-Espera, ¡¿estás diciendo que estamos en la cueva de alguien maldito?! – preguntó, o más bien gritó Arthur, cuando Merlín terminó de relatar la historia.
Morgana no se lo creía. Seguramente había una explicación. Merlín no estaba relacionado con gente maldita o incluso mágica. "Pero sí se relaciona contigo y tú eres mágica" dijo una voz en su interior. Sí, era cierto, pero eso era otra cosa. Merlín la conocía antes de que empezara a tener magia. Eso era diferente.
Pero simplemente no creía que Merlín pudiera hacerse amigo de alguien así de… peligroso. Estaban en una cueva de alguien maldito que podría venir en cualquier momento a su querido hogar para encontrar a desconocidos durmiendo. ¿Y qué haría? La respuesta era obvia.
Miró a ver la expresión de Gwen, y pudo ver terror en sus ojos, pero también algo de… ¿desconfianza? Miró de nuevo a ver la expresión de Merlín, y en él pudo ver a la luz del fuego una sonrisa en sus labios. Morgana suspiró de alivio. Era una broma.
Y poco a poco, Merlín empezó a reír por lo bajo.
-No es cierto, ¿verdad? – preguntó Arthur, aún dudando.
-Nah, era para darle algo de miedo al ambiente, a ver cómo reaccionabais. No tenéis nada que temer, nuestro anfitrión vendrá al alba. Yo le conozco muy bien y no nos hará daño. Podéis dormir en paz.
Y así, todos todavía dudosos y desconfiados, los tres se fueron a dormir mientras Morgana vio a Merlín salir afuera de la cueva.
Merlín siendo consumido por el fuego del dragón… Un gran dragón gritando el nombre de Merlín… Merlín muerto en el suelo… El dragón… Merlín… Dragón…
Merlín muerto…
-¡No! ¡Merlín!
Morgana se despertó con un grito y miró a su alrededor, donde una gran oscuridad inundaba la cueva. Solo una luz tenue salía de un pasillo de piedra que parecía dar a una sala. Morgana corrió hacia allí, solo pensando en encontrar a Merlín, pues él era el único que podía ayudar.
Por suerte, cuando fue hacia donde la luz nacía, encontró a Merlín en la sala de piedra, leyendo algo con una pequeña vela a un lado. La sala, se dio cuenta Morgana, se parecía a la de Gaius, con grandes estanterías en las que libros yacían y botellas de medicamentos y pociones yacían en pequeñas mesas al lado de las estanterías.
Al ver a Merlín, Morgana fue directamente a él. Merlín la había escuchado entrar y había cerrado el libro rápidamente y se había levantado de donde estaba sentado.
-¡Merlín!
-¿Morgana? ¿Qué sucede?
-Merlín… yo – no sabía cómo expresar lo que había vivido sus pesadillas, pues no quería que Merlín se asustara, así que simplemente se quedó mirándole sin saber qué decir -. Yo… No sé qué hacer, Merlín. Mi magia, mis sueños… todo me da miedo. Necesito ayuda.
Al parecer las últimas palabras afectaron a Merlín, puesto que su rostro había cambiado a una de confusión, a una de preocupación extrema. A Morgana le encantaba eso de Merlín. Siempre queriendo proteger a los demás, cueste lo que cueste. Y si había que dar su vida por ellos, lo daría. De eso estaba segura. Pero, ¿daría él su vida por ella? Sí, seguramente. Eran amigos, al fin y al cabo.
Tras unos segundos en los que Merlín estuvo ocupado en sus pensamientos, la miró de nuevo, y asintió con decisión.
-Siéntate si quieres y cuéntame todos tus problemas, y mientras yo te voy preparando algo para que puedas dormir mejor – dijo Merlín, y rápidamente se dirigió a un escritorio donde había varios frascos y utensilios extraños de medicina.
Morgana no sabía si debía contarle todo, pero si había alguien con quien confiaría su vida sería Merlín, así que supo que él solo lo haría por su bien.
-¿Sabes hacer las mismas pociones que Gaius?
-Sí, más o menos.
Morgana no estaba muy convencida.
-Espero que hagan más que las de Gaius.
-Eso espero yo también.
Morgana se sentó donde había estado Merlín y miró el libro que había estado leyendo. Merlín se encontraba de espaldas ahora, así que decidió solo echarle un ojo.
No tenía título ni ningún dibujo en su portada, únicamente estaba hecho de cuero desteñido. Abrió el libro y dentro encontró un mundo de letras extrañas que no conocía ni sabía que existían. No se parecía para nada en las letras comunes, sino que los trazos eran largos y parecía ilegible. Por suerte, había miniaturas dibujadas en algunas páginas, así que se dedicó a verlas. Vio algunos dibujos sin color en los que alguna especie de amuleto o utensilio había, pero por lo demás, no había nada así que le llamara la atención.
Merlín seguía ocupado, así que decidió investigar con cuidado un poco más. No le gustaba tener que cotillear las cosas que leía Merlín (pues seguramente a él no le gustaría saber qué es lo que ella estaba haciendo), pero sentía curiosidad. No tanto por el libro, sino por saber en qué se interesaría Merlín. Sabía que en Merlín había más que un inútil sirviente.
Hojeó las demás páginas hasta que encontró una hoja marcada en la que un gran dibujo en color de un gran dragón aparecía, junto con un hombre debajo que parecía mandarle algo. Eso era sin duda un Señor de los Dragones.
Estuvo mirando tan concentrada en el dibujo que no se dio cuenta cuando Merlín habló y se giró con un frasco de color naranja en la mano.
-Creo que más o menos esto bastaría…
Morgana levantó su cabeza del libro para ver a Merlín con ojos grandes mirando el libro. En vez de disculparse o avergonzarse, Morgana trató de preguntar a Merlín sobre el libro.
-Merlín, ¿qué idioma es este?
-Eso no importa – dijo Merlín mientras extendía su brazo para darle el frasco que había preparado -. Toma, aquí tienes una poción para dormir mejor.
-Gracias. ¿Desde cuándo sabes leer esto? – preguntó mientras indicaba los extraños signos que inundaban el libro.
-Yo, bueno, desde hace un tiempo.
-¿Cómo?
-¿Cómo? Bueno, simplemente aprendiéndolo.
-No sabía que podías hablar más de un idioma, Merlín. ¿Y sabes hablar más?
-Unos cuantos, pero eso no tiene importancia – dijo él, y se dirigió a coger el libro, pero antes de que pudiera cogerlo, Morgana lo alejó de él.
-Sí que lo tiene. Quiero me cuentas más cosas sobre ti.
-No hay mucho que contar.
Merlín se alejó de ella y volvió al escritorio.
-Yo creo que sí. Tú sabes todo sobre mí, pero yo no sé apenas sobre ti. ¿Cómo puedo ser tu amiga si no te conozco?
-Sí me conoces, créeme.
-Pues a veces no lo parece. Ahora, por ejemplo. ¿Quién pensaría que alguien como tú podría leer y entender más de un idioma, o incluso leer?
Al decir eso, Morgana se percató de lo que había dicho. Quiso decir algo para cambiar el significado de lo que acababa de decir, pero antes de que pudiera, Merlín habló con voz baja y suave, como lo había hecho cuando había narrado la historia la noche anterior.
-Sí, me lo dicen a menudo. Eres un inútil, Merlín. No sabes hacer nada, Merlín. El día que hagas algo útil será el día en el que los cerdos vuelen, Merlín. Pero, claro, quién pensaría que alguien como yo tenía alguna habilidad de lo que estar orgulloso – dijo Merlín todo el rato con el mismo tono, sin subirlo ni bajarlo. Se giró de donde estaba lentamente y miró a Morgana -. Porque, sí, es lo que soy, y nunca lo cambiaría. Sí, soy un sirviente inútil y torpe, que no sabe hacer más que causar problemas – y con eso, Merlín volvió a darse la vuelta con la cabeza gacha y voz casi inaudible – El caso es que, aunque haga algo bien, nadie se dará cuenta. Porque, ¿quién se da cuenta de los sirvientes? Es su trabajo: ser invisibles. Pueden haber salvado todo el reino, pero no ser ni sabido.
Morgana notó que los ojos se le humedecían cuando escuchó a Merlín hablar así. "Otra cosa de la que debería estar orgulloso: el habla" pensó ella. Sí, tenía toda la razón. No podía sentir exactamente lo que sentía Merlín, pero sí podía entenderlo. Pero, si había algo de lo que era completamente verdad, era que Merlín era el único sirviente que había "visto". No solo visto, sino que lo había conocido, se había hecho amigo de él. Si la tarea de un sirviente era estar invisible, Merlín no lo estaba haciendo completamente bien. No sabía que había en él, pero Merlín era alguien más visible, más curioso, más interesante. Merlín no era solo un sirviente normal. Ella lo sabía. Arthur lo sabía perfectamente.
-Lo lamento – fue lo único que Morgana pudo decir a la espalda de Merlín – Realmente lo siento, no quise decir lo que dije.
-Lo entiendo – contestó Merlín tras un incómodo silencio – No pasa nada. Al fin y al cabo, estamos aquí por ti, no por mí – Merlín se dio la vuelta y se sentó delante suya -. Cuéntame tus problemas.
