-Arthur. Arthur. Arthur.
Arthur se despertó tras ser sacudido varias veces. Abrió ligeramente los ojos pretendiendo gritar al que lo había despertado sacudiéndolo. Y, claro, quién lo iba a despertar sino Merlín. Iba a abrir más los ojos cuando se dio cuenta de que no estaban en Camelot, sino en una cueva de un supuesto amigo de Merlín.

Asustado por lo que pudiera pasar, Arthur se levantó sin que le sacudieran más y miró alrededor. Morgana y Gwen dormían aún. Entonces, ¿Por qué Merlín le había despertado solo a él? Miró fuera de la cueva y pudo ver que todavía era de noche.

-¡Merlín! ¿Por qué…? – iba a preguntar, cuando Merlín le interrumpió.

-Da lo mismo, Arthur, levanta a Gwen y a Morgana, que nos tenemos que ir.

Arthur no entendía nada. Se suponía que el hombre que vivía en esta cueva vendría al amanecer. ¿Por qué irse? ¿Y a dónde? ¿Había cambiado de idea Merlín? ¿Acaso era demasiado peligroso quedarse aquí a esperar a aquel hombre, amigo de Merlín? A pesar de todas sus preguntas y dudas, Arthur se dirigió a despertar a Morgana y a Gwen, mientras que pudo ver cómo Merlín salía afuera para preparar las monturas.

Cuando los cuatro estuvieron preparados para irse, los cuatro fuera del lugar en el que habían pasado media noche, cada uno con sus monturas preparadas, Arthur se propuso a preguntar a Merlín del repentino cambio de idea. Al fin y al cabo, él era el príncipe de Camelot. Si tenía que hacer decisiones, era él, no su sirviente. Pero eso lo dejó a un lado de momento.

-Merlín, ¿se puede saber por qué y a dónde vamos?

Merlín tras una pausa, como pensando en una respuesta, dijo:

-Vamos a visitar a mi amigo. Y al dónde, pronto lo sabréis.

Arthur no se confiaba mucho de esto, pero si había alguien con el que sinceramente daría su vida, era Merlín. Nunca lo diría, por supuesto, pero Merlín había sido, no solo un sirviente, sino un amigo leal y valiente. Pero, si tenía que dudar algo de él, era en ese momento.

Y así se dirigieron los cuatro al lugar en el que Merlín, el primero del grupo que guiaba el camino, decía que estaba o vivía (en eso había dudas, pues Merlín había asegurado que la cueva era su hogar). Esperó que el hombre aquel fuera amable y que les diera algo de comer. Sí, la verdad que una buena comida no les vendría mal. Pero recordando cómo había sido su supuesto hogar anterior, dudaba que el siguiente fuera mejor. Quién sabe, tal vez iban a una cueva húmeda y oscura de nuevo, o no, e iban al castillo perdido del Caballero Verde.

Durante el camino, pudieron escuchar los aullidos de lobos y de otras bestias que quién sabía cuáles eran. Sin ninguna duda, a Arthur aquel desfiladero por la noche le gustaba menos que las mazmorras del peor castillo encantado.

-No os preocupéis por los lobos, que aquí no nos atacarán – intentó tranquilizar Merlín al ver las caras asustadas de Arthur, Morgana y Gwen.

-¿Cómo puedes estar tan seguro? – preguntó Arthur, lanzándole una mirada desafiante e insegura.

-Simplemente lo sé – contestó Merlín, girando la cabeza delante para seguir el camino.

Arthur no se quedó muy tranquilo ante esa simple repuesta sin sentido.

-¿Y qué pasa con lo que no son lobos? – preguntó Gwen una vez que de nuevo esos aullidos y rugidos aparecieron.

-No hay por qué preocuparse por ellos, pienso yo – respondió simplemente Merlín, sin mirar hacia atrás.

-¿Y por qué no? – preguntó Morgana, mirando a Merlín con una mirada parecida a la que segundos atrás había lanzado Arthur.

-¿Por qué hacéis tantas preguntas? ¿No os basta saber que yo ya he pasado por este desfiladero varias veces y confiar en mí? – dijo Merlín con una sonrisa, que a la luz de la luna resplandecía en la oscuridad.

-Sí, pero dijiste que nunca de noche – apuntó Morgana.

Merlín iba a replicar abriendo la boca, pero luego inmediatamente la cerró.

-Buen punto.

Arthur suspiró, sin poder creer lo que escuchaba. ¿Cómo podía ser su sirviente tan ingenuo? ¿Acaso iban a acabar así, siendo el almuerzo nocturno de los hambrientos lobos y quién sabe qué más bestias?

-¡¿Y entonces cómo se supone que estás tan tranquilo yendo de noche?! -espetó Arthur, ya cansado de la testarudez de su amigo -¡Podría pasarnos cualquier cosa! ¿¡Cómo sabes que no hay Wyvern aquí!?

-Pues sí, justo Wyvern aquí hay por la noche – dijo Merlín con una pequeña sonrisa, como si todo esto fuera un juego. Como si la vida fuera un juego. ¿Cómo podía ser tan ingenuo e inocente? ¿Cómo no temía el saber que estaban en peligro? – Pero, ahora os digo de nuevo, que no os alteréis. No hay nada que temer, creedme.

-¿¡Cómo que no?! – chilló Arthur, cuyo grito hizo eco en las paredes e hizo que un segundo después los aullidos y rugidos se escucharan más cercanos. A Arthur se le heló la sangre, y pudo ver según los rostros de Morgana y Gwen que ellas estaban en la misma posición. No podía creer lo que estaba haciendo Merlín.

-Solo confiad en mí y no hagáis ninguna estupidez, o acabaréis como almuerzo de cualquier bestia que no sabéis ni queréis saber que existe – susurró Merlín misteriosa y siniestramente. La luz de la luna bañaba sus delicadas facciones. En ese momento, Arthur sintió algo que nunca pensó que sentir de Merlín: miedo.

Siguieron el camino durante unos minutos, mientras escuchaban con la sangre helada los aullidos y rugidos de las bestias nocturnas, hasta que Merlín paró en un lugar cercano a una de las paredes del desfiladero. Arriba se podía ver la montaña, alta y amenazante, donde el tono grisáceo de la piedra a la luz de la luna se veía por doquier. Sí, no había mucha vegetación en estas montañas. O eso, o que estaban a una altura descomunal, pensó Arthur.

Merlín se quedó parado unos momentos más en silencio, hasta que indicó una pequeña y oscura cueva que se abría en el costado de la pared, apenas visible. Merlín se adentró en él, sin miedo ni temor. ¿Qué le pasaba a Merlín? ¿Por qué parecía tan valiente y lanzado, sin ningún miedo?

Cuando entró, Arthur ya se imaginó durmiendo el resto de la noche en el suelo húmedo y frío de la cueva. Esperó realmente que este no fuera el lugar que Merlín comentaba. No le apetecía estar en cuevas, desde anoche no.

Fue pensar en eso cuando dieron una vuelta en una esquina para dar a un lugar bañado por la luz de la luna. Habían llegado a un valle. Era un valle verde, con mucha vegetación y con buenos y grandes árboles; nada comparado con el desfiladero, en el cual ver una hierba era como encontrar oro entre piedra.

Merlín los guio por entre los árboles, que poco a poco fueron creando un bosque. Cada vez que iban adentrándose más entre los árboles, más oscuro todo se volvía, y eso que Arthur pudo presenciar entre las hojas de las copas de los árboles, que las primeras luces del día llegaban, pudiendo ver la poca luz bañando las laderas de otras montañas que rodeaban el valle.

Y así, llegaron finalmente a una caseta de madera, típica del bosque, construida manualmente con madera de pino, e instrumentos de leñador rodeando la caseta. Humo salía de la chimenea, y por las ventanas de la casa la luz del fuego inundaba el corazón de Arthur de calor.

Arthur no entendía cómo de diferentes podían ser las casas de una única persona. ¿O acaso Merlín había mentido? ¿Había Merlín mentido de la cueva, que supuestamente era también la casa del hombre que en ese momento vivía cómoda y pacíficamente en una casa de madera del bosque, en el valle más bello que haya podido jamás presenciar?

La cosa era que a Arthur poco le importaba ya. No le importaba si había sido o no la cueva el hogar del hombre que vivía ahora allí. Arthur solamente pensaba en refugiarse en la casa en lo que quedaba de noche, que era poco, y tomar de su caldo bien caliente, que seguramente huela a carne de ciervo y madera de abeto. Lo podía oler desde donde estaba en ese momento.

Se imaginó al amigo de Merlín, un hombre normal y corriente, amable y con ganas de dejar paso a sus invitados. El típico hombre que se compadecía de los viajeros cansados y fríos, y los dejaba pasar a su caliente morada. Sí, eso sería genial. Arthur tenía las articulaciones y los músculos entumecidos y muy fríos de haber dormido en el suelo de una húmeda y fría cueva. ¿No podrían haber ido a esta caseta a dormir esa noche, antes de la lúgubre y oscura cueva?

Pero eso ya no importaba. Lo que importaba era, después de calentarse y comer un poco en casa del humilde leñador, dirigirse a Ealdor, y posteriormente a Engerd, donde tal vez (y solo tal vez, y con eso se podía decir la posibilidad de encontrar al hombre que buscaban) podían saber dónde se encontraba el Último Señor de los Dragones, un hombre que había huido de Camelot y había sido perseguido durante años. Y necesitaban de su ayuda. Y eso sin contar que seguramente no quisiera en ayudar, después de lo que le habían hecho. Seguramente el hombre no era tonto (había escapado de las frías garras de hierro de Camelot), y sabría que, aunque salvara a Camelot, sería ejecutado al amanecer del siguiente día. Y, sinceramente, a Arthur no le gustaba aquello. Incluso se compadeció del hombre, de cuyo nombre se le conocía como Balinor.

Pero no era momento de tales pensamientos, pues ahora les esperaba el calor de la chimenea y la energía de la comida caliente.

Y así, Merlín llamó a la puerta, para dejarla abrir por el hombre que esperaba su llegada.