El viaje fue corto comparado con el que les esperaba hasta Engerd. En menos de tres horas, estuvieron ya en el camino que daba a la entrada del pueblo. El valle se iba cerrando cada vez que se acercaban más, y al final del camino las paredes estaban ya a ambos lados, con expresión amenazante, como si en cualquier momento aquellas paredes de piedra se estrecharan hasta juntarse con ellos en medio.
Cada vez se iban acercando a un lugar con menos vegetación, como si allí hubiera habido un incendio. Muchas partes del camino parecían quemadas y destrozadas, pero también había otras en las que parecían estar recompuestas. Telvar no había contado a Merlín casi nada de este pueblo al que iban, pero se imaginaba el pueblo que sería.
Sus sospechas se vieron reflejadas cuando, al final del camino, llegaron a la entrada del pueblo, donde las paredes estaban bastante juntas, formando más un desfiladero como el anterior, donde luego se abría a una zona más amplia, donde Merlín supuso sin ser un genio que se trataba del pueblo.
Al ver las columnas negras ornamentadas con runas y dibujos pincelados que hacían de entrada al pueblo, Merlín ya supo de qué se trataba, e iba a hablar cuando Arthur se le adelantó.
-No puede ser – dijo Arthur, quien se había parado mirando con temor las columnas negras.
Al parecer, ni Morgana ni Gwen sabía lo que ocurría, pues miraban a Arthur sin comprender.
-¿Cuál es el problema? ¿Por qué os paráis? – preguntó Gwen.
Arthur siguió mirando las columnas sin prestar atención.
-¿Arthur? – preguntó Morgana.
Merlín iba a contestar cuando de nuevo Arthur se le adelantó de nuevo, esta vez dirigiéndose aquí.
-Sabes lo que es, ¿verdad?
Merlín únicamente pudo asentir, sin saber si responder o no, o contar algo.
-¿Qué ocurre? – preguntó Gwen, esta vez con la voz quebrada y con nervios.
Arthur no prestó atención y siguió mirando a Merlín con una mirada fulminante, capaz de romper las columnas si poseyera magia, pensó Merlín.
-Bienvenidos a Wirgen – proclamó Merlín.
-Espera, eso no era… - dijo Morgana, quien se cortó ella misma, entendiendo lo que significaba.
Gwen seguía sin comprender con cara confusa, Morgana parecía ponerse pálida mientras miraba las columnas y Arthur parecía estallar en cualquier momento.
-Sigamos – ordenó Merlín suavemente antes de que Arthur saltara ante él y se montara un espectáculo.
Ante la sorpresa de Merlín, Arthur no dijo nada y le siguió, siguiendo órdenes que Merlín no debería de dar ni él de seguir. Merlín pudo notar que su mirada se fijaba en él, mirándole su nuca, quemándola con rayos de fuego lanzados por los ojos. Esperó que todo aquello no acabara tan mal como parecía que iba a acabar.
Él sabía perfectamente qué pueblo era este al que iban, y Arthur, al parecer, también lo sabía, ya que seguramente Uther se lo habría contado. No sabía nada de su historia, simplemente sabía que este era el pueblo en el que había vivido Telvar, nada más.
Igualmente, Merlín siguió el primero, guiando al grupo por a entrada del pueblo, pues tenía una curiosidad y ganas tremendas de saber más sobre su padre y Telvar, quienes parecían tan misteriosos y donde su pasado parecía estar en la sombra de los recuerdos, que eran la gente que los había conocido. Según le había comentado él, Telvar tampoco sabía tanto del pasado de Balinor, únicamente lo crio y lo cuidó como un hermano. Pero todo se acababa cuando había llegado a Camelot, cuando había estado a punto de suicidarse, pero gracias a Uther seguía vivo. El mismo Uther que ahora estaba lleno de carne de odio y sangre de venganza, donde no sentía nada al oír los gritos de gente inocente quemándose en la pira. Pero en ese momento, tenía que decir que Uther parecía el héroe, y sintió algo de agradecimiento por él al salvar a su padre.
Las paredes de piedra se iban abriendo cada vez más, dejando entre ver casas de madera, paja y adobe. A simple vista, parecía una aldea normal, con sus casetas, sus huertos, su gente, su mercado, su vida… Pero había algo que lo hacía diferente. En primer lugar, se trataba de un lugar donde la vegetación no abundaba mucho, sino que parecía estar todo quemado. En segundo lugar, la gente no parecía tan alegre como en otros pueblos que había visitado. No es que fueran amargos o descorteses, únicamente seguían un ritmo metódico y sencillo, sin demasiadas risas ni bromas. Y en último lugar, se adivinaban restos al fondo del pueblo, donde se cerraba el lugar en una especie de círculo. Aquellos restos parecían de la misma piedra negra de las columnas de la entrada, solo que sin ornamentaciones ni pulidas. Únicamente eran escombros que daban a entender que había habido otra población en el lugar antiguamente.
Era un lugar particular, pensaba Merlín. No malo, simplemente… le faltaba algo. ¿Alegría? ¿Ganas? ¿Algo de risas? No lo sabía, pero el ambiente, la atmósfera que había y el aire que respiraba parecían más tensos y viciados.
Cuando llegaron al mercado, Merlín bajó del caballo y se dispuso a preguntar por la mujer que buscaban. Preguntó a unos cuantos vendedores, quienes muchos exclamaban que no estaban para dar indicaciones, sino que su trabajo era vender, y que, si no iba a comprar nada, se tenía que largar. Sí, había gente que no era tan amable, pero había otras que por lo menos no te gritaban en la cara ni te lanzaban miradas de desdén.
Merlín, ya agotado, se dispuso a preguntar en la taberna del pueblo. Allí había un ambiente típico en las que los sonidos de gente hablando y bebiendo se escuchaba como un murmullo que sabía a música para los oídos. Pero no había risas. Nada de risas.
Merlín preguntó al camarero, quien no dio respuesta, y al ver que los demás de la taberna lo miraban con asco, se propuso a preguntar a alguien decente. Al fondo de la estancia, un hombre encapuchado miraba desde la lejanía con una pipa encendida. Este fue el hombre que, finalmente, lo llevó a la casa de Hilda.
Los cuatro llegaron a una estancia humilde pero confortable y bonito. Al parecer, el hombre, quien se hacía llamar Galben, era el marido de Hilda. Hilda llegó segundos más tarde. La primera sensación y pensamiento que tuvo Merlín fue que, si tuviera una abuela, sería perfectamente como ella.
Era una anciana menuda, de pelo canosos y abundantes arrugas, cuya mirada recordaba a la experiencia de Telvar. Sin duda había conocido a Telvar. Cuando fueron a la sala de estar, donde un acogedor fuego repicaba entre la piedra de la chimenea y fueron invitados a unos tés bien calientes, Merlín pudo ver el sufrimiento que parecía llevar encima la pobre anciana, como si hubiera visto demasiado.
-Y bueno, decidme qué os ha traído a mi humilde morada – preguntó Hilda.
-Venimos en nombre de Telvar – contestó Merlín.
Al escuchar aquel nombre, a Hilda se le cayó el té al suelo y miró a Merlín sin poder creer lo que oía.
-¿De Telvar? – preguntó ella con una voz ahogada y casi inaudible.
-Sí, señora. Nos dijo que la visitáramos con el nombre de Hilda.
-¿Cómo es posible? – murmuró Hilda, más para sí misma que para Merlín, pues su mirada se había tornado a una de lejanía, sin mirar a nada. Las últimas palabras salieron con un susurro apenas audible con voz quebrada– Está vivo.
