Telvar les invitó a entrar a los cuatro a su casa sin ningún inconveniente. De hecho, parecía más que contento de tener visita, y fue un anfitrión bastante agradable. Merlín ya conocía sus habilidades de buen anfitrión, y por ello no dudó en llevar a sus amigos a su casa.

Telvar les dejó paso para calentarse en el fuego mientras él preparaba algo caliente para comer. Aunque pareciera que había sido una visita inesperada, Merlín sabía que Telvar únicamente estaba actuando, y en realidad sí los había esperado, y con ansias. Él mismo se lo había comentado hace unas horas telepáticamente.

Las primeras luces del alba asomaban en el horizonte desde la ventana en la que Merlín se encontraba, perfilando las escarpadas montañas del valle. Todavía había tiempo para hablar con Telvar de lo que quería saber, y por lo que habían venido principalmente pese a que ni Arthur, Morgana o Gwen lo sabían. O eso esperaba ansiosamente Merlín. Lo último que quería era que se dieran cuenta de la intención de Merlín de traerles ahí. Y menos aún quería que supiera de lo que iban a hablar.

Cuando Merlín insistió en que deberían descansar algo más y en que empezarían el viaje al amanecer, Arthu, Morgana y Gwen se fueron a una habitación arriba en la que había cuatro camas. Ellos no estaban muy convencidos, pero tras asegurarles que Merlín les iba a levantar con problema, desistieron en seguir discutiendo.

-¿Y tú no vas a descansar algo, Merlín? – pregunto Morgana mirándolo con perspicacia y desconfianza -. No has dormido en toda la noche.

-No tengo sueño, de verdad.

Esperaba que ellos no desconfiaran en él por no dormir, pero esperaba que supieran que tenía cosas que hacer más importantes que dormir. Una de ellas era hablar con Telvar. Cuando volvió a bajar las escaleras, encontró a Telvar sentado en la mesa con una pipa en la boca mirando al fuego de la chimenea. Su silueta se enmarcaba en la luz del fuego y el humo que desprendía por la boca formaba grandes volutas.

-Supongo que no habrás venido aquí solo para saludarme y por amor al arte, ¿verdad? – dijo Telvar al escuchar a Merlín bajar las escaleras. Su mirada seguía perdida en las formas del fuego. Al ver que Merlín no contestaba y que se había parado en un escalón de la escalera, fijó la vista en el con una sonrisa en los labios -. Siéntate, si quieres, y cuéntame lo que quieras saber.

Merlín estaba contento de no tener que poner una excusa para hablar con él, sino que él mismo le diera un sitio y la prioridad de la conversación.

Merlín se sentó con mucho gusto en la mesa y miró a Telvar, esperando a que dijera algo. Pero, al ver que no decía nada, y que más bien él esperaba que Merlín hablara, empezó a hablar.

-Tienes toda la razón. Hay algo de suma importancia de la que te quiero hablar.

Merlín esperó a ver la respuesta del hombre, y al ver que asentía, prosiguió.

-No sé si habrás conocido a alguien llamado Balinor – empezó Merlín, con voz suave y baja, pero perfectamente audible, como siempre hablaba cuando algo se ponía interesante. Telvar lo miró con unos ojos que Merlín no podía descifrar. Eran unos ojos del pasado; ojos del recuerdo lejano. Se echó atrás de la silla y siguió fumando con la pipa, los ojos clavados en él -. No sé si lo habrás escuchado o lo conociste. Dicen que la última vez que se lo vio fue hace un tiempo en Engerd. ¿Podrías decirme tú algo sobre él?

Telvar siguió impasible, con la mirada impenetrable y sin pestañear ni una sola vez. Al fin, asintió lentamente sin bajar la mirada. Merlín sintió un tremendo alivio y ganas de saber más, aunque ya sabía que Telvar había conocido a Balinor, ya que había hablado algunas veces de él (de su padre, en realidad). Lo que él seguramente pensaba era que Merín no conociese quién era Balinor. Por eso tenía ventaja Merlín. Así podía sacar información de su padre perfectamente.

Merlín notó cómo esa sensación que había tenido dos días antes, el primer día de viaje, había regresado con más fuerza aún. Pero esta vez era diferente. Esta vez notaba una sensación de ganas inmensas y un placer de conocer más desmesurado. Quería…quería…

Fue en ese momento que notó la sensación que había sentido aquella noche en la que había visto un poco del pasado de su padre. Aquella sensación de ira y rabia, sin saber por qué. SE encontraba fatal. Ahora solamente quería lanzarse a por el hombre que ahora iba a hablar sobre su padre. Tenía una impaciencia terrible. ¡Lo quería saber ya!

Por un momento los ojos se le volvieron rojos y un barril vacío estalló en mil pedazos de madera.

Telvar, sin asustarse por la explosión, siguió mirando a Merlín. Y cuando éste le fijó la vista, solo pudo ver una única sensación en aquellos sabios ojos: terror. ¿Qué había hecho? ¿Qué había ocurrido? ¿Por qué había estallado aquel barril? Pero Merlín en realidad no estaba prestando tanta atención a aquellos detalles. Una parte de él quería gritar al hombre que tenía delante y obligarle a contar todo lo que sabía de su padre.

-¿Estás bien, muchacho? – preguntó con una voz algo entrecortada y con miedo en sus ojos.

Merlín, con la mirada baja, no contestó. Seguía pensando en lo que le ocurría. Sentía exactamente lo mismo que su padre en aquel recuerdo. Sentía que una parte de él luchaba por gritar, pero la otra se defendía cerrando la boca. Sentía que si respondía, nada a volvería a ser lo mismo. Si respondía, el mundo se desvanecería y caería en los albores del tiempo. Pues, ¿qué más peligroso es saber el Misterio del Tiempo y a la vez sentirse de aquella forma? Podía llevar a una catástrofe.

Merlín sentía que ya no podía más. Quería sentirlo en él. Quería simplemente…

Notó cómo todos los barriles, utensilios de madera, productos en la cocina, las lámparas que colgaban del techo y hasta incluso el fuego de la chimenea, se sacudían cada vez más fuerte. Notó cómo el ambiente y los contornos se volvían cada vez más negros y oscuros, como si las luces se fueran apagando poco a poco. La única luz de la mesa, una vela pequeña, en cambio se sacudía con fuerza e iba aumentando de tamaño mínimamente.

-¡Quiero que me cuentes la verdad sobre mi padre!