Merlín estuvo muy ocupado todo el tiempo desde que estuvo con Morgana hasta que ya tuvieron todo preparado para partir a la mañana. Había estado pensando en lo que había ocurrido con Morgana una hora atrás, pero el problema era que tenía preocupaciones más importantes como la discusión que había tenido con Telvar.

Se sentía fatal por haberle gritado e incluso, si uno lo miraba de otra forma, insultado y faltado al respeto. Y otra cosa a tener en cuenta era que solamente había escuchado una pequeña parte del pasado de su padre. Su solamente hubiera sido más paciente y no tan precipitado… No entendía por qué se comportaba así. Siempre que se hablaba de su padre le sucedían sentimientos que nunca antes había experimentado, o por lo menos no tan fuertes: al saber la verdad de quién era su padre cuando se lo había comentado Gaius había estado todo un día concentrado en bajar la cabeza y mirar la crin del caballo, pensando en todo ello preocupado, sin saber exactamente por qué. Solamente tras haber saciado sus ganas de saber sobre su padre en la Cueva del Tiempo el monstruo con tentáculos que sentía oprimiéndole el pecho se había ido, para luego volver al llegar a la cueva de Telvar, simplemente por la mención de éste, al saber que había conocido a su padre. Y, por último, aquel día en el que más emociones y sucesos no podían haber ocurrido: había sentido rabia, enfado e incluso había gritado a Telvar, se había desmayado, había herido internamente a Telvar por no contenerse tras saber quién era él en realidad, y por ello en ese momento se sentía tan arrepentido y preocupado.

Simplemente, hace unos días no hubiera imaginado que una persona, y menos él, hubiera podido tener tantas emociones en uno mismo en un plazo tan corto. Si seguía así, se dijo, al cabo de unos días o incluso días, reventaría emocionalmente, como haría una de esas cajas-sorpresa que los payasos en Camelot le regalaban, donde luego la caja reventaba y de ella salían confetis y papeles de colores. Así sería, siendo los confetis y papeles sus emociones, y él la caja.

Estuvo entonces preparando los caballos por orden de Arthur con Gwen mientras pensaba en todo ello. Morgana, su padre, Telvar… Tantas cosas en su cabeza. Parecía que los buscaba los problemas. Pero sabía que todo se respondía con una única palabra: destino. Seguramente todo esto tenía que ver con su destino. No había que ser muy observador para verlo.

Merlín no se sorprendió cuando no vio a Morgana en lo que quedaba de mañana antes de partir. Merlín se imaginó a Morgana en la habitación de invitados, o incluso en la buhardilla de arriba, pensando en lo que había ocurrido sin saber qué pensar. ¿Por qué no la había besado? Merlín seguía sin saber precisamente el motivo, pero lo que sí sabía era que así su corazón se lo había pedido. Es cierto que no se encontraba en tal estado como para besar a alguien, menos a Morgana, quien se suponía que era la Protegida del Rey. Sí, era cierto que había tenido sentimientos por Morgana desde que la había visto años atrás en aquella fiesta. Pero no era el momento de pensar en ello. Tal vez por eso era por lo que no la había besado: tenía otras cosas pendientes que debía hacer. Sí, seguramente era eso.

Pero, a pesar de intentar decirse que ese era el motivo, en el interior de su corazón supo que no la había besado porque se consideraba a sí mismo peligroso. Peligroso por lo que sentía que se convertía. Peligroso para ella y para los demás que le rodeaban. Peligroso como un monstruo que ni siquiera ellos sabían que era. Pues eso era lo que era: un monstruo. Y por eso, se dijo, que no se merecía amar a nadie ni ser amado.

Sus tristes pensamientos se vieron interrumpidos por una voz que susurró su nombre. Giró la cabeza hacia la caseta, donde había escuchado la voz y pudo ver a Telvar indicándole que viniera adentro donde se encontraba él. Merlín miró a su alrededor y vio que no había nadie, ni siquiera Gwen. Así pues, se dirigió dentro de la caseta con Telvar.

Allí, Telvar le dirigió escaleras arriba hasta la última planta, donde se suponía que estaba la buhardilla. Fue cuando Telvar iba a girar el pomo de la puerta cuando ésta se abrió antes dejando salir a Morgana con ojos húmedos y, sin dirigirse ni levantar la mirada, fue rápidamente bajando las escaleras sin decir nada.

Merlín se sintió mal. No sabía por qué, porque, al fin y al cabo, no había sido exactamente su culpa que haya estado llorando. ¿O sí? ¿Pudo realmente haberle afectado lo que había pasado, tanto como para llorar? No estaba seguro, así que lo dejó a un lado y se adentró detrás de Telvar a una maraña de oscuridad azulada por la ventana, donde se podía ver cómo el sol ya se había levantado.

La buhardilla era un lugar espacioso, cortado en las dos mitades por el tejado a dos aguas que se cernía encima de ellos, en las que muchos trastos y artilugios, algunos incluso mágicos, acertó Merlín, eran apilados en aquel lugar, sin ganas de ser limpiados (ni quitar un poco el polvo, se dijo Merlín al ver la capa que cubría el suelo) ni ordenados. Olía a madera vieja y a antigüedad. Sin duda, un lugar en el que nadie entraría a mitad de la noche solo.

Telvar fue directamente al grano y se dirigió a una especie de cofre. Lo abrió con cuidado con una llave que mágicamente la tenía en la mano, y con cuidado, introduzco ambas manos en él, cogiendo algo que Merlín no pudo saber nada más que estaba guardado entre algodones y como oro en paño.

-Hay algo muy importante que debo enseñarte – dijo él mientras se daba la vuelta a la posición de Merlín con el objeto en las manos.

Una especie de collar, más bien un guardapelo, al tener en él una piedra de color verde apagado donde se adivinaba una rendija que aseguraba una apertura en él, se derramaba con su cadena de plata en las manazas de Telvar (que parecía más pequeño de lo que era), derritiéndose entre sus dedos y por toda la palma como caramelo derretido.

-Esto fue lo que había en el cuello de Balinor cuando yo lo encontré en el suelo del bosque – susurró él, como si tuviera miedo de que alguien los espiara a través de la puerta de la buhardilla.

Merlín lo cogió con cuidado, como si en cualquier momento, al tacto, se rompiera en mil pedazos. No parecía débil. De hecho, la piedra parecía pesada. Pero lo que más impresionó a Merlín fue la marca que la piedra entregaba: un icono de un dragón sin color, solamente pincelado en la piedra, que más parecía un cuerpo de serpiente y una cabeza de dragón que escupía algo de fuego.

Merlín no sabía qué significaba aquello, pero en todo caso sabía, por el pulso mágico que aquello palpitaba en la palma de su mano, que era algo realmente valioso e importante. Valioso no por el material que albergaba sino por lo que aquello podía suponer en un futuro, que Merlín sentía que estaba interconectado con el suyo.

Merlín intentó abrir la piedra, donde se suponía que algo dentro yacía, pero sin fortuna.

-Hace años que lo he intentado abrir y no he conseguido nada – comentó Telvar al ver a Merlín con desesperación intentando inútilmente con todas sus fuerzas abrir aquella piedra -. Ni siquiera con todos los hechizos y conjuros que he sabido, e incluso leído en libros, no había ni conseguido moverlo. No entiendo por qué no se puede abrir. Algún sentido habrá.

Merlín subió la cabeza, dejando de probar abriendo como un niño pequeño intenta partir un palo en el bosque con desesperación, y pudo ver el rostro de Telvar, aún algo serio y dolido por lo de antes.

-Oye, Telvar, yo… no quería… - comenzó a decir Merlín, siendo interrumpido por Telvar.

-No pasa nada, lo entiendo – dijo girándose hacia la ventana para no mirar a Merlín -. No es culpa tuya.

Merlín supo que mentía, pero dejo el tema aparte. Ese era un buen momento para preguntar acerca del pasado.

-Telvar, ¿qué pasó exactamente con tu maldición? – preguntó Merlín cuidadosamente, con miedo a que Telvar le gritara.

-¿Qué paso? Fácil: no volví a ser feliz.

-Me refiero a cómo ocurrió para que estuvieras maldito.

-Ya escuchaste la historia.

-¿Es cierto entonces?

-¿El qué? ¿La historia? Claro, ya lo dije.

-Sí, ya, pero me refiero a si era todo cierto.

-Sí, pero inacabada, como ya supongo que sabrás.

Hubo un silencio triste y viciado de memorias y penas donde Merlín preguntó sin precipitarse la última pregunta que tendría.

-¿Y qué es la maldición?

Telvar suspiró. Merlín sabía que se había pasado de la raya de nuevo, pero no se fue ni dio un paso atrás. Si debía aguantar el grito del oso, lo aguantaría.

-Solo Gaius lo sabe, o eso creo – contestó en voz baja mientras se giraba de nuevo para mirarle de nuevo a la cara -. Por lo menos fue él quien me advirtió de que cada noche algo ocurría. Pero nunca quiso decirme la verdad.

El silencio sepulcral se volvió a crear formando una neblina gris hasta que Telvar dijo la última palabra:

-Yo no lo sé, Merlín, pero lo que sí sé es que por ella no estoy realmente vivo.