Merlín empezó a contar la historia con voz suave y baja, pero perfectamente audible en el silencio de la noche. El fuego de la hoguera iluminaba las facciones de Merlín y sus ojos estaban de un color negro brillante.
Y así, empezó a narrar.
"Érase una vez un muchacho que vivía junto su padre y su madre en el pueblo de Wirgen. Los tres trabajaban muy duro, pero felices de estar juntos. Eran una familia humilde. Trabajaban mucho para conseguir apenas comida y pasar mal los inviernos.
Pero, a pesar de la pobreza, el muchacho era más feliz que el mejor rey. Pues, él no necesitaba riquezas y dinero para ser feliz, sino que con tener una familia a quien amar y con la que ser amado le bastaba.
Pero llegó la muerte y decidió enfermar a su querida madre mortalmente, pues la muerte es caprichosa, y donde ve felicidad, la quita. El padre estaba aún más triste que el muchacho, pero no se rindió y trató de encontrar un remedio.
Y así, el padre buscó por todo el reino a alguien que pudiera curar a su amada, mas solo uno contestó a su llamada. Un anciano, débil y viejo, que sabía dónde encontrar una copa que curaba toda herida y enfermedad: La Copa de la Vida.
El padre, con algo de esperanza, fue con su hijo a un bosque druida donde le había indicado el anciano. Allí, llamaron y llamaron, hasta que el muchacho se cansó y se sentó en el suelo cerrando los ojos.
Y gracias a la acción del muchacho, los druidas aparecieron llevando consigo una preciosa copa dorada. El druida entregó la copa al padre con la condición de que de esa copa solo debía de ser bebida por su amada y no debía de ser mostrada por nadie más que a su familia.
Y así fue cómo la madre consiguió curarse de su enfermedad, desafiando a la muerte.
El muchacho hizo el camino de vuelta para devolver la copa, pero al ir por el camino, se encontró con una anciana enferma y débil. Así pues, con el buen corazón que el muchacho poseía, dio de beber de la copa a la pobre anciana, rompiendo así la promesa al druida.
La anciana, al recuperarse, le dijo al muchacho:
-Un buen corazón siempre es necesitado.
Y así el muchacho siguió el camino al bosque druida.
Cuando llegó a los druidas y les entregó la copa, uno de ellos le dijo:
-Un buen corazón siempre es necesitado, aunque no siempre llega a lo esperado.
El muchacho, sin comprender del todo, volvió a casa sin contar nada a sus padres.
Al día siguiente, al amanecer, el muchacho encontró los cuerpos muertos de sus padres. Muchas lágrimas cayeron sobre el rostro del muchacho ese amanecer, tantas que el cielo mismo se tiñó de rojo sangre.
El pueblo, al ver tal masacre, culparon al chico de asesinato. Éste, solo tuvo la opción de huir para no morir. No sabía qué había sucedido con sus padres, pero maldijo al pueblo ese día por desconfiar tanto en él.
Y desde ese entonces, el pueblo no volvió a ser el mismo.
El muchacho vivió solo en una cabaña de madera, donde la soledad lo hizo volverse loco. Esa soledad hizo que se imaginara que no estaba solo, formando figuras de madera en su casa. Allí, él nunca estaba solo. La gente que pasaba por ahí y veía las figuras y escuchaba los gritos y sollozos del muchacho loco que vivía en la cabaña, pensó que se trataba de una cabaña maldita. Algunos aseguran haber visto moverse las figuras de madera por la noche.
De vez en cuando, por el amanecer, la gente se encontraba cadáveres alrededor de la cabaña. Y desde entonces, nadie se atrevió a acercarse por la Cabaña Maldita.
Llegó el día en que una muchacha de familia noble llegó al bosque, donde encontró las figuras de madera y su cabaña. No sabía quién vivía ahí, pero le pareció curioso, así que entró a la cabaña para ver quién vivía ahí.
Y así fue cómo, a primera vista, la chica y el chico se enamoraron. La chica olvidó toda su nobleza y familia, y pasó a vivir junto al chico. Todos pensaron que el Hombre de la Cabaña había matado a la chica.
Pero no fue así, y ambos vivieron tan felices, que, por unos años, el muchacho olvidó su depresión y no encontró cadáveres alrededor suya. Tuvieron una preciosa hija y vivieron en familia por unos meses.
Hasta que, por desgracia, la caprichosa muerte decidió llevarse a su preciosa amada también a la luz roja del amanecer.
El muchacho dejó a su hija al cargo de los druidas y decidió no vivir ni amar a nadie más. Pues, ¿para qué servía amar para luego perder? Pues, ¿no es más fuerte el dolor de la pérdida que la felicidad del amor?
Así cuenta la historia que, el muchacho, ya convertido en un hombre, vivió hasta la eternidad en las montañas. Yendo y viniendo, como alma en pena, cantando siempre la misma canción melancólica:
-Un buen corazón es siempre necesitado, aunque no siempre llega a lo esperado. Oh, ¿para qué amar si luego vas a perder? Oh, ¿por qué tanto dolor y tanta pena por el simple hecho de amar a alguien?
El hombre, desde entonces, vive solo en cuevas de la montaña, donde se pueden ver figuras formadas por él.
Él sigue pensando, que no está solo.
Él sigue pensando, que sigue estando vivo.
Él sigue pensando, que la caprichosa muerte se lo quitó todo.
Él sigue pensando, que el próximo día se levantará de su pesadilla para encontrar a su padre y madre en la huerta.
Pero, ay, qué inocente y de buen corazón que el hombre es, pues no se da cuenta que siempre ha estado solo.
Nunca se ha dado cuenta, que nunca ha estado realmente vivo.
Nunca se ha dado cuenta, que no fue la muerte quien se lo quitó todo, sino él mismo. Su buen corazón, que, al dar de beber a la anciana de la Copa de la Vida, rompió su promesa, estando maldito desde entonces.
Nunca se ha dado cuenta, de que, en realidad, ha estado destinado a estar solo.
Y así, cada vez que el amanecer es rojo, se puede saber que el Hombre Maldito ha actuado. Pues realmente nunca ha estado ahí, sino que ha estado en todas partes.
En efecto, mis amigos, estamos en la cueva de ese mismo hombre."
