-Está vivo
Merlín no entendía nada. ¿Cómo no iba a estar vivo Telvar? ¿Acaso debería de estar muerto? ¿Acaso está muerto? Merlín no supo por qué pensó aquella última pregunta tan estúpida. Claro que Telvar estaba vivo, él mismo le había visto en carne y hueso, y desde que tenía siete años había ido a visitarle.
Merlín miró el rostro de Hilda, esperando encontrar ahí la solución a la duda que tenía. Al ver que no podía descifrar nada, tornó al siguiente paso, que era tan fácil como preguntar.
-Hilda, ¿cómo es que usted pensó que Telvar estaba muerto? – preguntó suavemente, temiendo que si hablara demasiado alto haría cualquier cosa inesperada, o incluso se pudiera romper como un vaso de cristal con sus palabras. Lo único que no quería en ese momento era gritar y comportarse como se había comportado en los últimos días. Debía estar tranquilo y calmado, con paciencia. Fue pensando aquello cuando otro pensamiento se le vino en mente - ¿Acaso alguien le dijo que estaba muerto?
Hilda posó su mirada en él, una mirada perdida y dolida que lo decía todo sobre ella, y tras unos segundos en los que Merlín imaginó que no diría nada, asintió lentamente, como temiendo que alguien viera sus movimientos.
-¿Quién?
Hilda tardó unos momentos en contestar, al parecer pensando en qué decir y recordando el pasado.
-Él. Fue él. Él lo hizo –contestó Hilda, y por un momento Merlín pensó que estaba delirando, pues empezó a tensar su rostro y apretar ligeramente la mandíbula, como quien ha sido traicionado tiempo atrás.
-¿Quién es él? ¿Qué ocurrió? – preguntó Merlín perdiendo ya algo la paciencia.
Hubo silencio en el cual Hilda pareció pensar de nuevo, y empezó a hablar momentos después.
-Sabes que Telvar nació en este mismo pueblo, ¿verdad?
Merlín asintió. Le pareció ver por la rejilla del ojo que Arthur y Morgana no parecían creer lo que escuchaban, y parecía que cada vez desconfiaban más en la anciana mujer.
-Pues todo comenzó cuando él llegó.
-¿Quién?
-Cornelius Sigan.
Hilda dijo aquello como si fuera algo muy peligroso y grandioso, pero Merlín no había ni escuchado aquel nombre en su vida. Pensó en Gaius y que seguramente si él estuviera allí le contaría todo lo que sabía, lo que solía ser mucho. Pero él no estaba ahí, así que trató de no mostrar mucha confusión.
-Llegó al pueblo cuando yo y Telvar teníamos doce años – continuó relatando Hilda, pronunciando las palabras despacio, como si quisiera que se entendiera bien todo lo que iba a contar – Telvar y yo habíamos sido amigos desde el nacimiento, pero cuando aquel asqueroso hombre llegó, todo cambió. No sé de dónde vino ni por qué a este miserable pueblo, pero lo que sí sabía desde el principio era que ese hombre no podía traer nada bueno.
"Y estaba en lo cierto. Oh, sí, qué cierto aquello era. El tal Sigan llegó junto a su padre, un hombre de mirada acerada y dura, al igual que su cuerpo. Parecía aquellos hombres de los que van a la guerra disfrazados con armadura y armas afiladas que creo llaman espadas – ante eso, Merlín pudo ver cómo Arthur parecía ofendido por ello -. Sí, solo que ese hombre no llevaba ninguna armadura. No tenía madre, al parecer, y la verdad que no me sorprendió, teniendo un hombre así. Y no era por su físico, oh no, era la forma en la que trataba a la gente, como si fuera basura. Y gracias a Dios he de decir, aunque peque de insolencia, a que murió año después por una enfermedad. Yo no soy de ese tipo de personas que gusta desear el mal a la gente, pero ese hombre he de decir que era una excepción.
El problema comenzó cuando Sigan se acercó a Telvar, con lo que se convirtieron en extraordinarios amigos. Ambos tenían muchas cosas en común, o eso solía decirme Telvar cuando volvía de estar con su amigo. Pero yo no estaba tan seguro, oh, claro que no. Yo ya sabía que ese tal Cornelius no tramaba nada bueno.
Pues todo siguió con ambos, siendo muy felices juntos, siendo los mejores muchachos del pueblo conocidos por todos. Lo raro de ellos era que nunca se sabía qué hacían. Telvar y yo, quienes habíamos compartido una gran amistad e incluso siempre pensé que pudo llegar a algo más desde siempre, pareció desvanecerse poco a poco. Cada vez, Telvar me visitaba menos para pasar más rato con el Sigan ese. Y eso no podía significar nada bueno, oh no, claro que no.
El problema era que nadie, ni los padres de Telvar ni yo ni nadie que conocía bien a Telvar y a Sigan sabíamos qué hacían cuando no estaban en el pueblo, que eran la gran mayoría del día. Más o menos por el mediodía, desaparecían del pueblo para volver a ser vistos por la tarde. Podían desaparecer más o menos tiempo dependiendo del día, pero lo importante no era el tiempo, sino lo que hacían.
Yo ya había sospechado desde entonces, pero nunca conseguía sacar ninguna conclusión, pues cada vez que intentaba seguirles, parecían desvanecerse en alguna esquina que yo cruzaba o por la vegetación, que por aquel entonces era abundante."
-Magia – murmuró Arthur por lo bajo, como si quisiera que esas palabras no fueran reales sino solo un espejismo.
Hilda lo miró, no con miedo ni enfado en la cara, como Merlín esperaba ver, sino con algo de curiosidad y amabilidad.
-Sí, eso sospechaba yo, sí señor.
Arthur la miró con algo de confusión y desconfianza en la cara, seguramente pensando negativamente sobre ello. Todo lo que contuviera la palabra magia era algo negativo y hacía a Arthur a un hombre agresivo y borde, como su padre. Merlín esperaba que algún día recapacitara por ello y abriera los ojos ciegos que poseía.
-Sabrá usted que la magia está prohibida aquí en Camelot, ¿verdad?
-Sí, así es. Pero por aquel entonces reinaba Constantino III, padre de Uther Pendragon, y la magia estaba permitida.
Merlín supuso que estaba siendo raro para Arthur escuchar así el nombre de su padre sin ser reconocido antes, ya que no llevaba nada que simbolizara o representara Camelot, simplemente llevaba una armadura banal, con el objetivo de no ser visto como el príncipe de Camelot durante el viaje. Por un momento, Merlín pensó que Arthur iba a hacer alguna tontería, como decir que él era el Príncipe Arthur y que estaban ambos arrestados por hablar de magia, pero por suerte su amago se convirtió en nada.
-Pues llegó el día en el que yo espié una de sus conversaciones nocturnas, y lo que escuché no se lo conté a nadie nunca. Pero, mirad si os digo, señores, que casi me atrevo a contároslo a vosotros, desconocidos que vais en nombre de Telvar, y que perfectamente podríais estar mintiendo. Pero creo en vosotros, y lo que tenéis que saber es que buscaban algo: la Llave de la Sabiduría.
-¿La Llave de la Sabiduría? – preguntó Arthur, quien se le veía algo intrigado, algo raro en él.
-Sí, la llave conocida de dar cualquier respuesta. Es el centro del saber. Quien desea saber algo que es imposible de saber más que muriendo, pregúntele. Pero os aseguro que no es nada fácil de conseguir.
-Según he escuchado, se esconde en estas mismas montañas, quizás en las cuevas más profundas – informó Merlín, quien había escuchado historias y leyendas de la misma llave escondidas por las mismas montañas en las que se encontraban. De nuevo, pensó en Telvar y en las diferentes cuevas en las que había vivido, moviéndose por toda la montaña, buscando algo…
-Sí, pero exactamente en este mismo pueblo – replicó Hilda con un aire misterioso.
-¿Quieres decir que adonde iban no era más que las profundidades que yacen en este mismo pueblo? – preguntó Arthur.
-Según la leyenda, este pueblo fue habitado antiguamente por los Wodrem, seres que dicen, y solo dicen, que provenían del fuego y la tiniebla. Según he escuchado, y digo esto porque seguramente haya diferentes versiones de la leyenda, provenían de las profundidades de estas montañas, y una vez que llegaron aquí, se asentaron y construyeron…
-…el Pueblo Maldito… - acabó Arthur.
Gwen miró con una cara de gato encerrado en jaula a Arthur, como si cuanto más lo fulminaba con la mirada, más podría deshacer esa verdad. Merlín ya lo había sabido desde el principio, pero no había sabido que era por los llamados Wodrem. Él, desde que supo la verdad de la historia de Telvar, pensó que fue el mismo Telvar quien maldijo a la aldea una vez que se fue por ser expulsado por asesinato. No entendía por qué le había mentido así.
-Sí, así lo llaman algunos – aceptó Hilda con algo de pesadumbre en el rostro, como si le costara aceptar la verdad.
-¿Y es por eso por lo que está casi todo quemado? – preguntó Morgana.
Hilda lo miró extrañada, como si no supiera que había más personas en su casa.
-No, como ya dije, en mis tiempos mozos esto estaba como una selva, pero fue cuando vino el dragón que todo ardió.
-¡¿Un dragón?! – exclamó Arthur, sin poder creérselo.
-Así es, el Gran Dragón.
