Merlín estuvo contento de ver de nuevo a Telvar. Simplemente, añoraba sus consejos y su habladuría, que sonaba como un anciano aconsejando cómo y qué hacer en la vida. Sí, para Merlín, Telvar era un hombre con mucha experiencia, donde fácilmente podías recibir recomendaciones y buenos consejos cuando no sabías qué hacer con tu vida.
Lo había llamado amigo, pero no era exactamente aquello lo que eran. Además, Telvar era mucho mayor que Merlín, no tendría sentido llamarse amigo el uno al otro (aunque en parte tampoco Merlín llamaba a Arthur amigo, aunque sabía que, si no era su mejor amigo, era uno de los mejores; y suponía que Arthur pensaba lo mismo), pero sí había una relación de ellos como lo había entre él y Gaius. Sí, algo parecido era, pensó Merlín.
De hecho, recordó que las primeras veces que estuvo con Gaius en Camelot se le asemejaba a Telvar. Y suponía que debían de tener la misma edad, aunque era cierto que Telvar parecía más salvaje y cansado, como si hubiera vivido toda una vida dura e inesperada de sorpresas, algunas no tan buenas que otras, como cabía a imaginar.
En general, Telvar era un hombre fuerte pese a su edad (una fuerza más bien ruda y salvaje, como la que tendría un oso, no la fuerza de un caballero musculoso), con una cara llena de pequeñas cicatrices y arrugas que daban un aspecto más viejo y feroz, que recordaba a un caballero jubilado que hubiera vivido sus últimos años en una cueva. Tenía pelo negro canoso, largo y ligeramente sucio (como el pelo de alguien que había vivido salvajemente en la montaña), y una barba espesa del mismo color, pero sin ser larga.
Siempre que pensaba en él, a Merlín se le venía a la cabeza al hombre que en los cuentos de su madre era aparentemente bruto y feroz, pero que por dentro era amable y generoso. Si mal no recordaba, aquel hombre era un leñador, al igual que Telvar era, o así parecía.
Merlín había conocido a Telvar al ser un amigo de su madre. Según ella, Telvar no podía vivir en Ealdor por motivos que él no entendería, y que seguía sin saber. Aún le decía que no lo entendería, como si aún tuviera siete años y no pudiera comprender dónde iban las personas después de morir, aunque es cierto que nadie vivo lo sabía.
El caso es que, desde entonces, Merlín solía ir, solo o con amigos (con su amigo Will varias veces, recordó con lástima y nostalgia), a visitarle algunos días, de vez en cuando, pues estaba lejos de Ealdor. Allí iba a sus cuevas (tenía varias), donde se sentaba en la roca al lado del fuego y escuchaba lo que decía Telvar. Así aprendió él muchas cosas de la vida, como la muerte, el amor, la libertad, la soledad, el paso del tiempo, incluso el misterio de la existencia… Y de ahí fue de donde sacó la historia que contó anoche. Acerca de la vida en general. De cómo iba y venía. De cómo la muerte era más caprichosa, aunque más caprichosa era la persona que la veía en acción.
Y así fue su relación con Telvar. Sinceramente, le encantaba escuchar la voz cansada, vieja y pausada del hombre. Simplemente con ella podía dormirse en las lagunas del tiempo y del pasado.
Telvar era una persona que quería comprender el tiempo y su pasado. Y, aunque él no lo supiera, Merlín ya entendía el Misterio del Tiempo a la perfección, aunque no pudiera hacer nada por enseñarla a otros como Telvar que ansiaban conocer.
Y había otra cosa que hacía a Telvar aún más especial e importante para Merlín, y eso era que él también poseía magia. Y por ello, evidentemente, sabía de su magia asimismo (Merlín sintió una punzada de culpa al pensar en Morgana). Era la única persona por aquel momento con magia que conocía. Donde se había sentido solo y perdido, había encontrado los brazos de Telvar donde lanzarse y sentirse protegido. Así se había sentido también con Gaius. Y de nuevo pensó en Morgana. En cómo se debería de encontrar. En cómo no tenía a nadie que la comprendiera o la ayudara con su magia. Sí, Merlín tenía ganas de ayudarla y decirle que tenía magia. Pero no podía. Ya había sido advertido por Gaius y el Gran Dragón.
Por la parte de dónde vivía Telvar, eso cambiaba de sitio con el tiempo. A veces se encontraba allí, otras en el otro lado y otras por ahí al fondo. El caso era que más o menos los lugares estaban cerca entre sí, y que Merlín podía saber por una corazonada de magia dónde estaba. También podían enviarse mensajes telepáticos, como los druidas, y eso era algo que solían usar a menudo.
Y así había conseguido ir a donde se situaba, con solo magia, durante mitad de la noche.
Había estado la primera parte de la noche buscando información sobre los Señores de los Dragones (todavía sentía curiosidad, a pesar de saber lo básico que le había comentado Gaius), y después había tenido una charla con Morgana y sus pesadillas, quien aseguraba que había soñado con él muerto. De momento, eso no le preocupaba. Al fin y al cabo, siempre acababa solucionando los problemas, ¿verdad? ¿Y si esta vez fuera diferente? Preguntaba una vocecita en su interior siempre que pensaba en ello. Pero nunca había respuesta, pues Merlín solía echarla un lado antes de siquiera pensar.
Y, tras estar con los problemas de Morgana, había recibido una corazonada mágica, y así había sabido que Telvar no estaba viviendo en la cueva en aquel momento. El problema era que, por las noches, Telvar nunca estaba, y eso era algo que a Merlín le picaba la curiosidad y no entendía.
Y lo que luego tampoco entendía era, si ya no estaba viviendo en esa cueva, por qué entonces había estado la fogata encendida cuando habían llegado a la cueva.
Y así supo encontrar el camino para llegar al lugar en el que se encontraba Telvar, y había guiado a sus compañeros hasta allí. Quizás no era muy necesario ir con él, era cierto, y ya habían comentado aquello varias veces, pero Merlín consiguió engatusarles para hacerles saber que necesitaban algo de comida y calor, y su supuesto amigo podía darles.
Pero para lo que Merlín realmente quería ir allí, además de porque les pillaba de paso para llegar a Ealdor, era para saber cosas que nunca había sabido. Para desvelar los secretos aún por desvelar.
Para conocer la verdad.
