"Todo comenzó en esta misma caseta, cuando yo solo tenía quince años. Eso fue mucho tiempo atrás, pero aún recuerdo salir de la caseta al alba, como siempre hacía cada mañana para talar árboles y venderlos luego en el pueblo de abajo, y encontrarme con la figura de un bebé arropado en harapos sucios en el suelo del bosque. No sabía cómo podría haber llegado ahí, pero lo primero que hice fue acogerle en mi casa y hacerle entrar en calor, pues sabía Dios cuánto tiempo llevaba ahí fuera, con le frío que hacía. Toda la noche, quizás.
Afortunadamente, vivió, y yo no supe cómo pudo sobrevivir a tal cosa. Y fue allí cuando me di cuenta de que el bebé era realmente fuerte.
No sabía de quién podía venir o quiénes eran sus padres, pero, o bien por dudar de que tuviera padres buenos (en todo caso lo habían dejado abandonado en el bosque, por Dios) o porque realmente deseaba tener cierta compañía y cuidar de alguien. Las ganas y algo de egoísmo me pudo al querer quedarme al niño.
Y así comenzó todo. Lo crie con todo el amor que un chaval de mi edad podía, con todo su corazón. Si le perdía, perdía mi vida. Y así, me encariñé con el bebé en solo cinco meses. E hice lo que pocas veces yo hacía: le puse nombre. Sí, yo soy esa clase de hombre que prefiere no ponerle nombre a las cosas si es necesario. Pero en este caso sí lo era, porque sentía que le niño era como su hijo. Y realmente esperaba que él lo viera como un padre, a pesar de su edad.
Le puse el nombre de mi difunto padre: Balinor."
-¿El nombre de Balinor se lo pusiste tú? ¿El nombre de tu padre? – preguntó Merlín realmente impresionado, pero sin creer de todo lo que Telvar le comentaba.
-Así es. Desconozco su nombre real, pero el caso es que su nombre no se lo puso sus verdaderos padres, sino yo.
Merlín no respondió, lo que hizo que Telvar entendiera que prosiguiera.
"Cuando creció, Balinor me trató, como yo esperaba, como su verdadero padre. Pero al cabo de un tiempo, al no tener tanta diferencia de edad entre nosotros, empezamos una relación más entre amigos que de padre-hijo.
Lo que sí pude observar de Balinor era que no era un niño normal y corriente. Lo primero que vi, y que tampoco me sorprendió demasiado, viendo cómo era y sus habilidades, era que tenía magia. Desde muy pequeño, con apenas unos meses, hacía aparecer mariposas en sus palmas cuando estaba alegre o hacía arder débilmente algo cuando se enfadaba.
Eso fue algo que mi impresionó algo, pero no mucho comparado con lo siguiente que supe de él. Cuando ya fue lo suficientemente mayor como para hablar y caminar, a temprana edad de dos años, aproximadamente, me fijé en que su comportamiento era bastante peculiar."
-¿Cómo que peculiar? – preguntó Merlín con algo de impaciencia.
"Con peculiar me refiero a que muchas veces, le escuchaba hablar consigo mismo, imaginarse cosas, hablarme de cosas que no entendía y demás. Pero lo que más me picaba la curiosidad de este raro asunto era el de sus fuertes emociones, capaces de hacer cualquier cosa. Sí, tal vez me dirás que a ti también te pasó lo mismo, pero había algo diferente en ello, créeme. Además de causar catástrofes con sus emociones fuertes (que solían ser cosas habituales, pues me di cuenta de que le niño sentía diferentes emociones en poco tiempo), se comportaba con ellas de una forma que, he de decir, daba miedo."
Merlín se percató de que Telvar poseía la misma expresión en aquellos ojos que cuando él le había gritado, pero más ambientado en el pasado y en los recuerdos y no algo momentáneo. Pero, y si…
-Telvar – interrumpió Merlín suavemente - ¿Sabes si ese comportamiento de mi padre se asemejaba al mío hace unos momentos?
Telvar le escrutó con esos sabios ojos con experiencia, que parecían ver más allá. Al cabo de un tiempo que a Merlín se le hizo interminable debido a sus ansias e impaciencia de saber la respuesta, Telvar asintió y contestó débilmente, con voz quebrada:
-Parecido, sí.
Entonces Merlín entendió. Por eso lo parecía mirar de esa forma. Telvar ya había presenciado anteriormente aquellos comportamientos o actos en su padre, y verlos en él podía parecer horroroso, como tener un déjà vu.
Merlín indicó gestualmente a Telvar para que continuara.
"Así pasaron los años. No como padre-hijo, sino como amigos. Pero llegó el día en el que fuimos al pueblo de al lado para vender la madera cuando sucedió algo que hizo que Balinor huyera. No voy a comentar qué paso, pues no soy yo el que debería contarlo.
Y así huyó, pensando suicidarse. Yo estuve buscándolo desesperadamente, pero no tuve suerte. Como me contaron luego, Balinor iba a tirarse de un barranco justo cuando vinieron un grupo de caballeros de Camelot, en los que entre ellos estaba el Príncipe Uther. Desde ese momento me contaron que Balinor y Uther se hicieron inseparables amigos.
Yo fui a Camelot para buscar consejo de mi amigo Gaius, que había conocido tiempo atrás con catorce años, justo antes de irme a vivir como leñador en esta caseta. Cuando fui allí, Gaius (que por aquel entonces tenía treinta años al igual que yo) me contó todo lo que sucedió con Balinor, así como yo le conté todo sobre cómo había llegado él a mis manos.
Gaius sabía algo que yo no sabía, eso estaba claro. Se le podía ver perfectamente en sus expresiones y en sus ojos. Y en ese momento me dije que subestimado demasiado a Balinor. Balinor no era un chaval con magia normal y un poco lunático. No, había algo más en él que Gaius no me contó.
Gaius me había ayudado mucho anteriormente con mis problemas (problemas que no contaré aquí), pero nunca me informó de una cosa clara. Desde el día en el que conocí a Gaius (ambos teníamos más o menos catorce años), supe que me pasaba algo raro. Y desde entonces, según el consejo de Gaius, debía dormir solo, alejado de todo humano o animal, en un lugar aparte.
Eso lo hice desde siempre en mi caseta hasta que llegó Balinor. Con él me confié y dormí cerca de él, sin saber lo que hacía. Pero afortunadamente (o por algo más que suerte, pienso yo), no pasó nada con él."
-Espera un momento… - interrumpió Merlín, acordándose de una cosa – ¿Recuerdas la historia que me contaste, acerca de cómo la muerte se llevaba todo lo querido, y el personaje de la historia acababa solo al final para siempre por estar maldito?
-Sí, esa historia yo la…
-¡El protagonista de la historia eres tú! ¡Tú eres el hombre maldito! – exclamó Merlín, sin poder creerlo. Siempre había pensado que el personaje de la historia se parecía a Telvar: solo, en cuevas, en cabañas del bosque, no aparecía de noche… De hecho, cuando había bromeado después de narrar la historia en la cueva, no había ni pensado en que podía ser cierto.
-Merlín, baja la voz… – contestó Telvar susurrando, pero Merlín hizo caso omiso.
-¡Por eso nunca estás por las noches! ¡Por eso se te ve tan solo…! – al decir eso, Merlín supo que había dicho demasiado.
-¡MERLÍN! – gritó Telvar con una voz que nunca había visto en él. Había visto sus voces potentes, en las que él parecía agrandarse y los contornos alrededor suya parecían oscurecerse, pero nunca nada comparado con la voz que ahora parecía apoderarse del anciano cuerpo de Telvar.
Merlín no supo qué hacer. Ahora entendía lo que había dicho. ¿Cómo había podido ser tan estúpido e ingenuo? Si era cierto que le hombre de la historia era Telvar, entendía cuán solo debía de sentirse y cómo de mal podía haberlo pasado toda su vida. Y él iba y se lo restregaba por la cara, como si fuera cualquier otra cosa sin importancia. Pero esto sí tenía importancia. Y aún así, Merlín no sabía lo que había hecho.
Merlín pudo ver a la luz de la vela de la lámpara de techo cómo Telvar se debilitaba y podía ver una lágrima caer por su arrugada piel. Sin mirar atrás, Telvar se dio la vuelta y subió las escaleras sin decir nada más.
Y así terminó, con Merlín en sentado delante de la mesa, llorando silenciosamente, hasta que el sol amaneciera.
