó la primera carcajada auténtica desde la mayor tragedia de su vida?
No, se respondió. Nunca se lo dije.
Apretó los párpados para repasar todos los momentos que había compartido con ella desde ese día pero estaba demasiado acostumbrado a verlo desde una única perspectiva. Apretó la mandíbula y se obligó a separarse de sí mismo, a observar como si fuera un mero espectador ajeno a esos momentos, fijándose solo en el comportamiento de la chica, sus palabras, sus reacciones. Y entonces sí lo notó. Apreció los tartamudeos, sus movimientos exagerados, las risitas nerviosas que no encajaban en la conversación, pero también se dio cuenta de otra cosa.
Nunca me parecieron extraños pensó de improviso. No es que no los notara.
En sus recuerdos, él siempre estaba demasiado embelesado y distraído con el hacer divertido y adorable de la chica como para notar que su actitud fuera diferente. Nunca registró como peculiar nada de aquello porque, simplemente, le gustaba. Ella le gustaba.
Siempre me gustó se dijo. En lo más profundo de mí mismo, donde ni siquiera mi amor por Ladybug podía llegar… estaba Marinette.
Y si en verdad él era el chico del paraguas…
—¿Adrien? —murmuró Plagg, frente a él.
—Plagg —respondió él alzando su mirada—. Entonces… ¿nos ha pasado lo mismo a los dos?
El Kwami torció la cabeza, pero asintió como si no necesitara aclaración alguna.
El chico se atrevió a sonreír, a creer con el corazón expectante y más abierto que nunca. Una voz dentro de él le decía que ya era suficiente de tener miedo, porque no podía estar tan equivocado.
Se puso en pie de un salto, nervioso y enérgico.
—Entonces… ¡Ahora todo encaja!
Todo tenía sentido porque ambos habían hecho el mismo camino sin saberlo.
Mientras que él se había enamorado de la heroína invencible y maravillosa, Marinette lo había hecho del chico aparentemente perfecto; pero las cosas no salieron bien para ninguno. ¡Porque no eran ellos de verdad! Por eso hizo falta que ambos fueran más profundo, hasta la esencia verdadera del otro y casi sentía como algún tipo de milagro que eso hubiera ocurrido. Que los dos se hubieran reencontrado con el otro para descubrirse de nuevo cómo realmente eran.
La heroína al fin se fijó en el payaso pensó, emocionado. Y el chico ciego y en absoluto perfecto cayó rendido ante la chica insegura y algo torpe.
¡Porque así debía ser desde el principio!
Y así había sido como su amor había encontrado la forma de hacerse real. Y si esto había ocurrido, solo podía pensar en una explicación para ello.
Porque estamos destinados a estar juntos pensó más convencido que nunca. Se sacó el amuleto encantado del bolsillo y se lo llevó los labios. Porque somos espíritus afines…
¡Almas gemelas!
Marinette era perfecta para él y del mismo modo, él lo era para ella.
Así debía ser. Por eso, pese a las dificultades, a los problemas y a las identidades secretas habían hallado el modo de estar juntos y ahora nada podría separarlos.
—¡Vamos, Plagg! —Anunció Adrien, poniéndose en pie—. Es hora de ir a clase.
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El coche de su padre siempre le pareció demasiado grande, quizás porque, salvo en contadas ocasiones, viajaba solo. Adrien solía sentarse junto a una de las ventanillas y observaba el exterior, un tanto aletargado por aquel paisaje urbano en el que se encontraba con las mismas personas y detalles sin color al otro lado del cristal.
Los asientos, las grandes puertas y el enorme espacio que separaba la zona del conductor de la trasera le daban un aspecto de inmensidad que llegaba a irritarle porque le recordaba a su enorme casa.
Ese día, por el contrario, el coche resultaba demasiado pequeño para albergar la emoción que sentía en su cuerpo. Era consciente de que no dejaba de revolverse sobre el asiento, de coger y soltar el asidero de la puerta y sobre todo, de que no dejaba de sonreír. Pronto le arderían las mejillas, como en las sesiones de fotos interminables que su padre le organizaba, pero no podía evitarlo.
Sus ojos recorrieron el trayecto aprendido de memoria, contando mentalmente los metros que faltaban para que el edificio del Françoise Dupont apareciera tras la esquina. Plagg se revolcaba del mismo modo sobre su corazón, atorado en el bolsillo de su camisa como queriendo llamar su atención y cuando faltaba ya muy poco para que llegaran, el Kwami asomó su cabecita adornada con una expresión severa.
—Relájate y no hagas ninguna tontería —Le susurró.
Adrien vigiló al Gorila por el rabillo del ojo, pero este ni se inmutó. Parecía muy concentrado en la carretera, no obstante se llevó una mano a los labios y fingió que bostezaba al hablar.
—¿Tontería? ¿De qué hablas?
—Sé que estás muy emocionado por lo que has descubierto, pero ten cuidado —susurró Plagg—. Si empiezas a actuar extraño, Marinette se dará cuenta de que eres Chat Noir.
—¿Y qué?
—¡¿Y qué?! —Plagg le clavó las garras y el chico hizo una mueca—. ¿Tengo que recordarte lo que pasará si Marinette, Ladybug, Guardiana de la Caja de Prodigios, descubre tu identidad secreta?
Adrien entornó los ojos; no, no hacía falta que le recordara nada porque lo sabía muy bien y eso le deprimió un poco. Entendía que lo que había descubierto no cambiaba nada la situación en la que se encontraba con la chica y que debía mantenerlo todo en secreto por el bien de ambos y de su relación. Por nada del mundo quería que justo ahora Ladybug le pidiera su prodigio y todo acabara entre ellos.
—Tienes razón, Plagg —aceptó, respirando hondo—. Iré con cuidado.
El espíritu asintió más tranquilo justo cuando el coche se detenía frente a las puertas del instituto. Adrien agarró su mochila y abrió la puerta para salir pero entonces, la vio.
Y su corazón sufrió un vuelco. Uno distinto a todos los anteriores que le hizo sentir pletórico y ansioso. Marinette subía las escaleras con sus graciosos saltitos y las coletas agitándose al compás de su paso y la brisa matutina. Como una aparición cruzó ante sus ojos, bajo los rayos del sol. Todo su cuerpo se estremeció de amor, de felicidad, de urgencia.
Adrien salió del coche con brusquedad y en cuanto puso los pies en la calle, la llamó sin poder contenerse.
—¡Marinette! —La chica se detuvo justo antes de cruzar las puertas y le miró. Corrió hacia ella—. ¡Hola! ¡Buenos días!
Ella también sonrió.
—Buenos días, Adrien.
—¡¿Cómo estás?! ¡¿Estás bien?! —La chica parpadeó un poco sorprendida y Plagg le dio un puntapié en el pecho que le obligó a hacer una mueca. Se llevó la mano a la zona afectada para masajearla y de paso, aplastar al espíritu—. Perdón, es que… hoy tenía muchas ganas de verte.
La chica se tensó y sus pupilas azules viajaron hasta el punto donde el chico había apoyado la mano, justo sobre su corazón.
—¿Ah… sí? —preguntó ella, cohibida. Sus labios temblaron en una sonrisa que no se dibujó del todo, pero la piel de sus mejillas se encendió sin remedio—. Granjas… ¡digo, gracias! —La vio sacudir la cabeza y fruncir el ceño—. ¿Va todo bien?
¿Bien? ¡Todo iba estupendo!
Aún confunde las palabras se dijo él y los latidos de su corazón aumentaron. Y se pone roja, y balbucea… El aire se le atoró en la nariz, no podía respirar bien pero no le importó. Eso significa que aún siente algo por mí.
¡O sea por Adrien!
Aunque Marinette amara a Chat Noir, todavía persistía en su corazón algo del intenso sentimiento que antaño tuvo hacia él y eso quería decir que Marinette seguía queriendo a sus dos partes. Es decir, que le quería a todo él. Igual que Adrien la quería a ella entera.
Tuvo que apretar los labios para contener las verdaderas palabras que pugnaban por salir de su boca.
—Sí, todo va bien —respondió. ¡Todo era fantástico, maravilloso, insuperable, perfecto! La alegría recorría su cuerpo, sus brazos le hormigueaban porque ansiaban estrechar a la chica contra él, decirle lo mucho que la amaba en ese momento. Pero se contuvo antes de hacer cualquiera de esas cosas y solo repitió—. Bien.
Ella asintió.
—¿Entramos? —murmuró, sin embargo, un poco confundida.
—¡Sí! —exclamó él y se rio, nervioso—. Vamos a clase.
Se colocó a su lado y ambos cruzaron juntos el umbral del instituto.
Marinette avanzó de un modo rígido, manteniendo una distancia prudente con él y con los ojos entornados clavados al frente, por lo que al pasar cerca de uno de los bancos del patio, su pierna golpeó contra la madera y estuvo a punto de caer. Adrien logró cogerla justo cuando Marinette soltó un chillido por la sorpresa y evitó que sus rodillas dieran contra la roca. Sujetándola por los brazos la ayudó a incorporarse y entonces, se miraron fijamente y él tuvo la fantasía de que ella le reconocería en ese momento.
Aunque, por supuesto, no fue así.
—Gracias —dijo ella, apartándose de él. Se rozó el pelo al tiempo que esbozaba una sonrisa avergonzada—. Tan torpe como siempre… ¿eh? —Usó un tono de burla que no fue del todo sincero.
El chico meneó la cabeza.
—Yo te gano a torpeza, ¿recuerdas? —le dijo, señalándose la marca de su mejilla como prueba. Marinette se quedó mirándola y sus ojos se fueron estrechando poco a poco, como si la viera por primera vez—. Me la hice el otro día, ¿recuerdas?
. Por hacer el tonto en una sesión de fotos.
—¡Sí, sí me acuerdo! —Empezó a caminar de nuevo, aún con esa expresión de curiosidad en su semblante—. ¿Por hacer el tonto… tú?
—Yo, a veces, también hago el tonto.
—¿En serio?
Empezaron a subir las escaleras y más o menos cuando iban por la mitad, uno de los pies del chico resbaló y se balanceó, a punto de caer. Marinette, asustada, corrió a sujetarle de un brazo para evitar que se desplomara hacia atrás.
—¡Adrien! —exclamó. Entonces el susodicho se estiró recuperando el equilibrio y le mostró una sonrisa traviesa y ella frunció el ceño, molesta y sorprendida por el engaño—. ¡Ah! Pero serás…
—¿Lo ves? A veces incluso yo puedo hacer el tonto.
Le miró, más descolocada que otra cosa, pero al final se le escapó una carcajada sincera y él sonrió encantado. Por fin podía oír esa risa cantarina que tanto amaba de día, dirigida a su otro yo.
—Serás tonto…
Recordó otra ocasión en que oyó unas palabras parecidas.
Mira que eres payaso…
Un tonto, un payaso… lo que tú quieras pensó embelesado, mientras ascendían los peldaños juntos. Disfrutó de ese breve momento, imaginando todos los que estaban por venir y la felicidad que traerían consigo.
Marinette, a su lado, no soltó su brazo hasta que llegaron arriba.
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31 de Mayo (15:30 PM)
—No estás comiendo nada —La barbilla de Marinette, apoyada en su mano, resbaló con el respingo que dio al captar que esa pregunta iba dirigida a ella—. ¿No tienes hambre?
Se echó hacia atrás un tanto rígida y se encogió de hombros.
—No mucho… —Se abanicó con la palma de su mano—. ¡Es este calor que hace ya!
Alya dejó caer sus cejas arqueadas y asintió, satisfecha con esa pobre explicación y apartó sus pupilas del plato lleno de su amiga para retomar la conversación con su novio.
Marinette bajó las manos hacia su regazo y permaneció quieta.
Antes de que su amiga la hablara había estado a punto de descubrir algo importante, pero ahora se le había ido. En verdad sentía que ese calor estaba afectando a su cerebro, o quizás era que tenía muchas cosas en las que pensar.
Había recuperado su paraguas y el espinoso tema de este y Chat Noir parecía haberse resuelto, aunque aún le daba vueltas en su cabeza. Le habría gustado poder ser más sincera con respecto a sus sentimientos del pasado pero temía que si empezaba a hablar de ellos, al final acabaría diciendo algo inapropiado.
Y había cosas inapropiadas en ese asunto que ni ella lograba explicarse a sí misma como por ejemplo… ¿por qué aún se ponía nerviosa cuando estaba con Adrien? ¡No tenía ni idea! ¡Y tampoco tenía sentido! Ahora que estaba enamorada de otro chico pensó que se relajaría con respecto a su amigo y podrían tener una amistad verdadera y plena. Pero después de su encuentro de esa mañana, ya no estaba segura de que eso fuera ocurrir.
Fue todo muy extraño decidió. No solo sus nervios sino toda la situación, en especial la actitud de Adrien. ¿Estará bien? Había pasado buena parte de la mañana haciéndose esa pregunta.
Y también se había descubierto en varias ocasiones pensando en esa marca que el chico tenía en la cara. Por alguna razón no se le iba de la cabeza y casi sintió que rozaba la solución del misterio cuando Alya la distrajo.
Ahora era incapaz de retomar el hilo de sus cavilaciones anteriores.
Resopló, hundiéndose en la silla de plástico y echó un vistazo a su alrededor. El ambiente ruidoso de la cafetería potenciaba su concentración, o lo había hecho hasta ese momento. El zumbido monótono de las conversaciones mezcladas con los chirridos de las sillas contra el suelo creaba un ambiente que no permitía que su mente se adormeciera por la hora que era o el calor, y al tiempo la enfocaba en sus pensamientos.
Y sus pensamientos iban y venían de Adrien a Chat Noir, de Chat al paraguas y del paraguas (obvio) regresaban a Adrien, como en un círculo cerrado cuya energía no paraba de girar.
Adrien está muy raro se repitió, arrugando la nariz. Era una de las cosas que más claras tenía. El chico parecía feliz, pero de un modo distinto a otras veces que le hubiera visto en ese estado. Creo que nunca le había visto bromear de ese modo antes.
Abatida, observó a sus amigos al otro lado de la mesa de metal.
Alya y Nino habían terminado sus almuerzos hacia un rato y habían retirado las bandejas a un lado. Ahora, girados el uno hacia el otro, hablaban en voz baja entre ellos.
Susurros de enamorados pensó Marinette, cuando ambos cuchicheaban bajando el tono para que nadie más los oyera. Puede que en esos momentos no notaran que había más gente a su alrededor. En cualquier caso, ella solía hacerse la tonta e ignorarlos para darles más privacidad.
Podría preguntar a Nino de manera directa si él sabía qué le estaba pasando a Adrien, pero hacerlo delante de Alya podía ser un gran error. Su amiga ya estaba bastante pesada con la absurda idea de que el chico rubio sentía algo por ella y no quería darle más munición recreándole la escena de esa mañana. Había demasiados detalles confusos que podría usar en su contra.
Detalles que no significan nada se dijo, tozuda. Esa actitud rara, la enorme sonrisa, la mano en el corazón cuando le dijo que tenía ganas de verla, la broma en las escaleras que, por supuesto, no era un coqueteo por parte de Adrien.
Resopló haciendo una mueca de disgusto cuando el móvil de Alya lanzó un pitido y esta bufó airada al consultar la pantalla.
—¡Ahhh! ¡Mira que son pesados!
—¿Quiénes?
—Algunos seguidores del Ladyblog —respondió la morena—. Desde que abrí una sección pidiendo temas de interés sobre los que escribir no paran de dejarme comentarios.
—Eso es bueno, ¿no? —preguntó Marinette, contenta de poder intervenir en la nueva conversación.
—A veces —respondió la otra—. Pero otras, no tanto.
. Cuando les da por insistir en un tema que ya he dicho que no me interesa, por ejemplo.
—¿Algo sobre los héroes y Lepidóctero?
—¡Ojala! Eso sí es interesante —Negó con la cabeza, ajustándose las gafas y comprobó de nuevo el mensaje—. Quieren que investigue un edifico del centro que creen que está embrujado.
—¿Qué? —Marinette soltó una risita. Las historias de lugares embrujados no le gustaban nada, pero la idea de su mejor amiga haciendo de detective de lo sobrenatural sí que tenía algo divertido—. ¿Desde cuándo te dedicas a eso?
—¡No me dedico a eso! Pero en mi blog no hay filtros, me comprometí a revisar todas las propuestas fueran de lo que fueran y mis seguidores saben que soy una periodista nata —No obstante, frunció el ceño con disgusto—. ¡Pero ya rechacé este asunto hace unas semanas y la gente sigue escribiéndome sobre ello!
—¿Y por qué lo rechazaste?
—Yo no creo en fantasmas, Nino —Le explicó con fastidio, como si fuera algo que él ya debiera saber—. Y aunque creyera en ellos, este lugar tampoco parece encantado de verdad.
. Si al menos me hubieran mandado fotos donde se viera algo extraño, o un audio con psicofonías perturbadoras o el testimonio del propietario del edificio atemorizado… ¡Eso ya sería algo de interés!
—¿Qué te han mandado?
—¡Nada! —respondió, aburrida—. Solo la dirección de un edificio que está abandonado y del que algunos dicen, se escuchan ruidos extraños por las noches.
—¿Ruidos extraños? —preguntó Nino, con interés.
—Voces, risas, música de madrugada… —Chasqueó la lengua—. Sin investigar nada ya os puedo decir lo que pasa; algún grupo de adolescentes aburridos que se cuela en plena noche para montar fiestas y divertirse a escondidas.
—¡Ah! —exclamó el chico, de pronto—. Creo que yo también he oído los rumores… Es ese edificio viejo y altísimo que hace años era un café antiguo, ¿no?
Marinette dio un respingo ante esa escueta y breve descripción. No necesitó oír más para que la sangre se le congelara en el pecho.
—¿Q-qué edificio es ese? —murmuró. Alya le mostró la pantalla de su teléfono con la dirección que le habían pasado y el corazón le saltó al reconocerla al instante.
Sí, estaban hablando de su Café Secreto.
—Al parecer los vecinos de los edificios adyacentes empezaron a oír ruidos y a notar que de la azotea salía una luz intensa hace cosa de un mes —Comentó su amiga, releyendo el comentario—. A la gente le resulta raro porque han comprobado que las entradas no han sido forzadas.
. Aunque hay una vieja escalera que sube a la azotea por fuera del edifico.
—Entonces, los intrusos subieron por ahí…
Intrusos pensó Marinette sintiendo un malestar en su estómago. ¡Chat Noir y ella no eran intrusos! Ese era su lugar especial, no hacían nada malo. Pero al parecer no habían sido tan cuidadosos como creían y alguien los había descubierto.
Aquello no era bueno.
—Esa escalera (por lo que dicen los testigos) tiene mil años y sería muy peligroso usarla —prosiguió Alya—. ¡Nadie sería tan tonto como para jugarse la vida subiendo por ahí!
—Bueno, tal vez no sea… —Marinette se mordió la lengua para no decir más.
—Lo que sí es extraño es el tema de la luz —opinó Alya, al parecer sin haber notado su descuido—. Por lo que sé, el edificio lleva abandonado años y los dueños del antiguo café están en el extranjero, por lo que no tiene sentido que siga habiendo electricidad allí.
. ¿Qué es, entonces, esa luz que dicen ver los vecinos salir de la azotea? Quizás sí sea una aparición…
Nino soltó una risotada repentina que cogió a las chicas desprevenidas. Estas se miraron confusas unos instantes.
—Yo puedo explicar eso y te aseguro que no es una aparición fantasmagórica, nena —anunció el chico, recolocándose la gorra en la cabeza.
—¿Ah, sí?
Nino asintió, cruzándose de brazos sobre la mesa.
—Alguien compró ese edificio a los antiguos dueños del café —Les explicó con calma—. Lo mantiene cerrado y no lo usa para nada, ni siquiera se ha librado de los muebles o la decoración, pero sigue pagando la electricidad y el agua.
Marinette frunció el ceño, intrigada.
¿Alguien más compró el café?
Chat Noir le dijo que seguía siendo propiedad de los antiguos dueños, aunque el tema de la luz siempre le resultó extraño. Puede que Chat tampoco supiera ese detalle. En principio no cambiaba nada, así que poco importaba si lo había investigado antes de elegir ese lugar.
Sin embargo, Marinette notó que los pelillos de sus brazos se estiraban como si el ambiente se hubiera cargado de electricidad. Tenía, además, la boca seca y el corazón encogido.
Es mucha coincidencia que estemos hablando de ese lugar se dijo. Y no le gustaban nada ese tipo de coincidencias.
—¿Cómo sabes tú todo eso? —inquirió Alya, sorprendida.
—Adrien me lo contó —respondió el chico con sencillez—. Su padre es quien lo compró hace unos años.
—¡¿Qué?! —gritó Marinette, dando un bote sobre su silla por la sorpresa. Los otros dos la miraron y ella se apresuró a ocultar sus manos temblorosas bajo la mesa—. ¿El padre de Adrien es el dueño del edificio?
—Pues sí —Les relató—. Al parecer, él y la madre de Adrien iban mucho al antiguo café cuando eran novios y por eso, cuando el café cerró y los dueños lo pusieron a la venta, el viejo Agreste lo compró.
. Pensó en rehabilitar el lugar para montar allí uno de sus talleres de costura, pero nunca lo hizo. Adrien cree que, aunque no lo admita, solo lo compró porque le recordaba a su mujer.
Marinette retiró la mirada para calmarse, aunque le salió un tono balbuceante al musitar.
—¿Qué?
—¡Lo sé! —declaró Nino mirándola—. No parece que ese hombre tenga sentimientos, ¿verdad?
Sorprendente o no, la actitud de Gabriel Agreste era lo de menos en aquel momento. El edifico donde estaba su Café Secreto era del padre de Adrien, era además un lugar especial para ellos, con significado y no algo adquirido al azar.
Sus manos se buscaron sobre su regazo, se apretaron con saña, hincándose en sus muslos. Cuando habló de nuevo sintió tal rigidez en su cuello y mandíbula que casi se le escapó un gemido de dolor.
—¿Adrien conoce ese lugar? —preguntó. La mirada que recibió por tal pregunta pudo resultar peligrosa pero estaba demasiado conmocionada para notarlo—. ¿Sabes si él ha estado allí?
Contó las palpitaciones que retumbaron en su pecho los segundos que tardó en recibir una respuesta.
—Creo que sí —Los ojos de Nino se estrecharon, intentando recordar—. Sí, me contó que fue un par de veces a escondidas de su padre —dijo ya con total seguridad—. Le intrigaba mucho ver el café donde sus padres se enamoraron, pero su viejo no quiso llevarle cuando lo compró.
—¿Y se escapó para colarse en un edificio abandonado contra los deseos de su padre? —Alya lanzó un silbido, impresionada—. ¡Vaya! Algo tan temerario no es muy propio de Adrien, ¿verdad?
Puede que sí pensó Marinette. Sus manos se soltaron para buscar los bordes de la silla y se aferró a ella hasta que sus nudillos se pusieron blancos. Necesitaba sujetarse a algo porque la cabeza le daba vueltas, como si pudiera salir volando y arrastrarla al techo. Puede que Adrien sea más temerario e impulsivo de lo que pensamos…
—¡Ya ves! A mí también me sorprendió —admitió Nino, rascándose la cabeza—. Y no os creáis que entró y salió tras echar un vistazo, no. ¡Lo recorrió enterito!
. Subió hasta la azotea.
La azotea…
—¿Ah… sí?
—Sí, creo que fue lo que más le gustó —continuó él—. Me dijo que estaba llena de trastos, pero que con trabajo podría convertirse en un lugar especial.
Con un poco de trabajo podría convertirse en un lugar secreto.
Un lugar especial donde no existen los problemas, ni las preocupaciones…
Las palabras resonaron en sus oídos como si se las susurraran en ese instante, casi pudo sentir la presencia de Chat Noir a su lado, sonriéndola mientras Marinette se dejaba caer sobre el respaldo de la silla, con la cara fría y el aire atorado en su garganta.
—Marinette, ¿te encuentras bien? —Le preguntó Alya—. Te has puesto pálida.
—Sí, soy… ¡estoy bien! —Quiso reír para demostrarlo pero al intentarlo fue como si empujara polvo hasta sus pulmones contraídos y empezó a toser de forma descontrolada—. Bien—repitió sin que tuviera demasiado sentido—. ¿Por qué no habría de estarlo?
Bajó la vista y se encontró con que Tikki la miraba fijamente a través de la apertura de su bolso. Sus miradas chocaron y el Kwami, nerviosa, se escondió de golpe. Huyó de ella para que no viera la evidencia en sus pupilas violáceas, pero era tarde, porque la duda ya había aparecido en su mente.
¿Chat Noir… es Adrien?
Al instante, su cerebro racional lo negó con todas sus fuerzas. Escuchó el eco de unas carcajadas crueles al fondo de su mente inquieta, porque pensar algo así era demasiado ridículo. ¡¿En qué universo podría ser posible que Adrien Agreste fuera en realidad Chat Noir?!
No, no, no, no… ¡No!
¡Si no podían existir dos personas más distintas!
Quizás no tanto en el terreno físico, en el cual (ahora que lo pensaba) sí que había ciertas similitudes sin importancia entre ambos como el tono rubio tan parecido de sus cabellos o que ambos tenían una altura y complexión similares. Puede que incluso compartieran algunos gestos comunes a muchas otras personas. Y sus ojos… sus ojos… ¿eran del mismo color? De eso no podía estar segura dado que la transformación del chico alteraba sus pupilas.
¡Solo eran coincidencias superficiales!
No eran la misma persona.
No, no, no… ¡No y no!
Y lo sabía porque sus personalidades eran del todo opuestas.
Adrien era tan bueno, tan encantador… ¡Y sí, Chat Noir también lo era! Pero lo era de un modo distinto; el héroe era más escandaloso, travieso y bromista. ¡¿Cuándo había hecho Adrien una broma como…?!
¡Esta misma mañana! Recordó de pronto.
No, no, no… ¡Qué no! ¡Que es imposible!
Frunció el ceño, temblando sobre la mesa.
¿Lo es? ¿De verdad lo es?
—¿Lo es? —murmuró, sin querer.
—¿El qué?
Alzó la cabeza de golpe, sorprendida de que hubiera más gente con ella, de que el mundo siguiera existiendo ante tal revelación que le había partido por la mitad. Sus amigos volvían a mirarla de ese modo preocupado y no supo que decirles.
—Marinette, estás muy rara —declaró Alya cruzándose de brazos—. ¿Qué ocurre?
—No sé —respondió a toda prisa—. ¡Me ha sentado algo mal!
—Pero si no has comido nada…
—¡Tengo que ir al baño! —Se puso en pie de un salto, agarrando su mochila y salió corriendo de la cafetería. Atravesó los pasillos como un huracán violento y huyó hasta el patio donde respiró hondo, llenando sus pulmones con la brisa algo pegajosa de la tarde pero que la alivió, al fin y al cabo.
El sol estaba en su punto más alto, sobre su cabeza y por eso no vio a nadie por allí. Se arrastró hasta uno de los bancos con los pulmones a punto de colapsar e hizo una mueca cuando sus dedos rozaron la madera que ardía después de tanto tiempo expuesta a los rayos del sol.
No es posible se repitió. Clavó sus ojos en el suelo y sus manos en sus piernas. No. Es. Posible.
Repitió esa idea despacio, queriendo que su cerebro se la grabara hasta que estuviera del todo convencida. Necesitaba acabar con las dudas que habían aparecido en su mente.
¡Pero no funcionaba!
Porque en medio de aquel caótico ir y venir de pensamientos histéricos y desesperados se le estaban empezando a ocurrir algunas cosas que cobraban sentido si aceptaba por un instante (aunque no, ella sabía que no, era imposible) que ambos chicos fueran el mismo.
Para empezar el asunto del Café Secreto. A menudo se había preguntado de dónde sacó Chat Noir ese edificio, cómo había sabido que seguía contando con electricidad, cómo pudo arreglar la azotea en tan poco tiempo, de dónde sacó todas esas cosas preciosas que llevó allí y por qué parecía tan importante para él.
Es importante para Gabriel Agreste y también para Adrien se dijo. Tan importante como para desobedecer a su padre e ir a verlo, así como lo hizo con la película de su madre en aquella otra ocasión. Porque todo lo que tenía que ver con su madre era más importante que cualquier otra cosa para él. Seguro que su casa está llena de objetos y muebles guardados cuya ausencia nadie notaría. ¡El sitio es enorme!
El padre de Adrien estaba siempre centrado en su trabajo, ¿cómo iba notar que su hijo iba sacando algunas cosas, poco a poco, para llevarlas a otro lugar?
No, no, no… No es posible.
Y sin embargo cada vez parecía más posible. Había cosas que Chat le había contado o sugerido que encajaban demasiado bien en la vida de Adrien.
Marinette sabía que Chat había perdido a alguien importante no hacía mucho, y estaba casi segura de que se trataba de su madre por las cosas que murmuraba en sus pesadillas. Su ansiedad por las fotos, por guardar los recuerdos… Una vez había estado en el cuarto de Adrien como Ladybug y había visto la cantidad de fotos que este guardaba de su madre en el ordenador.
¿Otra coincidencia? Se preguntó, entristecida. Debe haber más de un chico que haya perdido a su madre…
¿Y el amor de Chat por la libertad, por salir a explorar el mundo, por ser libre? Adrien se había pasado mucho tiempo encerrado en su casa, atareado en sus cientos o miles de tareas, clases, ocupaciones… ¿No había pensado ella una vez que Chat debía tener una vida muy ocupada sin la máscara?
¡Sí, el día en que la enseñó los ejercicios de relajación! El día en que la habló de la chica con la que estuvo saliendo…
Kagami… pensó entonces. ¿No encajaba Kagami con la descripción de la chica perfecta que Chat le hizo? ¿Era ella? ¿Así fue como rompieron su relación?
¡No, no, no! ¡Me niego! ¡No son el mismo chico!
Hizo un puchero con los labios.
Pero… todo encaja.
Recordó a ese chico algo más indefenso y desdichado que aparecía en el rostro de Chat Noir cuando se quedaba dormido. ¿Era el rostro de Adrien?
Y hacía un rato, esa misma mañana, esa expresión traviesa que le había mostrado después de la broma en la escalera… ¿no era ese el rostro de Chat?
El payaso de Chat… pensó ella. Ahora se daba cuenta, eso era lo que le parecía tan raro en la actitud de Adrien durante las últimas semanas y que no lograba descifrar; que estaba empezando a comportarse como un payaso.
Yo, a veces, también hago el tonto.
¿También? ¡¿Qué estaba tratando de decirle con eso?!
Marinette se cogió la cabeza y trató de pensar cuánto hacía que Adrien había comenzado a comportarse de una manera tan distinta a la habitual. Seguramente Alya lo sabría con exactitud, ella que tanto se fijaba y lo analizaba todo. En cambio ella, Marinette, no había notado nada. Ni una de las pistas más que evidentes que se habían ido dando a su alrededor. ¡Tan obnubilada que estaba por el amor, por la promesa de que todo saldría bien!
Había estado tan ciega…
¡Por eso Chat perdió nuestra fotografía aquí! Recordó de repente. Chat Noir no, fue Adrien quien la trajo al instituto y quien acabó por perderla. En su instituto que, también era el de él. Por eso apareció de la nada en la fiesta de Cosplay… en realidad, él ya estaba aquí.
Quizás… sí podía ser. Porque todo encajaba, incluso la confusión de sus propios sentimientos por ambos chicos adquiría un sentido si se atrevía a creer que esa posibilidad fuera real.
Entonces… ¿Me seguirás queriendo cuando descubras mi identidad secreta?
Si Chat Noir le hizo esa pregunta entonces, era porque él no sabía nada sobre sus sentimientos por su otro yo. Entonces, ¿de verdad que Adrien nunca había notado nada de lo que ella sentía? ¿Por eso se había acercado como Chat Noir?
No tiene sentido se dijo, resistiéndose un poco más. Porque recordó de pronto que había dos razones muy poderosas que hacían imposible que Chat y Adrien fueran el mismo chico.
La primera era que Adrien jamás había mostrado ningún interés romántico en ella antes. Si era él, ¿por qué Chat Noir se le acercó con esas intenciones? Era cierto que con el héroe se sentía más libre para ser ella misma y su comportamiento nervioso y algo patético no aparecía cuando estaban juntos.
—Mmmm —Se mordió el labio, pensativa.
Quizás Chat se le acercó solo como amigo al principio, pero después se enamoró de su verdadero yo, ese que el histerismo no le permitía mostrar ante Adrien. Y si eran el mismo chico eso explicaría que el héroe se hubiera tomado tantas molestias por ayudarla en primer lugar, puesto que ellos sí eran amigos de antes.
Aun así no… no… No puede ser.
La idea de que Adrien se hubiera enamorado de ella de un modo tan fácil y sencillo le resultaba absurda, impensable.
Pero es que aún había otra razón más: el asunto del paraguas.
Si Chat Noir fuera Adrien lo habría reconocido al instante y no se habría comportado como si sintiera celos del chico que se lo dio, ¿verdad?
A no ser que Adrien no recuerde aquello… Pensó aún más abatida. ¿No recordaba el momento en que se hicieron amigos? No tenía pruebas para pensar que aquel instante bajo la lluvia hubiese significado algo especial para él así que quizás sí, lo había olvidado.
Y si ha olvidado aquello… ¿cómo podría ser Chat Noir?
Era una razón poderosa pero estaba en desventaja comparada con el resto de evidencias que decían lo contrario.
No sabía qué creer.
En ese momento, una figura se recortó en la luminosidad amarilla que se colaba por la puerta principal del instituto y los ojos de Marinette se vieron atraídos hacia ella sin remedio. Estaba tan agotada por sus emociones que le pareció inaudito cuando su cuerpo reaccionó con un nuevo estremecimiento que la zarandeó y desconcertó.
Adrien había regresado de su casa para las clases de la tarde. Se quedó parado en el umbral y su mirada tardó unos segundos en detectarla, pero cuando lo hizo su rostro entero se transformó y ella fue consciente de ese cambio. De la suavidad espontanea de sus rasgos, de todo lo que ocultaba esa sonrisa de cariño que le dirigió o el modo en que sus ojos se estrecharon para contener el amor que guardaban.
Tragó saliva sin atreverse a moverse.
¿Gatito? Pensó, muda.
¿Cuánto hacía que la miraba de esa forma y ella ni si quiera se había dado cuenta?
El chico alzó una mano y la saludó y ella, tensa como una muñeca de porcelana, devolvió el gesto. La piel de sus extremidades parecía desgarrarse de estas ante el mínimo movimiento, aunque fue bastante para que el chico echara a trotar hacia ella.
—¡Hola! —La saludó, deteniéndose a escasos centímetros. Marinette se quedó mirándole, atónita. Parecía alguien diferente, un chico lleno de secretos que por un instante le resultó desconocido. Ni Adrien, ni Chat Noir. Alguien que se había acercado a ella ocultándole cosas, con intenciones que no llegaba a comprender y por el que no sabía qué sentir ahora que lo había descubierto—. ¿Marinette? —Torció el rostro para mirarla con las cejas alzadas—. ¿Estás bien?
Vio la marca en su mejilla y esta vez fue instantáneo. Supo por qué le había llamado tanta la atención antes; porque la noche anterior la había visto también en el rostro de Chat Noir. En la mejilla donde le golpeó la cuerda la noche del viento.
La misma marca en el mismo lugar.
El mismo chico.
Pero…
Bajó los ojos, temerosa de que se le saltaran las lágrimas y Adrien se acercó a ella con cautela.
—Marinette, ¿qué ocurre? —volvió a preguntar. Con ese tono de sincera preocupación y un poco de ansiedad. Ella no respondió, sobrecogida y él movió sus manos en un gesto atrevido, y quizás involuntario. Las posó sobre sus hombros y al no haber reacción, las deslizó por sus brazos hasta rozar su cintura—. ¿Marinette?
Es él pensó ella. Reconoció el tacto familiar, incluso la leve presión que hicieron sus dedos en su cintura era exacta a la de otras veces, si cerraba los ojos y los oídos concentrándose solo en esas sensaciones podía transportarse hasta el Café Secreto.
Es él repitió.
—Estoy bien —respondió, retrocediendo un paso para alejarse de sus manos—. Creo que algo de la comida me ha sentado mal.
—Si quieres te acompaño a la enfermería.
Ella negó con la cabeza, tomando su mochila del banco.
—Me voy a casa.
—¡Yo te acompaño!
—No, no hace falta…
—Por favor —pidió él. Unió sus manos a la altura de la nariz, un gesto que ya había hecho antes delante de ella y por la misma petición: poder acompañarla a su casa, la noche del primer beso…
¡Ahora sí se daba cuenta de todos esos detalles idénticos! ¿Cómo es que antes no los veía?
—B-bueno —aceptó, aturdida. Le miró de reojo, aún impresionada y cabeceo—. De acuerdo.
Adrien sonrió y se colocó a su lado, como esa mañana, atento a sus pasos. Atravesaron el patio y salieron fuera sin que ninguno dijera nada. Marinette aún tenía la cabeza demasiado embotada como para hablar.
¡Y de todos modos, ¿qué podía decirle?!
Te he descubierto, Chat Noir, ¿cómo has podido engañarme de este modo?
Apretó la mandíbula y procuro recordarse a sí misma que ese enfado no era justo. Primero, porque Chat había hecho bien escondiéndole su identidad secreta aunque ya se conocieran y segundo, porque ella había hecho lo mismo con él.
También le ocultaba quién era. También mentía.
¡Somos un par de mentirosos! Se lamentó. Pero si ella lo había hecho para protegerle y porque esa era la única manera de estar juntos, él lo habría hecho por la misma razón. Y quizás sentía la misma culpa por ello… Los sentimientos de Chat Noir eran reales, o sea los de Adrien.
¡Oh, que lío!
Aún no lograba creer del todo que fuera él.
Caminaba tan abstraída por el shock que estaba sufriendo su mente que no se percató de que el chico había acortado y mucho la distancia que los separaba, estaban tan cerca que en un casual balanceo, sus manos se rozaron en el aire. La respiración se le aceleró pero simuló no darse cuenta y siguió caminando con normalidad.
El chico tampoco pareció notar el roce al principio, mucho menos haberlo provocado él. Se dijo que estaba tan nerviosa que empezaba a imaginar cosas. Hasta que el roce se repitió. Durante un par de segundos, la parte superior de sus manos entraron en contacto. Los dedos del chico se crisparon para después estirarse en una caricia osada que no halló resistencia, por lo que fueron más allá y se entrelazaron con los de ella por un segundo.
El corazón se le saltó cuando recordó de golpe todo lo que había pasado entre ellos; los besos, los abrazos, las acaricias, las siestas en la hamaca… Todo lo que había hecho con Chat Noir, ¿lo había hecho, en realidad, con Adrien?
¡Sin tener ni idea!
Se quedó sin respiración, perpleja y lo único que se le ocurrió fue apartar la mano.
No se atrevió a mirar al chico que siguió caminando como si nada a su lado.
Finalmente llegaron a la puerta de la panadería que estaba cerrada. Sus padres seguían en la pausa que hacían para comer. Marinette rebuscó las llaves en su mochila con las manos temblorosas, sintiendo los ojos del chico sobre ella.
—¿Seguro que no quieres ir al médico, por si acaso? —Lo intentó, de nuevo.
—¡No es nada! —exclamó ella. Encontró las llaves y las apretó en su palma notando su filo—. Gracias por acompañarme, pero todo está bien.
—Bien…
Sonó apesadumbrado y Marinette se dio cuenta de que no le había mirado a la cara desde que salieron de la escuela, así que alzó los ojos y trató de sonreír.
—De verdad, te lo agradezco —repitió. Adrien esbozó una media sonrisa a duras penas.
—Para eso están los amigos.
Fue más que evidente lo que le costó decir esa frase y por alguna razón, fue entonces que vio, con más claridad que nunca, a Chat Noir en él. Una sombra del gatito que siempre estaba dispuesto a todo por ella en el semblante del chico vacilante que la miraba. El corazón se le estrujo en el pecho y las ganas de abrazarle se hicieron insoportables; era él, Chat Noir, delante de ella, a plena luz del día y con un aspecto normal que la permitiría demostrarle su afecto sin tener que ocultarse.
Solo serían dos adolescentes abrazándose. ¿A quién le importaría lo que hicieran? En ese momento, en ese lugar, eran libres de verdad para hacer lo que quisieran.
Y estuvo segura de que sí daba el paso y le abrazaba, él respondería sin hacerle ninguna pregunta. Marinette respiró hondo y dio un paso atrás, alejándose de la tentación.
—Nos vemos —Le dijo, entonces.
—Sí, nos veremos… —Adrien hizo una pausa y retomó—; mañana —Sonrió—. En clase.
Se despidió y empezó a alejarse de vuelta al instituto. Ella se quedó mirándole con una mueca.
Sí… nos vemos esta noche, Chat Noir.
.
.
31 de Mayo (23:45 AM)
Las sombras acudieron raudas para devorar el día.
Sentada en su cama y con la caja de los prodigios sobre su regazo, Marinette miraba hacia la pequeña rendija abierta de su trampilla observando la línea negra que partía el techo. Adivinó un cielo despejado, con alguna diminuta estrella parpadeando en la inmensidad, y saboreó en el paladar el olor picante que traía la brisa desde algún lugar donde la cena se había retrasado.
Todo lo sentía extraño. O sería que ella misma se sentía así por la situación, por sus ideas, por lo que había decidido hacer.
Después de toda la tarde pensando había llegado a algunas conclusiones que ni a ella misma le gustaban. Fue incapaz de cenar, por suerte sus padres lo tomaron como normal después de la mentirijilla que les contó sobre su malestar estomacal para saltarse las clases de la tarde y no le dijeron nada. Como cada noche, le desearon las buenas noches y se fueron a su dormitorio. A esas alturas ya debían estar dormidos.
Notaba un desagradable vacío en un lugar indeterminado de su cuerpo, no era hambre aunque se frotó el estómago con la palma de su mano con la intención de apaciguarlo.
Paseó su mirada por el cuarto en penumbras hasta Tikki, sentada en una esquina de su almohada y con los hombros algo encorvados. Marinette sospechaba que no compartía su decisión y por eso llevaba un buen rato en silencio. El resto de Kwamis flotaban ante ella, también callados, pero la miraban fijamente con esas enormes pupilas multicolores.
Su silencio se debía a la sorpresa y a la intriga que habían generado sus palabras.
Fue Sass quien se apartó del resto, con su habitual diplomacia y serenidad, para dirigirse a ella.
—¿Esto significa que cuando vuelvas esta noche traerás a Plagg contigo?
Marinette apretó los labios y asintió con la cabeza.
Hubo murmullos de sorpresa y también comentarios. Algunos se alegraban de que el Kwami de la destrucción fuera a unirse a ellos, pero otros tenían sus reservas pues el carácter individualista de Plagg no era el más fácil. Era comprensible después de tanto tiempo separados de él. De reojo siguió vigilando a su amiga, pero Tikki permaneció muda.
—¿Qué es lo que ha hecho Chat Noir? —preguntó uno de ellos de repente.
—No ha hecho nada.
—Entonces, ¿por qué le castigas quitándole su prodigio?
—No es un castigo —les explicó con pesar—. Pero he descubierto su identidad secreta, y por eso tengo que pedirle que me lo devuelva.
—¡Pero entonces ha sido culpa tuya!
—¡Xuppu, no le hables así a la guardiana!
La joven sacudió la cabeza y volvió, ahora sí, todo el cuerpo hacia su Kwami. Seguía encogida sobre sí misma, sin hacer el menor ruido.
—¿Tikki? —La llamó, pero ella no le respondió.
—Entonces, ¿tendrás que buscar otro Chat Noir? —Marinette dio un respingo. Ni siquiera había pensado en eso todavía.
—S-supongo…
Buscar otro Chat Noir, esa idea le hizo el corazón trizas pero sería lo más práctico teniendo en cuenta que su lucha contra Lepidóctero continuaría. ¿Cómo lo haría? Ni siquiera podía imaginar a otra persona usando el prodigio de su amigo.
Quizás podría luchar sola un tiempo, hasta que lo hubiera asimilado todo.
¡Oh, cielos! ¿Cómo se lo tomaría Plagg?
¿Y Adrien?
¿Le entregaría el prodigio sin más cuando se lo pidiera?
Se preguntó también qué pasaría con ellos después. Al pedirle su prodigio tendría que revelarle que ella era Ladybug, de modo que Adrien sabría su secreto y estaría en peligro. Lo más seguro para él sería que ambos volvieran a ser solo compañeros de clase.
Aunque lo más probable era que después de todo el chico no quisiera saber nada más de ella.
Quizás ya ni podamos ser amigos…
Se detuvo ahí.
Eran las mismas ideas que había estado repitiéndose una y otra vez de manera absurda y del todo inútil, pues no había conclusión posible salvo la que ya había pensado. Después de horas contemplando todas las posibilidades, imaginando los futuros escenarios e incluso haciendo listas de pros y contras, solo había una respuesta: ahora que conocía la identidad secreta de Chat Noir debía pedirle su prodigio.
No le gustaba esa decisión pero esas eran las reglas del Maestro Fu y ella se había prometido seguir sus enseñanzas pasara lo que pasara. ¡Eran la única guía que tenía a su alcance! Y por más que detestara lo que iba a hacer, por más que se le rompiera el corazón… Solo podía hacer eso.
Ya casi era la hora de acudir al café. Así que se cuadró dándose ánimos, y extendió la caja hacia los Kwamis.
—¡Venga chicos, adentro! —Les llamó y todos se metieron en ella por propia voluntad.
Marinette bajó al segundo piso y ocultó la caja en su lugar. Suspiró y se giró para encontrarse a Tikki frente a su cara con una expresión de gravedad tal que hasta daba escalofríos.
—¿Has pensado bien lo que vas a hacer? —le preguntó recuperando el habla por fin.
—Por desgracia sí, Tikki —respondió la otra, compungida—. Es lo correcto. Es lo que el maestro…
—El maestro Fu os eligió a Adrien y a ti para que lucharais juntos —replicó el espíritu—. A vosotros dos en concreto, entre toda la gente que existe en el mundo.
—Lo sé, pero…
—Debe haber alguna razón para que seáis vosotros dos y no otros, Marinette.
—Y también hay una razón por la cual nos prohibió saber la identidad del otro, Tikki —Soportó su mirada brillante hasta que entendió que Tikki no cedería, y agobiada se dejó caer en su silla que chirrió al deslizarse por el suelo. Se frotó la frente, nerviosa y el Kwami revoloteó hasta estar a su altura.
—¿Cuál crees tú qué es?
—¡No lo sé! —exclamó—. Pero… ¿y si es esto, Tikki? ¿Y si es así como comienza el fin del mundo?
—El fin del mundo que tú conociste de la mano de Chat Blanc obedecía a unas condiciones muy concretas del pasado que tú ya arreglaste, ¿recuerdas?
—No sabemos exactamente qué condiciones fueran esas. ¡Podrían ser estas!
—¡O podrían no serlas!
Marinette arrugó las cejas. Quizás Tikki tuviera razón, pero ella no podía confiarse. Las únicas pistas que tenía al respecto eran que en ese futuro terrible Chat Noir y ella estaban enamorados y él conocía su identidad.
Una de esas cosas ya había pasado.
Tal vez fuera distinto ahora que era ella quien sabía su identidad y no al revés pero, ¿quién le aseguraba que esa condición no daría lugar a otro futuro apocalíptico, algo distinto, pero igual de terrible?
—Solo sé que antes de que empezaras a verte con Chat Noir tú estabas muy triste, y muy asustada —le recordó Tikki—. Pero ahora todo está bien —La miró fijamente—. ¿Vas a sacrificar eso tan solo por algo que no sabes si sucederá? —Marinette se encogió de hombros—. ¿Y Adrien? ¿Qué será de él cuando le quites su prodigio?
—¡Estará a salvo! —insistió ella—. ¡Lo hago por él! ¡Para que nunca tenga que pasar por la horrible experiencia de ser Chat Blanc!
—¿Nunca se te ha ocurrido pensar que quizás ocurrió algo más? ¿Qué hay otro elemento en la historia de Chat Blanc que no conocemos y que fue lo que lo estropeó todo?
—¿Otro elemento? —La chica sacudió la cabeza—. ¿Cuál?
—No lo sé, pero…
—Ya he tomado una decisión —La cortó Marinette. Intentó mantenerse firme pero sus ojos se humedecieron—. No me gusta, ¡no me gusta nada! Pero estoy dispuesta a hacer cualquier cosa para mantener a Chat Noir y a Adrien a salvo.
. Es lo que el Maestro habría hecho y con eso me basta para saber qué es lo correcto.
—El Maestro nunca estuvo en la piel de una chica enamorada —murmuró Tikki—. Él siempre estuvo solo, ¿recuerdas?
—¿Y qué?
—Pues que el amor lo cambia todo.
Oh, por dios, Tikki…
¡¿Por qué peleaba con ella?! Tanta insistencia la tenía desconcertada pues Tikki siempre era responsable y razonable. Habría esperado que opinaran igual, que la apoyara en su idea de romper la relación con el héroe y recuperar el prodigio para protegerle a él, y al futuro… ¡Y a todo! ¿Por qué no se ponía de su parte?
La veía tan firme y segura que Marinette estaba empezando a dudar.
¿Se estaba equivocando al ser tan radical?
¡Pero Chat Noir está en peligro!
Estaba aterrada por esa idea, pero el detalle que Tikki había mencionado, ese otro elemento que pudo propiciar aquel desastre. ¿Y si era verdad?
No quería hacer sufrir a Chat si no tenía un verdadero motivo para ello. Ella tampoco quería pasarlo mal, pero no podía pensar en sus propios sentimientos.
Puede que me equivoque haga lo que haga.
—Es la hora —anunció, derrotada. No había tiempo para dudar más. Haría lo que tenía pensado y se enfrentaría a las consecuencias después—. Tikki, puntos fuera.
.
.
Ladybug aterrizó en el Café Secreto en mitad del silencio más intenso. Era la primera vez que la heroína pisaba ese lugar y no le sorprendió que, al mirar a su alrededor, se sintiera como una intrusa. Ese no era su lugar. Desde el principio había pertenecido a Marinette y a Chat Noir.
Se presencia allí, aparte de hacérsele incómoda, era un recordatorio de la tarea que se había impuesto. No podía admitirlo ante los Kwamis, ni siquiera ante Tikki o en voz alta pero aún dudaba. No podía estar plenamente convencida de una decisión que había tomado con la cabeza, acallando su corazón. Era imposible. Una mitad de sí misma se rebelaba contra ella, por eso había traído a Ladybug hasta allí.
Porque Ladybug no dudaba ante nada. Sabía cómo mantener la cabeza fría y actuar del modo correcto aunque doliera.
Con tristeza, se miró las manos recubiertas por el material mágico rojo y negro y se le ocurrió que la heroína estaba a punto de incumplir una de las reglas del Café Secreto. Chat Noir y ella se prometieron que allí no entrarían los problemas, ni las preocupaciones, ni las cosas tristes…
Risas y bromas. Eso es lo que debe haber en este sitio.
Promesas que destilaban buenos sentimientos y quizás, más ingenuidad de la debida.
Siempre llega un momento en el que las risas se acaban, ¿verdad?
¿Cómo no iba a preferir que fuera Ladybug quien se encargara de tan funesta tarea?
Giró sobre sí misma, observándolo todo. Las luces temblaban en el interior de los farolillos de papel que cruzaban el tejado y los focos de los cuadros sobre el suelo creaban sombras espectrales. El juego de té estaba dispuesto, también la hamaca estaba en su lugar.
—¿Chat Noir? —Le llamó, pero él parecía no estar.
En el pecho de la joven se conjuraban dos deseos contrarios, aunque iguales en intensidad. Ansiaba acabar con ese mal trago cuanto antes, y también que nunca llegara el momento de hacerlo. Era tan surrealista pensar que estaba a punto de quitarle el prodigio a su gatito. Habían compartido tantas cosas desde que se conocieron. Ni una sola vez desde que fueron elegidos se había imaginado que llegaría ese día. Aunque tampoco se había imaginado muchas de las cosas que habían pasado en ese mes.
¿Quién habría previsto un desenlace como ese después de todo lo vivido?
Resopló, impaciente y nerviosa.
Se puso a dar vueltas por la azotea, notando que el peso de la espera se hacía más y más grande cada vez que posaba sus ojos sobre algún objeto en concreto de los que la decoraban. Un torrente de recuerdos felices se precipitó ante sus ojos y su corazón empezó a flaquear. Se preguntó si sería capaz de guardarlos en su mente con el mismo sentimiento una vez que todo acabara.
Cayó entonces en la cuenta de que, por supuesto, esa sería también la última noche en que pisaría el Café. ¿Cómo podría volver allí sin Chat Noir? Apretó un puño sobre su pecho y la respiración se le disparó por la angustia.
Voy a perder a Chat se dijo, triste. Y a Adrien. Y también este lugar especial.
Se frotó los manos, asustada, y caminó hacia la estantería para apoyarse en ella. Repasó los objetos en las baldas y todo pareció tambalearse a su alrededor cuando se encontró con la fotografía. Una punzada de dolor azotó su pecho pero no pudo apartar los ojos. Era una foto tan bonita. Alargó la mano para cogerla y se sintió aún peor.
—Puntos fuera —susurró.
No, no podía estar en ese lugar siendo Ladybug. Además, Chat Noir se merecía que fuera ella quien le contara toda la verdad.
Tikki la miró con tristeza y se ocultó en su bolsito en silencio.
Regresó hasta la hamaca para sentarse en el borde con la fotografía en las manos. Su tacto familiar la reconfortó mientras se balanceaba con los pies rozando el suelo. Observó la imagen con atención hasta que logró arañar algo de la felicidad de aquella noche y sus labios se curvaron en una débil sonrisa. La expresión del héroe era tan feliz.
Nos hemos divertido tanto… Aun cuando parecía imposible a principios de mayo, las cosas se habían ido arreglando como si una magia poderosa las guiara y ellos habían logrado ser felices. Sin cometer faltas, ni causar problemas a nadie… Uno pensaría que de ese modo se puede ser feliz para siempre, que no existen razones para negarse a ello.
Hasta que aparecen se dijo. Y de pronto ya no importaba lo mucho que habían trabajado por crear un espacio secreto para ellos, o lo que les había costado superar las dificultades y obstáculos que se presentaron en el camino. Como esa maldita competición de videojuegos recordó. Mirándolo con perspectiva, incluso aquello estuvo bien.
En esos momentos de angustiosa pena, preferiría enfrentarse a cientos de Claude Bonnet si con eso podía evitar lo que tenía que hacer.
Tú eres mi amuleto encantado.
Ahora entendía por qué Chat Noir le había dicho esas palabras en aquella ocasión. ¿Seguiría conservando Adrien el amuleto que ella le regaló? En realidad, estaba bastante segura de que sí.
No se había dado cuenta de nada pero todas las pistas habían estado bailando ante sus ojos. Como ahora lo hacían los farolillos sobre su cabeza o los reflejos de la luz en el cristal de la fotografía.
Un terrible dolor se estaba instalando en su corazón. Un dolor anticipatorio de lo que estaba por llegar.
No más momentos felices se dijo, pasando un dedo sobre el cristal. No más risas, no más bromas, no más mimos… Apretó la foto contra su pecho y cerró los ojos. No sabía por qué se torturaba con esos pensamientos si no tenía otra opción.
¡¿Qué más podía hacer?!
Ella querría conservar ese lugar, los recuerdos y más que nada quería conservar el amor de Chat Noir pero el miedo no la dejaba. Porque el miedo puede ser tan poderoso que te encierra en un túnel oscuro donde, si hay más salidas disponibles, eres incapaz de verlas.
De pronto, unas manos se posaron sobre sus hombros y le dieron un ligero apretón. Se tensó por la sorpresa y las manos se deslizaron por sus brazos para rodearla a la altura del estómago y estrecharla contra otro cuerpo.
—Hola, princesa —Su voz alegre fue como un nuevo pinzamiento en su corazón. La mejilla de Chat Noir rozó la suya cuando se inclinó hacia delante. Sus labios se pegaron a su piel en un beso sonoro y largo—. ¿Cómo estás?
—Ah… bien.
El chico la soltó para colocarse ante ella y torció la cabeza.
—¿Todo está bien?
Marinette recordó su fingido malestar de estómago que usó para escabullirse de Adrien.
—Estoy bien —respondió, pasándose la mano por los ojos aunque estos seguían secos—. Esta tarde me sentí un poco rara, pero mi madre me preparó una manzanilla y ya estoy recuperada.
—Me alegra saberlo —dijo él. Había en él, a pesar de todo, una peculiar calma que la llamó la atención. Por lo general Chat Noir hacía gala de una despreocupación relajada pero esto era distinto. El modo en que entornaba los ojos o sus movimientos que parecían firmes y a la vez sosegados, toda su apariencia hablaba de una novedosa serenidad.
Se inclinó sobre ella, colocando sus manos alrededor de la chica, apoyandolas en la hamaca y estiró su rostro hacia el de ella para besarla. Quizás era por lo nerviosa que estaba, pero incluso ese beso le resultó algo diferente… Carecía de la urgencia y pasión habituales, fue algo más profundo, más íntimo, como una caricia que hizo vibrar todo su cuerpo.
Marinette, se agarró a él por un instante, sobrecogida.
—¿Seguro que estás bien, Marinette?
No estoy bien pensó justo antes de soltarle y asentir con la cabeza. Pero Chat no retrocedió, en lugar de eso la observó bien durante unos segundos hasta que sus cejas se arquearon al descubrir la fotografía en su regazo.
—¿La estabas mirando? —Le preguntó.
—Estaba recordando —admitió ella con pesar—. Recordando todo lo que ha pasado.
—¿Por qué?
Se encogió de hombros y el chico le lanzó una mirada bastante peculiar. Buceó en sus ojos buscando algo y cuando pareció hallarlo, su expresión se ensombreció, contraídos sus rasgos. Apartó los suyos al tiempo que respiraba hondo y tras soltar el aire, regresó a ella.
Marinette dejó que Chat cogiera la fotografía de entre sus manos y le vigiló, expectante. ¿Era posible que la conociera tan bien como para adivinar sus intenciones?
Si así fue, Chat Noir no dijo nada. Miró largamente la fotografía con una sonrisa triste y caminó tranquilo hasta la estantería para dejarla en su lugar. También encendió el aparato de música.
Solo trajo discos de piano pensó ella, meneando la cabeza. Tampoco noté ese detalle.
El héroe regresó y le ofreció su mano.
—Hace mucho que no bailamos, ¿no crees? —Pero Marinette, incómoda, negó con la cabeza.
—Es que esta noche no…
—Venga —le pidió él con una sonrisa—. Solo una canción.
Suspiró, estrangulada por su propia culpa y asintió. Cogió su mano y él tiró con suavidad para ponerla en pie y la condujo al centro de la azotea. Las lucecitas flotaban sobre su cabeza y por encima del hombro del chico cuando levantó sus brazos hacia su cuello y le abrazó. Las manos de él se deslizaron por su espalda, buscando el lugar donde posarse e inició un movimiento circular, lento y sinuoso, al son de las melancólicas notas que escapaban del tocadiscos.
Alargar el momento previo a que todo saltara por los aires era tentador pero, no muy aconsejable. A cada segundo que pasaba, las dudas se hacían más grandes dentro de ella y si se refugiaba demasiado en los brazos de Chat, acabaría perdiéndose de nuevo en ese amor que se había vuelto tan importante, tan necesario en su vida. Flaquearía y quizás, se rendiría al miedo.
No quiero llorar pensó, frunciendo el ceño. Si dejaba que las emociones la dominaran estaría perdida. Y tal vez podría haber sobrevivido a ese baile sin ceder a ellas si hubieran estado en silencio, escuchando solo el piano y los sonidos de la noche. El olor de Chat le picaba en la nariz y no pudo resistirse a cerrar los ojos para pretender, por un instante, que todo estaba bien.
Pero no lo estaba y, por supuesto, él también se había dado cuenta.
—Quieres decirme algo, ¿verdad? —Le preguntó en voz baja. Ella no respondió, solo afianzó su abrazo en torno a sus hombros—. Ya, a mí también me pasa. Siempre vengo con la cabeza llena de cosas que quiero decirte, ¿sabes? Aunque luego me doy cuenta de que la mayoría son tonterías.
—No dices tantas tonterías cómo crees, Chat Noir.
—O sí. Solo que no te das cuenta —replicó él, aún de buen humor—. ¿Recuerdas aquel día en el puente, cuando te dije que vendrían días mejores? —Ella asintió—. En verdad no sabía si era cierto, solo te lo dije para que te sintieras mejor —reveló.
—Eso ya lo sospeché en su momento.
—¿Ah sí? —Chat Noir suspiró con fuerza—. Al final resultó que era verdad.
. Todo lo que vino después de aquello han sido días mejores. De los mejores que he vivido.
Marinette sintió que se quedaba sin aire, sus pulmones se llenaron de astillas de cristal helado que la apuñalaron con saña sin dejarla respirar.
—Chat…
—Y me acuerdo de todos ellos —continuó—. Siempre me acordaré.
—Y yo también —afirmó ella. Las palabras empezaron a flaquear en su garganta acongojada, así que calló. No lo hagas, no lo hagas escuchaba en su mente. Un coro de voces que suplicaban y la torturaban con imágenes felices de ellos dos juntos y se le escapó—; hemos hecho tantas cosas.
—Sí, muchas cosas —murmuró él. Calló un momento y sus manos apretaron más la espalda de la chica, Marinette pudo sentir lo rápidos que eran los latidos del corazón del chico de lo cerca que estaban—. Una vez le dije a Ladybug que los ratos que pasaba con ella eran los más divertidos pero, ¿sabes? Los ratos que he pasado contigo este mes han sido los más felices.
. ¿Recuerdas la noche que cocinamos a escondidas en la panadería de tus padres? La batalla de harina, la masa de las galletas… Me pediste que me quedara contigo.
Se detuvieron en mitad de una vuelta y ella le miró, sorprendida.
—¿Te acuerdas de eso?
—De eso y de todo.
La chica sacudió la cabeza, divertida, retomando los pasos de baile.
—Yo recuerdo lo que me respondiste —Le dijo, enternecida—. Siempre.
—Siempre —repitió él más serio, con los ojos aún brillantes aunque entornados—. Dijiste que yo hacía bailar tu corazón.
Marinette sonrió.
—Y tú dijiste que yo era tu rayo de luz de luna —Los labios le temblaron un momento pero se obligó a mantener los ojos alzados, en los de él. Sus manos, aún en los hombros del chico, se sujetaron con fuerza por miedo a perder las fuerzas y caer—. Y que no había ningún secreto que pudiera contarte que cambiara lo que sentías por mí.
—Y es verdad.
Sé que lo crees de verdad pensó, atemorizada. Ahora sí se detuvieron y ella apartó las manos porque estas habían empezado a temblarle. Pero hay verdades que lo cambian todo.
—¿Qué es lo que ocurre, Marinette?
—Tengo que tomar una decisión sobre algo —Le explicó tras un rato en silencio. Creía que ya lo había hecho pero se dio cuenta de que no, de que las dudas eran demasiado grandes y sus sentimientos demasiado fuertes. Existen acciones que no pueden deshacerse y esa sería una de ellas—. Y siento como si dentro de mí hubiera dos personas distintas y cada una de ellas desea hacer algo diferente a la otra.
Era justo así.
Dentro de ella peleaban la guardiana de los prodigios que sabía bien lo que debía hacer para protegerlos a ambos y al resto de la ciudad; pero también estaba la chica enamorada que quería salvar sus sentimientos y el corazón del chico al que amaba.
Creyó que la guardiana vencería con facilidad pero no había sido así, pues la lucha continuaba aún ahora.
—No sé cuál de las dos soy yo en verdad —reconoció al fin—. O qué debo hacer.
¿Ladybug o Marinette?
Quería ser firme a las enseñanzas que había recibido, se lo debía al Maestro Fu que confió y se sacrificó por ella. Pero el corazón de Marinette se deshacía de amor y no cesaba de chillar y suplicar que creyera en ese sentimiento, que se arrepentiría para siempre si no elegía protegerlo por encima de todo lo demás.
—Seguro que descubrirás lo que debes hacer —dijo Chat, pero ella meneó la cabeza, apretando los puños.
—¿Y si esta vez no puedo? ¿Y si me equivoco?
¡¿Y si Tikki llevaba razón y había algo más, un elemento desconocido que era el culpable de ese futuro horrible que la atormentaba y que no dependía de ella?! En ese caso, estaría destrozando su corazón y el de Chat Noir para nada.
—Eres la persona más lista que conozco —repuso él, tomándola de la mano—. Si alguien puede resolverlo, eres tú —Ella le miró queriendo confiar en sus palabras—. Yo te apoyaré elijas lo que elijas, Marinette —Le guiñó un ojo, pero de un modo vacilante. Descubrió en ese gesto que la serenidad que Chat mostraba era solo una dulce fachada para ella y saboreó el inmenso dolor que ocultaba, aunque no supo cómo pudo saberlo—. Aunque te equivoques no será tan malo.
. Y sea como sea, yo seguiré a tu lado.
Sea como sea…
Eso es se dijo Marinette entonces. Sus ojos se abrieron, un escalofrío le recorrió la espalda. Lo sabe. Lo sabe todo. Estuvo segura, como lo estaba de que tras la noche habrá un nuevo día o que tras el verano volverá el otoño y todo comenzará una vez más.
Chat Noir la había descubierto.
Sabe que conozco su identidad secreta, sabe lo que estoy a punto de hacer… Lo sabía todo, puede que incluso supiera cosas que aún ella desconocía.
¿Cómo podía saberlo? ¿Cómo había podido ver con tanta claridad su interior?
Me conoce tanto como yo a él.
Porque con honestidad se dijo que todas sus dudas anteriores con respecto a la reacción del chico habían sido una tontería. Ella sabía que si seguía adelante y le exigía su prodigio, él se lo daría sin protestar. Sabía que la perdonaría sus mentiras y secretos. Y también sabía que aunque dejara de ser Chat Noir, Adrien insistiría en permanecer a su lado.
Fuera como fuera él seguiría ahí.
Siempre.
¿Y cómo podía saber ella todo eso con tanta seguridad?
Reflexionó a toda velocidad, tanto así que sintió como una brisa se alzaba en la azotea y le acariciaba los brazos. Volvió a repasar todos los momentos vividos con Chat. Había sido un mes pero al rememorarlos le parecía que constituían toda una vida, juntos. Y no solo era lo que había pasado ese mes, porque a ellos se acoplaron sus vivencias luchando al lado de Chat Noir contra los akumas, los días de convivencia con Adrien en la escuela. A pesar de las máscaras y los secretos, habían construido una relación que iba más allá del compañerismo, de la amistad, del amor… era algo más complejo, más único y sólido. Un conocimiento y entendimiento tan profundos que casi parecía que ya estaban ahí de otro tiempo y solo se habían dedicado a recordar.
Como si nos conociéramos de otra vida pensó aturdida, y aun así convencida del todo de que era cierto. Como si fuéramos… almas gemelas.
Chat Noir, que se había mantenido en silencio hasta entonces, se adelantó un paso para tomar su mano y la besó. Las mejillas de ella se encendieron de golpe.
—Tengo que decirte una cosa —habló y él asintió como si ya lo hubiera adivinado.
—Dime.
El chico juntó sus manos. Sus dedos rozaron el anillo, incluso lo movieron un poco sin llegar a separarlo del dedo. Marinette se dio cuenta del gesto y casi de forma súbita, supo lo que debía hacer.
Le agarró de las manos parándole en seco.
—Mañana es uno de Junio.
—A-así es.
—Solo queda un mes para que empiecen las vacaciones de verano.
Chat Noir, confuso, parpadeó.
—Sí.
La chica le sonrió y despacio, avanzó para colocar sus brazos, de nuevo, alrededor del cuello del chico.
—Deberíamos empezar a planear qué cosas divertidas haremos juntos este verano —Los ojos de él se abrieron más todavía para contemplarla. De nuevo, no necesitó más que unos segundos para comprender lo que le decía y su pecho se desinfló cuando la tensión salió a borbotones de su cuerpo—. ¿Qué quieres que hagamos, gatito? ¿Tienes alguna idea genial, de las tuyas?
No supo si fue la emoción o si esa era su respuesta, pero Chat Noir acortó la distancia, casi inexistente, entre ellos para besarla. Volvieron el entusiasmo, la pasión y el mismo intenso amor de las otras veces al tiempo que la estrechaba con la fuerza de quien no quiere dejar ir a la otra persona por ninguna razón, ni por un segundo. Acarició sus labios y con el mismo fervor, bajó su boca por la garganta de la chica y después por su cuello mientras Marinette se agitaba, apresada, entre carcajadas de alegría.
—Sabía que escogerías la opción correcta, princesa —le susurró—. Aunque admito que me has preocupado.
—Lo siento.
Fue todo lo que dijeron con respecto a ese asunto. Chat sabía que era mejor no preguntar más y Marinette no llegó a estar segura de si él la había descubierto del todo o solo había intuido con gran acierto lo que ella pensaba.
No le importó, en cualquier caso. Estaba segura de su decisión final porque nunca le daría la espalda a su alma gemela.
Y aunque aún tenía miedo por el futuro y lo que pudiera pasar con ellos, se dijo que fuera lo que fuera lo que el destino los tuviera reservado, ella lo resolvería. Porque no era cuestión de elegir entre Marinette y Ladybug; ella era ambas y si la chica se equivocaba, la heroína se encargaría de resolverlo después.
¿Y que era Ladybug sino una experta resolviendo problemas?
—Creo que por esta noche deberíamos pasar a la parte de la siesta y los mimos —opinó Chat Noir.
—Sí, es buena idea.
Marinette le abrazó con fuerza mientras él la cargaba rumbo a la hamaca. Se subieron a ella, escuchando los familiares crujidos de la madera y el canto lejano de los grillos que llamaban al verano.
Apartó a la heroína y todas sus responsabilidades de su mente y por esa noche, eligió ser ella misma. Porque balanceándose en la hamaca, sintiendo los brazos del héroe aferrados a su cintura y el roce de sus labios, no quería ser nadie más. Marinette se había atrevido a hacer algo que la heroína había rechazado a causa del miedo.
—Te quiero, gatito —susurró, medio adormilada. Su rostro recostado sobre el pecho del chico, sus manos aferradas a él, el aliento de Chat le hacía cosquillas en la frente.
Estaba empezando a oír el inicio de un relajante ronroneo.
¿Ronroneo o un ligero maullido?
Aquel momento era perfecto y quiso quedarse así para el resto de su vida. Solos Chat Noir y ella.
—Te quiero, Marinette.
Solo quería ser ella misma, estar justo donde estaba y escuchar suaves maullidos a la luz de la luna.
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—Fin—
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¡Hola a todos y a todas!
Hemos llegado al final del reto
Siempre es un momento raro y agridulce cuando escribes la palabra "Fin" en una historia. Es indudable que acabar una historia a la que has dedicado tanto esfuerzo y de la que has quedado satisfecha provocaba una gran satisfacción y felicidad. Una historia acabada es un pequeño éxito. Pero también significa despedirse de los personajes, de la historia en sí misma y en este caso, también de los lectores que te han acompañado hasta este momento y eso es un poco triste.
Tengo que decir que este mes de mayo ha sido estupendo. Volver a escribir cada día y a sentir de nuevo esa ilusión y ganas fue increíble *_* Porque yo ya creía que eso era algo que había perdido y no esperaba que volviera. Pero es cierto que Junio ha sido todo lo contrario ¬¬ Por razones que nada tenían que ver con la escritura (ya os comenté en el capítulo anterior) por un momento pareció que todo se echaba a perder. Soy un poco dramática y más cuando la ansiedad me domina, pero no solo me sentía mal por lo que estaba pasando sino también por no poder seguir escribiendo como antes y que la historia se hubiera quedado parada a tan pocos capítulos del final.
Pero son sentimientos pasajeros y que ya no importan. La historia ha terminado y aquí os comparto el último capítulo.
¿Qué os ha parecido? ¿Os ha gustado? En mis fics de miraculous no suelo incluir la revelación de identidades pero en este caso me apeteció hacer algo así, jajaja. Los dos saben quién es el otro, pero creen que el otro no lo sabe, así que siguen guardando el secreto, por ahora…
No sé si hace falta que lo repita, pero no habría llegado tan lejos sin vuestro apoyo, vuestros comentarios y palabras de aliento que me han dado fuerzas cuando no me apetecía escribir o me sentía un fraude por no poder hacerlo. ¿Qué es una historia sin lectores? ¿Sin alguien que la haga vivir en su imaginación? Todos somos fans de Miraculous Ladybug y compartimos el amor incondicional por el cuadro amoroso y por le marichat, y yo solo espero que esta historia os haya gustado, os haya entretenido, os haya distraído de vuestros problemas (si es que lo necesitabais) y haya sido vuestro Café Secreto particular en el que refugiaros de la realidad, así como hago yo con los libros y los fanfics desde que era pequeña.
Porque siempre he creído que esa es la función principal de la literatura.
Muchas gracias a todos los que habéis leído este fic, habéis seguido día a día las actualizaciones, gracias de corazón a todos los que os habéis pasado a escribirme. Espero que el resultado final haya merecido la pena, que el final haya sido lo que esperabais y aquí me tenéis para lo que queráis.
Contactarme por MP si queréis decirme algo o solo charlar.
Gracias por vuestra comprensión y vuestros buenos deseos en los mensajes del capítulo anterior. Y podría pasarme así todo el día, jeje, pero es hora de despedirse.
"Maullidos a la Luz de Luna" termina aquí. Ha sido un viaje increíble y especial junto a todos vosotros ^^
Espero que nos veamos en futuros fics.
¡Besos para todos y todas!
-Erolady-
