Telvar había conocido a Merlín desde que había sido solo un niño. Desde muy pequeño, Merlín solía ir a visitarle para escuchar consejos e historias. Solía ir solo, aunque a veces iba con algunos de sus amigos de Ealdor, quienes muchos de aquellos graciosos e inquietantes niños no prestaban la más mínima atención. Merlín era casi el único que prestaba suma atención a ello. Se le veía un niño avispado, perspicaz e inteligente, pero, sobre todo, bastante valiente al soler venir hasta por la noche, andando desde su pueblo hasta el Desfiladero de Eóten (era bastante distancia. Fácilmente tardaba uno cinco horas de viaje a pata), solo con únicamente siete años. Y desde entonces, Telvar sabía que Merlín no era un niño especial. Claro que no, ¿cómo no podría serlo, viniendo del padre del que venía? Pero, sí, eso era lo que más miedo le daba. Saber que era el hijo de Balinor.
Y en ese momento lo había presenciado perfectamente. Y había sentido miedo. Tremendo miedo. Un miedo que únicamente había presenciado también con Balinor, justo su padre. Había visto en sus ojos lo que había visto en él antes. Había escuchado en su grito lo que había escuchado determinadas veces en el pasado. Había visto ya emociones similares en su padre antes que él. Y eso solo quería decir una cosa.
Tras escuchar gritar a Merlín de tal forma, no sabía qué hacer, y se mantuvo en su sitio, escrutándolo y evaluándolo con temor. Podía ver en esos ojos lo mismo que vio en los de su padre. Sí, a él también le ocurría. Y eso no podía ser nada bueno.
.
-¡Quiero que me cuentes sobre mi padre!
Hubo un silencio incómodo, en el que Merlín se sintió tremendamente mal. Se sintió mareado y con ganas de vomitar. No sabía qué hacer con su vida. Nunca había sentido una sensación y emoción tan fuerte como esa, ni siquiera antes. Antes, dos días atrás, sentía el monstruo con tentáculos dentro de él, pero únicamente sentía una preocupación tremenda. Pero en ese instante en el que había gritado, había sentido expulsar los tentáculos del monstruo con algo de alivio, pero al darse cuenta de lo que había hecho, no tenía ganas de vivir más. Simplemente no podía. Sintió lo mismo que en el recuerdo de su padre. Cómo se volvía todo más borroso y cómo de mal se sentía. El monstruo con tentáculos se había ido a medias, pero podía volver en cualquier momento. Sentía que se iba a caer de la silla. Que se iba a desmayar.
El silencio incómodo se desvaneció cuando escuchó pasos bajando las escaleras. Genial, pensó Merlín. Ahora tendría que inventar una excusa a sus amigos, mentirles como siempre, y escabullirse con Telvar para hablar de lo que realmente quería. Y no tenía ningunas ganas para todo ello. Si hubiera sido más paciente en vez de gritarle… Pero ya nada podía hacer. En realidad, sentía como si no hubiera sido él el que había gritado, sino algo dentro de él. Como el monstruo de tentáculos, pero peor. Mucho peor. De hecho, había conseguido controlarle, hacerle impacientar, y hacerle gritar a un hombre con el que tenía sumo respeto y con quien podía confiar.
-Necesito tu ayuda – dijo en voz baja y desesperada, subiendo la mirada la primera vez desde el grito. Los pasos se acercaban cada vez más, hasta que pudo escuchar la voz preocupada de Morgana.
-¡Merlín!
Antes de que bajaran del todo, Telvar asintió, escrutándole con temor, pero preocupación y compasión. Pero antes de que pudiera sentirse agradecido, o girar la cabeza para decirles a sus amigos que estaba todo en orden, sintió un mareo terrible subirle hasta la cabeza, lo que hizo que viera todo borroso y cayera de la silla medio inconsciente.
.
Telvar saltó de la silla rápidamente mientras se abalanzaba sobre el cuerpo semi inconsciente de Merlín. En ese momento, Morgana bajaba de las escaleras y miraba la escena con horror en los ojos. Telvar trató de explicarse, pero Morgana fue la primera en hablar, o más bien chillar.
-¡No! ¡Merlín! ¡Cómo te atreves!
Telvar no supo qué responder cuando Morgana avanzó hacia él decido y pudo ver detrás suya la vaga silueta de los otros compañeros de Merlín; Gwen y Arthur, si no recordaba mal. Justo iba a pararla donde estaba con un hechizo cuando Merlín susurró débilmente al oído de Telvar.
-Suéltame y vayamos al sótano, por favor, Telvar.
Morgana paró donde estaba y miró al muchacho atónita, sin saber qué sucedía. Le miró con una mirada de preocupación extrema y a Telvar con desconfianza.
-¿Qué ha dicho?
-Tengo que ir un momento con él al sótano…
-¡Sí, claro, y allí rematarle! – interrumpió Morgana- ¡No lo voy a permitir! ¡Es mi amigo, y no voy a permitir que un hombre como tú lo maltrate!
-¡No me tomes por un simple y sucio animal! – exclamó Talvar con voz potente mientras se levantaba y parecía hacerse más grande. Parecía que la habitación se hacía más oscura que nunca. Telvar pudo ver cómo Morgana se alejaba cautelosa y, había que decir que, algo temerosa -. ¡Iré al sótano y le curaré ahí, ¿entiendes?! ¡Y ahora, si no es una molestia, bajaré con él, pues es lo que me ha pedido!
Y así, bajó con Merlín en los brazos por las escaleras que conducían al sótano. Allí dejó Merlín en una silla y le dio un medicamento. Telvar había sido y lo seguía siendo, al igual que Gaius, su amigo, un gran médico y galeno. Cuando Merlín volvió a su color, Telvar cogió su pipa de nuevo, la encendió, y se sentó delante suya. El sótano estaba únicamente iluminado por una lámpara que pendía desde el techo. Esperó a que Merlín hablara, con una paciencia instruida por la experiencia y el tiempo.
.
Merlín se sintió muy agradecido cuando volvió a notar la vida en sus pulmones y corazón. Había sido un momento fatídico que no recomendaba a nadie tener. Había notado algo en él, decayéndose con él, llevándole a las tinieblas con él. Había sido como vivir entre tinieblas y neblina. Solo recordarlo le daba estremecimientos.
-Telvar… - comenzó, sin saber qué decir -. Lo siento, lo sabía todo este tiempo. Gaius me lo contó, y desde entonces me he sentido extremadamente raro y… mal. Pero lo que ha sido raro ha sido lo que ha sucedido ahora. No había sentido nada igual en la vida. – se atrevió mirarle y pudo ver extrema preocupación en los ojos. Al parecer, era un tema bastante peligroso y de extrema importancia lo que había ocurrido -. Yo… lo siento por haberte gritado así, Telvar, no fue mi intención…
-Sí, eso ya lo sé perfectamente – interrumpió Telvar con voz grave y baja -. No es culpa tuya.
Merlín no entendía cómo no podía ser culpa suya algo así, pero lo dejó de lado el tema y buscó algo para empezar a tratar el tema de su padre. Y algo que siempre había rondado en su cabeza estalló como una bomba en su interior, lista para ser compartida.
-Siempre cuando era pequeño hablabas de mi padre indirectamente, pero nunca lo mencionabas ni nada parecido. ¿Por qué?
-Tu madre me lo prohibió.
Ah, así que todo esto venía de su madre. Sí, bueno, ya había pensado en eso, y sabía que lo había hecho por su bien. Pero igualmente se sentía engañado y no le gustaba eso para nada.
-¿Y cómo es que conociste a mi padre?
Telvar quedó callado unos segundos, pensando en la respuesta, hasta que se levantó, se giró con pipa en mano y contestó:
-Es una larga historia.
Merlín tenía mucha intriga y, ha de ser dicho, impaciencia, aunque esta última intentó reducirla, pues ya notaba aquel monstruo de impaciencia y placer de saber más de su padre, y lo último que quería era terminar como segundos antes.
-Cuéntamela, por favor. Ya sé quién es mi padre. Ya no tienes por qué guardarte las cosas. Por favor, necesito tu ayuda.
Telvar calló un rato y luego suspiró. Se giró, se sentó, y dijo:
-Está bien. Te lo contaré.
Y así, Telvar empezó a narrar.
