Arthur no estaba muy seguro de ir a Ealdor. Él pensaba que más rápido para ir a Engerd sería ir al sur, sin cruzar las montañas. Pero Merlín había sido el que aseguraba saberse un camino que pasaba por un desfiladero en las montañas. Según él, lo había usado varias veces para llegar a su pueblo. Pero, aún así, Arthur no estaba muy seguro.

Era obvio que Merlin quería ir a Ealdor. Al fin y al cabo, era básicamente el único que no tenía alguien a quien llamar familia en Camelot. Y eso lo entendía, y tal vez por eso era que iban al pueblo, más que otra cosa.

Por lo demás, Arthur estuvo pensando en lo de anoche. Cada vez que más lo pensaba, le parecía más estúpido. ¿Merlín atravesando una cascada? Sí, era una completa tontería. Se lo habría imaginado. Pero, ¿cómo se puede explicar que Merlín había aparecido detrás suya cuando había intentado sin fortuna pasar la cascada? Paseo nocturno había dicho él. Y ahí sabía que mentía. El caso era que no podía hacer nada para saber la verdad, ya que, siempre que preguntaba, Merlín respondía lo mismo: paseo nocturno.

Así pues, había decidido no hablar del tema y pensar que se lo había imaginado. Que había sido simple coincidencia el encontrarse a Merlín allí. Pero, en su interior, sabía que eso mentira. Había un gusanillo de la verdad que yacía en su interior, quien aseguraba que Merlín escondía algo al estar ahí. Sí, la pregunta principal, y la que más importaba a Arthur era saber qué iba a hacer Merlín allí. Pero, de momento, lo dejaría de lado y completaría la misión que tenían que hacer. Pues no solo ellos estaban en peligro por el dragón, sino que todo Camelot lo estaba, y cada día más que tardaran, más destruida y más muertos habría en la ciudad. Y eso era lo último que Arthur quería.

Por lo demás, reparó en que Merlín no parecía tan serio y preocupado como el día anterior. De hecho, hasta reía y hacía bromas de vez en cuando, y eso, aunque nunca lo admitiría, le encantaba. Ver a Merlín de nuevo sonreír era genial. Este día, aunque fuera nublado, ahora era un día soleado solo con Merlín. Arthur se quitó esos pensamientos de la cabeza y siguió cabalgando. No quería pensar en lo bueno de Merlín, que le daban arcadas. No por ahora.

Durante todo la mañana y parte de la tarde, estuvieron cabalgando al lado de las montañas, yendo por todo el Ridge de Ascetir. Y así, llegaron a un desfiladero grande y rocoso. El desfiladero hacía un corte irregular entre dos montañas, como si un gigante hubiera cortado con un cuchillo gigante entre ellas. Sí, sin duda era majestuosa. Merlín no mentía acerca de ello. Y, sobre todo, esperaba que fuera segura, ya que Merlín no parecía muy convencido cuando le aseguró que era segura.

-El Desfiladero de Eóten – informó Merlín, y Arthur vio que su mirada puesta en el desfiladero no una exactamente de seguridad.

-¿De los gigantes? – preguntó Arthur, sabiendo perfectamente que Eóten significaba gigante.

-Eso no significa que los haya – respondió Merlín con una sonrisa mientras espoleaba al caballo para seguir cabalgando por el gran desfiladero. Arthur estaba cada vez menos seguro de hacer esto. Pero esto debían hacerlo, no solo por ellos, sino por todo Camelot, que estaba ardiendo en ese momento.

Cuando los cuatro estuvieron ya dentro, pudieron ver lo majestuoso que era por dentro también. Estaba lleno de rocas y cuevas donde de vez en cuando se podían ver aves dentro de ellas. Dos paredes eran las que daban el camino forma, que se erguían grandiosamente por encima de sus cabezas. Y, al fondo de aquel desfiladero, no se podía ver nada más que niebla cortando el paso.

La tarde se terminaba y el sol caía, dándole al cielo una capa de pintura de diversos colores como el rojo, morado y naranja. Sabían que debían descansar pronto o la noche les comería, pero la verdad era que no querían descansar en este lugar por nada del mundo. Descansar en este lugar significaría buscar una cueva donde quién sabe qué bichos y animales viven. Sí, Arthur casi prefería no descansar y seguir con el trayecto, pero los cuatro se encontraban demasiado cansados para seguir. No había otra opción, debían buscar refugio.

-Sé un lugar – dijo Merlín, una vez que el tema surgía entre ellos. – No está muy lejos de aquí.

Y así, siguieron a Merlín hasta una especie de pequeña apertura en la roca que se encontraba en la pared de piedra derecha, que llevaba a un lugar abierto con hierba rodeado de paredes de piedra, donde delante había una cueva grande y aparentemente iluminada.

-Hemos llegado.