-He estado teniendo pesadillas continuas desde que el dragón atacó Camelot – comenzó Morgana en voz baja -. Y pesadillas realmente malas.

-¿Cómo de malas? – preguntó Merlín con expresión confusa.

-Demasiado.

-¿Y qué había en ellas?

Morgana dudó en responder, y tras unos segundos de vacilación, contestó con voz quebrada:

-Estabas tú muerto, Merlín.

-¿Yo? – dijo Merlín, algo preocupado.

Morgana no sabía qué responder. No quería asustar demasiado, y tal como había pasado con otros sueños y pesadillas, solían ser reales. Eso era algo de lo que desde muy pequeña le sucedía, y era la parte que más temía y odiaba. Si el sueño era uno profético, Merlín verdaderamente moriría. Morgana negó internamente. No, no tenía por qué ser así. El futuro se podía cambiar, como ya había visto anteriormente (sobre todo cuando se lo comentaba a Merlín, quien al parecer solía evitar lo que sucedía en sus sueños, como la vez en la que soñó a Arthur ahogándose y al parecer Merlín lo evitó. Según cómo le dijo Arthur, Merlín le había golpeado y le había llevado a casa tras intentar irse con la chica esa cuyo nombre no quería ni recordar. Pero había algo en eso que desde siempre sabía que no era verdad), e igualmente no lo dejaría suceder. Antes intentaría salvar a Merlín.

-¿Y había algo más en el sueño? – preguntó Merlín.

-Sí…, el mismo dragón que estaba atacando Camelot.

Al decir esto, Morgana vio que la expresión de Merlín cambió agresivamente. No sabía qué significaba eso, pero no dijo nada más por si acaso, esperando a que Merlín contestara.

-¿El mismo? ¿Y qué hacía?

Morgana decidió ignorar esa última pregunta, y directamente espetó:

-¿Conocías a ese dragón, Merlín?

La expresión de Merlín se convirtió en una de confusión y aturdimiento. Una pequeña sonrisa descarada salió de los labios de Merlín.

-¿Por qué yo lo conocería?

-Porque gritaba tu nombre.

Todo el rostro de Merlín decayó: su piel se tornó pálida, su sonrisa rápidamente desapareció y sus ojos azules parecían realmente sorprendidos.

-¿Decía algo más? – dijo Merlín cautelosamente.

-No, simplemente tu nombre.

No quería contarle sobre el fuego consumiéndole. No era el momento.

Merlín se echó para atrás y, por un momento, pareció que iba a levantarse, pero permaneció en su sitio. Su rostro no había cambiado, tal vez había algo más en sus ojos que indicaba que estaba pensando, pero nada más.

Morgana no estaba nada cómoda en ese momento. Había algo, algo en él, algo en sus acciones, algo en sus ojos. Ya no era solo porque Morgana lo miraba de distinta forma (pues, en realidad, Merlín parecía bastante atractivo para ser un mero sirviente), ni que hubiera algo en él que lo hiciera interesante, sino que, en ese momento, Morgana sabía perfectamente que Merlín no estaba siendo sincero.

Y es que, tal vez, Merlín no fuera simplemente un sirviente o un muchacho atractivo, torpe y de grandes orejas, sino que fuera algo más. Pese a que hace unos momentos Merlín había asegurado que no era más que un sirviente tonto e inútil, Morgana sabía que eso no era cierto.

Era su forma en la que accionaba. Al principio, era bastante lanzado y temerario (recordó cómo bebió el cáliz envenenado de Bayard, o cómo se había presentado como hechicero a la corte, o cómo había escuchado que su primer día en Camelot había sido arrestado por insultar al príncipe), pero, cada vez que iban pasando los meses, Merlín se convertía en una persona más prudente y más cautelosa, aunque aquello no quitara en que haya dado su vida por sus amigos, o haya hecho cosas que le hubieran llevado a la pira (cómo se había enfrentado al Cazador de Brujas, o cómo la había ayudado con su magia, respaldándola y enviándola a los druidas para ayudarla). Todas esas acciones que lo convertían en Merlín. Merlín era compasivo, valiente, a veces lanzado e imprudente, otras con buenos planes de forma prudente, protector, gracioso, alegre, divertido, perspicaz al saber cuándo algo andaba mal (él había sabido que Lady Catrina era más que una dama, que era un troll), saber cómo y cuándo actuar (cosa que ella no sabía hacer bien), paciente cuando era necesario, y ágil y rápido en otras, siempre dando su vida por los demás… Había tantas cosas que describían a Merlín, que no sabía que una persona pudiera tener tantas cosas buenas.

Pero, en este caso, había algo más en Merlín. Algo que desde que atacó el dragón vio en él. Aunque, ahora que lo pensaba, siempre Merlín le había parecido interesante, siempre pensaba que escondía algo. Pero por aquel entonces pensaba que se lo estaba imaginando y se aseguró de que únicamente era un sirviente que le gustaba (sí, le gustaba, de alguna forma u otra, cómo era y cómo la ayudaba). Pero ahora sabía perfectamente que Merlín mentía y que guardaba secretos. Y no parecía solo uno, sino muchos, lo podía ver en sus ojos.

-No es la primera vez que lo sueño – comentó ella tras un período de silencio. Eso era cierto, ya lo había soñado alguna vez, como cuando Arthur estaba herido de la Questing Beast. Allí había tenido el mismo sueño: un dragón gritando enfadado el nombre de Merlín mientras rugía furioso.

Merlín la miró sin comprender, aún pálido y preocupado, y volvió a bajar la mirada, aparentemente recapacitando y pensando.

-¿Hay algo que quieras contarme, Merlín? – preguntó ella, esperando que él le desvelara algo. Al fin y al cabo, ella había sido sincera con Merlín y le había confiado muchas cosas (su magia, por ejemplo). Pero, él, en cambio, si era verdad que guardaba secretos, no le había desvelado nada. Y, ahora que pensaba en ello, no conocía tanto a Merlín como ella había pensado desde siempre. Pensaba que sabía todo sobre él, y que Merlín era alguien simple, pero a la vez interesante, sin saber por qué. Y pudiera ser que fuera interesante porque no fuera simple.

Merlín siguió con la mirada perdida, hasta que la miró con algo de diversión en los ojos, y una pequeña sonrisa poco sincera apareció de nuevo en esos bonitos labios.

-No hay nada que contar – dijo él únicamente -. Simplemente estoy cansado. Preocupado también por la gente de Camelot. Espero que estén bien.

-Sí, yo también lo espero – respondió ella aún mirándole con los ojos entrecerrados, sin saber qué creer de él.

-Y también estoy preocupado por ti – dijo mirándola a los ojos.

-¿Por mí? – preguntó ella sin comprender, aunque simplemente saber que él se preocupaba por ella le calentaba el corazón.

-Sí. Si sigues así, con pesadillas, no conseguirás dormir y descansar. Todavía queda un trayecto a Engerd. Aunque entiendo que no estés cómoda en el suelo, ¿seguro que no quieres dormir en la cama del anfitrión? – dijo él con una sonrisa.

-No gracias – contestó ella devolviéndole una pequeña sonrisa descarada.

-A ver si en Ealdor estamos mejor mañana – comentó él mientras se levantaba.

-¿Para qué quieres ir a Ealdor Merlín?

-Bueno, se va más rápido para ir a Engerd.

-Supongo que esa no es completamente verdad, ¿no?

Merlín rio, la risa que la mataba por dentro. La risa que la contagiaba. La risa que soñaba en sus sueños bonitos. Es una risa perfecta, en verdad.

-Bueno, supongo que tengo que hablar con mi madre – dijo, y se dirigió a abrir la puerta para dejarla salir.

Antes de salir por la puerta, Morgana preguntó:

-Es importante, ¿verdad?

-Sí, realmente lo es.