-¡Y ahora, si no es una molestia, iré abajo con él, pues es lo que me ha pedido!
Gwen vio bajar al hombre al que llamaban Telvar con el cuerpo de Merlín en el regazo, aferrándolo en sus brazos de oso.
Gwen no sabía qué pensar de todo esto. Había estado con Arthur y Morgana arriba, intentando dormir, cuando había escuchado un grito desgarrador de Merlín. Nunca le había visto gritar así, pero al parecer era algo que no querían comentar y querían hablarlo a escondidas. Tal vez Merlín no había elegido este sitio en particular solo porque iban de paso…
Mientras tanto, Arthur y Morgana habían bajado con ella por las escaleras y habían encontrado a Merlín con la cara de alguien a quien han envenenado, segundos después semi inconsciente en los brazos de aquel leñador.
Morgana había gritado como una posesa, como si fuera el fin del mundo. En cambio, ella y Arthur se habían quedado paralizados ante la escena. Gwen pensó que tal vez el hombre no era tan buen anfitrión como había asegurado Merlín. Un anfitrión no hubiera dejado inconsciente a su invitado a la primera hora.
Tras discutir, Telvar se había ido con Merlín al sótano. El sótano, menudo sitio. Justo había que elegir un sitio oscuro y sonde seguramente vivirían arácnidos con veinte patas (posible lo veía Gwen, viendo la casa y el anfitrión) y quién sabe qué más.
Y así, los tres se habían quedado atónitos a lo que acababa de pasar, como si hubieran visto magia. Gwen se rio de aquello, pero luego mirando la expresión de Arthur, pensó que ya no era tan divertido. Según había visto en determinadas ocasiones, esa expresión que ahora Arthur llevaba plasmada en la faz no era otra sino el temor y odio a la magia. Sí, tal vez ella no se había dado cuenta de que había magia de por medio, pero a ella le daba igual, sinceramente.
Confiaba en que Arthur no hiciera ninguna locura de esas que caracterizaban al príncipe, sino que lo dejara pasar.
Arthur y Morgana se fueron escalera arriba sin mediar ninguna palabra, y así Gwen se quedó más sola que la una. Escuchó susurros en el sótano, y por un momento pensó en espiar para saber por qué tanto teatro y espectáculo. Pero rápidamente descartó la idea y se dirigió a dar un paseo por el bosque.
Según les había comentado Telvar, había dos pueblos más en las laderas del valle. Una enterrado entre montañas, donde parecía que las montañas algún día estrangularían la aldea hasta derrumbarla; y otra en la salida del valle. Pensó en ir al "pueblo estrangulado" como ahora lo llamaría ahora cuando se topó con una figura.
El alba todavía asomaba por el horizonte, aunque con mucha más luz que antes, pero seguía sin apreciar bien las figuras como aquellas. Pensó en alguien del pueblo, un leñador que iba a coger leña o simplemente un viajero extraviado.
-¡Perdone! – exclamó Gwen mientras se dirigía casi corriendo a la figura. Iba a preguntarle cuánto se tardaba de ir al pueblo (pues no tenía todo el día, se suponía que una hora, como mucho dos, irían a Ealdor) cuando se dio cuenta que esta figura no se movió.
Se acercó aún más, le dio la vuelta y cayó al suelo con un grito al verlo. Tenía una cara demoníaca y horrorosa, algo así como un muñeco de los que vendían en la ciudad baja de Camelot para las niñas, pero con ojos grandes y negros, y boca grande y alargada llena de sangre. Por un momento, Gwen pensó en aquellos espectros que iban desesperadamente por la noche para consumir el cuerpo de los inocentes que iban por su paso y que contaba su padre la noche de Todos los Santos.
Gwen empezó a llorar cuando se dio cuenta que la figura no se movía, sino que quedaba estática, y cuando el alba dio algo más de luz, se percató de que se trataba de un muñeco de madera con una cara pintada, más para asustar que para invitar a alguien ir por este lugar, pensó Gwen con una sonrisa al pensarlo. Pero entonces reparó en una cosa y la sonrisa se desvaneció, dando paso al temor y a los pies ligeros corriendo de vuelta a la caseta.
Cuando llegó, subió de tres en tres las escaleras y literalmente corrió hasta la puerta de la habitación, la abrió de un portazo y entró en la habitación. Pero no había nadie allí.
Gwen, con demasiado miedo como para pensar con exactitud, volvió a bajar y llegó a la sala de estar. Allí, con un suspiro de alivio de los que provocan un vendaval, pudo ver las figuras de Arthur y Morgana, ambos cada uno en un sillón sentados, al parecer esperando algo. No hicieron nada al verla entrar, simplemente la miraron, como si fuera saludo suficiente.
Gwen esperó y escuchó pasos por la escalera, dando paso a un oso levantado en las dos patas traseras, con canas en el pelo y arrugar por donde se mira. Telvar, dando un mínimo vistazo a cada uno, no dijo nada y subió por las escaleras. Gwen había visto sus ojos húmedos, si de tristeza o de rabia, eso no lo sabía. El caso era que la conversación entre Merlín y Telvar no había salido como se esperaba, al parecer.
Gwen se acordó de por qué se encontraba allí, y directamente intentó hablar, recordando el miedo que había sentido, pero rápidamente cerró la boca, sin el poder de la charla en su lengua. La figura de madera se lo había quitado.
-¿Te encuentras bien, Gwen? – preguntó Morgana, volviendo a sí misma, la encantadora y amable Morgana, que se preocupaba hasta de los débiles y de los de familia pobre.
Gwen no supo qué contestar nada más que lo básico.
-Debemos irnos ahora.
-¿Qué ha pasado? – preguntó de nuevo Morgana, y pudo ver a Arthur también preocupada por ella, mirándola con confusión, como si tuviera algo escrito en la frente que explicaba lo que había visto.
-Este hombre no es el que parece. ¿Recordáis la historia que nos contó ayer antes de dormir Merlín? – ambos asintieron - ¿Recordáis el protagonista? ¿El que se decía que vivía en una caseta y por las montañas, formando figuras alrededor de donde él pasaba, que según la historia era porque el personaje necesitaba compañía?
-No irás a decir que… - comentó Arthur, interrumpido inmediatamente por Gwen.
-Sí, Merlín no estaba bromeando en aquel momento.
