-Hemos llegado.
Merlín no estaba muy seguro de si esto era una bueno idea, pero era su única posibilidad. El desfiladero de Eóten era bastante peligroso por la noche, por lo que siempre, si se tenía la posibilidad, había que viajar de día. Recordó el viaje que hace unos pocos años él hizo de Ealdor a Camelot, cuando todo empezó. Él había venido por el mismo desfiladero, pero siempre con cuidado de los tiempos, para no acabar de noche en medio del desfiladero. Como les había ocurrido ahora.
Por suerte, Merlín conocía a alguien que vivía por este lugar, y, de hecho, sabía dónde se encontraba su guarida. Sabía perfectamente que no lo encontrarían en ese momento, pues por la noche no solía estar. Por el día, si no se iban antes, lo verían. Y Merlín no había elegido este refugio por azar. No, había algo del hombre que vivía aquí que le gustaría saber.
Igual que al decir que por Ealdor se iba más rápido. Era un poco mentira, aunque sí era verdad que yendo por el desfiladero acortaban bastante. El único motivo que tenía para ir a su aldea natal era ver a su madre. Y no solo por visitarla y comentar lo que había ocurrido en los últimos meses desde que fueron a Ealdor para defenderla de bandidos, sino para saber más de su padre.
Sí, era cierto que el monstruo de dentro había desaparecido. Por lo menos por el momento. Y, al no tener sus tentáculos tirando de su caja torácica, se sentía mejor que nunca. Había hablado, sonreído y bromeado. Sí, sin ninguna duda, eso era mejor que estar todo el día cabizbajo. Lo que no entendía era cómo ese monstruo, cunado aparecía, le hacía tener sentimientos amargos y pesimistas. Se sentía mal cuando lo tenía. Y, lo más raro de todo, nunca en toda su vida había tenido nada igual. Desde que había sabido quién era su padre, el monstruo había estado creciendo y creciendo hasta desaparecer anoche.
Sí, la noche en la que había ido a visitar al druida Cardel. En la misma Cueva del Tiempo había podido ver un poco del pasado de su padre. No solo lo había visto, sino lo había vivido dentro de él, como si literalmente hubiera sido él mismo quien hubiera tenido tales emociones. Las había sentido perfectamente, y no era algo de lo que estar orgulloso. En ese momento del pasado, su padre se había sentido incluso peor que él el día anterior. Y eso era decir mucho.
También pudo ver que Balinor había tenido que huir. Él había supuesto que de Camelot, ya que de otro lugar no hubiera podido ser. Se sentía mal, como traicionado. ¿Traicionado por qué? ¿Por ser insultado y perseguido por ser un Señor de los Dragones? Claro. Él había sido perseguido desde entonces. Y, según le había dicho Gaius, casi ejecutado si no fuera por él. Eso sí que impresionó a Merlín. Gaius siendo atrevido y lanzado, ayudando a la gente mágica arriesgando su propia vida. Eran otros tiempos.
Recordó que también vio cómo, después de gritar a Hunith con rabia, sin saber exactamente por qué, su padre se había sentido realmente cansado y había caído al suelo. Dijo algo de que sentía… a él. Sentía a él como… Y no había dicho mucho más ¿Él? ¿A quién se refería con él? Eso fue lo que mayormente rondó por la cabeza de Merlín cuando él y Arthur regresaron al campamento. Y, la verdad, le intrigaba muchísimo. Casi que lo que más le intrigaba, y eso que había muchas cosas de las que intrigarse, como quién llamó a la puerta en ese momento y qué quería. Pero eso era otra cosa que tampoco sabría. ¡Ay, si Arthur no hubiera estado ahí! Podría haber visto mucho más. Quizás todo el pasado de su padre. Casi maldijo a Arthur por haber sido tan entrometido, pero advirtió que no podía echar la culpa así a alguien. Y menos maldecirlo, pues Arthur no era alguien normal y corriente. Se suponía que él debía protegerlo con su vida, no pensar solo en él y en sus asuntos como el de su padre. Sí, tal vez había sido un poco egoísta estos últimos días.
Y luego estaba Arthur, claro, cómo no. ¿Qué hacía ahí? ¿Qué había visto? Eso también le molestaba, pues no quería que su mejor amigo se acabara de enterar de todo. Esperaba con todo su corazón que no sospechase nada. Es cierto que había preguntado varias veces qué había hecho aquella noche, a lo que él siempre contestaba lo mismo: paseo nocturno. Pues, al fin y al cabo, podría haber sido perfectamente un paseo nocturno. Y, si había sospechado de la cascada, hubiera dicho simplemente que quería echarse un baño. Y hubiera funcionado, pues en ese momento, aunque había pasado un tiempo dentro de la cueva, había tenido parte de la ropa empapada.
Pero bueno, era Arthur, y Arthur era alguien bastante ciego, según había presenciado estos últimos años. No había sospechado nada durante tres años. Y eso que había usado su magia miles de veces para salvar al príncipe. Pero seguía sin darse cuenta. Sabía que algún día debería saberse, pero esperaba que ese día no estuviera cerca.
La guarida de su amigo estaba bastante escondida como para que nadie reparara en ella. Había que atravesar una especie de apertura en la roca del desfiladero, donde dejaba paso a un largo pasillo de piedra, hasta llegar a una zona abierta herbosa, bastante bonita, con una cueva grande delante de la zona. El lugar abierto estaba rodeado por altas paredes irregulares de piedra, y, en una esquina, se encontraba un árbol que Merlín sabía que su propio amigo había plantado. Además, había algunas pocas flores alrededor de esta, y había que decir que hacía que ese lugar fuera aún más bonito.
Los cuatro entraron en la cueva, donde una hoguera encendida iluminaba la estancia, y rodeada de ésta varios troncos yacían para poder sentarse junto al fuego. Parecía que hubieran preparado ya esto para ellos, o que no viviera solo una persona sino varias.
No había nadie dentro, como Merlín ya había previsto, así que entraron. La cueva no era una cueva normal y corriente, sino que dentro había una mesa de madera, con algunas sillas del mismo material (algo rústicas y mal construidas, a decir verdad), una estantería que guardaba un par de libros viejos y polvorientos y una única cama.
Merlín se percató de que las caras de sus compañeros eran un poco de inseguridad y asustadizas. Ellos no sabían quién vivía allí. Pensarían que era alguien salvaje y peligroso, pero mientras estuvieran con Merlín no habría ningún problema, ya que el hombre que vivía aquí y él se caían bastante bien.
Echaron más leña al fuego y prepararon algo para cenar. En unos minutos, todos estaban bien saciados y sentados alrededor del fuego. Todos charlaron, cantaron y contaron cuentos, felices de estar juntos y no solos en la temible cueva.
-Merlín, cuéntanos algo – dijo Arthur sonriendo descaradamente a su sirviente – Seguro que tienes algo bueno que contar.
Merlín ni había contado ninguna historia ni cantado ninguna canción en toda la velada. Además, era bien sabido entre ellos que Merlín era el que mejores cuentos contaba. Siempre tenía historias en la manga muy buenas para contar. Y esta no era una excepción.
Sabía muy bien qué historia contar.
Así pues, Merlín empezó a narrar.
