Cuando estuvieron preparados para partir, con los caballos ensillados y las alforjas bien puestas, Arthur esperó a que salieran ya de una vez de aquella castea y se fueran finalmente a buscar a Bainor, que es lo que debían hacer, y no estar discutiendo con un leñador-oso maldito. El sol ya se había alzado en el cielo, y Arthur especulaba que ya serían las nueve o así.

En todo lo que había quedado de la mañana desde la intranquila conversación en el sótano con Merlín hasta ahora, Arthur no había podido ver ni a Morgana ni a Merlín. Según le había contado Gwen, Merlín había estado con ella preparando todo para el trayecto y Morgana había estado dentro de la caseta, el lugar específico no lo sabía.

Arthur había estado ese tiempo dando una vuelta por los alrededores de la caseta, en el bosque, donde como bien había dicho Gwen, sí se podían ver los muñecos de madera y paja. A simple vista, asustaban bastante, pero Arthur era el Príncipe y futuro Rey de Camelot, y no podía permitirse ser humillado de tal manera. Cuando Gwen le había comentado cuando había vuelto el miedo que daban, Arthur había murmurado un débil "son monos", sin creerse ni él mismo lo que había contestado.

Mientras tanto, Arthur había estado mirando la caseta de Telvar, el leñador, o también conocido como el Oso o el Hombre Maldito, para mirar si había indicios de peligro. A pesar de las aseguraciones de Merlín de ser alguien afable y bueno, Arthur seguía desconfiando de él, y cuando él desconfiaba (que no era tan habitual como parecía) no podía suceder nada bueno.

La caseta de Telvar parecía como cualquier otra cabaña de madera del bosque, en la que un leñador grande y viejo vivía. No escondía nada, aunque sí era verdad que los libros que colmaban en la pequeña biblioteca no parecían normales, sino que estaban escritos en extrañas runas o escrituras indescifrables. Por lo demás, no había nada por lo que preocuparse.

El único lugar que no había visitado era la buhardilla, y no había sido por falta de ganas, sino porque la puerta parecía aparentemente cerrada. Esperaba que no hubiera nada en ella y no volvió a pensar en ello.

Muchas veces, Arthur tenía la tentación de mandar a aquel hombre a Camelot y arrestarle por poseer magia y estar maldito, pero algo en su interior, en su corazón, le decía que eso no debería de ocurrir. Si hubiera seguido los consejos de su padre, lo hubiera matado ahí mismo, sin un juicio justo ni tonterías. Pero el problema era que él no era su padre.

Iba a llamar a Merlín y a Morgana para partir cuando escuchó voces en la sala de la chimenea. Se dirigió allí y escuchó atentamente. Eran Merlín y Telvar, que al parecer acaban de bajar las escaleras, y se dirigían a la salida de la caseta, no sin antes pararse para hablar de algo.

-Necesito que vayas al pueblo de al lado, Merlín – dijo la voz que reconoció como la de Telvar, grave pero suave a la vez, algo aterciopelada que daba el sonido de un oso hibernando.

-¿Puedo saber por qué? – escuchó la voz joven y entusiasta de Merlín.

-Es un asunto que en cuanto llegues allí entenderás. Busca a una señora, más anciana que joven, que se hace llamar Hilda. Cuéntale que vas de mi parte y te lo contará todo.

-¿Todo sobre qué?

-Ya lo verás.

-¿Y el guardapelo?

-He dicho que te lo quedes. Es muy importante, créeme. Guárdalo como si tu vida dependiera de ello. Que nadie sepa de él ni que lo descubra. No sé el valor todavía, pero tengo la sensación de que hay algo de Balinor que aún está por descubrir.

-Entendido.

Escuchó los pasos de Merlín acercarse hacia la puerta de la sala, y fue cuando lo escuchó lo suficientemente cerca cuando se interpuso entre él y la puerta.

-Quieto ahí – advirtió Arthur.

El rostro de Merlín no aparentaba preocupación ni temor, solamente algo de sorpresa.

-¿Algún problema? – preguntó Merlín.

-¿De qué hablabais tú y Telvar? Me había parecido escuchar algo de ir al pueblo de al lado.

-Escuchaste bien. Justo iba a comentártelo.

-Sabes que yo soy el Príncipe de Camelot…

-…y yo un mísero sirviente, ya – acabó Merlín la frase con algo de cansancio y fastidio en la voz, como el de alguien que ha escuchado mucho y repetidamente algo.

-¿Y eso qué significa…? – preguntó Arthur con algo de ironía.

Merlín suspiró, mirando al suelo y con expresión agotada.

-Que vos elegís adónde y cuándo ir.

-Y cómo – corrigió Arthur con una sonrisa socarrona en los labios.

Merlín levantó la mirada y rio.

-¿Y por qué no se me permite a mí hacer algunas sugerencias?

-Porque…

-Sí, ya, pero me refiero a que yo había dado la idea de ir a Ealdor.

Arthur iba a replicar cuando supo que tenía razón. Por una vez, Merlín tenía razón.

-Cierto. Y eso hace que tengas menos posibilidades para dar otra idea no es cierto.

Merlín suspiró de nuevo, esta vez mucho más fuerte, como si tuviera que aguantar la testarudez de un príncipe tonto.

-Ahora en serio, Arthur, – dijo Merlín con un tono mucho más serio, concorde con su expresión – necesito realmente ir al pueblo. Además, da lo mismo si vamos, ya que igualmente tendremos que pasar la noche en Ealdor, y el viaje no son más de tres horas.

-¿Quién dice que vayamos a dormir allí? – preguntó Arthur, intentando sin fortuna poner una cara lo más acerada y fulminante posible.

-Así fue le trato – dijo con voz cansina Merlín.

-Ya… ¿Y el guardapelo? – preguntó Arthur dando un giro de 180 grados al tema, pillando por sorpresa a Merlín, viendo su rostro incómodo.

-¿Qué guardapelo?

-El que te había entregado Telvar. ¿Me lo dejas ver? – preguntó Arthur con una sonrisa irónica.

Merlín, abatido y sabiendo que había perdido, se metió la mano de un bolsillo dentro de su chaqueta desteñida, y entregó una belleza plateada ornamentada con una piedra de un tímido color verde. Lo cogió como quien coge un diamante y lo inspeccionó, investigando para poder detectar algo raro en aquello. No era uno normal y corriente, o por lo menos no lo parecía.

-¿Es mágico? – preguntó Arthur mirando de nuevo a Merlín.

A la única mención de "mágico", Arthur pudo ver cómo los ojos de Merlín se agrandaban con temor y su cuerpo se movía con nerviosismo, como si de repente ante esa mención una bestia mágica apareciera detrás suya.

-¿Mágico? No creo.

-No crees – repitió Arthur con énfasis en la última palabra - ¿Y esto de verdad te lo ha dado Telvar?

-Sí.

-¿Con que motivo?

-Sigo investigándolo – contestó Merlín, diciendo la palabra "investigar" como si se tratara de algo misterioso y sospechoso, como si se tratara del collar en una escena de asesinato.

-Ya veo… - dijo Arthur, aún no muy convencido del guardapelo. Se lo tendió a Merlín sin el mismo cuidado de antes, como si hubiera perdido la calidad en su mano – Puedes quedártelo.

Merlín lo miró con una pizca de confusión y algo de diversión.

-¿Desde cuándo tengo que tener tu permiso para usar mis cosas?

-Cállate – contestó Arthur con una pequeña sonrisa intentando ser ocultada.

-¿Entonces iremos al pueblo? – preguntó Merlín, más por preguntar que por tener una buena respuesta.

Arthur lo había pensado mientras hablaban del guardapelo y sabía lo que debía responder.

-Sí – respondió Arthur, pero al ver la cara de sorpresa y agradecimiento de Merlín, se detuvo a decir -: Pero no te des las felicitaciones, que es solo que tengo algo de curiosidad para ver lo que dice aquella señora que se hace llamar Hilda.

Y así, Arthur se giró y salió de la caseta. No sabía si había hecho lo correcto, pero tenía la sensación de que debían ir allí. Al fin y al cabo, como había dicho Merlín, Ealdor estaba a solo tres horas de aquí, así que no importaba si iban a dar algunas paradas por ese precioso valle.

Lo que sí temía era el tiempo que tardarían entonces en salvar Camelot. Con la tontería del viaje de dirigirse por allí y por allá, se le estaba pasando largo el trayecto. Con suerte, el próximo día estarían preguntando por Balinor, y en unos pocos días más (sin contar el problema de si Balinor vendría o no) Camelot estaría salvada de los fuegos del temible dragón, que seguía la pregunta en su cabeza de cómo había salido del corazón del castillo.

Luego estaba Merlín, quien, aunque pareciera que hacía poco muchas veces, sabía en su interior que no era así y que, por lo menos en el viaje, Merlín estaba haciendo más de lo que cualquier sirviente haría, partiendo de que un sirviente normal no iría a una misión como esta (ni en las anteriores que había ido junto a él, se dijo Arthur). Arthur sabía que Merlín buscaba información para encontrar al último Señor de los Dragones, la salvación de Camelot. Y, aunque no lo reconociera, estaba muy agradecido por ello.

Cuando Arthur salió de la caseta, se encontró con Morgana y Gwen, hablando entre ellas ya montadas y preparadas encima del caballo. Arthur vio que Merlín le seguía y, en unos segundos, los cuatro estaban sentados en los caballos, listos para seguir el viaje.

Telvar estaba con ellos y los ayudó con los últimos preparativos. Él fue el que alegremente los despidió con su mano de oso levantado y sus ojos con una suave experiencia lejana brillando.

Aunque así pareciera en un momento, Arthur sintió que no sería la última vez que lo vería.

-Dirijámonos a Wirgen, pues.

Arthur vio cómo Morgana y Gwen buscaban la broma en sus palabras, sin fortuna. Arthur les dirigió una sonrisa, y así comenzó el camino hacia el Pueblo Maldito.

Y de nuevo, Arthur sintió que había hecho bien y que, sin poder justificarlo, el pueblo le llamaba.