-Él fue el hombre que crio a Balinor, al hombre que estamos buscando.

Esas palabras se quedaron concentradas en la cabeza de Morgana, sin querer salir ni desparecer. Simplemente se había quedado incrustadas y clavadas dentro de su mente, y así no podía quitarse de en medio esas palabras que Merlín había susurrado minutos antes.

Sabía que con lo que había acabado de decir lo solucionaba todo: por qué Merlín había estado tan preocupado, por qué según Arthur había ido a aquella cascada que desde entonces comentaba y por qué Merlín se encontraba de tal modo en ese momento. Había estado buscando una manera de saber dónde vivía Balinor. Sí, eso era. En esos momentos Morgana se hubiera sentido aliviada, pero se sorprendió e inquietó cuando no fue así. De hecho, había algo que seguía carcomiéndole el estómago y no cesaba.

Era esa misma sensación lo que hacía que se acercara más a Merlín, como si supiera que Merlín guardara algo. Y lo había estado guardando, ¿no es cierto? Pero lo habían averiguado, por lo tanto, se suponía (y solo se suponía) que esa sensación en el estómago y en el pecho se debería ir. Pero, en cambio, ese sentimiento se había intensificado.

¿Acaso Merlín no había dicho todo? ¿Acaso no era eso lo único que Merlín guardaba? Morgana ya no estaba segura de eso. No sabía qué le ocurría.

Se percató de que había supuesto muy rápidamente que aquel sentimiento, que cada vez iba aumentando, como una bola de nieve se va agrandando según se desplaza por la capa nevada, era de algo referente a los secretos de Merlín. Pero nunca se había parado a pensar que tal vez no eran los secretos de Merlín sino Merlín a secas.

Pero no, en todo caso sería que lo que habían desvelado de Merlín y su gran amigo el oso de la cabaña que se hacía llamar Telvar, también conocido ahora como el Hombre Maldito, solo era una pequeña parte de lo que en realidad todo este misterio encerraba. O esa era su sensación. Y se preguntó cuántos de estos secretos tenían que ver con Balinor o Telvar, y cuántos con Merlín. ¿Cómo es que parecía que Merlín estaba enlazado con éstos?

El caso era que daba igual, en un futuro, si lejano o cercano no lo sabía, se desvelaría todo, o eso sinceramente esperaba. Mientras tanto, intentó no pensar en sus pensamientos y sentimientos que el gusanillo que carcomía el estómago y que cada vez iba creciendo más sobre Merlín. Y esperó que fueran solo sus secretos lo que lo hacían acercarse a él.

Y, al parecer, el destino quiso atraerle a ella hacia Merlín minutos después de la conversación en el sótano. Las últimas palabras de Merlín seguían rebotando en las paredes de su cabeza, y revolotearon más aún cuando se encontró con Merlín en el banco de madera ubicado en el porche trasero de la caseta.

Merlín tenía la mirada perdida entre los árboles y más allá las montañas, donde la luz del amanecer resplandecía de un color anaranjado en sus estribaciones y cumbres, a la vez que en las nubes que se cernían por encima de los picos. Seguramente estaba pensando en la conversación anterior y sobre la identidad verdadera de Telvar y su vida. Morgana no supo qué hacer, si dejarse llevar por sus deseos e impulsos de sentarse al lado suya y hablar con él a la suave luz del amanecer, o hacer lo que su cerebro consideraba oportuno, que era volver dentro de la caseta y prepararse un chocolate caliente para pasar mejor el frío de fuera.

Siguiendo sus impulsos y sin pensarlo mucho, se sentó al lado suya, sin planear estar tan al lado suya como nunca había estado. Merlín olía a hierba buena y algo a lavanda, no considerándose un olor dulce sino más bien salvaje y silvestre, un sueño del bosque encantado, como lo nombraría ella. Sus aromas del bosque le recordaba a cuando de pequeña salía de la ciudad para pasar el rato libre entre vegetación y bosque, dejándose romper su vestido favorito y dejándose manchar de barro y del pigmento de las flores. Libertad y alegría. Eso era lo que recordaba sentir. Y lo que ahora sentía junto a Merlín, se dijo con una sonrisa.

Merlín no parecía haberse inmutado de su presencia: seguía fijando su mirada a la nada. Parecía sabio en ese momento, como la vez en la que había visto aquellos ojos en el fuego la primera noche. Sí, Merlín no era un simple sirviente como muchos e inclusive él aseguraba. Merlín era mucho más que eso, y si nadie había reparado en ello aún, ella había sido la primera en hacerlo. Sin duda, había algo especial en Merlín que lo hacía interesante.

Tiritó cuando una ráfaga de viento frío llegó y la atravesó como mil dagas de hielo. Por un momento, pensó en acercarse a Merlín y abrazarle, para sentir el calor de su cuerpo y su seguridad que tantas veces la había hecho sentir. La seguridad que él daba en ella. Una seguridad que ni miles de caballeros de Camelot, armados hasta la médula, pudieran haber dado.

Por suerte, no se abalanzó hacia él ni lo abrazó, como sus impulsos en el corazón le gritaban. Únicamente se acercó hacia él débilmente, procurando que Merlín no se diera cuenta ni lo más mínimo, y pudo apreciar su calor que él expandía. Un calor agradable que estaba sumado a su olor salvaje.

Notó cómo su corazón empezaba a palpitar con más rapidez cuando pudo ver lo cerca que estaba de él. Nunca lo había sentido tan cerca de ella, escuchando su suave y melódica respiración y su aliento fresco. Nunca lo había sentido tan suya.

Se atrevió a mirarle y pudo ver que seguía sin mirarla, aunque sabía que en realidad si se había percatado de su presencia. De hecho, le pareció ver cómo su pulso de su cuello se aceleraba, sin saber si lo que le parecía ver era cierto o lo que le gustaría ver.

En ese momento, supo que era el momento de hablar.

-Habías estado todo este rato buscando una manera de encontrarle, ¿no es así? – preguntó ella.

Merlín suspiró por la nariz y bajó la mirada. Sus ojos parecían más cansados de lo que hubiera imaginado. Parecía como si el peso del mundo, de muchas vidas, descansaba sobre sus hombros y la carga le pesaba. Sí, sus ojos lo contaban todo sobre él, no había más.

-Más o menos – contestó él, mirando al suelo de madera del porche.

-¿Y es cierto? ¿Es cierto que Telvar fue el que crio a Balinor?

-Eso creo. Por lo menos es lo que él me ha contado. Espero sinceramente que sea verdad.

-¿Por eso quisiste llegar hasta aquí? ¿Para hablar con él?

Merlín esbozó una sonrisa socarrona en los labios. Aquella sonrisa desprendió una luz tremenda que calentó su corazón sin saber cómo exactamente. Simplemente, se encontraba mejor a su lado que al lado de cualquier otra. No solo se sentía protegida y a gusto con él, sino que también se sentía feliz. La felicidad que tan difícil había sido conseguir para ella, lo había conseguido con el sirviente de Arthur.

-Bueno, se supone que nos pilla de paso para ir a Ealdor.

Morgana rio, sin saber si por una mísera broma que Merlín había hecho o solo por ver a Merlín sonriendo.

-¿Y qué más te ha contado Telvar? – preguntó Morgana más seria.

-Poco más. Se enfadó poco después – dijo Merlín con dolor en sus ojos.

-Sí, ya lo pude observar. ¿Qué pasó?

Morgana vio que Merlín no tenía muchas ganas y no quería presionarle.

-Fue culpa mía.

Y con esas pocas palabras, se dejó el asunto zanjado. Al parecer, pensó Morgana, Merlín tenía el poder de las palabras. Con unas pocas podía hacer los ambientes diferentes: tensos, felices, preocupados, tristes… y hasta finalizar una conversación sin siquiera decirlo. Otra cosa que no entendía de Merlín. Y parecía a veces tener tanta labia como un anciano sabio. Sabía cuándo y cómo hablar.

Morgana supo que tenía que hacer una última pregunta antes de que se fuera.

-Merlín, ¿por qué te desmayaste antes de ir al sótano? – preguntó ella, intentando ocultar la preocupación en su voz.

Merlín sonrió.

-No me "desmayé" exactamente. Fue solo… un bajón de azúcar. Debería comer más para prevenir eso.

Morgana sabía perfectamente que Merlín mentía. Podía tener mucha labia a veces, pero sus mentiras a nadie se le pasaban.

-Ah, bueno, pensé que te había hecho algo Telvar.

-¿Telvar? – dijo Merlín alzando una ceja – Pero si es una amigo mío de la infancia.

-¿De la infancia? ¿Hace cuánto lo conociste?

-Hace bastante. Solía ir yo y mis amigos a visitarle a sus cuevas y ahí nos contaba historias y consejos. Aprendí mucho sobre él. Fue como un padre para mí, casi como Gaius.

-Nunca me has contado mucho de tus amigos en Ealdor, ni de tu padre – dijo Morgana, pretendiendo no parecer muy acusadora.

-No hay mucho que contar.

Por primera vez en todo lo que llevaban sentados, Merlín la miró. Aquellos ojos azules, a la luz del amanecer, como piedras brillantes incrustadas en un mar blanco, que parecían perforar su alma y ver su interior, el interior que ni ella misma conocía. Pero, al parecer, se había sentido avergonzado. Se preguntó por qué hasta que vio lo cerca que se encontraban el uno al otro. Ni ella lo había notado. Sus muslos se rozaban y sus manos casi se cogían.

Morgana sintió un deseo sobrecogedor y ansioso de acercarse más a él como nunca lo había hecho. Sintió unas ganas tremendas de vivir a su lado hasta la eternidad. Sintió un deseo que nunca había sentido hacia otras personas. Morgana buscó sus labios y se acercó poco a poco, sintiendo algo que no podía describir ni explicar. Un deseo ardiente de besarle le quemaba por toda la piel y la carcomía cada vez más por el estómago. Y allí se dio cuenta de que el gusanillo no buscaba los secretos de Merlín.

Cuando pensó que le beso era inevitable, Merlín giró y se levantó.

-Tengo… cosas que hacer ahí dentro. Dentro de poco partiremos – balbuceó mientras se escabullía por la puerta, sin siquiera mirarla.

Y así, Morgana sintió cómo aquel deseo le quemaba en los labios. Una sensación amarga. Una sensación de derrota.